Stealthing: la práctica de hombres que se quitan el condón sin que su pareja se entere

“Es que no se siente igual” o “fue un accidente”, son excusas típicas de un comportamiento que vulnera el consentimiento y alrededor del cual se busca legislar para proteger a las más afectadas: las mujeres.

11 Mayo 2021, 7:25pm

Coger implica una cierta vulnerabilidad, lo sabemos. Que te vean desnudx, que muestres deseo, que estés a solas con alguien que tal vez no conoces tan bien. Algo hay de excitante en el reconocimiento de esa fragilidad, la propia y la ajena. Como una especie de liberación, de dejarse ir, de soltarse, que muchas veces implica también ponerte en riesgo.  

Pero te decides. Vas a coger. Las circunstancias no importan tanto aunque preguntas si hay condón disponible. Si te dicen que sí, continúas, si te dicen que no, sacas uno tú. Se lo pone y siguen. Pero en algún punto te das cuenta que él ya no lo trae puesto. Eso se llama stealthing, y que haya una palabra para definirlo significa que nos ha pasado a muchxs. La palabra que viene del inglés remite a sigilo, a una práctica que se hace a escondidas, para que la otra persona no lo note. Hablamos aquí de una decisión consciente, de un sí que viene de la libertad y la propia elección y no de otras circunstancias complejísimas en las que quizá ni siquiera tienes la posibilidad de preguntar eso porque se trata de otro tipo de violencias, como una violación por ejemplo. 

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“Es que no se siente igual”, dicen muchos hombres a partir de una educación patriarcal en que lo que más importa es el deseo de la parte masculina. Y eso está además inmerso en toda una cultura de la idea de “chingar” de “joder”: no es solo el asunto de tener sexo sino de demostrar poder, supremacía. No hay justificación válida para descuidar a lx otrx, mucho menos con un argumento tan patético como ese. 

A Lucía le pasó hace tres años. Acababa de terminar con su novio y salió de fiesta para quitarse la tristeza. Entonces a su amiga le gustó un chico y a ella su amigo. Todo estaba dispuesto para una noche divertida. Bailaron juntxs, se fueron a la casa del amigo. Ella dijo que sí, total, no pasaba nada. Estaba de espaldas y no se dio cuenta. Pero algo sintió y quiso creer que era su impresión, entonces vio el condón en el suelo. El tipo le respondió que se le había caído sin darse cuenta, pero Lucía no le creyó. Comenzó a vestirse y quiso salir. Forcejeos. Gritos. Afortunadamente, estaba ahí la amiga y pudieron salir corriendo. Él insistía en terminar, que no podía dejarlo así. Y Lucía se fue con su sentimiento de asco y culpa. Cuando le contó a otrxs del círculo amistoso, no faltó quien le dijera que estaba exagerando, que no era para tanto y, sobre todo, que si ella había accedido a coger con alguien que recién conocía no podía esperar otra cosa. Se tomó la pastilla del día siguiente y fue a la ginecóloga con el miedo de haber quedado embarazada o de contraer alguna ITS. La doctora le dio apenas una pomada para las posibles irritaciones, sin siquiera revisarla. También le dijo que no era para tanto sin verla a los ojos, la despachó en diez minutos y le recetó píldoras anticonceptivas aunque Lucía no se las pidió. De la Profilaxis Post Exposición (PEP) –una herramienta de prevención con antiretrovirales al posible contagio o exposición al VIH– nadie le dijo nada y ella se enteró muchos meses después que eso existía. 

“Cuando le contó a otrxs del círculo amistoso, no faltó quien le dijera que estaba exagerando, que no era para tanto y, sobre todo, que si ella había accedido a coger con alguien que recién conocía no podía esperar otra cosa”.

Legalmente los límites son difusos. Aunque cualquier acto sexual sin consenso se considera un delito en códigos penales como el de Chile, Colombia o México, por ejemplo, la defensa se articula siempre con el hecho de que para la relación sexual sí lo hubo. Pero el consenso no es solo acceder sino acceder en ciertas condiciones, si y solo si tal cosa, si y solo si de tal manera, si y solo si tal práctica. Cualquier otra cosa es un atentado contra la autonomía corporal y sexual. Un refuerzo de ese dicho que muchas mamás nos implantaron: “El hombre llega hasta donde la mujer quiere”. De paso, no obviemos la heterosexualidad obligatoria insinuada en esa frase. 

Ha habido denuncias con casos de stealthing en varios países del planeta, pero aunque en Alemania, España o Suiza, es en donde hay casos que se han ganado porque se considera a esta práctica como una forma de abuso o agresión sexual, no ocurre lo mismo en todos lados. En varios países de Latinoamérica, como Chile, Argentina o en México, por ejemplo, no existe aún ninguna ley que castigue esta conducta, aunque sí se contemplan penas tanto de multas como de prisión para quienes, a sabiendas de que tienen alguna ITS, lleven a cabo actos sexuales sin informar a la otra persona del hecho. En enero de este año, se propuso una modificación al Código Penal mexicano para tipificar al stealthing como delito. 

“Pero el consenso no es solo acceder sino acceder en ciertas condiciones, si y solo si tal cosa, si y solo si de tal manera, si y solo si tal práctica”.

A Mariana le sucedió una historia parecida. Llevaba tiempo saliendo con alguien y todo había marchado bien, había cierta confianza y habían cogido ya varias veces. No se trataba de sexo casual sino de un vínculo establecido. Y lo mismo, cuando volteó a verlo, descubrió que no tenía condón. Se descolocó mucho y le preguntó si era la primera ocasión que lo hacía y él, por supuesto, dijo que sí, pero ¿cómo podría Mariana estar segura? En ese momento lo corrió, lo bloqueó de todas sus redes y no volvió a verlo. Él insistía buscándola para disculparse, pero afirmando una y otra vez que no era para tanto, que había sido un accidente. 

El miedo es una de las formas más poderosas para controlarte, para ubicarte en una posición de desventaja. Es difícil que después de experiencias así puedas volver a confiar y es muy dolorosa la sensación de que querer tener sexo te ponga tan en riesgo, ¿por qué lo hicieron ellos? Porque podían. Porque insistieron en que la mentira no era tan grave. Porque les valió. En “Rape-Adjacent': Imagining Legal Responses to Nonconsensual Condom Removal”, un estudio que realizó Alexandra Brodsky, una abogada y defensora de derechos civiles con énfasis en temas de acoso y abuso sexual, encontró a hombres que afirmaban en Internet y redes sociales que es un “derecho natural de los hombres eyacular en la vagina de las mujeres”  (¡¿?!). 

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Lucía y Mariana dicen que a la distancia lo recuerdan como una violación, porque ellos pasaron por encima de su voluntad y sus peticiones claras. Hechos que son parte de un modelo en el cual las mujeres ponen límites y los hombres insisten siempre en evadirlos, ya sea por la fuerza o con métodos más difusos. El problema está en seguir dejándole a las mujeres toda la responsabilidad en este tipo de decisiones porque eso sigue sosteniendo una vinculación asimétrica, desigual y jerárquica: tanto a Lucía como a Mariana ellos les dijeron que había sido un accidente e insistieron en terminar, al final fueron ellas quienes tuvieron que salir como podían de la situación porque hay toda una cultura que insiste en que si te embarazas es tu culpa, que si te contagias es tu culpa, y no de quien conscientemente te puso en riesgo pese a que le pediste lo contrario. Y, desafortunadamente, no les ha pasado solo a ellas, y no les pasa solo a mujeres, también le sucede a hombres homosexuales que durante una relación sexual tienen el rol tradicionalmente entendido como pasivo (sería tema de otro texto discutir estas diferenciaciones tan arcaicas y —otra vez— heteronormadas). En cualquier caso, como dice la misma Brodsky, no es lo mismo ser penetradx por un pene con un condón que por la piel completamente desnuda. 

Pensar en el stealthing nos lleva a reflexionar nuevamente sobre cómo entendemos socialmente el consentimiento y cómo es nuestra responsabilidad ajustar los marcos legales a las preocupaciones y los movimientos contemporáneos. Si (afortunadamente) nuestra forma de entender la sexualidad cambia, entonces tenemos que garantizar que haya mecanismos de protección para todxs, sobre todo para quienes resultan más vulnerables ante una práctica como esta. Necesitamos perspectiva de género a la hora de juzgar y legislar. 

Hay que insistir en que no se trata de hechos aislados ni únicamente de decisiones individuales, sino de reconocer una conducta sistémica en la que son las mujeres quienes quedan más desprotegidas porque a la sociedad le encanta culparnos a nosotras antes que entender todo lo que opera en el momento en que pasan estas cosas. Y también en el momento en que se denuncian. El stealthing es un acto de poder que muestra que el ejercicio libre de su sexualidad no es algo dado, sino algo por lo que se tiene que luchar, algo en lo que no se puede perder el control y la atención. Qué horror tener que defender nuestros espacios para el placer hasta el último segundo del orgasmo. 


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