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Mercado de Fuencarral: crónica de un cierre anunciado

Uno de los iconos del underground madrileño anuncia su venta a un fondo de inversión. Cuatro firmas internacionales suenan como candidatos a ocupar un espacio que cuesta 22 millones de euros. Los comerciantes piden ayuda al Ayuntamiento.

Pedro García Campos

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Para empezar, la noticia tiene aires de magdalena de Proust: "El Mercado de Fuencarral echa el cierre". ¿En serio? Pues como responde Sabina en todas las entrevistas que concede últimamente: "Yes". La culpa la tienen los cerca de 22 millones de euros de la venta y la firma de un grupo inversor español que todavía no ha decidido dónde pondrá los huevos de oro, si en la japonesa Uniqlo, en los gigantes Zara y H&M o en una conocida marca de ropa internacional -los cuatro candidatos que suenan con más fuerza para ocupar el espacio a partir de verano de 2015-.

Es un hecho: uno de los templos madrileños con más solera en esto de lo cool y lo moderno se despide, así que nos acercamos a sus oficinas para comprobarlo. El padre de la criatura, Ramón Matoses, pionero de la escena underground madrileña desde que en 1998 importase a la capital este mini centro comercial al estilo del South Kensington market londinense ­-"me empeñé, tenía que hacerlo"­, nos recibe en su despacho. Y nada más sentarnos, sus primeras palabras suenan tajantes: "Esta vez va en serio, la venta ya está cerrada, en el verano de 2015 se acaba un ciclo".

¿Ha sido la crisis? ¿Las ventas? ¿Una oferta irrechazable? "No, no. A ver, no te voy a engañar, hemos estado un tiempo negociando aunque no te puedo dar nombres ni cifras concretas, pero la venta no viene por deudas ni por hacer negocio ni por nada parecido, simplemente creemos que se ha acabado un ciclo. Es más, te diría que lo que se ha acabado es una época".

Una 'isla' en Malasaña

Al MDF se lo han merendado, literalmente, el paso del tiempo, la madurez de sus clientes, la explosión de la obra social de las cajas de ahorro, los hub, los festivales urbanos, los warehouse y sobre todo las tiendas vintage y de ropa urbana de Malasaña, un verdadero fenómeno masivo. Matoses insiste en una retirada a tiempo: "Son los ciclos: está claro que cuando llegamos aquí esto era una isla de vanguardia rodeada de yonquis en cada esquina, pero luego, a medida empezó a subir el nivel de la calle y de las tiendas, también se expandió una forma de vestir y una cultura".

Convertida en lo que los agentes y especuladores inmobiliarios llaman una 'high street' -el nivel más alto dentro de la jerga del sector-, la parte baja de Fuencarral ha pasado de abrochar la zona trasera de Gran Vía a ser uno de los ejes de compras más caudalosos del centro. De esto, y de otras estrategias englobadas dentro del proceso de gentrificación en Malasaña y el llamado Triángulo de Ballesta, se ocupan en blog Gentrisaña.com (http://gentrisania.wordpress.com), un espacio en el que politólogos como Valentín Clavé-Mercier reflexionan sobre la era post Triball y "la predominancia del valor de intercambio de nuestras ciudades frente a su desgraciadamente olvidado valor de uso".

Vamos, que según sus tesis las personas y los pequeños comercios cada vez importan menos al lado de las tendencias globales y los grandes centros comerciales. Habría pasado con Sol y la tienda Apple, con grandes superficies en Chamberí, con mercados tradicionales en Latina o Chueca y, sobre todo, estaría a punto de suceder con el edificio España, donde estarían a punto de comenzar las obras de rehabilitación de lo que será el gran centro comercial -macroparking incluido- propiedad del magnate chino Wang Jianlin.

Otra cosa son los alquileres de la zona, que han aumentado en los últimos años en paralelo a esta operación de cirugía estética urbana. Y no solo los de las superficies comerciales, también los de las viviendas. Sucedió en Chueca en los años 90 y ahora sucede en Malasaña y, en menor medida, en Lavapies. Y es que, si en este punto aplicamos la definición académica de "gentrificación", sobran las explicaciones: proceso de sustitución de unas poblaciones con menor nivel adquisitivo y de renta por otras con mayores recursos como palanca para operar grandes regeneraciones urbanísticas.

¿Cómo es posible, si no, que mientras los alquileres de la ciudad bajaban un 6,3 en 2013 -según Fotocasa-, los de barrios como Malasaña se hayan mantenido e incluso aumentado? Juan lo sabe bien. Este artista y diseñador gráfico de 34 años ha vivido "en el barrio" durante los últimos 10 años y ha visto como los alquileres iban aumentando poco a poco: "He decidido quedarme porque lo siento mi barrio, aunque por una casa por la que antes pagaba 600 euros, ahora pago lo mismo o incluso 700, y eso sabiendo que si me fuese a Vallecas pagaría 450".Juan no se olvida de otro factor importante: la progresiva decadencia de los comercios de barrio. "En Malasaña solo tenemos dos supermercados y un par de bares de cañas, el resto es pasto de los modernos y sus tiendas".

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Las famosas raves del Mercado en Colmenar

El MDF cierra ante la rentabilidad derivada de no ser un lugar diferencial y su dueño lo entiende, está de acuerdo: "Es más, si es que todo el mundo piensa lo mismo. Ya no somos vanguardia y no tiene sentido seguir aquí para establecernos". Cuando en 1998 arrancó el MDF, "aquí se cocían cosas muy frescas", recuerda su fundador. Pendulum pinchó en el 98, cuando no eran más que un proyecto sonoro, "y luego están las raves del centro agropecuario de Colmenar", un clásico del Madrid de principios del s.XXI donde cientos de jóvenes se preguntaban: ¿Pero esto es legal? Matoses se ríe: "Pues no sabes lo que nos costó: a la primera no fue nadie y casi cerramos, luego tuvimos que dejarlo por la alarma de las vacas locas".

Pero sin duda, la escena que mejor resume los inicios del MDF es una de las primeras fiestas de inauguración del espacio, en la que pinchó José Padilla. Matoses tira de neurona: "Ni te puedes imaginar la ilusión que nos hacía traer a alguien así a pinchar, y lo conseguimos. Igual no era una estrella global, pero a mí me parecía absolutamente increíble tenerle. Eso sí, no vino ni dios y ahí estábamos Padilla y yo, él a los platos y yo bailando solo".

Otra cosa son los puestos y tiendas del MDF: las imágenes de pasillos llenos y colas para pagar son historia y todos se plantean su futuro: ¿Qué pasará con ellos ahora? ¿Cuál será su destino tras el cierre? Matoses insiste en que "la mayoría lo han entendido y están de acuerdo". Aunque la cosa no está tan clara. Una charla rápida con tres dependientes y dueños cuyas tiendas llevan en el proyecto "desde el principio" revela que las aguas quizá no bajen tan calmadas: "Es que alguno tenemos la sensación de que nos están echando". La asamblea que han convocado podría derivar en "una solicitud para que al Ayuntamiento nos ayude a buscar una salida" y, de paso, "pedirle más explicaciones a Matoses". Eso sí, muchos ya están esperando "a los agentes inmobiliarios y sus visitas con ofertas sobre alquileres interesantes en otros locales del barrio".

El dueño de la empresa que gestiona el MDF recuerda que "cuando aparecimos, en 1998, en las agencias de comunicación se preguntaban sobre posicionamiento y estrategias y decían: "Hay que hacer algo como los del Mercado de Fuencarral". Ahora ese tiempo ha pasado: "Los tatuajes, los piercings, las raves... Eso, como subcultura, como vanguardia, ya lo hemos vivido, no va a volver y el MDF pertenece a ese tiempo. Todo eso ya ha sido", zanja. Un tiempo donde, como recuerda Nacho, que lleva trabajando en el MDF desde sus inicios, "se metieron en una coctelera los mod, los grunge, los hardcore o los skaters... y milagrosamenteel cóctel sabía bien".