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Ilustración: @_andruyeya.
Salud

Cuando tu TOC se encuentra con tu educación católica

Desde muy niño Carlos Sarria temía que Dios lo castigara y repetía ciertas acciones para intentar prevenir ese castigo. ¿Por qué no todos los que le temen a Dios tienen TOC?
12.10.20

En el cortometraje de Disney Salvamento gatuno (1941), Pluto salva a un gatito de ahogarse en un río en pleno invierno. El gato lo sigue a la casa de Mickey y Pluto se pone celoso por la atención que Mickey le da al pequeño felino. En ese momento, un ángel y un demonio aparecen para disputar la conciencia del perro. El ángel le recomienda tratar bien al gatito y el demonio, matarlo. El cortometraje dura alrededor de siete minutos y durante ese tiempo Pluto es atormentado por la disputa entre el ángel y el demonio. Al final, Pluto saca al gato de un pozo y Mickey lo recompensa tratándolo como un héroe. Momentos antes, sin embargo, ese mismo Mickey lo había castigado por romper la pecera intentando incriminar al gato. 

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Esa imagen del demonio y el ángel que aparecen a lado y lado del personaje es muy común en los dibujos animados y es la que Carlos Sarria, periodista musical y locutor, usa para describir su Trastorno Obsesivo Compulsivo (TOC). Nos cuenta: “Cuando yo voy a hacer alguna repetición [una acción compulsiva típica del trastorno], sale un Sarria acá —se apunta al hombro derecho— y otro acá —ahora al izquierdo—. Uno me dice: ‘no pasa nada si repite o si no repite’ y el del TOC, que es más fuerte, dice ‘tiene que repetir porque si no, usted verá’ y siempre gana el de repetir”. 

No es gratuito que Carlos escoja la metáfora religiosa para explicar cómo vive su trastorno, pues, en su caso, está muy cargado de  la educación católica que recibió en el colegio del Opus Dei en el que creció en Bogotá. Como Pluto le teme a Mickey en el cortometraje de Disney, desde muy niño Carlos temía que Dios lo castigara y entonces repetía ciertas acciones para intentar prevenir ese castigo. Decía oraciones o se daba la bendición una y otra vez, e incluso llegó a comprar un afiche del Divino Niño que puso en su cuarto y besaba para entrar en las gracias de Dios. 

“Está 100% relacionado como me criaron en el colegio y mi TOC. A uno chiquito le venden la idea de que si tú haces algunas cosas que para Dios no están bien o correctas, entonces habrá un castigo”, cuenta. “Si tú le empiezas a infundar este tipo de cosas a un niño de cinco o seis años y si uno tiene la tendencia, por decirlo de alguna forma, a tener un trastorno mental, yo creo que es una mezcla que no funciona bien y el resultado es un niño que piensa ‘si yo no hago esto, o si hago aquello, va a haber una repercusión divina porque finalmente Dios es el que manda y por él es que pasan las cosas’”.

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El TOC, como nos explica la psicóloga clínica Juanita Gempeler Rueda, fundadora y directora científica de Equilibrio y experta en el tratamiento de trastornos de la alimentación, el ánimo y la ansiedad, es un trastorno de ansiedad que se compone de dos elementos, por un lado las ideas obsesivas, o sea ideas que son involuntarias, intrusivas y que generan ansiedad; por otro lado, actos compulsivos, que pueden ser motores (acciones como por ejemplo lavarse las manos de manera ritualística y repetitiva) o cognitivos (pensar sobre la idea invasiva). En el caso de Carlos, las ideas intrusivas tuvieron que ver por mucho tiempo con prohibiciones del tipo sexual, y las acciones compulsivas eran, por ejemplo, rezar, darse la bendición —entre risas nos dice: “setecientas veces al día”— o bañarse de manera repetida para intentar deshacerse de los pensamientos. 

Antes de la adolescencia, sus obsesiones tenían más que ver con la posibilidad de que le fuera mal en el colegio y de que su papá lo regañara por eso. El afiche del Divino Niño fue su gran benefactor al final de cada bimestre. En diferentes momentos de nuestra conversación, Carlos recuerda que era muy vago, no estudiaba, pero rezaba. Le preguntamos entonces por qué, si le tenía tanto miedo al castigo, no estudiaba en lugar de rezar. En su respuesta se revela algo de su compulsión con la figura del Divino Niño: empezó pidiéndole que le fuera bien en el colegio, pero cuando vio que simplemente no iba a suceder, porque no estudiaba, le empezó a rezar mejor para que su papá no se pusiera tan bravo con sus malas notas. Si por algún motivo se sacaba buenas notas, o su papá le hablaba sin ponerse bravo, él se decía a sí mismo: “¿Sí ve? Hombre, funcionó”. 

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Mientras nos cuenta su historia, Carlos recurre de nuevo a memorias de la época escolar que anclan la percepción que tiene de su experiencia con el TOC: la ausencia de mujeres en su colegio, masculino y católico; la primera vez que un colega llevó una revista pornográfica, y la osadía del que llevó un video y lo puso en clase cuando un profesor se ausentó. Todos esos escenarios eran perfectos para alimentar el miedo que tenía Carlos al castigo divino. “En mi colegio, que es solo de hombres, no había profesoras, todos eran hombres: profesores, secretarios, y las únicas mujeres eran las señoras de la cocina. Finalmente, esa crianza que hay en el colegio, eso lo jode a uno, porque el mundo no es así, el mundo es de hombres y mujeres. Había una finca a donde nos llevaban de convivencia y a las señoras de la cocina uno no les podía ver la cara, uno solo les veía los brazos que le entregaban la comida por una ventanilla”. Él, al igual que todos sus compañeros, tenía curiosidad por la sexualidad femenina, pero a diferencia de muchos, sentía culpa por eso: “Yo siempre tenía el sentimiento de culpa. Me toca bañarme y rezarle a Dios pidiéndole que me perdone, si no hago las compulsiones no voy a estar tranquilo”, nos dice hablando de un comportamiento que conserva hasta hoy.

Carlos decidió crear el podcast Diga Bueno para hablar de su experiencia con el TOC. Cuando escucharon el programa, muchos compañeros del colegio con los que no hablaba hace años le escribieron para decirle que se reconocían en sus relatos. Aunque Carlos está de acuerdo en que la obsesión por la pornografía en su colegio fue colectiva, ¿por qué no todos tienen TOC?, ¿por qué no podemos decir que es lo mismo desear con ahínco a tener Trastorno Obsesivo Compulsivo?

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Juanita Gempeler Rueda explica que el 80% de las personas tiene rasgos obsesivos en su personalidad, pero apenas el 3% muestra un cuadro de Trastorno Obsesivo Compulsivo. El TOC tiene un componente biológico genético muy fuerte y viene acompañado de rasgos de personalidad claros, como el control o la tendencia a los extremos. Contrario a lo que pensamos, los rasgos obsesivos pueden ser muy positivos en la vida de las personas; son los que nos ayudan a cumplir nuestros propósitos, a perseverar en nuestros proyectos, nos dan determinación. “Esos rasgos obsesivos, que siempre tienen una base genética, al unirse a vivencias específicas que se llaman desencadenantes, se pueden convertir en un TOC. Se dice que hay un TOC cuando aumentan la frecuencia, la intensidad y la interferencia de las ideas obsesivas o los actos compulsivos, y cuando el control sobre ellas se hace menor”, afirma la psicóloga clínica. Según ella, el TOC es un trastorno tratable con psicoterapia y farmacoterapia y tiene un mejor pronóstico cuando se detecta y se interviene en un momento temprano de su desarrollo.

Como en el caso de Carlos, las obsesiones que una persona con TOC tiene son informadas por su modo de vida. Gempeler Rueda nos explica que normalmente las personas con TOC tienen un área o universo de obsesión, que puede cambiar con el tiempo, o que puede mantenerse fija. Esas áreas, además, pueden expresarse de maneras muy diversas. Ella lo ejemplifica de la siguiente forma: “una persona que tenga obsesión de contagio puede tenerla con las enfermedades, pero también puede pensar que la manera en que los otros hablan o piensan puede ser contagiosa, es como si se les ‘pegara’ lo que otros piensan o dicen, y eso puede llevarla a hacer una serie de compulsiones que no tienen necesariamente que ver con lavarse las manos”. 

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Aunque los rasgos obsesivos de la personalidad en muchas personas puedan ser positivos, no debemos romantizar el TOC. Para una persona que tiene este trastorno las obsesiones pueden ser muy demandantes en la cotidianidad. Carlos dice que él tiene que planear su día teniendo en cuenta las demoras que su TOC puede causarle, pues a veces tiene que pasar diez veces al frente de una iglesia hasta que pueda librarse de un pensamiento impuro. Otras veces se va a la cama más temprano de lo normal porque sabe que puede tener que rezar repetidamente antes de dormirse para poder suprimir cualquier idea inmoral que lo invada de repente. A pesar de que para una persona que no tiene TOC estas compulsiones pueden parecer innecesarias o exageradas, o incluso faltas de lógica, para quien vive con el trastorno hay un vínculo real y necesario entre las ideas obsesivas y las acciones que tiene que hacer para librarse de ellas. Lo que determina la causalidad entre unas y otras son las narrativas que ha construido a lo largo de su vida y que han moldeado tanto sus temores, como sus salidas.

Es probable que muchos no noten la ansiedad y la angustia que puede causar este trastorno en una persona, porque los rituales que suelen hacer los individuos con TOC parecen poco importantes a los ojos de los demás, pero dentro de ellos estas obsesiones y compulsiones imposibilitan el dinamismo que la vida podría tener y les generan altos niveles de ansiedad.

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Las obsesiones se alimentan de las experiencias, de los miedos, de la falta de control, del futuro y al final, irónicamente, son ellas las que muestran la salida a las preguntas existenciales que muchos nos hacemos. Respuestas a preguntas que se ven plasmadas en la sociedad, en la cultura de un lugar, en la familia, en el colegio. Como escribe el sociólogo Emile Durkheim en su obra El Suicidio, un estudio de sociología, las sociedades al final son las que regulan e imponen los límites a las necesidades, deseos y miedos de un individuo. 

Si este es el caso, y permitiéndonos jugar con la idea de Durkheim, como la sociedad regula e impone los límites de sus obsesiones y de sus compulsiones, entonces estas nos pueden decir mucho sobre el contexto en el que vive la persona.  Cosas que pasan desapercibidas para quien no convive con el trastorno pueden ser muy evidentes para quien tiene que negociar tan intensamente con sus ángeles y demonios. Le preguntamos a Carlos sobre esto y nos dijo: “El mundo es muy mentiroso. Yo veo que a mí este trastorno, de las cosas buenas, es que no me deja decir mentiras. Y uno se mete en líos a veces porque muchas veces las mentiras se dicen para evitar problemas; la gente es muy chistosa, dice ‘dime la verdad siempre, no importa qué pase’ y le dicen la verdad a uno y uno se emputa”. 

Carlos termina nuestra conversación haciendo un llamado: “El estilo de vida de la gente, la sociedad, más allá de cualquier cosa está chiflando a las personas. A las enfermedades mentales hay que pararles bolas”. No podríamos estar más de acuerdo. Aunque cada vez se habla más de salud mental y los gobiernos y los sistemas de salud y educación invierten más recursos en esto, es importante que le den la relevancia que tiene y que garanticemos realmente un estado de bienestar y protocolos de prevención robustos. 

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Este texto es apenas una exploración de un fenómeno que es complejo. Las autoras de este texto no somos profesionales de la salud, ni psicólogas ni psicoanalistas. Las opiniones dadas aquí no sustituyen el tratamiento que cada persona juzgue necesario, útil o eficaz. Recomendamos que en caso de necesidad se consulte a un profesional. Algunas líneas de atención psicológica en América Latina se pueden encontrar aquí. 

Esta nota hace parte de un proyecto que busca explorar las vivencias de trastornos mentales desde una perspectiva cultural a partir de narrativas personales de quien vive con estas condiciones. Si quieres contarnos tu historia nos encuentras en Instagram como @julianaangelosorno y @aheilbronj .