Por qué siempre perderemos la guerra contra las drogas sintéticas

Entrevistamos a Ben Westhoff, autor del libro La fiesta se acabó. Por qué siempre perderemos la guerra contra las drogas sintéticas, que recorrió el mundo durante seis años investigando el origen, distribución, destino y efectos de estas sustancias.

29 Junio 2021, 4:25pm

Desde los inicios de la humanidad, los seres humanos hemos consumido drogas que, salvo en casos muy concretos, se extraían de las plantas. A veces, para consumirlas ha sido necesario algún proceso de extracción, destilación o procesamiento, como ocurre en el caso del alcohol, la cocaína o la heroína; pero en otras ocasiones, la planta se consume de manera directa, como el cannabis o los hongos.

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En el siglo XX, comenzaron a producirse drogas sintéticas. Sustancias que no tenían un origen natural, que no existían previamente en la naturaleza, sino que eran fruto del trabajo en laboratorios. Con el paso del tiempo, la variedad de este tipo de narcóticos se ha disparado y, en los últimos años, el proceso se ha acelerado todavía más. Ha sido lo que se ha venido en llamar el advenimiento de las NPS (del inglés Novel Psychoactive Substances) o nuevas sustancias psicoactivas, entre las que ocupa un lugar destacado el fentanilo, una droga de la que venimos hablando en VICE desde hace unos cuantos años.

Es precisamente de esta explosión, sus causas, su origen y sus consecuencias, de lo que habla el libro La fiesta se acabó. Por qué siempre perderemos la guerra contra las drogas sintéticas (Temas de Hoy, 2021), del periodista estadounidense Ben Westhoff. Westhoff fue una de las primeras personas en investigar estas drogas y el que ha llegado más lejos en esta materia. Durante años, ha recorrido medio mundo siguiendo la pista de las NPS, visitando los lugares donde se producen en China, siguiendo el rastro de su distribución a través de la dark web, visitando los barrios más perjudicados por la presencia de estas drogas en Estados Unidos y Europa, e incluso conociendo proyectos que algunos gobiernos y ONGs están llevando a cabo para reducir sus efectos negativos.

Westhoff, que en su día fue colaborador de VICE en Estados Unidos, ha conseguido escribir un libro fascinante que se lee deprisa y como una novela, repleto de datos y referencias, y que te deja con una cierta inquietud al pensar en el impacto que estas drogas tendrán a largo plazo en nuestra sociedad. Decidimos hablar con él para conocer un poco mejor las dinámicas de este complejo problema.

VICE: ¿Cuándo y cómo entraste en contacto con el mundo de las drogas sintéticas?

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Ben Westhoff: En torno a 2013, yo vivía en Los Angeles y era el editor de música en la revista LA Weekly. En aquella época, la música electrónica (lo que en Estados Unidos acabó llamándose EDM), estaba en pleno auge y cientos de personas acudían cada semana a esas fiestas, así que me pidieron que fuese a cubrirlas para contar qué estaba pasando con ellas.

Al acercarme más a ese ambiente, me di cuenta de que en esos raves ocurrían muertes por sobredosis con muchísima frecuencia. Los medios de la época solían achacarlas al éxtasis o MDMA, pero yo no estaba seguro de que este fuese el motivo. Las pocas personas que fallecían anualmente en Estados Unidos a causa del MDMA (unas 20), estaban relacionadas con la deshidratación que producía en las víctimas o con los golpes de calor que algunas sufrían después de pasar horas bailando a pleno sol.

Así que empecé a investigar y descubrí que ese supuesto éxtasis que circulaba en los raves no contenía realmente MDMA, sino que este había sido reemplazado por nuevas sustancias psicoactivas de las que casi nadie sabía nada. La más peligrosa de todas era el fentanilo.

Portada del libro La fiesta se acabó.

 

Quizá ese es uno de los mayores peligros de las drogas sintéticas, ¿no? Que en muchas ocasiones no tienes ni la menor idea de lo que te estás tomando.

Exacto. Además ya sabes lo que se dice, que la dosis es lo que hace al veneno. De la mayoría de estas drogas se puede tomar una “dosis segura”, incluso del fentanilo, pero lo difícil es saber cuál es esa dosis. Si no tienes ni idea de qué es lo que estás tomando, el riesgo de que consumas una cantidad letal es elevado.

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Por ejemplo, si hablamos del fentanilo, la dosis potencialmente letal es muy pequeña, ¿verdad?

Tienes que medirlo de una forma muy precisa, sí. La dosis letal de fentanilo es de más o menos 2 miligramos, que es una cantidad minúscula. El fentanilo es una sustancia que se utiliza habitualmente en hospitales, pero las dosis las calculan anestesistas que están preparados para medirlas correctamente, ajustándolas al peso de la persona, etc. El problema es que el dealer que te lo vende en la calle o por internet no tiene ni la más remota idea de lo que tienes que tomar y es muy fácil pasarse y sufrir una sobredosis.

Dedicas una parte importante del libro a hablar sobre cómo en diferentes partes del mundo han sido los propios miembros de la escena rave quienes han hecho un gran trabajo realizando campañas de reducción de daños.

Efectivamente, y quizá el caso más destacable está en España, en concreto en Barcelona, donde en 1997 surgió el proyecto Energy Control, que mucha gente considera el mejor proyecto de reducción de daños de todo el mundo.

Aprendí mucho de ellos en mis visitas a la ciudad, en especial sobre cómo podemos frenar o, al menos, paliar los efectos negativos de la crisis producida por estas drogas en Estados Unidos.

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España ha mantenido una política muy progresista a la hora de fomentar este tipo de grupos y las acciones que realizan. Es realmente muy distinto a lo que ocurre en los Estados Unidos, donde el Gobierno dificulta de forma activa la acción de grupos que buscan emprender iniciativas similares.

Por lo que cuentas en el libro, parece que la reducción de daños es casi lo único que se puede hacer contra estas nuevas drogas, ya que las prohibiciones no acaban de funcionar debido a que cuando una determinada sustancia se ilegaliza, de inmediato aparece una similar no regulada que la sustituye. ¿Es realmente una dinámica imposible de frenar?

Literalmente, aparecen cientos y cientos de estas nuevas sustancias cada año. Aparecen y desaparecen fundamentalmente impulsadas por el mercado y el mercado funciona dependiendo de qué sustancias se consideran legales o ilegales.

La mayoría de estas drogas se producen en China y allí el Gobierno prohíbe las sustancias una a una. En el momento en el que una de estas drogas pasa a ser ilegal, lo que hacen los laboratorios es modificar ligeramente la molécula, creando una sustancia similar, pero diferente, por lo que técnicamente ya no está prohibida.

Es como el juego del gato y el ratón. Y hoy en día no es realista pensar en que haya una posibilidad de frenarlo. Por ejemplo, la mayoría de estas drogas se fabrican en China, pero si se consiguiese que la producción en ese país se detuviera por completo (lo que es una utopía), la fabricación se trasladaría a países como India, donde ya existe una pequeña industria de producción de drogas sintéticas, y si se consiguiera parar también allí, pues comenzarían en Rusia o en cualquier otro lugar.

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Por ahora, lo único que podemos hacer es intentar solucionar las cosas en casa y ayudar a las personas que se han enganchado a estas sustancias o las toman, reduciendo los riesgos. Convencer a la gente de que es muy mala idea utilizar este tipo de drogas. 

En el libro relatas tu viaje a China para visitar a los productores de estas sustancias. ¿Cómo fue la experiencia?

En China esperaba encontrarme un laboratorio secreto con tipos armados con AK-47 custodiando la entrada. Pero no fue así en absoluto, el laboratorio que visité estaba cerca de la ciudad de Shanghái, en un parque empresarial nuevo, limpio y moderno. Tenía una fuente frente a la puerta y desde fuera nunca hubieses imaginado que lo que allí se fabricaba eran drogas. Los químicos que trabajaban en las instalaciones tenían pinta de profesores de instituto. Además, estas empresas intentaban producir sus drogas de una forma 100% legal; no es una gente que quiera problemas, solo quieren hacer dinero de una manera silenciosa, sin llamar la atención de su Gobierno.

¿En estos laboratorios se fabrican solo sustancias que hasta la fecha son legales o también otras ya declaradas como ilegales?

Hay diferentes tipos de laboratorios y algunos están volcados en la fabricación de sustancias ilegales. Los que yo visité buscaban que todo lo que fabricasen fuera legal, así que en el momento en el que una sustancia era prohibida por el Gobierno, se deshacían de todo y, para mí, esa era la parte que me daba más miedo, lo fácil que les era operar al margen de la ley. Además, como explico en el libro, el Gobierno les concede beneficios fiscales, subsidios, etc. Realmente es muy loco.

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 ¿Hasta qué punto China está favoreciendo la producción de estas sustancias? ¿Se trata de una especie de guerra química contra Occidente?

Es cierto que en China nadie utiliza este tipo de drogas. Eso es lo que ha provocado que algunas personas se hayan atrevido a especular con que esta invasión de las drogas sintéticas chinas en el mundo occidental está provocando una especie de nueva Guerra del Opio pero a la inversa.

En el siglo XIX, China entró en guerra con Inglaterra debido al opio que los británicos introducían en China obteniendo grandes sumas de dinero. Ahora, la situación sería la contraria: China estaría enviando estas sustancias a Occidente, sacando así un enorme provecho económico a la vez que perjudicaría la salud de los habitantes de estos países.

Mi opinión es que la razón principal de este comercio es el sistema capitalista. China quiere construir una industria química y farmacológica más fuerte y está apostando por ella, aunque parte de lo que se produzca sean drogas. Al mismo tiempo, está claro que el Gobierno chino es consciente del daño que estos productos están haciendo en Europa y Estados Unidos, y no está poniendo mucho empeño en evitarlo.

“China estaría enviando estas sustancias a Occidente, sacando así un enorme provecho económico a la vez que perjudicaría la salud de los habitantes de estos países”.

China invierte mucho esfuerzo en controlar los problemas de drogas que existen en su país con la metanfetamina y la heroína, pero no está haciendo absolutamente nada por ayudar a los países occidentales. Creo que esta actitud demuestra que aunque quizá no existe una guerra como tal, sí que hay cierto grado de mala fe en su actitud.

Para la creación del libro, visitaste varios lugares donde los efectos de estas drogas han arruinado la vida de mucha gente. ¿Qué es lo que te encontraste allí?

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Soy de un lugar llamado Saint Louis en Missouri, y aquí el problema con estas drogas sintéticas es muy grave. Especialmente entre la comunidad afroamericana, y la pandemia ha empeorado todavía más las cosas.

Durante la creación del libro, conocí a un dealer de fentanilo retirado de Saint Louis que me enseñó donde vendía y pude ver de primera mano las razones de este problema, que son la pobreza y la desesperanza. La facilidad de portar armas en Estados Unidos hace que el problema sea todavía peor.

La situación en Saint Louis es muy complicada, pero también lo es en otros lugares como Chicago, Cleveland, Ohio, Boston, Nueva Inglaterra y, en realidad, en todo el país.

¿Crees que la nueva presidencia de Biden puede hacer que haya algún cambio en las políticas que se siguen en Estados Unidos contra las drogas?

Bueno, por ahora Biden ha sido bastante decepcionante. No se ha distinguido demasiado respecto a la administración de Trump. Pero la buena noticia es que creo que la actitud de muchas personas hacia las drogas está empezando a cambiar. Hemos empezado a ser un poco más europeos en lo que respecta a ver a los drogadictos no como delincuentes que hay que encarcelar, sino como enfermos.

Está claro que todavía no tenemos esa actitud tan progresista que existe en Europa con respecto a las drogas. No hay nada parecido a las instalaciones del Centro de Atención y Seguimiento de las Drogodependencias Baluard que visité en Barcelona, que depende del Ayuntamiento de la ciudad. Se trata de un gran ejemplo de cómo abordar este problema: un lugar al que los drogodependientes pueden acudir y recibir la atención que necesitan, son tratados como personas, pueden consumir de forma segura en salas habilitadas para ello, y tienen la posibilidad de obtener asesoramiento legal y psicológico, además de tratamientos sociosanitarios. Es todo un éxito que debería ser emulado en el resto del mundo. Me impactó mucho ver que este centro está solo a unos metros de Las Ramblas, uno de los lugares más visitados por los turistas.

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¿Cómo fue tu experiencia en la dark web, donde muchos de los usuarios de estas drogas las consiguen?

Nunca había entrado antes en la dark web y realmente fue muy impresionante ver las cosas que puedes comprar allí, prácticamente todo lo ilegal que te puedas imaginar, también drogas, claro.

Pero fui muy honesto con las personas con las que hablé, les dije que era un periodista que estaba escribiendo un libro y muchos accedieron a hablar conmigo. Creo que pensaban que era una ocasión de reparar un poco la mala reputación que arrastran esas páginas. Querían contar su propia versión de los hechos.

Hay personas que piensan que la dark web contribuye en parte a la reducción de daños, ya que los vendedores tienen reviews, igual que en Amazon. Si alguien vende drogas de baja calidad, los usuarios le pondrán malas reviews, así que los consumidores en realidad están mejor informados que cuando las compran en la calle.

Uno de los dealers que vendían fentanilo por internet accedió a encontrarse conmigo, así que lo conocí en persona. Se presentó con su hija. Me mostró que era una persona real y aunque yo no estaba de acuerdo con el hecho de que vendiera drogas para ganarse la vida, al mismo tiempo comprendí por qué la gente acaba metiéndose en este mundo: habitualmente para sostener la propia adicción, como era el caso de esta persona.

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 ¿Cómo obtienen estos dealers las drogas que luego venden a los usuarios?

Hay varias formas, pero el que se encontró conmigo las compraba directamente de los productores chinos. Otras veces, pasa por grandes distribuidores europeos, especialmente en lo que respecta a los cannabinoides sintéticos.

 ¿También se comunican a través de la dark web?

No solo a través de ese canal, también lo hacen a través del internet normal. Me sorprendió bastante cómo buena parte de estos contactos se realizan a través de la web ordinaria.

 Para concluir, ¿qué crees que deberíamos hacer para frenar los estragos de estas drogas?

España me parece un buen ejemplo para luchar contra los impactos negativos de estas sustancias, pero hay muchas más cosas que pueden hacerse.

En general, estoy a favor de legalizar y descriminalizar. Haría que el negocio de los dealers se esfumase y mejoraría los problemas asociados con el tráfico de drogas como los robos, la prostitución, los atracos, etc. También creo que habría que sacar a la gente de las prisiones, porque no son un buen lugar para dejar las drogas; más bien al contrario. Las personas salen y siguen siendo adictas, y muchas veces incluso vuelven a la calle peor de lo que entraron.

Pero realmente aún no sabemos cuáles son los potenciales efectos que estas nuevas sustancias tendrán en nuestra sociedad. Desconocemos qué ramificaciones se producirán en el futuro. 

 *La entrevista ha sido editada por motivos de claridad.

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