Identidad

Desengáñate: la chimenea no es el lugar para las cenizas de tu abuelo

El escritor y periodista Jair Domínguez habla sobre la reciente prohibición de la Iglesia Católica de incinerar a los muertos.
28.10.16

Imagen vía usuario de Flickr Tim Pierce

Jair Domínguez es escritor y periodista. Ha publicado, entre otros, 'Jesucristo era marica… y otros cuentos'. Su último libro es 'Perímetre' (Columna, 2016).

¿Eres católico? Pues olvídate de tener las cenizas de tu abuelo encima de la chimenea. Sí, estoy hablando de esa urna cojonuda que te dieron en el tanatorio después de pasar a tu yayo por el horno. Escúchame bien: la urna en verde jaspeado modelo Auburn Eternity Adult a421, ese bote que daba tanto ambiente a la habitación, tiene que desaparecer. Si eres católico, repito, porque la Iglesia te lo acaba de prohibir; las cenizas de tus putos muertos tiene que estar en el cementerio. Ni esparcidas por el mar, ni en el comedor, ni en el parque, ni en ese altar que construiste en el patio –sí, ese que tus amigos siguen confundiendo con una barbacoa de obra.

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Y la Iglesia tiene razón. Claro que la tiene. El Papa tiene razón. Está harto de clichés y de ceremonias trasnochadas. La Iglesia quiere acabar con la escena de las tres hermanas cuquis en el velero de papá yendo a tirar las cenizas de la tita Piluca al Cap de Creus. Porque todos sabemos cómo acaba eso: con los ojos llenos de ceniza de cadáver y las niñas abrazadas, llorando con rostros lánguidos de película de Sofía Coppola y, más tarde, después de unos gintonics en la terraza de Chez Nino, la más responsable de las hermanas gimoteando bajo el sudoroso cuerpo de Nino, resistiendo a duras penas los embates de su descomunal pene sin circuncidar.

Eso es lo que no quiere el Papa de Roma. Esas escenas hacen llorar al Santo Padre, chicos. La Iglesia lo hace por vuestro bien. Si el Papa Francisco pudiese, si se le permitiese usar su tiempo libre para lo que quisiera, estoy seguro de que iría casa por casa recogiendo las cenizas de vuestros seres queridos para depositarlas en algún lugar sagrado. ¿Que no? Ya hablaremos.

Debéis saber que todo esto no es gratuito. La Iglesia no dicta normas insensatas porque sí. Si fueseis a misa los domingos en vez de ir con vuestros amigos a fumar droga al parking del Carrefour sabríais que un cuerpo incinerado no puede resucitar. Desde mi despacho os oigo gritar "¿Pero qué dices, tío mierda?" y "¡La gente no resucita!" y también "¡Cómeme los huevos!" pero, amigos, la cosa es así. Jesucristo cargó con vuestros putos pecados, murió en la cruz y volvió al cabo de tres días para deciros que esto es lo que hay. La carne regresa. La carne quemada, no. La Biblia no dice nada de incinerar a la gente. Sí, es cierto, la Biblia habla de ejecutar niños y de cortar los prepucios de los enemigos derrotados, pero ahora no estamos hablando de eso. No me cambiéis de tema.

Hablemos de la resurrección de Cristo. ¿Os imagináis que algún desaprensivo le hubiese incinerado? Así, sin preguntar. O que llegase un amigo, el rarito, el apóstol catorce, que se hubiese presentado el día de la crucifixión para decir que sería mejor quemarle que enterrarle. Vamos a quemar a Cristo. ¿Y qué hace Dios con unas cenizas? ¿Qué hace el Creador del Universo con los restos carbonizados del Mesías? Pues nada, joder.

Pero alegrad esa cara. Seguimos vivos. De momento. No hay nadie pensando en incinerarnos en cuanto la palmemos. Dejadlo escrito si queréis estar más tranquilos. Porque sería una putada, ya lo creo que sí: que te incineren y alguien al otro lado te diga que la has cagado bien, que el cuerpo había que devolverlo al final. NO PUEDE USTED VOLVER EN FORMA DE CENIZA, SEÑOR, NECESITA UN CUERPO. Un funcionario celestial te reprende, te da empujoncitos y te señala con un boli. A ti, con lo que habías sido, y no queda de ti más que cuatrocientos gramos de ceniza. Keith Richards podría esnifarte de una sentada. Recuerdas el día que hiciste el testamento: incineradme. Y ahora te dicen que Dios existe, y que los muertos van a volver a la tierra a disfrutar de la Gloria del Señor y tú –sí, – te lo vas a perder.