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El número de "El mundo te odia"

La droga de la austeridad

Grecia, en la actualidad, vive sumida en la paranoia. Policía, fascistas, anarquistas, traficantes y yonquis pelean por la supremacía local y nadie confía en nadie.
22.7.13

Una reunión con un anarquista, en Exarchia, un distrito de Atenas

FOTOS DE HENRY LANGSTON

De pie en la comisaría general de la policía de Atenas, entrevistando al director de la unidad de narcóticos, me di cuenta de que tenía una bolsa de cristal de metanfetamina químicamente aumentada en mi bolsillo. Se la había comprado la noche anterior a un indigente griego y había olvidado tirarla. Al acabar la entrevista salí a fumar un cigarrillo, y fue cuando algunos agentes se percataron del equipo de filmación que venía conmigo y estaba grabando a cierta distancia.

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   Minutos más tarde la policía nos arrastró hasta una celda de detención, el pequeño paquete de droga aún en mis pantalones. Hicieron varias llamadas, nos fulminaron con la mirada y, por fin, a regañadientes, nos dejaron ir; todo esto, afortunadamente, sin cachearme. A la salida tiré la bolsa en el primer contenedor de basuras que encontré.

            Varios cuarteles griegos han sido atacados con cócteles incendiarios en los últimos meses, así que la policía tiene razones para sentirse nerviosos, en especial si se dan cuenta de que están siendo grabados. Durante nuestra primera tarde en Atenas, un grupo distinto de policías se acercó a nosotros y, al ver a nuestros cámaras al fondo de la calle, exigieron ver nuestros papeles. Borraron el material grabado y nos tuvieron retenidos un par de horas hasta que logramos que nos enviaran nuestros pasaportes al cuartel. Grecia, en la actualidad, vive sumida en la paranoia. Policía, fascistas, anarquistas, traficantes y yonquis pelean por la supremacía local y nadie confía en nadie.

            La noche anterior a nuestro peliagudo encuentro en el cuartel general ateniense se nos había acercado un grupo de indigentes; uno de ellos fumaba algo que olía horrible en una especie de pipa de cristal fabricada con una bombilla vieja. Aunque no hablo griego, logré explicarle que quería comprar algo de esa droga coloquialmente conocida como sisa. El tipo desapareció con mi billete de cinco euros, y momentos después un viejo me cogió del brazo y se puso a gritar: “¡No, no tomar! Muy malo”. No tenía intención de fumarla, pero sentía mucha curiosidad por esa infame nueva droga que circula en Grecia.

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            En 2012, Charalampos Poulopoulos, director de KETHEA, una organización antidrogas y de rehabilitación financiada por el gobierno, publicó un artículo titulado: “Crisis económica en Grecia: Riesgos y retos en la estrategia y política sobre las drogas” para la revista Drugs and Alcohol Today. En él detallaba las distintas formas en que el desastre económico en Grecia ha exacerbado el consumo de drogas en el país, asegurando que “las tasas de consumo de drogas y alcohol, así como los problemas de salud mental relacionados, seguirán aumentando a medida que se prolongue la recesión”. En esencia, el informe ofrecía datos que respaldaban lo evidente: la inestabilidad que provoca una pobreza generalizada y en aumento a nivel nacional conduce a la desesperanza, problemas de salud y el uso de drogas callejeras.

            “En los últimos dos años, los consumidores de drogas se han vuelto más autodestructivos”, escribía Charalampos. “En especial en la región de Atenas, donde los efectos de la crisis económica son más evidentes”. Según él, fue en esta época cuando apareció la sisa en el mercado.

            El ingrediente básico de la sisa es la metanfetamina, pero los adictos han informado de que también puede contener, como ingredientes de relleno, ácido de batería, aceite para motor, champú y sal de cocina. “No existen datos oficiales sobre esto”, me dijo Charalampos. “El Laboratorio General de Química del Estado de Grecia no ha obtenido suficientes muestras como para llegar a conclusión alguna”.

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            Sea lo que sea lo que hay en ella, en muchos sentidos la sisa es el epítome de una droga para tiempos de crisis. La mayoría de sus consumidores son pobres, con frecuencia indigentes que sufren las consecuencias físicas y psicológicas de un país al borde del colapso económico total. En un país tan arruinado que, al parecer, las familias de clase media alta se comieron sus cenas de navidad en casas sin calefacción para poder costearse el pavo, la adicción al crack, la heroína o la metanfetamina se ha vuelto insostenible. Por eso muchos adictos recurren a la sisa, que cuesta tan sólo dos euros la dosis.

            Igual que cualquier droga económica, la sisa tiene algunos efectos secundarios muy desagradables, como “insomnio, alucinaciones, paros cardíacos y agresividad”, según Charalampos. “Suele compararse con la cocaína”, dijo, aunque actúa mucho más rápido y el efecto dura más que el de la coca. “Es la droga de las calles, producida en laboratorios caseros”.

            La sisa es el último y siniestro ejemplo de una tendencia global hacia el consumo de drogas sintéticas producidas en masa, desde el cóctel opiáceo que carcome la piel conocido como krokodil, en Siberia, hasta la nueva fascinación en Sudáfrica por los antirretrovirales para combatir el SIDA adulterados, pasando por las sales de baño en EE.UU y el Reino Unido. Estas son drogas baratas y fáciles de fabricar, así que no es de sorprender que la sisa haya encontrado un mercado idóneo en una Grecia azotada por la pobreza.

            El día que llegamos a Atenas nos acercamos a un hombre mientras caminábamos por Exarchia, un distrito que tradicionalmente ha albergado anarquistas y se conoce ahora por su alta concentración de adictos. El hombre miraba al cielo, vociferando. Creí que le estaba gritando a Dios, pero resultó que sólo le gritaba a un semáforo estropeado. Los coches pasaban a toda velocidad; los conductores no le daban oportunidad de mendigar en sus ventanas. El hombre estaba inconsolable, alternando entre la rabia y las lágrimas, pero se tranquilizó cuando le compré un zumo de naranja. Dijo que su nombre era Konstantinos, y me contó todo sobre la sisa.

            “¡La cocaína de los pobres! ¡Es la cocaína de los pobres!” gritó. Me dijo que conocía a gente que estaba perdiendo sus extremidades por haber fumado demasiada. “Si la fumas seis meses seguidos, acabas muerto”, me dijo. Me aseguró que él no la consumía, pero al día siguiente nos volvimos a encontrar y me pidió que lo siguiera, se acuclilló detrás de un coche y se fumó una pipa llena de sisa. En pleno mediodía.

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            La sisa se ha convertido en una especie de leyenda urbana en Atenas; todos saben que existe, pero nadie sabe exactamente lo que es. Los únicos que tienen algún conocimiento real de ella son aquellos que la consumen, la policía que los detiene y los camellos que alimentan la epidemia. El resto del país está demasiado ocupado intentando ignorar un índice de desempleo juvenil del 58 por ciento, el auge de la extrema derecha y la izquierda radical, un sistema legal cada vez más ineficaz, una clase política reducida a la venta de islas nacionales y las medidas de austeridad impuestas por la Unión Europea, que podrían estar funcionando o no. Por todo esto, han sido escasas las noticias sobre la sisa en los medios griegos.

            “Nos enteramos de la sisa en noviembre, por un artículo del Centro Europeo para la Prevención de Enfermedades”, dijo Dani Vergou, editora de la sección de salud del periódico Efsyn. La sisa era para ella un misterio. Había oído rumores, pero “no hay mucha investigación por parte de las autoridades griegas ni el Ministerio de Sanidad. Simplemente suena como algo peligroso”.

            En las calles, sin embargo, la gente lo sabe todo al respecto. En la calle Kapodistriou, uno de los sitios donde pasar el rato más populares entre los yonquis de Atenas, conocí a Kostas, Stathis y Panagiotis; indigentes con una adicción crónica, han intentado dejar la sisa, pero sin mucho éxito.

            “Hay tres maneras de tomar sisa”, dice Stathis, de cuarenta y tantos años. “Con una pipa, una jeringa, o con un trozo de aluminio, y también he visto a algunos inhalándola. Pero déjame decirte que, si te la inyectas, no vas a vivir mucho. Destruye todos los órganos vitales desde dentro”. Le pregunté si conocía a alguien que hubiera muerto por tomarla.

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            “A muchos”, dijo Stathis. “Conozco demasiados. A algunos se les pudrieron las tripas… Puede darte otro tipo de enfermedades, te puede atacar al hígado, el corazón, los riñones… Por todas partes”.

Un consumidor de sisa fumando con su pipa en Kapodistriou.

            Los tres hablaban de la sisa con tono oscuro. “Cuando me metí por primera vez, me asusté”, dijo Panagiotis. “No me gustó. Me puso muy tenso, no me hizo sentir bien”.

            “Te derrite”, dijo Kostos. “A otros les pega en el sistema nervioso. Provoca heridas en el cuerpo que no sanan, que nunca cierran. Empieza como un grano y en lugar de sanar, crece. Hasta la cara del consumidor se llena de hoyos”.

            “Ves a hombres de 50 a 60 años adictos a la sisa. Hombres, mujeres, donde quiera que mires hay sisa”, agregó Panagiotis con tono sombrío. “En toda Atenas: callejones, plazas, todo el día fumando y buscando más sisa. Ya no oyes sobre heroína, hierba o pastillas. Esto es porque la sisa es barata… Yo creo que la sisa es la droga que va a destruir Grecia”.

            Más tarde, el trío nos llevó al Off Club, un centro de día para adictos a la sisa donde los encargados nos dieron una especie de revista ilustrada sobre los peligros de la droga. El local se encuentra al lado de la plaza Exarchia, que está llena de cafeterías y bares así como de pandillas, jóvenes, inmigrantes y otra gente en los márgenes de la sociedad. Cerca de la plaza se encuentra el enorme edificio de la Universidad Politécnica de Atenas, una de las de mayor prestigio en Grecia y donde, en 1973, el ejército empleó tanques para sofocar una manifestación contra el gobierno, dejando como resultado 24 muertos. La policía no patrulla mucho por esta zona; se quedan en sus furgones antidisturbios en las afueras de la plaza, fumando cigarrillos ametralladora al hombro. Unos anarquistas a los que conocí tienen la teoría de que es la misma policía la que está detrás del flujo de sisa hacia el vecindario.

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            En un bar cercano conocimos a un joven anarquista al que llamaremos Alcander. En 2008, durante los disturbios anarquistas, supuestamente fabricó cócteles incendiarios que después repartió en masa. Hace dos años, Alcander se dio cuenta de que los indigentes adictos estaban actuando de forma diferente; después, un grupo de personas, que él asegura que eran adictos, le pegaron una paliza. Dice que la culpa de esa agresión sin sentido la tiene la sisa, y su modo de hablar sobre la droga la hacía parecer algo diabólico. “¿Cómo sé si alguien consume sisa? Es fácil. Son inestables, desequilibrados, como un psicópata. Tienen ojos de loco, hablan solos y son muy agresivos. Creo que la sisa es la peor droga del mundo”.

                  Le pregunté por qué creía que la policía local estaba detrás de la distribución de este narcótico potencialmente letal. “Algunos [consumidores] vinieron a nosotros y nos dijeron que la policía les había dicho que fueran a Exarchia. Dijeron: ‘No podemos hacerlo en ningún otro sitio, nos expulsan de los demás territorios, de todas las plazas. Dijeron que nos fuéramos a Exarchia’”.

            “¿Crees que es algo político?” le pregunté.

            “Sí, todo este movimiento social está empezando a crecer, y quieren tener una excusa para entrar como los salvadores de los residentes… Ya lo han hecho antes, hace dos décadas con la heroína”.

            Los anarquistas griegos han empezado ya a luchar contra la epidemia de sisa mediante ataques coordinados contra los camellos y los usuarios en un intento de limpiar su vecindario. “Queremos que los niños jueguen en la plaza Exarchia y no tener que preocuparnos por el tráfico de drogas”, dice Alcander. Pero no parece que vayan a lograr su objetivo en un futuro próximo. Los consumidores están por toda la ciudad y, supuestamente, en otras partes del país. Y durante nuestra visita, los vendedores de sisa aparecían de la nada para vendernos su mercancía antes de desaparecer abruptamente.

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            Según Alcander, algunas mujeres en la zona han sido violadas por adictos a la sisa. Esto, Sin embargo, podría ser un rumor inspirado por la idea de que la sisa aumenta el apetito sexual, algo con lo que algunos adictos están de acuerdo. Konstantinos dijo que después de fumar sisa, suele acabar teniendo sexo salvaje y violento. Y no lo decía para presumir; parecía incómodo al respecto.

Una bolsa de sisa que compramos por cinco euros. Creemos que nos vieron cara de pardillos.

            Hasta no hace mucho, en 2009, era raro ver indigentes en Atenas. Según activistas griegos, el número de personas sin hogar en Grecia ha aumentado un 25 por ciento; hoy, conduciendo por la ciudad, se ven vagabundos por todas partes. La policía incluso ha empezado a meter indigentes en furgones para sacarlos de Atenas y enviarlos a Amigdaleza, un centro de detención para inmigrantes en una iniciativa conocida como Operación Thetis, llamada así por la madre de Aquiles. La palabra thetiko, derivada de su nombre, significa “positivo”, pero en la mente de los indigentes y aquellos que trabajan con ellos, no es más que una táctica fascista.

            “Es una política de locos”, dijo Charalambos. “Margina a la gente con problemas y la empuja hacia un comportamiento criminal”. Durante nuestra estancia en Grecia, indigentes con los que hablamos nos aseguraron que la policía recorría el centro de Atenas al menos dos veces al día para acosar a indigentes y drogadictos.

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            “No sabemos dónde los llevan ni por qué lo hacen”, me dijo una trabajadora social mientras la acompañaba en sus rondas nocturnas por las zonas donde hay más adictos. “Es un misterio”. Estaba siendo reservada; era obvio lo que pensaba de lo que hacía la policía: limpiar las calles de indeseables.

            Un par de días más tarde visitamos la plaza Kannigos, donde se congregaban prostitutas, adictos y camellos (quienes, según nos advirtieron, solían ir armados). El ambiente se notaba tenso: esa mañana, unos 20 policías uniformados habían reunido a un grupo de indigentes en la plaza y los habían subido a tres autobuses grandes. Cuando llegamos, todavía quedaban policías de paisano entre la multitud de adictos a la sisa y la heroína.

            También estaba el sargento que nos había detenido y borrado nuestro material a nuestra llegada a Atenas, así que escondimos las cámaras y nos acercamos a sus compañeros. Nos dijeron que preguntáramos en las oficinas locales, y así fue como terminé en una cuartel de la policía griega con sisa en la bolsillo. Allí conocí a George Kastanis, director de la división antinarcóticos de Atenas. Explicó que cree que la sisa se originó en África y Asia, y aunque dijo estar cada vez más preocupado por su popularidad, no creía que la droga estuviera convirtiendo a los consumidores en violentos maníacos violadores, que era la misma impresión que tenía yo de la situación; muy pocos adictos a los que conocí mostraron señales de agresividad. Cuando le pregunté a George sobre la Operación Thetis, me dijo que se había llevado a cabo sólo una vez.

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            “Pero esta mañana vi algo que se parecía mucho un barrido de las calles. ¿Era Thetis?” pregunté.

            “No. Es algo completamente distinto”, me respondió, y agregó que estos detenidos son conducidos a dependencias policiales donde los agentes verifican si existen órdenes de detención pendientes, y que por lo general los dejan ir transcurrida una hora y media. Cuando le pregunté si creía en la eficacia de estrategias como la Operación Thetis, me miró como si la pregunta le incomodara y dijo: “Soy policía. Sigo órdenes”.

            Al día siguiente, antes de regresar a casa, nos encontramos una vez más con Konstantinos y le invitamos a comer algo en una panadería. Nos detuvimos bajo el sol, comiendo unas pequeñas bolas de masa cubiertas de miel, mientras Konstantinos nos intentaba explicar algo con su pobre inglés. No dejaba de cruzar el dedo sobre su cuello para dejar claro su mensaje, pero no logré entender a qué se refería. Era un tipo agradable, el hijo de una prostituta que, según nos dijo, siempre había estado rodeado de drogas, y cuya calidad de vida se había vuelto increíblemente peor desde el colapso financiero en Grecia. Le regalamos copias de algunas fotos, como nos había pedido con anterioridad, y se marchó con un sonrisa diciendo que nos quería.

            “¿Sabes lo que te estaba intentando decir?” me preguntó mi traductor más tarde. “Que te quería, pero que si te hubieras dirigido a él en inglés aquel día bajo el semáforo, le habría dicho a sus vendedores de sisa que os mataran para quitaros vuestras cámaras”.

No dejéis de ver nuestro documental sobre la sisa, ya en VICE.com

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