Cómo los narcotraficantes musulmanes encajan el trabajo con su estricta fe
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Cómo los narcotraficantes musulmanes encajan el trabajo con su estricta fe

Hablamos con un criminólogo que pasó cuatro años con varios camellos de origen británico-pakistaní en Bradford.
Max Daly
London, GB
28.2.17

Ilustración: Ella Strickland de Souza

Cuando a principios de año la policía acabó con la vida de Yassar Yaqub cuando iba en el asiento del pasajero de un Audi por una carretera de Yorkshire, enseguida salió a la luz que el joven estaba metido en el negocio de las drogas de la zona.

La policía detuvo el coche, que conducía un amigo de Yaqub, tras haber recibido el chivatazo de que uno de sus ocupantes estaba en posesión de una pistola, que apareció más tarde en la zona de los pies del asiento del pasajero. Yaqub decía dedicarse a la vente de automóviles, versión que se contradecía con la de un antiguo "socio", que declaró a la prensa poco después del tiroteo que el hombre, de 28 años y padre de dos hijos, era un temido traficante de crack y heroína. En 2010, Yaqub fue absuelto de las acusaciones de intento de homicidio que pesaban sobre él. En 2015 hubo de ser hospitalizado por heridas de escopeta causadas por un par de tipos encapuchados que le tendieron una emboscada. Tras aquel incidente, Yaqub instaló varias cámaras de vigilancia en el exterior de su casa.

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Después del tiroteo, grupos de jóvenes pakistaníes salieron a manifestarse a las calles de Bradford en protesta por lo que algunos calificaron de "asesinato". El funeral de Yaqub se celebró en la mezquita a la que acudía la familia. Allí, el padre del difunto negó que su hijo fuera un criminal.

Al margen de cuál fuera la verdad sobre la relación de Yaqub con el narcotráfico y de las razones que llevaron a la policía a dispararle, resulta significativo el número de individuos británicos de ascendencia pakistaní vinculados a el narcotráfico en esa zona de Inglaterra.

A principios de febrero, fueron condenados a casi 200 años de prisión 35 miembros de una banda de narcotráfico que habían intentado pasar de contrabando heroína procedente de Pakistán oculta en tapones de bolígrafos. Asimismo, el año pasado, los miembros de  otra banda, también de ascendencia pakistaní, que operaba desde West Yorkshire, fueron encarcelados después de que las autoridades interceptaran un cargamento de heroína oculto en cajas de mesas. En 2014, el millonario Mohammed Azam Yaqoob, alias Mr. Sparkles, fue condenado a nueve años de cárcel por su pertenencia a una red de contrabando de droga. La lista de casos de contrabando interceptado entre Pakistán y West Yorkshire es larga, como lo son las formas de ocultar la droga, ya sea en alfombras afganas, polvos de talco u hornos de pan.

Según datos solicitados por VICE al Ministerio de Justicia británico, en Yorkshire y Humberside se ha condenado entre 2013 y 2014 a más británicos de origen paquistaní (12) que a británicos blancos (11) por importar drogas de clase A al Reino Unido. Respecto a la distribución, los traficantes de ascendencia pakistaní superan en número a otros grupos en zonas como Bradford, Leeds y Huddersfield, representando una quinta parte (211) de las 1.058 personas condenadas por tráfico de drogas de clase A entre 2013 y 2014: cuatro veces más que los británicos de origen caribeño (51) y casi la mitad de los traficantes británicos blancos. Esta cifra es significativa teniendo en cuenta que los ciudadanos británicos de ascendencia pakistaní representan el 4,3 por ciento de la población de la región.

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Ante estos datos, resulta inevitable preguntarse por qué tantos jóvenes procedentes de comunidades pakistaníes, por lo general muy conservadoras en el ámbito religioso y cultural, deciden buscarse la vida en un negocio tan contrario a sus creencias como el de el narcotráfico.

Yassar Yaqub afirmaba ser vendedor de coches y su padre siempre ha defendido su inocencia. Sin embargo, se dedicaba supuestamente al narcotráfico

Hasta ahora, poco se sabía del panorama del narcotráfico regentado por asiáticos en Gran Bretaña. En 2010, el criminólogo Mo Ali Qasim inició un proyecto de investigación de cuatro años, durante los cuales estuvo relacionándose con un hermético grupo de jóvenes narcotraficantes pakistaníes musulmanes de un barrio deprimido de Bradford.

Quasim definió el barrio como "una zona de grandeza venida a menos, esperanzas rotas e infinita desesperación". De pequeño, Qasim jugaba a críquet y fútbol con algunos de los chicos, gracias a lo cual lo aceptaron en su círculo. Actualmente está trabajando en un libro sobre el narcotráfico en West Yorkshire, razón que lo llevó a investigar las causas que habían llevado a toda una generación de jóvenes a desviarse de la senda que habían trazado sus padres y dedicarse a la venta de droga y cómo lograban compaginar esta actividad con una fe religiosa que condena el consumo y la venta de droga y castiga muy severamente los delitos que cometen a diario.

La mayoría de los miembros de la banda empezaron a vender crack y heroína a una edad muy temprana, bajo la tutela de traficantes veteranos. Lo hicieron por la misma razón por la que lo hacen la mayoría de los jóvenes: para huir de la pobreza y ganar dinero, para salir de la marginalidad a la que se han visto abocados por no tener acceso a la educación, por sus antecedentes criminales y por el aumento del paro, que en el caso de los jóvenes de ascendencia pakistaní alcanza el 45 por ciento, mientras que con los jóvenes blancos, el paro es del 19 por ciento. El desempleo no solo propicia la adicción a la droga, sino también su venta. Los chicos le contaron a Qasim que sus perspectivas laborales habían empeorado debido a la remontada de odio hacia los musulmanes en Gran Bretaña, a quienes los medios retratan como el "enemigo en casa".

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Estos jóvenes no solo se sienten marginados de la sociedad británica. Algunos incluso se sienten desplazados de sus propias familias y de las generaciones de británicos-pakistaníes que los preceden. No sienten apego por Pakistán, país que consideran corrupto y en el que son considerados occidentales. Para ellos, las tradiciones como las bodas y los funerales que se prolongan una semana resultan una carga. Esta deriva cultural y el desarraigo llevan a estos jóvenes a ver el tráfico de drogas como una forma más aceptable de salir del agujero económico en el que se ven sumidos.

Mientras que sus padres se contentaban con trabajar en fábricas, colmados y puestos de comida rápida, ellos los consideran empleos degradantes y un callejón sin salida. Estos jóvenes aspiran a un estilo de vida opulento, a conducir coches deportivos y llevar ropa y joyas caras, y la venta de drogas es la forma más rápida de conseguirlo.

El negocio del narcotráfico no solo ha llamado la atención de la policía, sino también de los imanes de la zona. Cuando los jóvenes se presentan en la mezquita para la oración, los imanes muchas veces intentan disuadirles con sus sermones. Una vez, estando los chicos presentes al fondo de la mezquita, el imán se dirigió a los fieles: "Veo a hermanos consumir y vender drogas como si no hubiera nada malo en ello. Pero se olvidan de que son haram, y os juro que el dinero que ganan no les servirá de nada el día que tengan que rendir cuentas ante su señor. Creedme cuando os digo que ese día, rogarán y suplicarán a Alá que les perdone, pero no, entonces ya será demasiado tarde". El imán les recomendó que acudieran a una mezquita cercana para asistir a una charla titulada "¿Haz lo que quieras para ser un chico malo?".

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Pese a que el Islam prohíbe terminantemente el alcohol, la mayoría de estos chicos lo consumen, y algunos de ellos incluso en grandes cantidades. Pese a su laxitud en lo que respecta al narcotráfico y el consumo, Qasim afirma que en el resto de aspectos de la religión se muestran más estrictos. Ninguno de ellos, por ejemplo, toca ningún alimento que no sea halal, y mucho menos si procede del cerdo. Asimismo, también advirtió que aquellos que habían cumplido condenas de prisión salían con su fe reforzada, lo cual, más que hacer que se apartaran de la droga, solía traducirse en una mayor insistencia por su parte para que sus hermanas llevaran el hijab.

"Bebían alcohol, se acostaban con chicas y consumían y vendían drogas", afirma Qasim. "Pero los chicos consideraban que la fe islámica era esencial. Eran selectivos en cuanto a qué preceptos del Islam seguían y cuáles no. Podría decirse que el tema de la fe era más una especie de estrategia que seguir en tiempos difíciles".

De izquierda a derecha: Nisar Khan, Asim Jhangir y Muzhar Ahmed, tres de los hombres encarcelados este año por pertenencia a una red de narcotráfico basada en Bradford

Estos jóvenes traficantes básicamente han aprendido a adaptar su fe a situaciones concretas. Pese a estar atados por la religión y su lealtad a la familia, han creado una serie de reglas propias, según las cuales la venta de droga es aceptable porque es la única forma que conocen de obtener tres elementos esenciales para su supervivencia: dinero, solidaridad y estatus.

En el mundo de la droga, aquellos vendedores bien relacionados con los distribuidores tienen cierta ventaja sobre sus rivales. Durante la década de 1990, la venta de crack se convirtió en la principal fuente de ingresos de muchos delincuentes británicos de ascendencia jamaicana, en parte porque la mayor parte de la cocaína que entraba en el Reino Unido procedía de Jamaica. Una dinámica similar se observa con los criminales colombianos en el Reino Unido, por razones obvias, y con las bandas de turcos del norte de Londres, cuyo país natal ha sido un punto estratégico en la ruta de tráfico de heroína de Afganistán a Europa.

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Las sentencias judiciales demuestran que los delincuentes británico-pakistaníes llevan décadas aprovechando sus contactos en su país de origen para entrar heroína de contrabando en el Reino Unido, por lo que en cierto modo resulta lógico que este negocio acabara calando en camellos y blanqueadores de dinero de la comunidad pakistaní.

Aunque los traficantes con los que estuvo Qasim no entraron en demasiados detalles sobre el negocio, sí dijeron que la importación era cosa de generaciones más mayores y que conseguían la droga de sus "contactos turcos en el sur". Al parecer, la cocaína parecía proceder de Liverpool.

Los traficantes pakistaníes de West Yorkshire son solo una parte del inmenso entramado del narcotráfico en Reino Unido. De las oleadas de inmigrantes que han ido asentándose en las islas británicas a lo largo de los siglos irlandeses, hugonetes, judíos, jamaicanos, indios, pakistaníes y europeos del Este, han sido muchos los que han tenido que recurrir a la delincuencia para salir adelante. Sin embargo, los datos del Gobierno en relación con el tráfico de drogas demuestran que el papel de las minorías étnicas queda empequeñecido en comparación con el de los traficantes británicos blancos.

Qasim señaló que los jóvenes, pese a mostrarse violentos en alguna ocasión, eran buenas personas que habrían llevado una vida próspera en la sociedad de haber tenido la oportunidad.

"Aunque la sociedad los estigmatiza y los margina", concluye Qasim, "estos chicos demostraron tener cualidades muy destacables, como gran capacidad de emprendimiento, un gran sentido del deber hacia su familia y un código moral sólido aunque ecléctico. Estos chicos son dignos de admiración en muchos aspectos, aunque raramente son capaces de ver esas cualidades positivas en ellos mismos, por lo que mucho menos lo son para el resto del mundo".

El libro de Qasim, 'Young, Muslim, and Criminal', se publicará este año de la mano de Policy Press.

@Narcomania

Traducción por Mario Abad.