Hice un tour de marihuana por Afganistán

A pesar de décadas de conflicto y un estricto gobierno religioso, la antigua cultura de la marihuana de Afganistán sigue viva.

11 March 2021, 2:22pm

Artículo publicado originalmente por VICE Bélgica.

Como apasionado de la hierba sustentable, he pasado algunos años viajando por la región donde se originó el cannabis. Después de India, Nepal y Pakistán, Afganistán fue el siguiente en mi lista, por su cultura única de cultivo de marihuana.

Afganistán es en su mayor parte montañoso y carece de litoral. Gracias a su posición a lo largo de importantes rutas comerciales entre Asia Central y el subcontinente indio, varios imperios han tratado de conquistarlo a lo largo de los siglos, pero su paisaje desolado y la dureza del clima lo han ayudado a resistir el dominio extranjero.

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En 1979, la Unión Soviética ocupó el país e instaló un gobierno comunista impopular entre los lugareños; las tropas soviéticas fueron rechazadas por los muyahidines, fuerzas guerrilleras islamistas apoyadas por Estados Unidos. Finalmente, la Unión Soviética se retiró de Afganistán en 1989, pero esto no puso fin a la guerra civil, que se ha desencadenado de diferentes formas desde entonces. En 1996, los talibanes tomaron el control de Afganistán y luego fueron derrocados por la invasión militar estadounidense en 2001. Pero desde 2017, los talibanes han ido recuperando territorio y ahora se cree que son más fuertes que nunca.

En resumen, décadas de conflicto han estancado el desarrollo económico y aislado en gran medida a Afganistán del resto del mundo. Mientras tanto, la industria del cannabis ha experimentado un auge en todo el mundo, ya que los cultivadores están invirtiendo en variedades híbridas que maximizan los efectos psicotrópicos de la planta y la hacen un producto más rentable. Como resultado, la mayor parte del cannabis plantado en todo el mundo proviene de las mismas cepas ricas en THC.

Mapa de Afganistán del autor.

Sin embargo, las décadas de aislamiento de Afganistán protegieron sus cepas nativas de los híbridos modernos, lo que lo convirtió en un punto de acceso a la biodiversidad para la planta. Esto es lo que me llevó a documentar estas extrañas variedades de cannabis naturales antes de que desaparezcan. En 2018, concerté una cita con la Embajada de Afganistán en París (la más cercana para mí como ciudadano belga), donde me advirtieron sobre lo peligroso que es el país y me dijeron que me quedara en mi hotel durante el viaje.

Después de un mes pidiendo aventón en las carreteras de Uzbekistán, finalmente crucé el Puente de la amistad Afganistán-Uzbekistán, que conecta los dos países a través del río Amu Darya. Fue mediante este puente que las tropas soviéticas abandonaron Afganistán el 15 de febrero de 1989 después de una década de guerra.

Mi destino final fue Mazar-e Sarif, la cuarta ciudad más grande de Afganistán, a 60 kilómetros de distancia en una de las regiones más fértiles de Afganistán. La ciudad produce algodón, cereales y frutas, pero también es famosa por sus cultivos de cannabis.

Una vez en la ciudad, noté que algunas casas tenían plantas de marihuana alrededor, probablemente para uso personal. Cuanto más nos alejábamos del centro, más visibles se volvían las plantas de marihuana entre los campos de algodón aledaños, hasta que, finalmente, ocupaban parcelas enteras de tierra.

Una planta de cannabis en el centro de Mazar-e Sarif.

Aunque se ha cultivado durante siglos, el cannabis es ilegal en Afganistán desde la década de 1970. Por mi propia seguridad, sabía que era crucial comenzar con el pie derecho con los agricultores locales. Mazar-e Sarif es una ciudad vibrante y amigable durante el día, pero por la noche es lo suficientemente peligrosa como para que la gente no salga. Al principio, los agricultores claramente no confiaban en mí, pero una vez que se dieron cuenta de que solo estaba interesado en tomar fotografías de su trabajo, me dejaron mirar más de cerca.

Me sorprendió la cantidad de diferentes tipos de plantas que se pueden encontrar en el mismo campo. Pequeñas y grandes, estrechas y de hojas anchas, de color verde, azul, violeta, cogollos llenos de semillas y resplandecientes de resina. Algunas olían a frutos del bosque, otras a orina de gato. Esta biodiversidad, clara a simple vista, es preservada por el enfoque tradicional de cultivo de los agricultores. En lugar de comprar semillas nuevas, siembran una porción de las del año anterior, recolectadas de plantas polinizadas.

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La temporada de cosecha es entre octubre y diciembre. Después de eso, las plantas se secan y procesan. Los afganos no fuman cogollos; en cambio, convierten la planta en hachís. Este método tradicional filtra la resina de cannabis, haciéndola más concentrada, una práctica que probablemente se originó en algún lugar entre el norte de Irán y el norte de Afganistán en la Edad Media.

Los ingredientes activos del cannabis, el THC y el CBD, están hechos por tricomas, glándulas resinosas en la superficie de las hojas de la planta. Para hacer hachís, primero tienes que separar la resina de las hojas y luego tamizarla varias veces. Después, el producto se prensa y se calienta, para que suelte sus aceites. El hachís afgano suele tener un color oscuro en ala superficie pero es más claro por dentro.

En esta región, fumar hachís es una oportunidad para socializar con amigos y familiares. Una de las técnicas para fumar más antiguas consiste en dejar caer una bolita de hachís en brasas incandescentes, antes de aspirar el vapor con una pajita manteniendo un poco de agua en la boca. Esta técnica, llamada naysha, es bastante efectiva: es como convertir tu boca en un bong.

Los afganos también usan chillums, que son pipas de agua de madera similares a las shishas, ​​pero portátiles. Muchos cultivadores de cannabis tienen una pequeña sala de chillium en sus hogares, donde reciben a los invitados. En la ciudad, también puedes encontrar bares chillum donde los fumadores se reúnen y beben té verde alrededor de la pipa. Solo tuve experiencias bastante positivas con fumadores locales, que parecían felices de que un turista se les uniera. Por lo general, era un ambiente relajado, con conversaciones y risas que enfatizaban el constante paso de la pipa.

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Por supuesto, en Afganistán también se fuman porros. De vez en cuando, veía a la gente poner ramitas de hachís puro en sus cigarrillos vacíos. Algunos también mojan sus porros antes de encenderlos, lo que facilita que el hachís libere sus aceites y se queme más lento, de modo que el porro se pueda pasarse entre diez personas durante unos 20 minutos sin que se apague.

Un chillum bar en Mazar-e Sarif.

Según mis propias observaciones, parece que la cultura del cannabis no ha cambiado mucho en Afganistán durante varios siglos. Después de décadas de conflicto, la economía del país está en ruinas y depende principalmente del cultivo de otra planta más peligrosa: la amapola de opio. Las ganancias de los campos de amapola son una de las principales fuentes de ingresos de los talibanes, a pesar de los esfuerzos de Estados Unidos por acabar con la producción en el país. Para la mayoría de sus bienes de consumo, Afganistán depende de las importaciones.

Hasta el día de hoy, me sorprende el contraste entre la vida cotidiana conservadora en Afganistán y la rica cultura cannábica de la región, con sus hábiles artesanos ysu experiencia generacional.

Puedes conseguir el libro de Lucas Strazzeri, "Afghanistan: A Cannabis Fortress" [Afganistán: una fortaleza cannábica] directamente en su cuenta de Instagram, @lucaswiseup.

Desliza hacia abajo para ver más imágenes del libro.

Una cepa de cannabis de Afganistán.

Valle que conduce a Mazar-e Sarif.

Resina de cannabis.

Un porro que se hace echando una bolita de hachís puro en un cigarrillo.

Close up de otra cepa nativa.

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