Opiáceos: placer y dolor

Si se antepone el imperio a la gente, la plata a la salud, el placer se convierte en dolor y la cura en enfermedad.

01 Diciembre 2020, 3:38pm

250 miligramos ya producen una ebriedad notable, que dura más de seis horas.

Suponiendo -lo cual es mucho suponer- que el opio posee un contenido medio de morfina próximo al 10 por 100, la dosis letal media de opiáceos para un adulto puede rozar los 70 miligramos por kilo de peso, que para una persona próxima a los 70 kilos equivalen a unos 5 gramos. Se conocen, sin embargo, casos de coma y muerte con sólo 3 gramos de una vez

El opio y sus derivados (heroína, morfina, codeína…) han conectado placer y dolor, guerra y paz, comercio y tráfico, consumo ilegal y medicina y hasta Oriente y Occidente como ninguna otra droga. 

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Sus usos terapéuticos son tan antiguos como la civilización. Los sumerios llamaban a la adormidera o amapola Hul Gil “planta de la alegría” [1]. En el Antiguo Egipto se utilizaba para calmar el llanto de los niños [2]. Plebeyos, patricios y emperadores del Imperio Romano usaban opio para aliviar el dolor, como parte de un preparado para empezar con energía el día o para suicidarse [3]. 

En el siglo XIX, casi un milenio y medio después de la caída de Roma, algunas publicaciones científicas de Estados Unidos todavía alababan al opio como “la mejor droga”. Y en esa época, antes de convertirse en la “empresa de la aspirina” Bayer se expandía gracias al descubrimiento de la heroína [4].  

Hoy los opiáceos son omnipresentes en nuestra medicina, pero a partir del siglo XIX y principios del XX se empezaron a ver y entender sus riesgos [5]: a la paz y el placer se le sumaba el dolor, las epidemias [6] y la guerra [7].

Es muy probable que la primera palabra que asocies a heroína sea lo que un especialista llamaría consumo problemático y lo que en el lenguaje popular se conoce como adicto o yonqui [8]. Es cierto que es la droga ilegal que más problemas causa. También lo es que mucha más gente que la prueba continúa su vida sin problemas [9].

Para entender los diferentes universos que rodean a los opiáceos vamos a contar una breve historia que une a un zar antidrogas chino del siglo XIX y a una familia milmillonaria estadounidense del siglo XXI.

El zar antidrogas se llamaba Lin Hse Tsu. El Imperio Británico empezó a fijarse en China con la idea de repetir el rotundo éxito comercial que había cosechado con la colonización de la India: comprar muy barato y vender caro sus productos manufacturados. Pero en los primeros años no les salían las cuentas. Los británicos demandaban cada vez más té además de otros refinados productos chinos como la seda o la porcelana mientras China no se interesaba por los modernos aparatos ingleses. Así que la plata —literalmente la plata americana, que los españoles habían convertido en una especie de patrón oro de la época— viajaba en el sentido contrario al plan británico. 

El Opio fue la solución

Esa droga era ilegal en Gran Bretaña, como Lin Hse Tsu le hizo notar a la Reina Victoria en una carta [10], pero los ingleses no tuvieron reparo en traficarla por toneladas en China. El opio se convirtió en un doble problema para el emperador chino: al tiempo que los comerciantes locales gastaban mucha plata en un producto de importación porque lo podían revender en el mercado interno con grandes ganancias, la expansión sin control de la droga se convertía en una crisis de salud pública [11]. Para solucionarlo mandó a Lin Hse Tsu al puerto de Catón, por donde se introducía toda la mercancía del exterior. Y el funcionario cumplió su trabajo: se decomisó unas mil toneladas de opio.

La eficiencia de Lin Hse Tsu provocó la primera guerra del opio (1939-1942). Los comerciantes ingleses habían perdido muchísimo dinero, que era lo mismo a que lo perdiera la Compañía Británica de las Indias Orientales, quien producía y subastaba el opio en la India. Y eso era lo mismo a que lo perdiera la corona inglesa. El conflicto se resolvió con una plácida victoria británica [12]

Catorce años después se produjo la segunda guerra del opio. Otra sencilla victoria inglesa. China acabó por adherirse a la expansiva economía capitalista mundial. El Imperio Británico seguiría expandiéndose hasta convertirse en el mayor imperio de la historia. Lin Hse Tsu perdió la primera guerra y murió antes de la segunda, pero sigue siendo un héroe nacional. Una estatua en el barrio chino de Manhattan lo recuerda. 

Cerca de esa estatua comienza la historia de la familia Sackler. Tres hermanos de Brooklyn fundaron una modesta empresa de medicamentos a finales del siglo XIX. Las siguientes generaciones medraron el negocio, pero no fue hasta este siglo cuando se convirtieron en una de las familias más ricas de Estados Unidos con una fortuna estimada de 13,000 millones de dólares. Su particular gallina de los huevos de oro fue el OxyContin, un opiáceo tres veces más potente que la morfina. 

Los Sackler eran muy ricos, discretos, filántropos que financiaban el arte y la investigación científica, una dinastía estadounidense en toda regla. Ahora son unos parias, los señalados por la crisis de salud de opiáceos que sufre Estados Unidos. Ocho miembros de su familia han sido denunciados por más de 500 ciudades y condados del país. Su empresa, Purdue Pharma, se ha declarado en bancarrota después de pagar millonarias indemnizaciones. El OxyContin se comercializó entre publicidad engañosa y bajo la sospecha de sobornar a la industria médica para que se recetara como caramelos. 

Cuando las autoridades estadounidenses empezaron a restringir la dispensa de estos opiáceos legales ya era demasiado tarde. Una gran cantidad de personas habían desarrollado algún tipo de adicción [13]. La demanda, por supuesto, despertó el interés del tráfico ilegal, sobre todo en México, donde se multiplicaron las hectáreas de cultivo de amapola. Y aún faltaba una consecuencia más. En China se fabricaba el fentanilo, un opiáceo sintético más potente, barato y fácil de transportar que la heroína. El fentanilo se hizo famoso primero por la muerte de algunas celebridades y después por las sobredosis de esa gente que había empezado sus problemas con medicamentos como el OxyContin. En México, los lugares donde se planta amapola,  como la sierra de Guerrero, se empobrecieron todavía más.

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 La enseñanza que nos deja la historia de la guerra del opio y la de la familia Sackler es que si se antepone el imperio a la gente, la plata a la salud, el placer se convierte en dolor y la cura en enfermedad.

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Amapola, heroína, όπιο, fentanilo

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