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La droga de la crisis

La sisa está destruyendo la vida de los indigentes en Atenas.
3.6.13

Una reunión con un anarquista, en Exarcheia, un distrito de Atenas. Fotos por Henry Langston.

Parado en la comandancia de la policía de Atenas, entrevistando al director de la unidad de narcóticos, me doy cuenta de que tengo una bolsa de cristal químicamente mejorado en la bolsa. Se la había comprado la noche anterior a un indigente griego y había olvidado tirarla. Luego de la entrevista, salí a fumar un cigarro, y fue cuando algunos oficiales se percataron del equipo de filmación que venía conmigo, quienes grababan desde lejos.

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Minutos más tarde la policía nos llevó hasta una celda de detención, el pequeño paquete de droga seguía en mis pantalones. Hicieron algunas llamadas, nos miraron con desprecio, y eventualmente, a regañadientes, nos dejaron ir; todo esto sin catearme, por fortuna. Mientras salíamos de ahí, tiré la bolsa en el primer basurero que encontré.

Varias estaciones de policía han sido bombardeadas durante los meses recientes en Grecia, así que los policías tienen buenas razones para sentirse nerviosos, en especial cuando se dan cuenta de que están siendo grabados. Durante nuestra primera tarde en Atenas, un grupo distinto de oficiales se acercó a nosotros y, después de ver a nuestros camarógrafos al fondo de la calle, exigieron ver nuestros papeles. Borraron nuestro material y nos detuvieron durante un par de horas, hasta que logramos que nos enviaran nuestros pasaportes a la estación. Grecia está muy proclive a la paranoia en este momento. La policía, fascistas, anarquistas, dealers y yonquis pelean por la supremacía local y nadie confía en nadie.

La noche antes de nuestro peligroso encuentro en la estación de policía de Atenas, se nos acercó un grupo de indigentes; uno de ellos fumaba algo que olía horrible con una especie de pipa para cristal hecha con un foco viejo. Aunque no hablo griego, logré explicarle que quería comprar algo de droga, coloquialmente conocida como sisa. El indigente no desapareció con mi billete de cinco euros ($80 pesos), y momentos después un viejo me tomó del brazo y empezó a gritar: "¡No, no tomar! Muy malo". No planeaba fumarla, pero tenía mucha curiosidad por la nueva e infame droga en Grecia.

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En 2012, Charalampos Poulopoulos, director de KETHEA, una organización antidrogas y de rehabilitación financiada por el gobierno, publicó un artículo llamado: "Crisis económica en Grecia: Riesgos y retos para la estrategia y política de drogas” para la revista Drugs and Alcohol Today. En él detalla las distintas formas en las que el desastre económico en Grecia ha exacerbado el consumo de drogas en el país, asegurando que “las tasas de consumos de drogas y alcohol así como los problemas de salud mental relacionados seguirán creciendo entre más se prolongue la recesión”. En esencia, el reporte ofrece datos para respaldar lo obvio: la inestabilidad que resulta de una pobreza generalizada y en aumento a nivel nacional lleva a una desesperanza, problemas de salud, y el uso de drogas callejeras.

“En los últimos dos años los consumidores de drogas se han vuelto más autodestructivos”, escribe Charalampos. “En especial en la región de Atenas donde los efectos de la crisis económica son más evidentes”. Según él, fue por esta época que apareció la sisa en el mercado.

El ingrediente básico de la sisa es la metanfetamina, al igual que otras drogas como el ice o cristal en México y Estados Unidos. Sin embargo, los adictos han reportado que también puede contener ingredientes como ácido de batería, aceite para motor, champú y sal de cocina. “No existen datos oficiales sobre esto”, me dijo Charalampos. “El Laboratorio General de Química del Estado de Grecia no tiene suficientes muestras para sacar conclusiones”.

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Sea la combinación de químicos que sea, en muchos sentidos, la sisa es el epítome de una droga para tiempos de crisis. La mayoría de sus consumidores son pobres, con frecuencia indigentes que sufren las consecuencias físicas y psicológicas de un país hundido en un brutal colapso económico. En un país tan pobre que, supuestamente, las familias de clase media alta comieron sus cenas de navidad en hogares sin calefacción para poder pagar por el pavo, los hábitos de muchos adictos se han vuelto insostenibles. Adictos que ya no pueden costear heroína, crack ni cristal, recurren a la sisa, que llega a costar tan poco como dos euros la dosis.

Igual que con toda droga barata, la sisa tiene algunos efectos secundarios muy desagradables, como “insomnio, alucinaciones, paros cardiacos y mayor agresividad”, según Charalampos. “Suele ser comparada con la cocaína”, comentó, aunque actúa mucho más rápido y el efecto dura más que el de la coca. “Es la droga de las calles, producida en laboratorios caseros”.

La sisa es el más reciente y sombrío ejemplo de una tendencia global hacia el consumo de drogas sintéticas producidas en masa, desde el coctel opiáceo que te carcome la piel, conocido como krokodil, en Siberia, hasta la nueva fascinación por una alta dosis de antirretrovirales para VIH en Sudáfrica, pasando por las sales de baño en Estados Unidos y Reino Unido. Estas son drogas baratas y fáciles de fabricar, así que no es de sorprender que la sisa haya encontrado un mercado idóneo en una Grecia azotada por la pobreza.

Kapodistriou, una extensa calle en el centro de Atenas, donde se reúnen los adictos a la sisa.

El día que llegamos a Atenas, nos acercamos a un hombre mientras caminábamos por Exarcheia, un distrito conocido por albergar anarquistas y una alta concentración de adictos. El hombre miraba al cielo, lleno de odio, gritando. Creí que le reclamaba a Dios, pero resultó que sólo se quejaba de un semáforo descompuesto. Los autos pasaban a toda velocidad, los conductores no daban oportunidad a los indigentes de mendigar en sus ventanas. El hombre estaba inconsolable, alternando entre ataques de furia y lágrimas, pero después de que le comprara un jugo de naranja, se tranquilizó, dijo que su nombre era Konstantinos, y me contó sobre la sisa.

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“¡La cocaína de los pobres! ¡Es la cocaína de los pobres!” gritó. Me dijo que conocía a gente que fumaba demasiada y que estaba perdiendo sus extremidades. “Si las fumas seis meses seguidos, terminas muerto”, me dijo. Me aseguró que él no la consumía, pero al siguiente día nos volvimos a encontrar, y me pidió que lo siguiera hasta un auto, donde se agachó y se fumó una pipa llena de sisa. Era mediodía.

La sisa se ha convertido en una especie de leyenda urbana en Atenas; todos saben que existe, pero nadie sabe exactamente lo que es. Las únicas personas con un verdadero entendimiento de la droga son quienes la consumen, la policía que los arresta y los dealers que avivan el fuego de esta epidemia. El resto del país está demasiado ocupado intentando ignorar un índice de desempleo del 58 por ciento, el auge de la extrema derecha y la extrema izquierda, un sistema legal cada vez más ineficiente, una clase política reducida a la venta de islas nacionales, y las medidas de austeridad impuestas por la Unión Europea que podrían no estar funcionando. Por lo mismo, las noticias en los medios griegos sobre la sisa son escasas.

“Nos enteramos de la sisa por un artículo del Centro Europeo para la Prevención de Enfermedades, en noviembre”, dijo Dani Vergou, editora de salud del periódico Efsyn. La sisa era un misterio para ella. Había escuchado rumores, pero “no hay mucha investigación de parte de las autoridades griegas ni del ministerio de salud. Simplemente suena peligrosa”.

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Pero en las calles la gente sabe todo al respecto. En la calle Kapodistriou, uno de los lugares más populares entre los yonquis de Atenas, conocí a Kostas, Stathis y Panagiotis; indigentes con una adicción crónica, quienes llevan tiempo intentando dejar la sisa, pero sin mucho éxito.

“Hay tres maneras de consumir sisa”, dice Stathis, quien está en sus cuarentas. “Con una pipa, una jeringa, o con un pedazo de aluminio, y también he visto a algunos inhalándola. Pero déjame decirte que si te la inyectas, entonces no vas a vivir mucho. Destruye todos los órganos vitales desde adentro”. Le pregunté si conocía a alguien que hubiera muerto por consumirla.

“A muchos”, dijo Stathis. “Conozco demasiados. A algunos, las tripas se les pudrieron… Puede darte otro tipo de enfermedades, puede atacar tu hígado, tu corazón, tus riñones… todo”.

Una bolsa de sisa que compramos por cinco euros (80 pesos). Creemos que nos vieron la cara.

Los tres se referían a la sisa con un tono oscuro. “Cuando la consumí por primera vez, me asusté”, dijo Panagiotis. “No me gustó. Me puso muy tenso, no se sintió bien”.

“Te derrite”, dijo Kostos. “Golpea todo en el sistema nervioso. Produce heridas en el cuerpo que no sanan, que nunca cierran. Empieza como un grano y en lugar de sanar, crece. Incluso la cara del consumidor termina llena de hoyos”.

“Ves a hombres de 50 a 60 años adictos a la sisa. Hombres, mujeres, a donde sea que voltees, sisa”, agregó Panagiotis con tristeza. “En todo Atenas: callejones, plazas, fumando todo el día y buscando más sisa. Ya no escuchas sobre heroína, mota o pastillas. Porque la sisa es la droga barata… En mi opinión la sisa es la droga que destruirá Grecia”.

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Más tarde, el trío nos llevó al Off Club, un centro diurno para adictos a la sisa, donde los encargados nos entregaron una especie de historieta sobre los peligros de la droga. El club se encuentra a un costado de la Plaza Exarcheia, la cual está atiborrada de cafeterías y bares, así como de pandillas, jóvenes, inmigrantes y otros que viven al margen de la sociedad. Cerca de la plaza se encuentra el enorme edificio que alberga a la Universidad Politécnica de Atenas, una de las universidades de mayor prestigio en Grecia, y donde, en 1973, el ejército utilizó tanques para acabar con una manifestación contra el gobierno que dejó como resultado 24 muertos. La policía no patrulla mucho esta zona; se quedan en sus camionetas antimotines en las afueras de la plaza, fumando cigarros con sus ametralladoras al hombro. Algunos anarquistas a los que conocí creen que la policía está detrás del flujo de la sisa hacia el vecindario.

En un bar cercano, conocimos a un notable anarquista joven, a quien llamaremos Alcander. Supuestamente en 2008, durante los amotinamientos anarquistas, fabricó bombas de gasolina y las regaló por montón. Hace dos años, Alcander se dio cuenta de que los adictos indigentes estaban actuado diferente; después, un grupo de personas, que él asegura eran adictos, le partieron la madre. Dice que la culpa de esta agresión innecesaria la tiene la sisa, y su forma de hablar sobre la droga la hacía sonar como algo diabólico. “¿Cómo sé si alguien consume sisa? Muy fácil: no tienen equilibrio, son inestables, como un psicópata. Tienen la mirada de un loco, hablan solos y son muy agresivos. Creo que la sisa es la peor droga del mundo”.

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Le pregunté por qué creía que la policía local estaba detrás de la distribución de este narcótico potencialmente letal. “Algunos [consumidores] llegaron con nosotros y nos dijeron que la policía les había dicho que fueran a Exarcheia. Dijeron: ‘No podemos hacerlo en ningún otro lugar, nos ahuyentan de los demás territorios, de todas las plazas. Dijeron que viniéramos a Exarcheia’”.

“¿Crees que es algo político?” le pregunté.

“Sí, todo este movimiento social está empezando a crecer, y quieren tener una excusa para entrar como los salvadores de los residentes… Ya lo han hecho antes, hace dos décadas con la heroína”.

Los anarquistas griegos ya empezaron a luchar contra la epidemia de sisa, con ataques coordinados contra los dealers y los consumidores en un intento por limpiar su vecindario. “Queremos que los niños jueguen en la Plaza Exarcheia y no tener que preocuparnos por las drogas”, dice Alcander. Pero no parece que vayan a lograr su objetivo en el futuro cercano. Los consumidores están regados por toda la ciudad y, supuestamente, en otras partes del país. Durante nuestra visita, los dealers de sisa aparecían de la nada para vendernos su mercancía antes de desaparecer abruptamente.

Según Alcander, algunas mujeres en la zona han sido violadas por adictos a la sisa. Sin embargo, este podría ser un rumor inspirado por la idea de que la sisa aumenta el apetito sexual, ya sea excitando a quienes la consumen o simplemente invitándolos a tomar malas decisiones; una descripción con la que algunos adictos están de acuerdo. Konstantinos dijo que después de fumar sisa, por lo general termina teniendo sexo salvaje y violento. Y no lo decía para presumir; se veía triste al respecto.

Un consumidor de sisa fumando con su pipa en Kapodistriou.

Todavía en 2009, era raro ver indigentes en Atenas. Pero, según activistas griegos, el número de personas sin hogar en Grecia se ha elevado 25 por ciento, y hoy, al manejar por la ciudad, se ven vagabundos por todas partes. La policía incluso ha empezado a recoger indigentes en sus camionetas para sacarlos de Atenas y enviarlos a Amigdaleza, un centro de detención para inmigrantes, una iniciativa conocida como Operación Tetis, en honor a la madre de Aquiles. La palabra thetiko, tomada de su nombre, quiere decir “positivo”, pero en la mente de los indigentes y aquellos que trabajan con ellos, no es más que una táctica fascista.

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“Este es un trabajo policiaco de locos”, dijo Charalambos. “Es una marginación a la gente con problemas y la empuja hacia un comportamiento criminal”. Mientras estábamos en Grecia, los indigentes con los que hablamos nos aseguraron que al menos dos veces al día, la policía recorría el centro de Atenas para levantar indigentes y drogadictos.

“No sabemos a dónde los llevan o por qué lo hacen”, me dijo una trabajadora social, mientras la acompañaba en sus rondas nocturnas por las zonas en donde hay mas adictos. “Es un misterio”. Estaba siendo reservada; era evidente lo que pensaba de las acciones de la policía: estaban limpiando las calles de personas indeseables.

Un par de días más tarde, visitamos la Plaza Kannigos, donde se congregaban prostitutas, adictos y dealers (quienes, según nos advirtieron, solían estar armados). El ambiente se sentía tenso: esa mañana, unos 20 policías uniformados habían rodeado a un grupo de indigentes en la plaza y los habían subido a tres grandes camiones. Cuando llegamos, todavía había policías vestidos de civiles entre la multitud de adictos a la sisa y la heroína.

También estaba el sargento que nos había detenido y borrado nuestro material a nuestra llegada a Atenas, así que escondimos las cámaras y nos acercamos a sus compañeros. Nos dijeron que preguntáramos en las oficinas locales, y así fue como terminé en una estación de policía griega con sisa en la bolsa, donde conocí a George Kastanis, director de la división antinarcóticos de Atenas. Me dijo que creen que la sisa se originó en África y Asia, y aunque me dijo que estaba cada día más preocupado por su popularidad, no creía que la droga estuviera convirtiendo a los consumidores en personas violentas y violadores, que era la misma impresión que tenía yo de la situación; muy pocos adictos a los que conocí mostraron señales de agresión. Cuando le pregunté a George sobre la Operación Tetis, me dijo que había sido implementada sólo una vez.

“Pero esta mañana vi algo que se parecía mucho un barrido de las calles. ¿Era Tetis?” pregunté.

“No. Es algo completamente distinto”, me respondió George, y agregó que estos detenidos son llevados a estaciones de policía donde los oficiales verifican si existen órdenes de detención pendientes, y que en general, los dejan ir después de hora y media. Cuando le pregunté si creía en la eficacia de esquemas como Operación Tetis, me miró como si la pregunta le incomodara y me dijo: “Soy policía; sigo órdenes”.

Al día siguiente, antes de regresar a casa nos encontramos una vez más con Konstantinos y le invitamos algo de comer en una panadería. Nos paramos bajo el sol, disfrutando de unas pequeñas bolas de masa cubiertas de miel, mientras Konstantinos nos intentaba explicar algo con su mal inglés. No dejaba de cruzar el dedo sobre su cuello para enfatizar su mensaje, pero no pude entender a qué se refería. Era un buen hombre, el hijo de una prostituta que, según nos dijo, siempre había estado rodeado de drogas, y cuya calidad de vida ha sido mucho peor desde el colapso financiero en Grecia. Le regalamos algunas impresiones de fotos que nos había pedido antes y se alejó con un sonrisa diciendo que nos amaba.

“¿Entendiste lo que te estaba diciendo?” me preguntó mi traductor más tarde. “Dijo que te amaba, pero que si le hubieras hablado en inglés aquel día bajo el semáforo, le habría pedido a sus dealers de sisa que los mataran para quitarles sus cámaras”.

No te pierdas nuestro documental sobre la sisa y lee nuestra Edición de la Malilla Universal.