La resaca de la revolución

El Paro Nacional en Colombia cambió la vida de muchas personas para siempre y estas son algunas de sus voces.

06 Agosto 2021, 8:21pm

Texto con reportería de Juanita Ceballos y David Noriega.

La normalidad se impuso y la vida siguió adelante. Las voces de la protesta reclamaron algunas victorias y el gobierno también. Una intensa campaña de descrédito contra los manifestantes se puso en marcha a través de los medios del establecimiento. Hoy es el día después de la oleada de protestas más importante que ha vivido Colombia desde los años 70 y ya se tocan otros temas a la hora del almuerzo. Las emisoras de radio discuten -de nuevo- sobre los problemas del Covid-19 y sobre el deporte internacional. No obstante, para muchas familias colombianas no será tan fácil pasar la página: el Paro Nacional del 2021 les cambió la vida y se las cambió para siempre.

Procesión fúnebre de Duván Barros, un joven manifestante cuya muerte en Bogotá está aún por esclarecerse. Foto de Ramón Campos Iriarte

En Cali, Álvaro Herrera volvió a las prácticas con su cuerno francés. Nos encontramos con él en un hospital de niños que lo contrató para ofrecer un recital matutino con su banda universitaria de música colombiana. Álvaro es una persona amable y con un ácido sentido del humor que sorprende en el primer contacto. Actualmente cursa el último semestre de la carrera de música en la Universidad del Valle pero, nos dice, las protestas, la pandemia y, a veces, la falta de recursos para pagar su matrícula, le han alargado más de la cuenta sus años en la universidad.

Cuando era un niño, Álvaro fue desplazado por la violencia de su vereda en la zona rural de Pance y hoy comparte su relato con millones de jóvenes colombianos que, como él, luchan por realizarse entre la crisis económica y el abandono estatal. Con razones de sobra para protestar, Álvaro se sumó al paro de este año poniendo en ejercicio su talento musical: con sus compañeros de carrera organizó conciertos callejeros para apoyar las movilizaciones, tocando música clásica y popular durante las marchas y los mítines. Pero el 28 de mayo, durante una manifestación que él y su banda acompañaban, Álvaro quedó atrapado en medio de una arremetida de la policía y civiles armados en contra de los estudiantes que protestaban al sur de Cali. 

Álvaro Herrera en Cali. Foto de Ramón Campos Iriarte

El joven músico fue detenido por un hombre vestido de civil que le apuntó con un arma y lo obligó a caminar hasta entregarlo al grupo de policías que reprimían la protesta. Después, lo llevaron a una estación donde fue brutalmente golpeado y obligado a dar una confesión falsa a un agente que lo filmaba con un celular:

—“¿Quién lo mandó?”, pregunta la voz del video con tono imponente.

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—“Es un grupo de vándalos que estamos organizados en un ….” 

—“¿Y usted por qué lo hizo?”, interrumpe de nuevo la voz.

En ese momento, Álvaro pierde la idea y cierra los ojos, visiblemente angustiado y encandelillado por el flash del teléfono de la grabación. De su cabeza y de su boca brota sangre que escurre por su pecho desnudo, sus manos están esposadas detrás de la espalda y respira agitado.

Ese mismo día, los policías enviaron el video a miembros del partido de gobierno, quienes lo difundieron en redes sociales para probar, presuntamente, cómo las protestas no son más que actos vandálicos causados por terroristas urbanos. Pero lejos de constituir una evidencia válida en un estrado judicial, la grabación se convertiría rápidamente en una demostración clara de la tortura a la que la policía colombiana ha sometido a cientos de manifestantes a lo largo de estos tres meses de estallido social. La imagen de Álvaro reducido, asustado y ensangrentado, contrasta totalmente con los videos que sus amigos circularon cuando se conoció la noticia de su arresto: en ellos, Álvaro aparece —minutos antes de su detención— interpretando el himno nacional con su corno francés junto a una docena de jóvenes músicos.

Miembros del escuadrón antidisturbios detienen a un manifestante durante una protesta en Bogotá. Foto de Ramón Campos Iriarte

“Existe un derecho constitucional a la no incriminación que hace parte de la estructura fundamental del debido proceso —nos dice Sebastián Caballero, el abogado de Álvaro, desde su despacho en el centro de Cali—. Todo ciudadano que sea capturado, indistintamente del delito que se le acuse, tiene que tener unas garantías fundamentales bajo los estándares internacionales en materia de derechos humanos. En el caso particular de Álvaro, este derecho queda claramente vulnerado. Lo que aquí se tiene es un video grabado por un policía bajo unas condiciones bastante irregulares, de golpes, de torturas, con las que lo obligan a autoincriminarse. A todas luces, eso fue ilegal.”

En efecto, según cuenta Caballero, la grabación que hizo el policía fue un elemento probatorio clave para que un juez declarara ilegal la captura y ordenara la liberación inmediata del joven. 

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Pero, para Álvaro, la pesadilla no terminó ese día. La Fiscalía colombiana le levantó cargos por “manipulación de objetos peligrosos” y hasta el día de hoy él y su abogado trabajan para que se archive la acusación. Álvaro cuenta que ya tuvo inconvenientes al aspirar a un trabajo con la Orquesta Sinfónica de Bogotá, porque en su hoja de vida ya aparecen los antecedentes judiciales pendientes. Además de haber sufrido una experiencia absolutamente traumática, ahora, mientras su proceso criminal siga abierto, Álvaro tiene que sortear obstáculos en su camino laboral y personal.

Noche de protesta en el "Portal de la Resistencia", al sur de Bogotá. Foto de Ramón Campos Iriarte

Al inicio del Paro Nacional, en Madrid, un suburbio bastante tranquilo al occidente de Bogotá, la comunidad fue sorprendida por la muerte de dos jóvenes durante las manifestaciones del 1 de mayo. El primero, Brayan Niño, de 24 años, murió al recibir dos impactos directos de un lanzador de proyectiles de gas lacrimógeno instalado sobre una tanqueta antidisturbios. El mayor de la policía, Javier Arenas, a quien se le investiga por haber disparado el proyectil que impactó a Niño en el ojo, justificó el hecho. “No me arrepiento de nada”, dijo en entrevista con un medio colombiano a mediados de mayo.

La segunda víctima de la arremetida policial de esa noche, Elvis Vivas, murió una semana después como consecuencia de la brutal paliza que recibió por parte de varios agentes. Elvis, también de 24 años, salió a manifestarse ese día junto con algunos familiares y amigos y, en medio del caos de los disturbios, fue detenido por policías, golpeado, arrastrado hasta un vehículo policial y llevado a una estación donde lo apalearon todavía más. Quizá los agentes se dieron cuenta de su exceso e inexplicablemente sacaron al joven de la estación, lo dejaron tirado en la calle, sin prestarle atención médica y sin hacer ningún tipo de registro de su detención o de su estado de salud.

Johanna Lopez, la madre de Elvis Vivas, frente a un mural que la comunidad de Madrid pintó en memoria de su hijo. Foto de Ramón Campos Iriarte

Gracias a que sus amigos y parientes llevaron a cabo una intensa investigación para recaudar testimonios y videos grabados por las cámaras de seguridad de la zona y por algunos testigos, hoy ya se sabe con detalle lo que le sucedió a Elvis la noche del 1 de mayo. Las pruebas son apabullantes y demuestran no solo que la muerte de Elvis fue un asesinato policial, sino además, que de no ser por la rapidez y el empeño de sus allegados, la evidencia se hubiera esfumado en el aire, puesto que las instituciones del Estado encargadas de investigar el caso han hecho poco o nada por aclarar lo ocurrido.

No he recibido nada, ni siquiera una pregunta —nos dijo Johanna López, la madre de Elvis, cuando le preguntamos si las autoridades se habían acercado a ella después de la muerte de su hijo— Decir, “venga, ¿su hijo cómo era?” o por lo menos indagar: “oiga, ¿su hijo sí es un vándalo?” No, ellos hicieron caso omiso. De ellos, allá en Bogotá, de allá de ese gobierno, no, no he tenido comunicación con ninguno.”

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El vacío que dejó Elvis en su familia y sus amigos es enorme. El desconsuelo de su madre es absoluto. Un análisis forense de la necropsia inicial de su cuerpo, hecho por un médico, a petición de Marlon Diaz, el abogado de la familia, contiene una lista de 15 lesiones traumáticas, entre abrasiones, hematomas y hasta una quemadura.

A mediados de julio, el Ministro de Defensa, Diego Molano, accedió a una entrevista con nosotros antes de abordar un vuelo en el aeropuerto militar de Catam, en Bogotá. Al preguntarle por la muerte de Elvis Vivas y otros casos similares de presunta brutalidad policial, Molano insistió en que el gobierno colombiano tiene una política de “cero tolerancia” frente a cualquiera que “manche el honor del uniforme”, refiriéndose a excesos en el uso de la fuerza o violaciones a los derechos humanos.

​Disturbios nocturnos. Foto de Ramón Campos Iriarte

Sin embargo, existen evidencias concluyentes de más de 40 casos de homicidio, cientos de lesionados y miles de detenciones arbitrarias a manos de agentes del Estado colombiano desde el inicio de las protestas, según organizaciones de derechos humanos como Temblores y Human Rights Watch. José Miguel Vivanco, director para las Américas de este último grupo, conversó con nosotros en Washington, respecto al informe sobre brutalidad policial que HRW publicó un mes después del inicio del paro y que fue prácticamente ignorado por el presidente Iván Duque.

“Yo tengo mucha experiencia al presentar estos informes con las máximas autoridades de distintos países —nos dijo Vivanco durante la entrevista—. Y lo usual cuando uno está ante hechos de esta naturaleza que generan obviamente preocupación, tensión, que afectan la reputación del gobierno a nivel nacional e internacional, es que el Jefe de Estado pida más detalles, intente contradecir mínimamente estos hechos o cuestionarlos. El presidente Duque no mostró mayor curiosidad por los hechos, por nuestras afirmaciones: no las denegó, no las contradijo, pero tampoco nos pidió detalles.”

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—¿Qué cree que refleja esa falta de curiosidad?, preguntamos

—“Realmente no… no, no entiendo. Me he quedado perplejo en esas reuniones.”

Vivanco fue claro en diagnosticar “falencias estructurales” en la política de seguridad colombiana: falta de mecanismos rigurosos y eficaces de control disciplinario y el hecho de que, con frecuencia, estos casos son investigados por la justicia penal militar, una jurisdicción que por años ha demostr

​Disturbios nocturnos. Foto de Ramón Campos Iriarte

ado su falta de transparencia y eficiencia a la hora de castigar los abusos. Estos factores de fondo hacen de la impunidad un problema recurrente en Colombia.

Hoy, después de tres meses, las protestas ya perdieron intensidad y las manifestaciones masivas se disiparon. Quizás, más allá de las consignas y de una que otra victoria política, lo valioso del paro nacional ha sido poner en evidencia las duras condiciones de vida de la gran mayoría de los colombianos. El cubrimiento mediático de las protestas terminó visibilizando la situación de los barrios y la frustración de millones, como Elvis y Álvaro, que se niegan a aceptar el destino de pobreza y marginalidad al que han sido condenadas generaciones enteras de colombianos. Jóvenes obligados a escoger entre el hambre, el crimen o una vida de trabajos mal pagos y a la sombra de la informalidad, muy probablemente igual que sus padres y sus abuelos. Ahora lo sabemos con certeza.

Extrañamente Colombia ante el mundo sigue siendo una democracia ejemplar, un caso de éxito de la ayuda militar norteamericana. Ciertamente, logros que solo se sostienen a punta de eufemismos. Aquí, la pobreza abyecta se denomina “humildad”, las masacres se llaman “homicidios múltiples”, las ejecuciones extrajudiciales son “falsos positivos” y se siguen narrando historias donde las personas “pierden la vida”. Quizás sea este el más simbólico de nuestros eufemismos: los colombianos “perdemos la vida” con bastante frecuencia. Uno perdió la vida en un robo, otro perdió la vida en un bombardeo o en una reunión política. Elvis perdió la vida al ser torturado hasta la muerte por un grupo de policías.

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COLOMBIA, violencia, protestas, revolución

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