Un grito de justicia para la Alejandra

Casi un mes después de la muerte de Alejandra Monocuco, una mujer trans de 39 años con VIH que no recibió la asistencia médica adecuada en Bogotá al presentar síntomas de COVID-19, la Red Comunitaria Trans escribe este manifiesto.

26 Junio 2020, 4:07pmSnap

En Colombia ser mujer trans es una sentencia de muerte. A la bajísima esperanza de vida de las mujeres trans, resultado de acciones y omisiones estatales, los crímenes de odio y las condiciones de precariedad y pobreza que caracterizan la experiencia de las personas trans en el país, se suman la violencia estructural, la violencia racial, la transfobia institucional y la serofobia que pesan sobre nuestros cuerpos.

A Alejandra la mataron. A Alejandra la mató un Estado negligente que nunca estuvo a lo largo de su vida y que en sus últimos momentos la dejó morir. Por el estigma que llevaba su cuerpo, por ser trans, por ser negra, por ser pobre, por vivir con VIH, por ser trabajadora sexual.

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Alejandra murió cuarenta minutos después de que una ambulancia solicitada por sus hermanas de lucha se negara a llevarla a un hospital. La violencia y el abandono estatal siguen cobrando vidas en las calles.

Más de quince horas demoraron en levantar su cuerpo. Repitamos eso. Quince horas. ¡Decidieron que su cuerpo no merecía ser “salvado”, resucitado, ni recogido! No merecía luto, su vida no valía.

La sentencia de muerte de Alejandra ya había sido declarada hace años. En una entrevista que le hicimos en 2014, nos compartió una denuncia que visibiliza la violencia sistemática que vivió por parte de la fuerza pública:

Los que se metían con uno era la policía... he sido víctima también de la policía porque esta cicatriz... me la hizo un policía... con el bolillo... porque él cuando... vino a ver, ‘Córrase de acá marica hijueputa’ como a los dos días de yo haber llegado... agarró el bolillo y pra, y me dio y me partió la cabeza... Me amenazaba, y varias veces me recogió me partió la cabeza, venía... me llevaba... para un CAI, que queda retirado de la ciudad [por]... los lados de Morrorico [Bucaramanga], eso es una parte elevada... retirada... de la ciudad... eso es monte. Y por allá me agarraba y me daba unas pelas... con una manguera de esas con las que despachan gasolina... Como una manguera del agua… y me agarraba y me daba unas pelas... no permitían trabajar... no era batida sino como ya él me tenía entre ojos... no me quería ver por ahí... me agarraba, me bañaba, me echaba agua con una manguera por allá... me daba duro, me daba patadas en la cara”.

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Alejandra murió el viernes 29 de mayo de 2020, ahogada. El lema que ha cirulado en redes sociales en rechazo al asesinato de George Floyd en Estados Unidos, #ICantBreathe (#NoPuedoRespirar), nos sirve también para protestar por la muerte de Alejandra: #NoPuedoRespirar, #NoPuedoRespirar, #NoPuedoRespirar. Sin haber estado ahí, nos imaginamos que estas podrían haber sido también sus últimas palabras: no puedo respirar. Bien como reportaron sus hermanas presentes, se murió pidiendo a gritos oxígeno.

Alejandra murió bajo la rodilla del Estado, uno que nunca quiso reconocer su existencia, tanto que cremaron su cuerpo sin que se abriera una investigación sobre la causa de su muerte. Tal vez, también como George, gritaba por su madre; posiblemente cuando se estaba muriendo percibía que nadie venía y que nadie iba a venir: ni su familia ni el Estado. Que ella moriría en compañía de sus hermanas de lucha, porque la muerte hace parte de nuestro diario vivir. Nuestras hermanas mueren todos los días en las calles. Llegan a las calles porque es el único espacio que les ha dejado la sociedad transfóbica, serofóbica, para SER, para permanecer, para VIVIR.

Que la muerte de Alejandra y todas las vidas que hemos perdido no se conviertan en cifras que adornan nuestros textos académicos o informes de derechos humanos publicados por las organizaciones sociales dominantes. Recordemos sus vidas, su risa, su amor, sus aportes al movimiento, las veces que nos han levantado de las cenizas. Recordemos los momentos en que nos dieron las fuerzas para seguir luchando, cuando nos levantaron por la mañana y nos dieron aliento para enfrentar el terror de la exclusión y la violencia estatal.

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Que el Orgullo no se quede en un simple espectáculo mediático. Que sea un grito de dignidad, de REVOLUCIÓN, de llamado a la movilización colectiva que no pare hasta que podamos VIVIR, no solo sobrevivir, no solo sobrepasar los 35 años a los que nos han condenado.

Nos están matando por decidir sobre nuestros cuerpos, por construirnos como personas libres. Nuestra identidad nos está costando la vida.

Los cuerpos de las personas LGBTIQ+ hablan. Los cuerpos trans de Alejandra, Brandy, Ariadna, Dominique y Riah —asesinadas en Colombia y en Estados Unidos en esta época de pandemia— nos siguen hablando, nos siguen gritando. El silencio de sus cuerpos ausentes nos recuerda que hubo dolor, sufrimiento, discriminación, prejuicio, odio, sanción a su construcción identitaria, y nos exige verdad, justicia, reparación y no repetición.

No nos conformaremos con #JusticiaParaAlejandra. No permitiremos ninguna muerte más. Estos gritos desde el silencio son el motor de nuestra revolución.

Con rabia organizada,

Juli, Amy, Ian, la Red Comunitaria Trans y el Consejo Global del movimiento #JusticiaParaAlejandra #JusticeForAlejandra

Si estás en Bogotá, únete a el próximo 3 de julio a #Yomarchotrans. Nos vemos en la Torre del reloj del Parque Nacional a las 5:00pm para gritar #JusticiaParaAlejandra.

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muerte, Derechos Humanos, transgénero, Coronavirus, Red Comunitaria Trans, mujeres trans, #JusticiaParaAlejandra, serofobia, muerte transgénero

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