Dos mesas bajo una carpa invitan a comer en el exterior, incrementando la capacidad del comedor y ofreciendo una alternativa sin riesgo de COVID.
Alejandra Guzmán, quien también es contadora en Manos Amigues, recibe a la clientela mientras llena una hoja de registro cada día.
Un grupo de clientes esperan afuera del comedor a que dé la 1:00 PM, hora en que empiezan a servir la comida.
Gracias a las mascarillas y las vacunas, el equipo de Manos Amigues ha mantenido abiertas las puertas desde mediados del 2021 – aún a pesar la suspensión temporal de eventos en viernes por la ola Ómicron.
Macha Pulcheria, una mujer polaca queer que vive en la Ciudad de México desde hace poco más de un año, limpia y organiza los utensilios mientras dona su tiempo como voluntaria en Manos Amigues.
Alejandra Guzmán recolecta los $11 pesos por comida y registra a las personas para mantener un control de ventas.
“Apoyar a esas personas [vulnerables] es lo mejor que podemos hacer por ahora, así que cuando vimos la oportunidad, lo hicimos.” – Alejandra Guzmán.
Planeada y preparada por Alejandra Cuicahua, la comida completa incluye varios platillos como se muestra en este menú del día.
Luego de cocinar toda la mañana, Alejandra Cuicahua sirve frijoles para casi 200 comensales un viernes de enero por la tarde.
Miriam Karbassi es voluntaria y lava los platos los viernes en Manos Amigues.
Victor Haro, atleta y escultor, trabaja en Manos Amigues como ayudante de cocina cinco días a la semana, y forma parte del equipo de Cuicahua, cocinera de cabecera.
Mariana de Horta es ingeniera en audio y técnica de guitarras, viene de Uruguay y dona su tiempo para y durante los eventos de viernes en Manos Amigues.
Alejandra Cuicahua, madre de una joven mujer trans y un joven gay, dice que cocina en Manos Amigues porque ella misma se considera parte de la comunidad LGBTQ.
Rudy Arkadia, quien trabaja atendiendo mesas en Manos Amigues, se identifica como no binarie, es estudiante, activista y pertenece a una casa de ballroom en Ciudad de México.
En Manos Amigues, gente de todas las edades, géneros y sexualidades come lado a lado sobre coloridos manteles y entre paredes que exhiben las creaciones de artistas queer y trans.
Alejandra Guzmán recolecta los $11 pesos por comida y registra a las personas para mantener un control de ventas.