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Cultură

Terrible masacre en el Trash-o-Market

El mercadillo de la cultura trash se tiñe de sangre este domingo

Echen un vistazo atento a los tres señores de la foto y, por favor, no permitan que su aspecto les mueva a confusión. Intenten ver más allá de esos cortes de pelo que en varios países de Oriente Medio se castigan con la horca; miren detrás de esos mostachos que producirían inquietud al cantante de Turbonegro; pasen por alto la sombra de ojos y el colorete, la mirada turbia y sombría, los collares, los abalorios y los remaches, que son feazos como también lo era el escapulario de tu abuela, la pobre. Aparten de sí temor, sospechas, resquemores y juicios de valor, porque son infundados: los tres andobas son bellísimas personas. Gente con un corazón de oro.

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El de la izquierda, por ejemplo, practica con humildad la caridad cristiana y no hay pobre que se cruce en su camino que no reciba uno, dos y hasta cinco céntimos en su temblorosa mano tendida. Reparte generosas caricias a todo chucho que se encuentra, a pesar de que haciendo eso un rottweiler le arrancó tres dedos; de hecho, tanto es su amor por los animales que a la muerte de su caniche llevó el cuerpo a un taxidermista para después injertarse el pellejo en la cabeza. Aunque su bigote la oculte, es la suya una sonrisa franca y luminosa que llena de gozo a los feligreses que, como él, acuden cada domingo a la Parroquia de Nuestra Señora de la Auscultación, en cuyas paredes resuena su voz de tenor, como de campana de bronce, con cada salmo que repite.

El de la derecha imparte en sus ratos libres cursos de macramé, meditación, tai chi y cocina vegetariana en el centro popular de su barrio, integrando la mayoría de su alumnado gente recién salida del talego y toxicómanos en fase de desintoxicación. Rara es la semana en que, en el transcurso de alguna de sus clases, no es amenazado a punta de navaja o jeringuilla sidosa, pero no pasa la cosa a mayores ya que este alma pura, este santo varón, se ha empollado las enseñanzas del Dalai Lama, de Gandhi, de Kwai Chang Caine y del monseñor Escrivá de Balaguer y conoce la técnica, que a muy pocos les es revelada, de extender su aura zen/opusiana hasta cubrir a su agresor; éste, confuso, queda paralizado, momento en que nuestro héroe aprovecha para introducirle en la boca cincuenta y siete comprimidos de diazepam. Sólo un vez falló esta técnica, y fue dramático: acabó con la parte izquierda del cráneo arrancada de cuajo con una hacheta de las de cortar huesos de jamón. El alumnado yonqui y taleguero, preso de la furia, tardó apenas unos minutos en descuartizar al agresor.

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El del centro, abandonado nada más nacer dentro de una caja de Vans delante de la puerta de un Todo a 100, tuvo la suerte de ser adoptado por la familia de chinos que lo regentaba, quienes por mucho que lo intentaron no lograron venderlo. Hoy, ya adulto hecho y derecho, recuerda aquellos días, duros y largos pero felices, en que despachaba pilas y caramelos de goma y fingía sonriente no enterarse de nada cuando le hablaban, pintándose con purpurina y oscilando el brazo en alto hacia adelante y hacia atrás en simpática imitación de gato de la suerte. Los niños, a su paso, corren a abrazarle locos de contento, y los padres, suspicaces al principio, no tardan en rendirse a su charme, bonhomía y algodonosas guedejas e invitarle a unas bravas y un carajillo. Ejemplo de superación personal, tiene a C3PO, otro que brilla y se mueve raro, como particular role model, y aspira a hablar las tres mil y pico lenguas del imperio y a mostrarse impertérrito ante el rostro de la adversidad. Todas las noches, antes de dormir, saca de una caja, la misma en que le abandonaran, su cordón umbilical, ya bastante acartonado, y bajando la voz le murmura despacito unas palabras que nadie ha conseguido nunca descifrar.

Gente maravillosa, ya ven. La sal de la tierra… por separado. En efecto, amigos; este trío de amigos de los pajaritos y las margaritas tiene un pequeño problema: se detestan entre sí. Un odio cerval, terrible, a muerte, de los de botellazo y puñalá. Antes se arrancarían los ojos que verse, y de coincidir los tres bajo el mismo techo (el del barcelonés Espai Jove La Fontana, pongamos por caso) lo más probable es que su sangre y la sangre de otros salpicara los puestos de maquillajes, DVDs y complementos, impregnando la hemoglobina golosinas y pasteles y saliendo intestinos, hígados, estómagos y páncreas disparados hacia la pantalla de proyección, impidiendo a los presentes disfrutar de joyas del cine de ayer y de hoy como La pandilla basura e Intrépidos punks.

Pero, ¡quiá! Nadie puede estar tan loco como para citarlos a los tres en el mismo sitio. Ni los de La oscura ceremonia. Que no, que no.

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