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Sangre, codazos y estrategia: el por qué de la victoria de McGregor sobre Diaz

La revancha entre Conor McGregor y Nate Diaz fue mucho más que audiencias y millones, fue una auténtica lección de lucha en uno de los mejores combates del año.

por Jack Slack
24 Agosto 2016, 7:07am

Photo by Brandon Magnus/Zuffa LLC

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Conor McGregor y Nate Diaz protagonizaron uno de los combates más raros de la historia en el UFC 202. Fue un combate que superó la audiencia habitual de una competición que tiene seguidores fieles pero que no atrae habitualmente a audiencias globales. No fue el caso del duelo entre Diaz y McGregor, que a la postre se convirtió en uno de los mejores combates del año.

Para el aficionado acérrimo a las artes marciales mixtas (MMA), el combate fue una nueva demostración del poderío y capacidad táctica de Conor McGregor, que superó a un Nate Diaz que se adaptó a la estrategia de su rival para intentar ponerlo en apuros. El irlandés, sin embargo, supo responder adaptando su planteamiento según los cambios propuestos por Diaz.

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Si algún combate merecía las obscenas retribuciones multimillonarias que acostumbran a repartirse los participantes, este era el más adecuado.

McGregor y Diaz en un rincón del ring durante el UFC 202. Foto de Jeff Bottari, Zuffa LLC

El principal problema de McGregor en la primera ronda fue luchar contra la estrategia de contraataque de Diaz, un rival más alto y con mayor alcance. Esto propició que el irlandés se acercara a Diaz para escapar de sus principales puñetazos y poder contestarle a base de izquierdas. Moverse hacia delante con la cabeza fija e intentar reaccionar a los golpes del oponente —un movimiento más habitual en el boxeo— es agotador, así que pronto le pasó factura a McGregor en la primera ronda.

Diaz no se quedó parado y contestó echando la espalda para atrás y bloqueando los ganchos de su rival. Todavía peor: McGregor intentaba llegar más lejos de lo que podía para conectar sus izquierdas, así que su rival escapaba de la mayoría de esos golpes y, lo que era más alarmante, el irlandés quedaba fuera de posición cada vez que fallaba.

Por fortuna para McGregor, los 'bajitos' tienen maneras de contrarrestar la capacidad de alcance de los rivales más altos. Una de las respuestas más efectivas es convencer al tipo alto de que debe renunciar a su ventaja de alcance: para conseguir eso necesitas un arma más larga que los brazos. McGregor se dedicó a eso durante las dos primeras rondas: le tiró constantemente patadas a Diaz, que había renunciado a proteger su tren inferior.

A base de utilizar sus piernas, McGregor demostró ser más efectivo a pesar de no tener los brazos larguiruchos de Diaz. De repente el estadounidense era el que debía protegerse del alcance del irlandés, que aprovechó para lanzar puñetazos más efectivos que desequilibraron al rival.

Además de incrementar su efectividad con la mano izquierda, McGregor empezó a soltar derechas con jabs y ganchos que hicieron olvidar a Diaz las patadas, el principal motivo que había puesto a McGregor en cabeza.

Otro efecto colateral de la táctica de McGregor es que, para intentar defenderse de las patadas cortas, Diaz se vio forzado a reducir el espacio entre ambos. El problema para Diaz fue que su pie de apoyo —el que utiliza para echar la espalda hacia atrás y evitar los golpes del rival—se acercó al centro de gravedad de su cuerpo y perdió la capacidad de recular.

Después de tres derribos en las dos primeras rondas, el combate empezó a cambiar. El repertorio de McGregor le permitió consumir menos energía que en la primera ronda y Diaz se dio cuenta de que usando solo las manos le estaba sirviendo la victoria en bandeja a McGregor.

Al final de la segunda ronda, Diaz se protegió la cabeza con ambos antebrazos y empezó a hacer recular a McGregor. Empujar al irlandés y evitar que tuviera golpes limpios surtió efecto y Diaz empezó a repartir cizaña en intercambios muy reñidos que conectaron con el cuerpo y la cabeza de McGregor.

Al lado de la valla, McGregor demostró que ha mejorado a la hora de evitar los ganchos inferiores que Diaz consiguió colocarle la primera vez que se vieron las caras. McGregor usó enganches con el biceps para sofocar la mano de golpeo de Diaz y combinó un movimiento de cadera muy efectivo con codazos que le sirvieron de ganchos.

Como la cara de Nate Diaz está cubierta por tejido cicatrizal, el uso de los codos fue una excelente elección. Su poder en las distancias cortas no tiene parangón en el arsenal del boxeo sucio. Aunque no está bien juzgar un combate por la sangre derramada, el impacto de sangrar puede ser bastante severo. Diaz se pasó gran parte de las últimas rondas quitándose sangre de los ojos. Si los jabs se lanzan para oscurecer la visión del oponente, llenarle el rostro de sangre puede tener el mismo propósito.

A pesar de tener la visión nublada, Diaz encontró respuesta en el agarre: colocando la cabeza debajo de su oponente consiguió liberar los brazos para lanzar hachazos al cuerpo de un McGregor, que sufrió mucho en este tramo.

En la tercera ronda, McGregor optó por escapar al trote de las acometidas de Diaz. Por supuesto, eso no gustó ni al rival ni a los espectadores, pero Diaz tampoco supo mantener la presión sobre el irlandés.

Bailar sobre el ring forma parte de los combates, así que Diaz falló a la hora de encontrar una solución a la táctica del rival. McGregor recuperó el momentum y atacó el cuerpo de Diaz de tal manera que a este le empezó a fallar la posición defensiva con los antebrazos.

La campana final sonó cuando Diaz había conseguido derribar por primera vez al irlandés después de muchos intercambios en la valla. McGregor fue el ganador por decisión mayoritaria —dos jueces le dieron ganador y otro dictaminó un empate—, un hecho curioso ya que a los jueces de las MMA ni les gusta ni suelen dictaminar empates.

Quizás quienes esperaban que uno de los dos luchadores tumbara al otro quedaron algo decepcionados, pero el combate contentó a la mayoría de aficionados a las artes marciales mixtas. De hecho, visto en perspectiva, todo apunta a que podría haber un tercer duelo entre ambos.

Espectáculo y millones de dólares de por medio... ¿quién no querría repetir?

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