
Keko podría ser el autor revelación de cada año si no fuera porque es un señor de elegancia y una cierta edad muy bien gestionada. En los 80 empezó a dibujar en la revista Madriz y besó el santo sin hacer colas. El tío es que es muy bueno. Desde entonces ha ejercido la ilustración, ha sacado un puñado de tebeos (a solas o bien conducido por guionistas barítonos como Ramón de España o Felipe Hernández Cava) y ahora presenta una antología de historietas cortas, Ojos que ven, que cubre esa horquilla de treinta años y da una idea de recorrido, desde los años salvajes a la madurez gráfica.
VICE: Lo pregunta Micharmut en el prólogo a tu libro: ¿Cómo se puede ser uno mismo y, al mismo tiempo, un buen muchacho?
Keko:Con mucha resignación.
También dice que has tenido la mala fortuna de haber nacido y, además, querer hablar. ¿Qué quieres decirnos, Keko?
Que abran bien los ojos: esto no ha hecho más que empezar.
¿Tú eres buen bailarín?
¿Hablamos metafóricamente?
No, claro que no, eso nunca.
Pues literalmente lo fui, buen bailarín, quiero decir, un poco en estilo libre, antes de que el tabaco y la edad me pasaran factura y relegaran mis cada vez más escasas exhibiciones a las piezas lentas.

Con quien bailas mucho es con los géneros, con la serie negra, el terror, el western, la ciencia-ficción… Lo haces con mucho afecto y rendido a sus capacidades, pero mantienes una reflexión constante acerca de sus códigos y llegas a cuestionarlos. ¿No temes que eso ponga distancia y te lleve al resabio?
Lo mejor de bailar con los géneros es que es más fácil conseguir que el lector entre en la historia sin tener que dar demasiadas explicaciones porque ya se encuentra con escenarios y códigos que conoce. Lo que yo trato es de inocular código malicioso en el sistema para tomar el control del mismo sin que aparentemente deje de funcionar como lo venía haciendo toda la vida. El peligro consistiría, si no lo haces con la suficiente cautela, más que en el distanciamiento (que no es algo malo en sí), en acabar cayendo en la parodia inane o en el pastiche infame. La clave está, como todo en la vida, en hacerlo con cariño.
Eso es palpable, y lo es también tu obsesión por dar con una narrativa precisa que luego va y se deja encriptar y se asoma a los abismos del lenguaje.
Me gusta trabajar de una forma parecida a la de los músicos de jazz. Cojo una melodía conocida y voy improvisando sobre ella, procurando no perder el tono mientras voy metiendo, en momentos muy concretos, algunas disonancias que acabarán desfigurándola.
Trabajas los márgenes, las omisiones, lo-que-late.
Quiero que el lector se sienta cómodo, como en su casa, con todos esos elementos familiares que hacen que llamemos hogar a cuatro paredes. Y quiero que una vez que esté tranquilo y se sienta seguro, empiece a prestar atención a esos ruidos raros que salen del sótano. Luego, él ya decide si baja a ver qué pasa o se queda sentado pensando que sólo es el ruido de la caldera.
En cuanto al temario, sueles iluminar tormentos y esa animalidad que traemos de fábrica. ¿La gobiernas así?
Soy una persona tranquila y muy poco atormentada a la hora de enfrentar las rutinas de la vida. Es cuando me pongo a hacer tebeos que sale ese primordial que se supone todos llevamos dentro. Dejo que se exprese, que se explique por si alguien se anima a comprenderlo y quererlo un poco.
Que a la hora de la verdad es el lector culto, que te aprecia horrores, porque el vulgo te niega. ¿Qué hacemos con eso?
Absolutamente nada. Y no diga vulgo, diga mainstream, hombre, que queda mucho más fino y modernista.

Oye, ¿y qué lees ahora, qué ven tus ojos?
Leo mucha historia del siglo XX y pocos tebeos aparte de los que hacen y me regalan los amigos, junto a alguna reedición de clásicos. En cuanto al cine, ahora sólo lo consumo en el televisor y básicamente me limito a las películas antiguas que echan en el canal de don Enrique Cerezo. Y Boardwalk Empire, claro. Y Hora de Aventuras.
Deja que te haga una pregunta un poco cursi: ¿Cómo va afectándote lo de dibujar historias? ¿Es balsámico o te va nutriendo?
Pues respondo de forma cursi con el tópico de que sirve como terapia. Eso sí, es una terapia peligrosa, porque, y sigo con los tópicos, lo barato al final sale caro.
La realidad lo está poniendo muy difícil.
La realidad nos hace a los contadores de historias una competencia absolutamente desleal con la mano de obra más barata posible y unos materiales completamente defectuosos. Y lo peor es que siempre acabamos comprando sus birriosos productos. La realidad es la China del mundo visible.