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Cultură

Pasé toda una noche en un shawarma de Barcelona

Cuando la rutina ajena se descubre como un espectáculo maravilloso.

por Pol Rodellar
30 Marzo 2016, 8:12am

Todas las fotos de Pol Rodellar y de los comensales y trabajadores del shawarma

En VICE nos planteamos cosas. A veces vamos de ruta gastronómica por los lugares más infectos de Barcelona o Madrid y otras veces decidimos comer durante una semana por un euro al día. Así son las cosas.

Esta vez decidimos pasarnos toda una noche en uno de esos locales que tan a menudo frecuentamos pero que tan poco conocemos de verdad, estoy hablando de los shawarmas, y no me refiero a los bocadillos —¿pasarse una noche envuelto dentro de un shawarma? ¿Por qué no?—, sino a los locales donde venden este magnífico manjar tan equilibrado a nivel nutricional. El invento tiene proteínas, carbohidratos y Vitaminas A, K y PP. Uno puede sobrevivir a base de comer shawarmas, eso sí, será una vida triste y detestable pero una vida al fin y al cabo.

Cuando me propusieron esta odisea tuve clarísimo desde un primer momento cuál sería el local en el que tendría que pasar una jornada laboral completa. Si bien es cierto que soy muy fan del famoso Bismillah Kebabish de la parte central de la calle Joaquim Costa de Barcelona decidí decantarme por el clásico Amigo Döner Kebab, en el número 54 de la misma calle barcelonesa. Debo reconocer que fue una decisión influida por ciertos criterios sentimentales y económicos. Digo "sentimentales" porque este fue el primer shawarma que llegué a frecuentar con cierta asiduidad. Vi como el negocio crecía y abrían su segundo local llamado Bocatas de Sultán —el famoso spot de Joaquim Costa de patatas a un euro que alimenta a medio barrio, pasan por ahí desde chavales de secundaria a skaters y prostitutas. El Amigo Döner Kebab fue también el local donde, después de ensayar entre semana, íbamos los del grupo a cenar y a beber, siempre lo mismo: cada uno un plato mixto con ensalada, patatas y una Voll Damm, todo por 5,50 euros —este es el motivo económico del que os hablaba antes. Todos estos pequeños detalles personales y empresariales que rodean el Amigo pueden parecer totalmente irrelevantes —y lo son— pero es esto exactamente lo que da vida a las cosas. Estas pequeñas semillas, aparentemente poco relevantes, van germinando dentro de uno mismo para generar recuerdos y, finalmente, emociones.

¿De qué estamos hablando? ¿Es lo mismo un döner kebab que un shawarma o un gyros? La denominación es siempre complicada pero básicamente el gyros, es griego, con esto no hay duda; el döner es turco y se relaciona con los países árabes de oriente próximo; y el shawarma, por lo contrario, se refiere a los países de oriente medio (Asia del sur). Pese a esta explicación, los colegas del Amigo Döner Kebab, que son de Pakistán, se refieren a este bocadillo como "döner" cuando, según esta lógica, deberían llamarlo "shawarma". En fin, en este juego semántico nada tiene sentido, en este artículo iré mezclando los distintos sustantivos, espero no ofender a nadie.

En fin, empecemos.

19:00 horas, entro en el local. El que será mi hogar hasta las tres de la madrugada. Estoy animado, tengo ganas de jugar. Veo que tienen una tele al fondo y a diferencia de otros shawarmas el televisor ofrece un canal local, Televisión Española para ser más concretos. Durante toda la velada el televisor quedará fijado en este canal.

Después de explicarle mis intenciones al jefe me invita a pasar. "Como si fuera tu casa", me dice. Bien. El local tiene una estructura de pasillo, entrando a mano izquierda encontramos los bloques de carne girando frente al fuego demoledor, la barra para cobrar y las bandejas refrigeradas con verduras y salsas. Todo correcto, se trata de un shawarma clásico. Siguiendo, al fondo, hay un pequeño comedor para el cliente que decide tomarse el shawarma in situ. Yo soy de esos, así que me dirijo a la mesa más cercana a la barra y me siento. Para gestionarme bien el tiempo decido esperar a las nueve y pico para pedir algo de comer, empiezo con una lata de algo. Coca-Cola servirá. Me levanto y pido una Coca-Cola.

Aprovecho este momento para fijarme en los precios de los productos. Sin duda esta gente juega fuerte. El Döner de ternera cuesta 3 euros, el de pollo 3,50 euros. Los durüms suben un poquito y van de los 3,50 euros a los 3,75 euros. La relación no es ni proporcional ni racional, esta es una de las cosas que más aprecio de este lugar. A estas horas hay bastante clientela y la mayoría opta por comerse el shawarma en la calle. Supongo que es temprano para emplatarse.

20:00 horas. Poca cosa. Empiezo a hacerme preguntas. ¿Qué tiene más éxito, el durüm o ese al que simplemente se refieren como "pan"? El dueño confirma mis dudas, se vende más el durüm, más concretamente el durüm de pollo, y para llevar. Son las ocho de la tarde y ya tenemos un ganador. ¿Qué más se puede hacer aquí? Poca cosa. Observemos.

El techo es curioso.

Antes estas lámparas mágicas no estaban, tenían unas completamente normales. Ahora utilizan estas que dan un toque más exótico a la experiencia de comer un plato típico de otro país. Te colocan en tu sitio, vamos, te ayudan a viajar a Pakistán. Esta debe ser la idea. La Coca-Cola se ha terminado, decido pedirme una cerveza para animar un poco el asunto.

21:00 horas. La gente empieza a tener hambre. El flujo de clientes aumenta y el salón-comedor empieza a llenarse. Los tres trabajadores allí presentes repiten una y otra vez las mismas acciones: freír patatas, cortar carne y rellenar durüms. Por muchas veces que lo observe nunca dejará de sorprenderme la belleza que emana el acto de cortar el pollo o la ternera con esa especie de sierra radial de pequeño formato. El bloque de carne va girando y tostándose mientras ese aparato genera tiras que descienden lentamente, haciendo rappel. Una danza infinita de grasa y músculos. Precioso. Llego a la conclusión de que este sistema de cocción es, de hecho, un muy buen invento. La carne se va cociendo y no requiere casi ningún tipo de vigilancia.

A medida que todo esto se sucede los clientes van personalizando su bocadillo: "solo aceitunas, tomate y maíz", "solo carne y mucha salsa blanca", "de todo menos aceitunas, sin salsa picante". Nunca piden las cosas "por favor" o sueltan un agradable "gracias". Por lo contrario, los que trabajan en el Amigo Döner Kebab siempre tienen tiempo para soltar un "gracias, amigo". El respeto, como vemos, está un poco descompensado.

Como ya va siendo hora me pido el plato clásico: plato mixto con patatas, ensalada y Voll Damm. Con el menú me entra el pan. Todo por 5,50 euros, repito. No sé si existe el paraíso pero sé que ahora mismo estoy cerca de él.

22:00 horas. Me doy cuenta de que aún quedan cinco horas. He gastado el comodín de la comida, el de observar el local y el de hacerles preguntas a los currantes, ahora tendré que distraerme de otra forma. Decido salir a la calle cual portero de finca. Me aburro un poco, necesito un poco de acción. Entonces sucede algo. Algo magnífico.

La carne de pollo se ha terminado. Por fin podré ser testigo de un relevo de carne, es lo que siempre había deseado. Uno de los chicos sale de la cocina con una enorme peonza de color blanco. Me confirman que es carne de pollo congelada envuelta en capas de plástico. El amasijo de carne tiene un agujero en medio con una pieza metálica que se acopla a las dos extremidades del pequeño horno vertical. Todo sucede muy rápido y estoy exaltado. Esta sencilla tarea, una pequeña rutina para ellos, se me revela como algo magnífico. Un atisbo de acción en medio del tedio. Es como esa peli de Gus Van Sant, Gerry, donde los dos protagonistas se limitan a andar por el desierto.

La espera se convierte en la melodía principal de la cinta y no sucede —aparentemente— nada. La monotonía nos hace entrar en una especie de trance y de repente, un mínimo atisbo de acción, despierta todo nuestro interés. Sucede algo que, en circunstancias distintas, nunca habría llamado nuestra atención. Aquí me sucedió lo mismo, ante tanta monotonía un pequeño cambio, una alteración de la realidad, por intrascendente que fuera, centró toda mi atención. Y no solo esto, sino que lo viví con total devoción y respeto.

22:30 horas. El local está bien petado. Creo que estamos en la hora punta de los shawarmas. De hecho, ahora que escribo esto postexperiencia, os garantizo que el mayor número de clientes se concentra en este momento. Este pico sorprende pues a las 23:00 horas todo se detiene y una calma espectacular reina en el local. Es sábado, la gente ya ha cenado y ahora está arrancando la noche. Cervezas, copas, cubatas. Todo eso. Todo lo que el Amigo Döner Kebab no puede ofrecer. Me entran ganas de salir y golpear la noche y beber fuerte y tener un sábado de cojones. Este se despliega ante mí como algo virgen y lleno de posibilidades, no tiene límite. Quién sabe, quizás, si saliera ahí fuera, llegaría a conocer al amor de mi vida. Pero no, estoy condenado dentro de este shawarma, con la tarea de descubrir un mensaje oculto, una verdad profunda y misteriosa. Algo, en definitiva, mucho mejor que el amor.

23:30 horas. Se acercan las doce de la noche, un punto de tranquilidad mental. A las doce me quedarán solamente tres horas. Pero mientras, reina el silencio. Siempre va entrando alguien a comprarse algo pero en los cortos momentos en que nos quedamos completamente solos intento sacarles temas de conversación a los tres trabajadores, que se dedican a zanjar rápido el asunto.

«¿Cuántos bocadillos hacéis al día?»

«Imposible saberlo»

Miro a mí alrededor, veo una pantalla con las cámaras de seguridad del local. Hay siete cámaras.

«Joder el jefe os tiene vigilados. ¿No se fía de vosotros o qué? ¡Hay siete cámaras!»

«Sí, muchas»

Ahí se queda la cosa. Pero el tema tiene miga. El local tiene como 40 metros cuadrados y siete cámaras. Desde mi posición hay un televisor donde sale lo que estas cámaras están grabando. A través de ellas puedo ver los dos ángulos de la zona frente a la barra, uno cenital de las verduras refrigeradas y un par de planos del comedor. Las dos últimas cámaras que quedan están instaladas en el local de al lado, ese en el que venden patatas fritas a un euro. Todo está controlado, en el televisor veo a cuerpos en silencio haciendo tareas manuales. Esta gente está a escasos metros míos pero yo miro lo que detectan las cámaras. El local es pequeño, llevo cinco horas aquí. Estos tipos y yo estamos respirando el mismo aire y todos nos preguntamos qué coño hago aquí, aún. Qué coño hacemos todos aquí, aún.

00:30 horas. Todo sigue tranquilo. Los chicos que trabajan en el Amigo Döner Kebab deciden turnarse para comer. No comen su propio shawarma, el jefe les ha hecho una especie de cocido con lentejas. Tiene buena pinta. De vez en cuando entra alguien para comprarse un döner para llevar o comprar tabaco en la máquina que tienen. Todo controlado. Cambio y corto.

01:00 horas. Por increíble que parezca el local no se ha quedado, en ningún momento, completamente vacío. SIEMPRE va entrando alguien a comprar su merecida ración de shawarma. El producto tiene interés. Al menos en el sur de Europa.

Me fijo en un cuadro extraño que hay colgado. Aparece un río que baja desde unas altas y nevadas montañas, a su alrededor todo es vegetación. Parece el estado de Washington o incluso Huesca, pero supongo que es Pakistán. El asunto despierta tranquilidad pero cuanto más lo miro más tenebroso me parece. Es como si estuviera a punto de pasar algo, algo terrible. El mal está a punto de desatarse. Todo esto que conocemos, terminará.

02:00 horas. Ahora sí. Me quedo completamente solo, solo en el Amigo. No entra nadie. Soy el único cliente. Los chicos empiezan a limpiar. Queda aún una hora pero van avanzando trabajo, son profesionales. La ternera se está terminando, así que depositan la carne restante en una bandeja y aprovechan para limpiar las rejillas del hornito.

«¿Cuántos bloques de carne vendéis al día? ¿Cuatro?»

«No, uno de cada más o menos.»

Los tipos siguen hablando entre ellos. Probablemente se ríen de mí, delante de mí. Esto es una de las cosas buenas que tiene todo esto de los idiomas. Su constante murmullo sumado a las imágenes inquietantes de las cámaras de vigilancia me sumergen en un mundo extraño, una realidad ajena a la mía.

Por suerte entra un grupo de chavales bebidos. Quieren patatas a un euro pero eso es en el local de al lado, que ya está cerrado. Aquí las patatas cuestan 1,50 euros. La diferencia es mínima pero parece ser totalmente escandalosa para un borracho. Después de pedir unas seis veces que le rebajen las patatas a un euro, el chaval desiste y se larga indignado propinando unos insultos ininteligibles. Una disputa por cincuenta céntimos. Todo por cincuenta céntimos. Terminar la noche mal por cincuenta míseros céntimos.

Antes de las 02:45 el jefe me invita a salir, educadamente. Me estrecha la mano y nos despedimos. Todo muy correcto. Ellos han hecho su trabajo y yo el mío. Una simbiosis perfecta. Le doy las gracias por todo y damos por finiquitada la jornada.

Mientras cojo el metro hacia casa me doy cuenta de que es al observar las pequeñas rutinas ajenas cuando vislumbramos la gloria que existe en el devenir de nuestras vidas. Nos esforzamos en intentar cazar grandes metas, en dejar una huella imborrable en este mundo pero tristemente no nos damos cuenta de que seguramente ya lo hayamos hecho. Ya hemos sembrado una semilla de oro con nuestras pequeñas acciones diarias. Unos pilotan enormes aviones de pasajeros; otros diseñan catedrales sobre un plano; ese tipo de ahí puede pintar tu piso entero en menos de ocho horas por tan solo 200 euros. Para ti, Amigo, cambiar un bloque de carne de shawarma puede ser algo aburrido —incluso tedioso— pero para otros es un auténtico baile visual.

Antes de pasar página, echadle un último vistazo a esto:

Este momento es oro.

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