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Cultură

La marcha y los retos de 400 años de acciones cannábicas rebeldes

Los pachecos unidos debemos demandar derechos sociales, sobre todo, de otros grupos, cuyo acercamiento a las drogas ha sido desde el dolor.
28.4.15

"¿Qué significa, a la luz de la situación de las drogas en México, que un grupo de ciudadanos (usuarios o no), sin ser artistas ni intelectuales, haya 'salido del clóset' hace 15 años y qué relevancia, si existe, ha tenido en este nuevo siglo el hecho de que hayan pintado su raya de la anterior concepción de 'mariguano=delincuente o enfermo'?", me preguntó el experimentado activista cannábico Leopoldo Rivera Rivera.

A mí no me quedó más que contestar con un "¡Por fin! ¡Ya era hora de que México estuviera preparado para recibir a los consumidores de mariguana con todos los derechos que les han negado!"

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Es que 400 años de persecución, prejuicios, explotación e injusticias fueron suficientes para sacarnos un ¡ya basta!, de las entrañas, para que reconozcamos que nuestros mariguanos también son mexicanos.

Recibir a los grifos en las calles significa que, por lo menos, una buena parte de la sociedad mexicana está ya dispuesta a renegar de la idea de que la mariguana es un vehículo para relacionarse con el Diablo, como argumentaron los Inquisidores de la Iglesia católica desde el siglo 17.

Significa que los prejuicios del gremio médico y las empresas farmacéuticas del siglo 19 que, dizque científicamente, atribuían a la mariguana el origen de locura y muerte, pueden ser ya superados por conocimiento bien pensado, por trabajos racionales, menos moralizantes, más reales, en nuestros días.

Significa que muchos mexicanos ya tenemos la madurez y el conocimiento histórico necesario para tomar distancia de las ridículas campañas estadunidenses contra la mota, a principios del siglo 20, porque ya les notamos lo racistas y clasistas.

Significa que los mexicanos, mariguanos o no, estamos hartos de que el narcoimperialismo estadunidense provocara que los mexicanos nos desconozcamos los unos a los otros, declaremos guerras entre hermanos, nos matemos entre nosotros, desde hace ya un siglo.

Significa que, en las oficinas de los gobiernos de México y Estados Unidos, también hay mariguanos, que disfrutaron de la yerba, quizá en sus años universitarios con sus amigos. Quizá por eso, en lugar de seguir persiguiendo a estos pachecos que decidimos hoy tomar la calle, los políticos mariguanos se van a hacer de la vista gorda, aunque no tengan el valor para abrazar la causa públicamente.

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Significa que los gobiernos de México y, sobre todo, de Estados Unidos ya están reconociendo, aunque sea implícitamente, que la centenaria guerra contra la mariguana y las demás drogas ha sido una guerra injusta, por la que sus víctimas —los consumidores incluidos— deberíamos recibir verdad, justicia y reparación por sus daños.

Significa que el movimiento cannábico mexicano, que nació enfrentado al pecado inquisitorial, solidario con la búsqueda enteogénica de los indios inconquistables, persistente en la medicina local frente a los embates de la industria farmacéutica y consonante con la contracultura, está preparado para habitar el centro de la discusión.

Significa también que el movimiento cannábico ya no está en el ridiculizable margen de los pasquines y el Alarma! Cada vez aparecerá con más frecuencias en las páginas de la discusión nacional de los medios de comunicación más convencionales. La televisión oligopólica mexicana intentará sacar raja de las imágenes que crea. Los liberales y neoliberales gringos lo abrazarán como a un hermano, porque reivindica el placer individual, el consumo individual, la expresión pública y mercantilizable de los actos privados. Es decir, significa también que corremos el peligro de que los intereses de la empresas cannábicas legales del "primer mundo" vean a los manifestantes cannábicos con codicia, porque para ellos no importa que los mariguanos también sean mexicanos, sólo quieren nuestro dinero y cooptar nuestro trabajo para legitimar sus negocios.

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Significa que el moviendo cannábico ha logrado un gran triunfo que tendrá consecuencia que lo pueden poner flojito y cooperativo.

Por todo esto, el aparente triunfo del movimiento cannábico debería significar la responsabilidad de todo mariguano consciente por socializar sus ganancias simbólicas con otros perseguidos, vejados, ultrajados y negados, es decir con los más débiles, con quienes han sido afectados por la absurda guerra contra las drogas, tanto o más que los grifos camaradas: los desaparecidos a millares, los impunemente muertos inocentes, los productores culpables de pobreza crónica, los disidentes reprimidos con el pretexto de las drogas y esos otros mariguanos que no pueden salir a marchas porque sufren algún consumo problemático.

Significa que los pachecos unidos podremos ser vencidos, si no logramos que el incipiente respeto a nuestros consumos personales dejen de ser un asunto de derecho individuales.

En 2015 se cumplen los primeros 15 años de marchas por los derechos de los usuarios de mariguana en México. Por primera vez en la historia de nuestro país y ya durante tres lustros, los usuarios de mariguana han salido a las calles a reivindicar su consumo y exigir que se reconozcan sus derechos, en vez de esconderse en los rincones de las cárceles, en los callejones oscuros alejados de las iglesias, en los hospitales psiquiáticos o de toxicómanos, los antros, los barrios marginados y otros espacios para el estigma comunitario, nacional e internacional, a los que han sido relegados desde hace 400 años.

Los pachecos unidos debemos demandar derechos sociales, sobre todo, de otros grupos, cuyo acercamiento a las drogas ha sido desde el dolor.

Los pachecos unidos, jamás serán vencidos, porque esta lucha va más allá de demandas mariguanas. Pondremos el placer en la justicia pero no sólo por nosotros, sino por los que se han quedado atrás con tanta guerra.

Centro Histórico de la Ciudad de México, 2015.