El regreso del cuerpo y el baile: Crónica de un festival musical

Uno de los peores efectos colaterales de la pandemia fue el hurto de la noche. Nos quitaron la noche. ¿Cómo se siente recuperarla?

08 Octubre 2021, 9:17pm

"Lo que de veras fue no se pierde. La intensidad es una forma de eternidad."

Jorge Luis Borges

En medio del Atlántico, en el archipiélago portugués de las Azores, en la isla de Sao Miguel, se lleva a cabo un festival que es un regalo para el alma. Lo llaman Tremor, palabra que en portugués significa movimiento violento y vibratorio que sucede en diferentes direcciones. Durante cinco días, la isla se sacude la modorra y vibra con la música que traen unos valientes y asombrados artistas que se pellizcan con gusto para confirmar que sus sensaciones son “reales”. Sí, es cierto, constatan, Tremor es un festival de música, arte y desplazamiento que sucede en parajes de una belleza sobrenatural. Después de siete ediciones Tremor sigue siendo un secreto bastante bien guardado. Además de los isleños y de los portugueses que llegan desde el continente, apenas un reducido grupo de extranjeros tiene la suerte y el coraje de pasar una semana única moviéndose por la isla con la piel y el corazón abiertos a nuevos sonidos.

Tremor empieza en el patio del Archipiélago de las Artes, una antigua fábrica de alcohol, primero, de tabaco luego, ahora reconvertida en centro de arte contemporáneo. En el mismo espacio donde se destilaba o secaba ahora se exhiben piezas de arte contemporáneo. Son nueve mil metros cuadrados donde dominan el basalto y el hormigón armado. Sus premiados arquitectos dijeron que trataron de intervenir teniendo en cuenta una obsesión que les persigue: la relación entre la tecnología y la nostalgia. Mientras escucho los acordes de las guitarras de Norberto Lobo y Filho da Mae, bajo un cielo despejado, de pie, respirando sin mascarilla al lado de un grupo de entusiastas desconocidos, pienso que somos animales extraños, atraídos por la idea de empezar de nuevo, de saber algo más de nosotros, de sentir en la piel el mar, la luna, el verano. Bebemos, y la noche se abre para nosotros, y aparece Larry Gus, un griego que, no sé bien cómo, canta, baila, toca la batería y hace de DJ en simultáneo arrastrando al público a un bizarro ritual de saltos, brincos y cánticos.

Uno de los peores efectos colaterales de la pandemia fue el hurto de la noche. Nos quitaron la noche. Nos la robaron. Con nocturnidad y alevosía. Toque de queda, lo llamaron, al atraco perfecto. Lockdown.

Foto de Marc Caellas

Querían que viviéramos de día. Según su manera de ver las cosas, de día se trabaja, se lleva a los niños a la escuela, se va al gimnasio. La noche es para dormir, ver series o soñar en blanco y negro. No entienden que se pueda vivir de otra manera. Vivir de noche es dejar de pensar en términos de seguros de vida, seguros de enfermedad, pensiones de vejez y todo eso. Vivir de noche es divagar bajo las estrellas, entender que las lunas y los planetas guían nuestro camino, si somos lo bastante humildes para prestarles atención. El diurno levanta paredes alrededor de su conversación, le pone límites a todo para sentirse en casa. En el fondo le falta confianza en los demás, se volvió realista porque es lo más seguro y práctico. El nocturno, en cambio, es temerario y adaptable, hace amigos con facilidad, no le teme al contagio de las ideas o al mestizaje de los alcoholes.

En Azores la belleza me acecha cuando menos la espero. Estoy tranquilo, relajado, cuando ocurre algo; una puesta de sol, un gong que suena a lo lejos, un avión que despega entre un arcoíris, y otra vez estoy perdido. Ahora es media tarde y camino veinte minutos por las calles de Ponta Delgada y recuerdo a J.G. Ballard relatando sus obsesiones que parecen haber sido escritas aquí: la elegancia de los cementerios de automóviles, el misterio de los estacionamientos de varios pisos, o la poesía de los hoteles abandonados. Llego al parque Antonio Borges, sede hoy  de la sección Tremor na Estufa, una serie de conciertos “secretos”, en los que, a priori, no sabes a qué artista verás y de los que se hace pública la localización unas horas antes. La sorpresa resulta ser la arpista española, afincada en Porto, Angélica Salvi. Si toda la isla es un jardín botánico, los parques son mini jardines dentro del gran jardín. Me tumbo en la hierba sin importarme que se ensucien mis tejanos. Bajo estos árboles llegados de otras latitudes, gracias a la mediación del señor Borges, con los últimos rayos del sol filtrándose entre las ramas, el arpa de Angélica suena celestial. Cierro los ojos y viajo con la melodía por el espacio sideral para aterrizar otra vez entre los rostros de un público anonadado que asume sin pestañear que a ratos Angélica deje de tocar y siga sonando el arpa. Son los arreglos de la electrónica, los pedales que hacen un loop. Se produce una suerte de disociación, Angélica toca por encima de su propio sonido grabado, se acompaña a sí misma. Mujer sin amor, arpa sin cuerdas, dice el refrán. Desde pequeño siento cierta fascinación por el arpa. Es un instrumento que tiene más de tres mil años. En la Biblia se lo nombra varias veces. Su música tranquiliza y aleja los malos espíritus. Hay un erotismo tántrico en la manera de acariciar este instrumento triangular. Piernas abiertas, brazos a ambos lados; tocar el arpa supone abrazarlo, masajearlo, acariciarlo suave y lentamente para que surja la poesía, la belleza, el amor. Angélica publicó hace dos años el disco Phantone, en el sello Lovers & Lollypops, un disco que te envuelve en una burbuja melosa y ligera como una pluma. Como toda buena artista, Angélica está en una permanente búsqueda y en el camino se junta con poetas, artistas visuales o bailarines con los que crea proyectos híbridos que dinamitan disciplinas, géneros y encasillamientos varios. 

Foto de Marc Caellas

Salgo del parque trastabillando, cuesta regresar a las dinámicas de la vida, aunque estas sean también placenteras, como caminar, comer, dormir. Consigo la última mesa del Cais da Sardinha y me pido un pulpo. Aquí lo preparan cocido y horneado con patatas aplastadas en un aceite con ajo y hierbas. Una copa de vino blanco, una puesta de sol y ya estoy listo para entrar en el Coliseo Micaelense. El Coliseo hace honor a su nombre. Su descomunal altura y el techo en forma de carpa de circo le dan un aire monumental alucinante que sirve como envoltorio ideal para conciertos, salón de baile o congresos. Sin tiempo a recrearme en la arquitectura empieza el concierto de los percusionistas Joao Pais Filipe y Valentina Magaletti. Sentados uno frente al otro, de perfil al público, lo suyo es un combate de golpes y de poses; hierático él, desmadrada ella, compenetrados ambos. Se conocieron en Porto, en el estudio del primero, donde Joao diseña gongs y experimenta con todo tipo de tambores, y, según cuentan, en cuarenta y ocho horas tenían listo un disco. Bautizaron al dúo como CZN y aquí están, creando una sinfonía rítmica de más de veinte minutos que hace palidecer cualquier solo de batería visto antes. No puedo mantener los pies quietos, siento que levito encima de mi asiento y viajo con los ritmos de esta “música ritualista para toda la familia” que me entra en vena como la heroína que nunca me inyecté. Cualquier noción que uno tenga sobre lo que en la música “occidental” entendemos por la batería queda borrado ante este despliegue de energía logrado toda una retahíla de instrumentos de percusión. El juego de luces pule, brilla y da esplendor a esta tremenda catarsis que me deja exhausto.

El festival Tremor ofrece otra sección llamada Todoterreno. Los espectadores somos citados en un punto de la ciudad en el que nos subimos a un autocar que nos lleva a un lugar de la isla donde empieza una caminata por la montaña. Se cruzan ríos, se atraviesan campos donde pastan vacas y cabras, se enfila un desfiladero de pronunciada pendiente, se comen flores y se respira verde, se escucha verde, se huele verde, los infinitos matices del verde se nos meten por todos los sentidos. Antes de sucumbir ante tanta excitación paisajística, nos detenemos en una antigua estación hidroeléctrica que estuvo en funcionamiento hasta 1974. Turbinas, tubos y tornillos engullidos por plantas y árboles. Techos hundidos, ventanas sin cristales, pasadizos donde fueron quedando abandonados los restos de lo que alguna vez sirvió para llevar la luz a los hogares de la isla. Entre las ruinas, la artista Sofía Caetano colocó unos espejos que, superada la tentación de ser usados para la enésima selfie, duplican la naturaleza de la que somos parte invasora. Unos espejos que funcionan como advertencia, unos espejos que algunos evitan, ¿por miedo?

Foto de Marc Caellas

Nos alejamos de los espejos y enfilamos montaña arriba escuchando el rugir de la cascada mezclado con nuestros pasos en un audio que el guía nos pide que escuchemos de nuestro teléfono, un audio que nos descargamos antes de salir y que pactamos no escuchar hasta que nos lo dijeran. Obedientes, disfrutamos ahora de esta disociación, de escucharnos caminar mientras caminamos, como si hiciera falta doblar la intensidad del sonido para que aparquemos pensamientos y fluyamos en el presente. Toca otra cuesta empinada. Siento el silencio de hojas caídas sobre caminos olvidados. Caminar es sólo una manera de buscarnos, la ilusión de encontrar una puerta cerrada que podamos abrir nosotros mismos. Llegamos a un estanque. Nos detenemos un instante hasta escuchar la señal: un saxo suena a lo lejos. Vemos la diminuta figura de Luis Senra tambalearse encima de una balsa de madera que avanza poco a poco entre las aguas calmas. Luis Senra es un músico azoreño que se especializó en tocar en las múltiples cuevas escondidas entre las nueve islas del archipiélago. Su música expresa su visión del bosque, de los volcanes, de las ramas rotas. Mediante el saxo, sus manos palpan la textura del bosque, su misterio tangible, que se funde con los latidos electrónicos y pianísticos del dúo PMDS. Sentada en la vereda del camino, Sofía Caetano sonríe satisfecha.  

Al día siguiente tocan los Ko Shin Moon, un dúo francés con fuertes conexiones en la India, de donde proviene toda una serie instrumentos folk cuyo sonido se mezcla con las bases electrónicas que convierten sus conciertos en una mezcla de fiesta Bollywood con rave iraní, muy de mi gusto. El concierto sucede bajo una serie de miradores esculpidos con piedra oscura. Miro al oeste y veo la silueta de un elefante de rocas que mete la trompa en el mar, un mar por el que, desde 1986, año de la prohibición de su caza, circulan ahora más tranquilos ballenas, delfines y cachalotes. Asumimos con naturalidad la hipocresía de nuestra familia, de nuestros vecinos, alumnos, compañeros de trabajo, amigos, la necesaria e inevitable máscara social, pero cuando viajamos buscamos autenticidad. Vivir, señores y señoras, querido público, como viajar, es bailar entre desconocidos al atardecer ante el baile de las serpientes, frente a un mar calmo que hoy se limita a ser un corista tímido, que apoya las bases rítmicas sin destacarse, humilde y respetuoso con los esforzados músicos que llenan la atmósfera con sus melodías.

Foto de Marc Caellas

La tercera sesión de Tremor na estufa nos lleva a Sete Cidades, un lugar donde la palabra belleza adquiere nuevos matices, donde si se tiene sed de agua alguien te exprime una nube y si es hambre de pan lo que notas, entonces alguien mata un ruiseñor. Todo rezuma tanta poesía que abruma. Quizás tenga razón Raúl Brandao -autor de Las islas desconocidas- cuando asegura que Sete Cidades es el alma de un paisaje porque, los grandes paisajes, cuando mueren, también van a alguna parte. “Dios la puso aquí, delicada y virgen, en el fondo de este tremendo cráter, entre el fuego y el caos; la rodeó de soledad y de montañas; puso a su alrededor, para defenderla, el mar. Pero se siente que tiene saudades e intenta romper el encanto: envuelta en niebla ligera, sueña, oscila y se queda un poco triste; quiere ser todavía más aérea; va a estremecerse, desapareciendo en el éter...”. En un diminuto escenario cubierto con una lona, a pocos metros del agua, tocan los Solar Corona, una banda de Barcelós, de los que se dice que son una mezcla punzante de stoner rock y kraut cósmico. Lo cierto es que su sonido musculado chapotea en mi estómago como la morcilla con piña que comí en el almuerzo, aunque toda esa explosión de sabores no evita que el alma del paisaje me chupe como un imán y me lleve del otro lado, frente a unas vacas que algo hicieron bien en otra vida para estar ahora aquí, en este campo de pasturas boutique

Ahora cruzamos más de media isla para llegar a Vilafranca do Campo. El escenario está montado sobre un pequeño promontorio verde frente a un par de islotes que forman una piscina natural de aguas azul turquesa. Lo que vemos con una bellísima luz de atardecer es el interior de un cráter que es la parte emergente de un pequeño volcán submarino que se originó hace cuatro mil años. Me siento un rato solo a contemplar y agradecer a la vida por estos momentos. Recuerdo entonces que cargo dos pastillas soundcloud de mdma en el bolsillo. Es el momento para añadir éxtasis al éxtasis, para desbordarme por arriba. Como siempre fui de dosis pequeñas, comparto con generosidad el alimento con las periodistas inglesas, que sonríen incrédulas ante tan inesperado regalo. Es el momento ideal para que el subidón de la química se mezcle con la brisa atlántica y con los sonidos de Conferência Inferno, primero, y su espasmódico cantante a la Ian Curtis style, pero sobre todo, con unos Sensible Soccers que encuentran el punto preciso para que su electrónica sobrevuele como una nube tóxica benigna sobre nuestras despeinadas cabezas. El placer de volver a bailar con desconocidos en el espacio público, el gozo de sentir por toda la piel una música molusca y elegante que se funde con el paisaje, el lujo de dejarse llevar por una mezcla de sonidos dub, techno y ambient que se despliegan como los tentáculos de un pulpo entre el mar de este grupo de lúcidos y sonrientes comensales. Esto sí es un festival, me digo, esto sí está bien organizado, ¡qué capos! En pleno éxtasis me cruzo con la mirada rizada de una joven sonriente que baila a mi izquierda y cuya energía me acompaña hasta el final del concierto. Más tarde averiguo, no podía ser de otra manera, que es de Bilbao. Islas hay muchas, sí, pero ésta será nuestra. 

Llega el último día del Festival y me siento eufórico. Doy un paseo por Ponta Delgada y esquivo la tentación de sentarme nuevamente en el banco de Antero, el poeta suicida. Estos días la muerte es una palabra que pongo a secar. Visito la galería Fonseca Macedo y me sumerjo en el Karaoke existencial de Sofía Caetano. Sin pudor agarro el micrófono y canto: What is the meaning of Life / Natural or fake, which one is my faith? La galerista se ríe. Salgo de nuevo a la calle. Cruzo la ciudad a pie y reparo en la poética de las paredes. Leo: no entre en pánico, el dolor es platónico. Confirmo que las calles son la única área de experiencia válida. Un par de viejitos me sonríe, una madre le canta a su hija, un pájaro hace los coros. Llego a Vaga, una galería instalada en un polígono industrial. Desde Vaga organizan el festival Anda&Fala, o sea, camina y habla, pero eso será motivo, si acaso, de otra crónica. Ahora toca seguir con Tremor y la avispada furgoneta de Carlos que nos deja en otro exuberante parque, el Pinhal da Paz. Sin tiempo a una cerveza reparadora me tumbo sobre la hierba y observo las nubes desplazarse a velocidad supersónica mientras suena el violín de Samuel Martins Coelho entre el bamboleo de las ramas de los árboles que envuelven la pradera. Guau. Ahora es turno del danés Caspar Clausen, quien más que músico es un chamán, un sacerdote, un flautista de Hamelín al que seguiríamos todos los aquí reunidos si quisiera llevarnos a dar una vuelta por la montaña. Pero estamos bien sobre esta alfombra verde, bailando, respirando juntos, mirándonos a los ojos con la luz de un atardecer que nos hace más guapos que cualquier filtro de Instagram. Ya son varios días de festival y los rostros se reconocen. Un tipo me dice que le recuerdo a Terence McKenna. Se lo agradezco. Es un gran piropo, recalca. Lo sé, gracias, le digo mientras le muestro mis hongos cubensis, tatuados en mi antebrazo izquierdo desde marzo. Una mujer de piel aceitunada me cuenta que llegó desde Lisboa y se instaló en la isla, que está pensando en abrir un centro de sanación. Le animo a hacerlo. Sonríe. Hablo con Kitas, uno de los organizadores del tinglado. Lo felicito por su osadía. El mundo es de los que toman riesgos. Como estos genios que organizan un festival en plena naturaleza en una isla tan lluviosa. ¡Pues brillaron el sol y la luna la mayor parte del tiempo! Pero es que además el festival despliega un nivel de producción top, de festival grande, pero llevado a cabo con el cariño con el que se organizan las fiestas de cumpleaños para los amigos. Las cervezas cuestan 1,5 euros, el whisky 4, los bocatas son de pan esponjoso con gambas frescas, es un festival hedonista al alcance de cualquiera, mil y pico entradas a la venta a un precio razonable, beleza pura. Ahora suben al escenario los Ferro Gaita, una banda legendaria de Cabo Verde. Áfricaaaaaaa. Bailo al lado de Ricardo y Gonzalo, dos almas cultas y sensibles, dos veinteañeros que aún en creen en el periodismo cultural y que lo ejercen con pasión. En esta isla uno se vuelve más creyente. No en Dios, esa ficción barata, sino en la pachamama, los volcanes, el agua, los humos, la tierra que vibra con el sonido de los tambores caboverdianos. No nos iríamos nunca, pero llega el temido momento del fin. La responsabilidad recae en el dominicano Kelman Duran, quien cierra el festival con un reggaetón etéreo que me baja las revoluciones y el ritmo. Un grupo de admiradores se acerca al escenario y desarrolla un movimiento a cámara lenta, un baile sosegado que permite ir engullendo todo lo visto, engullido, palpado, olido y escuchado una tarde tan intensa que nos acercó un poco a la eternidad. 

Terminó el festival y no me di cuenta y es hora de hacer la maleta y no dormí y el conductor espera y no me despedí de aquella mujer tan guapa y estoy en la sala de espera del aeropuerto y casi pierdo el vuelo, pero recupero a medias la lucidez al iniciar el despegue de mi vuelo a tiempo de una última mirada por la ventanilla y me embarga la sensación de que estas islas bendecidas siguen estando tan lejos ahora como cuando su existencia se debía a esos pioneros de los mapas que imaginaban islas misteriosas en regiones inaccesibles del océano Atlántico. Siento que Las Azores es un territorio distinto. Sin ir más lejos el sol, este sol sensual que brilló durante gran parte de la semana, un sol ni tan intenso como el sol tropical ni tan suave como el europeo, un sol tan suyo como estas islas que aún combinan cosas de este mundo y de otros del pasado, unas islas a las que ya quiero volver una y otra vez. 

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