¿Por qué el succionador de clítoris no es el paraíso que nos venden?

Lo promocionan con una revolución sensorial, pero ¿su uso excesivo puede disminuir la sensibilidad? Hablé con expertos en el campo de la sexualidad consciente y me contaron por qué este juguete no es la panacea.

27 Noviembre 2020, 3:37pm

Acabo fácil y no me da vergüenza. Reformulo: con la estimulación adecuada, suelo llegar al orgasmo. Desde chica tengo una relación bastante amable con mi propio placer y me gusta buscar nuevas formas de despertarlo. En los últimos meses el algoritmo me spameaba con el succionador de clítoris y yo, tras la promesa de una estimulación distinta a todo, sucumbí.

Dije que acabo fácil, pero nunca había squirteado. La primera vez que lo usé mojé las sábanas en menos de cinco minutos. Quería salir a gritar por el balcón, pero me calmé y lo dejé enchufado para que no se quedara nunca sin batería.

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El problema vino cuando empecé a usarlo seguido: las sensaciones eran menos amables, más punzantes, y si me estimulaba sin el aparato a veces me dolía y otras sentía poco. No soy la única con esa experiencia. Otras mujeres me contaron que después de probarlo les costaba tocarse sin encenderlo o que lo usaban para relajarse y quedarse dormidas.

 ¿Estábamos usando el succionador como un chupete para la concha? ¿Podía ser que sexólogas, influencers y portavoces de la liberación feminista recomendaran algo que a la larga perjudica el propio placer? 

 Decidí indagar. Según Pamela de Girolamo, estos vibradores, al sobreestimularnos, terminan por alterar la sensibilidad. Pamela es facilitadora de sexualidad consciente y prácticas de tantra y me contó que ese pinchazo que yo sentía al usarlo era un orgasmo contractivo. ¿Un qué? Un orgasmo de pico y descarga, en el que  acumulamos tensión que necesitamos liberar rápidamente. El tipo de orgasmo que vemos representado en las películas y que estamos acostumbradxs a replicar en nuestras prácticas sexuales. 

Desde su proyecto Conexión Matriz, ella propone una mirada mucho más profunda de la sexualidad, basada en explorarnos y experimentar las distintas sensaciones de todo el cuerpo. “Aparatos como el succionador tienen un objetivo puntual, que es que tengas un orgasmo. El tantra, en cambio, busca un estado de placer expansivo. Cuando salimos de esa sexualidad genital, que es muy superficial, empiezan a pasar un montón de cosas”, me dijo. 

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Entonces esta manía por acabar rápido acrecienta la ansiedad en la que ya vivimos inmersxs, pero además, ni siquiera nos ofrece la mejor calidad de placer que podemos tener. Con las técnicas adecuadas se puede experimentar un orgasmo prolongado, en el que oleadas de placer permanente se expanden por todo el cuerpo. 

“Se trata de estar ahí en las sensaciones, no buscar ir hacia algo, desbloquear emociones y liberar el cuerpo para salir de ese círculo vicioso de carga y liberación de tensión. En vez de acabar, hablamos de permanecer en el placer”, explica Pamela. 

Antes de que se imaginen a Sting cogiendo ocho horas seguidas sin coito, el tantra ostenta esa fama pero no tiene nada que ver. No se trata de que no haya  penetración, sino de estar más presentes, mucho más sensibles, con el cuerpo 100% despierto. Cuando estamos realmente conectados, ahí vale todo. 

Pamela también me explicó que el succionador apunta demasiado al clítoris, y que entonces perdemos conexión con toda la extensión de nuestra vulva, vagina y cérvix, que son lugares con mucho potencial sensorial.

Más allá del clítoris

La Escuela Tántrica de Argentina ofrece masajes para personas con vulva en los que se trabaja toda la extensión: monte de venus, labios mayores y labios menores.  Estos también incluyen maniobras clitoridianas, que son las que producen mayor estimulación directa. 

“Lo que hacemos es intentar llegar a un estímulo más sutil, con mucho más registro de toda la extensión del clítoris. Es una experiencia en un contexto de intimidad y de confianza, que abre consciencia sobre todo lo que una persona puede generar sobre la genitalidad de un otro”, me explicó Maximiliano García, director de la escuela y facilitador de herramientas de tantra y sexualidad sagrada.

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 Más allá de que en la experiencia los orgasmos —sí, en plural— sucedan o no, en el masaje se navegan los estados preorgásmicos, se busca sostener una estimulación que vaya abriendo internamente al placer y que de una forma más orgánica y humana permita entender las posibilidades del cuerpo.

 Quizás para algunas personas esto sea un montón, pero nos da claves para aplicar a nuestras prácticas sexuales más tradicionales: nos hace conscientes, por ejemplo, de la importancia de poner atención a las distintas partes del cuerpo y de las caricias sutiles. El desconocimiento de la propia potencia erógena, que tiene su origen en la poca educación sexual que recibimos, es en parte lo que hace que los masturbadores eléctricos estén tan en auge. 

Vibraciones inimitables

 Maximiliano también me contó que él no recomienda el succionador ni otros  juguetes sexuales electrónicos. No es que diga que no funcionan, sabe que sirven para estimular una parte muy definida de la zona genital femenina. Sin embargo, dice que si se usan en demasía se está exponiendo a sobreestimular y a generar placer de una forma que el cuerpo humano nunca va a poder reproducir. No se puede replicar esa vibración. 

 Pamela coincide. De hecho, a ella la conocí por un posteo en el que hablaba sobre cómo los vibradores nos alejan de la naturaleza de nuestro cuerpo, de su potencia vibratoria propia. En su descargo no juzga a quienes descubrieron en ellos la posibilidad de abrirse al placer, pero llama a la reflexión sobre el riesgo de que algunxs prefieran un juguete de silicona a un encuentro verdaderamente humano, honesto y vulnerable. También alerta sobre el peligro de esperar que una persona se comporte como una máquina. 

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¿Será que por eso hay tantos hombres acariciándonos como si su mano fuera una batidora y el clítoris no fuera la parte más sensible del cuerpo? Me quedo pensando en la paradoja de proponer nuevas masculinidades que puedan saberse vulnerables y a la vez, desde la sexualidad hetero-cis, poner a los hombres a "competir" con un aparato que sigue y sigue mientras le dura la batería.

En este último punto, el de correr el riesgo de esperar que alguien pueda imitar el accionar de un mecanismo, coinciden todos los entrevistados: “El estímulo es muy irreal, es irreproducible con el efecto humano”, me dijo Milena Mayer, Uróloga, especialista en Sexología Clínica, Andrología y Reproducción. “Te deja una vara medio rara de lo que es la sexualidad”. 

Si usamos vibradores porque nos gustan como un complemento a la hora de gozar, genial. Pero si es la única manera en la que nos procuramos placer y orgasmos, eso es una alarma. La buena noticia es que nunca es tarde para aprender a reconocernos y habitar nuestro placer de nuevas maneras. 

 
Una mirada médica

 Desde la medicina clásica y la sexología también hay profesionales que abordan la sexualidad de un modo mucho más consciente. Milena, por ejemplo, tiene un enfoque integral e inclusivo. En esa línea, no cancela el succionador, pero sí indica moderar su uso.

“Es real que capaz logras un orgasmo en menos de dos minutos, pero lo que recomiendo a la gente con vulva es que lo use alternadamente, que lo use una vez y después se masturbe cuatro o cinco veces con su mano. Porque si no, se alejan de lo que es verdaderamente la masturbación y la sexualidad en sí: explorarse, conectarse, sentir”, dice. 

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La doctora también pone el foco sobre un aspecto que yo no estaba teniendo en cuenta: el terapéutico. Me explicó que a veces recomienda el succionador con ese fin, sobre todo a pacientes que nacieron con lesiones medulares y que por más que se estimulen no saben si tienen orgasmos. Pero siempre lo hace insistiendo en el uso alternado y dejando en claro que no es la panacea, que no lo usen constantemente porque puede generar una sensación similar a la de un ansiolítico.  

“Estos aparatos tienen una meta. Pero para mí el sentido de la sexualidad no es solo el orgasmo, sino la conexión, la comunicación y el placer. A través de explorar todos los sentidos, registrando y entregándonos a las sensaciones, sin expectativas ni exigencias, podemos acercarnos a una sexualidad más plena”, me dijo.

 Milena comparte esta visión en su cuenta de Instagram y también les dice a sus pacientes que el sexo es un juego y que aunque en el encuentro  —con unx mismx o con un otrx— no haya orgasmo, coito o erección, la podemos pasar igualmente bien.

La obsesión con “acabar” es, además, según la experiencia que ha tenido ella con sus pacientes, una de las principales causas que nos alejan del placer.

Siete de cada diez mujeres argentinas fingió un orgasmo. Este número no varía mucho alrededor del mundo; dentro del espectro de las sexualidades las hetero-cis son las que más simulan. Esto explicaría el éxito comercial del succionador. Pero yo me pregunto: ¿por qué nos cuesta tanto decir lo que nos gusta y seguimos fingiendo que disfrutamos la coreografía del porno en vez de explorar la potencia de nuestros cuerpos? ¿Por qué habiendo filosofías milenarias y hasta miradas terapéuticas que nos invitan a descubrir un placer más intenso y real, el último grito de la moda sexual es un juguete que garantiza orgasmos express, como cuando las cadenas de hamburguesas prometían entregar el pedido en dos minutos? ¿Por qué elegimos masturbarnos rápido y con rumbo fijo en vez de sostener el placer y dejarnos sorprender por el camino que van trazando las sensaciones?

La respuesta, amigxs, no tiene que ver con el sexo. Tiene que ver con el mercado y su lógica. Con cómo comemos, cómo vivimos. Con cuánto nos asusta la incertidumbre, y con el miedo que nos da enfrentar el vacío de la desilusión. Con lo mucho que nos cuesta perder tiempo y el control, y con todo lo que tiene que cambiar para que los orgasmos nos encuentren, en vez de que los busquemos  desesperadamente.

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