Salud

Hemorragia incontrolable: la pesadilla de un neurocirujano

No hay nada que te pueda preparar para el estallido de una arteria en la cabeza de un paciente.

por Dr. Rahul Jandial
01 Marzo 2017, 5:00am

Llegó con una bomba de tiempo en su cabeza. Era el séptimo paciente en la agenda del viernes del hospital y llevaba consigo las notas de otros dos neurocirujanos que ya lo habían revisado. Tenía una arteria en el cerebro que estaba en riesgo de reventar, debido a una malformación llamada aneurisma. Algo similar a una vieja manguera de jardín con una ligera protuberancia en forma de burbuja. Con cada latido, una onda de presión salía disparada desde su corazón y podía desgarrar la arteria. Cada latido lo hacía entrar en pánico.

La buena noticia es que la cirugía para corregir este padecimiento suele realizarse sin problemas, excepto en los casos poco comunes en que puede ser catastrófica. Le expliqué que el riesgo de dejar el aneurisma sin tratar era el mismo que el riesgo de una operación: una lesión cerebral catastrófica en su función del lenguaje o incluso la muerte. Esto es difícil de asimilar a cualquier edad, pero no puedo imaginar lo duro que debe de ser para un joven de 19 años que empieza a disfrutar de su vida adulta. Eligió operarse en junio, después de acabar el segundo semestre de su primer año en la universidad, por lo que tendría todo el verano para recuperarse.

La operación que necesitaba es considerada en la tradición médica como un procedimiento técnicamente difícil, lo que significa que incluso la mayoría de los neurocirujanos no la realizan. Tiene el rango más extremo de resultados posibles: podría tanto curar al paciente como acabar con su vida.

Para esta operación en particular, todo se hizo a un ritmo calmado, porque la urgencia innecesaria conduce a errores. Le afeité la cabeza y la humedecí con un líquido naranja lleno de Betadine. También se lo apliqué en el cuello como medida preventiva. Un técnico le colocó electrodos en la cabeza para controlar las ondas cerebrales, otra medida de seguridad. La anestesióloga tenía suficiente sangre en la sala. El reloj marcaba las 8:15.

Los vasos sanguíneos del cerebro no están dispuestos de una manera compacta; su diseño es tortuoso y curvilíneo y es diferente en cada uno de nosotros. Estos microvasos pueden desgarrarse si los tocas con brusquedad con un instrumento. Trabajas de arriba hacia abajo, como si fueras a separar las hojas de un árbol para encontrar las ramas más gruesas en el interior.

Para encontrar la arteria cerebral media tuve que separar el lóbulo frontal del lóbulo temporal mediante una apertura en la cisura de Silvio, que los mantiene unidos. Este valle traicionero fue el camino que escogí para llegar a la arteria que buscaba. Separé las membranas iridiscentes y me deslicé entre los lóbulos cerebrales sin dañar el tejido con sus preciadas neuronas. La pared de la cúpula del aneurisma era lo suficientemente delgada como para ver las espirales turbulentas del flujo sanguíneo con cada latido de su corazón. El reloj marcaba las 9:15.

La maniobra crítica consistía en colocar un pequeño clip de titanio con resorte (parecido a una aguja para la corbata) en la base de la burbuja vascular. Todo esto sucede bajo el microscopio, donde solo una persona —el cirujano— puede trabajar, lo que implica que solo yo podía visitar esa profundidad dentro del cráneo. Con el clip de titanio en la base de la burbuja, estaba listo para manipularla con el dedo índice y el pulgar. El clip estaba casi en posición, pero el aneurisma estalló. La arteria cerebral media empezó a arrojar sangre desde el desgarre con mucha violencia. Una hemorragia torrencial salía de su cráneo. El reloj marcaba las 9:45.

No hay simulacro que pueda prepararte para eso. No se trata de saber cuáles son las maniobras; la parte más difícil es tener la calma suficiente para llevarlas a cabo.

La alerta de presión arterial baja captó la atención de la anestesióloga. La miré y solo le dije dos palabras: dale sangre. Mientras que otros órganos pueden aguantar horas sin flujo sanguíneo, el cerebro necesita ser irrigado con tanta desesperación que incluso unos minutos de sequía hacen que se marchite su tejido, causando un derrame cerebral.

Comencé mis maniobras y coloqué una pinza temporal en la arteria a contracorriente del desgarre. Esto disminuyó el flujo sanguíneo, pero tenía que quitar la pinza cada pocos minutos para irrigar el tejido cerebral. Así que asigné a una enfermera para que midiera el tiempo. Coloqué la pinza temporal. Empezó a contar el tiempo. Pero batallé para reparar la arteria y el tiempo se agotó, lo que me obligó a retirar la pinza para dejar que el flujo corriera de nuevo. Seis intentos de esta maniobra no me llevaron a ninguna parte. El reloj marcaba las 10:45.

Estaba en un edificio con cientos de médicos y cirujanos, pero ésta era una pelea uno a uno. No había espacio para un compañero, incluso si hubiera habido otro neurocirujano en el hospital. En mi desesperación, me trasladé a su cuello y rápidamente corté y diseccioné una zona hasta llegar a la arteria carótida (aquí es donde se siente el pulso de una persona), donde coloqué una pinza gruesa llamada "bulldog" para disminuir el flujo sanguíneo. De vuelta a la cabeza, volví a probar mis maniobras. Pero una vez más batallé para reparar la arteria y el tiempo se agotó. Una y otra vez el tiempo se terminó. El reloj marcaba las 11:50.

A pesar de mis intentos por disminuir el flujo sanguíneo, estaba trabajando en la oscuridad de la sangre turbulenta, moviéndome a ciegas con el destello ocasional de mi objetivo como si estuviera detrás de una ventana sucia. El joven recibió 15 unidades de sangre durante esas horas y las bolsas de sangre vacías empezaron a apilarse en un pequeño montón. A esas alturas, su propia sangre había escapado y había sido reemplazada por la sangre de varios donantes desconocidos. No había hecho ningún progreso.

Decidí llevar a cabo mi maniobra final. Le pedí a la anestesióloga que le diera adenosina, un fármaco que impidió temporalmente que su corazón latiera, dejándolo sin flujo sanguíneo para poder operar con visibilidad. En un monitor a mi izquierda, los electrodos del electroencefalograma conectados a su cabeza me mostraban sus ondas cerebrales. En un monitor a mi derecha, los electrodos del electrocardiograma conectados a su pecho me mostraban su ritmo cardíaco.

Ese momento después de que su corazón ya no estaba latiendo, pero antes de que su cerebro quedara afectado por la falta de sangre, jamás me sentí tan solo. Pero me dio una oportunidad, una visión clara para reparar el aneurisma. Y afortunadamente funcionó. El corazón fue reiniciado químicamente y las ondas cerebrales nunca dejaron de moverse. Yo exhalé. El reloj marcaba las 12:50.

Lo mantuve en un coma inducido en la unidad de terapia intensiva durante semanas y cuando lo desperté, estaba física y mentalmente bien. Todo estaba en orden. Volvió a la universidad y le fue bien, pero se tomó un semestre de descanso.

La gravedad de la situación es un peso casi insoportable. En esos momentos no hay espacio para el pensamiento, sólo para la preparación y el instinto. Hoy en día los pacientes me buscan para evaluar sus enfermedades mortales. Para mí, se trata de marcar la diferencia, hacer algo que otros no harán o no pueden hacer. Puede parecer extraño, pero no me asustan esos momentos. Es cuando doy lo mejor de mí y cuando estoy en mi mejor momento.

El doctor Rahul Jandial es un neurocirujano y neurocientífico de doble formación. Síguelo en  Twitter e Instagram y visita su sitio web aquí .

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