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Salud Mental

Mi psicólogo se suicidó

Hace aproximadamente un año de la muerte de Mark. En ese momento, mi perspectiva de la empatía cambió totalmente.

por Court Stroud; traducido por Laia Pedregosa
18 Junio 2019, 3:45am

Ljupco / Getty

Una mañana de sábado tranquila, mi marido Eddie y yo estábamos estirados en la cama todavía medio dormidos cuando sonó el teléfono.

“Soy amigo de Mark”, dijo la persona que llamaba. Mark fue mi terapeuta y el de Eddie durante una década, en sesiones de pareja y el de cada uno por separado. “Me dijeron que llamase a sus pacientes, siento informarles de que Mark falleció ayer”.

“Dios mío, ¿qué ha pasado?”, preguntó Eddie.

“Estaba muy deprimido”.

Eddie se detuvo. “Un momento, ¿se ha suicidado?”.

Nos quedamos de piedra. Eddie quería hablar, pero yo no podía. Mi mente era un torbellino de emociones opuestas, y todos ellas formaban una mezcla de tristeza, estupor, pánico y terror.

También estaba enfadada y me sentía traicionada. Me sentía muy unida a él, y pensaba que todo se venía abajo. No era la misma persona que conocía, pensé que había ido repartiendo consejos por ahí sin ni siquiera saber lidiar con sus problemas. Me pregunté, si mi propio terapeuta no ha podido con la vida, ¿cómo voy a poder yo?


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No era una pregunta repentina. A los veintitantos, desesperanzada tras una ruptura, me puse un revólver en la boca a punto de disparar el gatillo. Bajé el arma después de pensar en la gente a la que podría herir, concretamente a mi familia y a mis amistades. Prometí que buscaría ayuda y empecé con el psicoanálisis. Fue entonces cuando acepté la dura realidad de que probablemente me pasaría toda la vida luchando contra la depresión.

Cuando conocí a Mark hace unos años, había ido a ver a unos cuantos terapeutas. Algunos de ellos eran geniales, pero Mark era espectacular; siempre dispuesto a ir más allá de los límites de la relación entre terapeuta y cliente. Se abría a los pacientes compartiendo información sobre su vida personal cuando creía que podía ayudar a construir una relación de confianza y mitigar el miedo, del mismo modo que lo haría un amigo. Mark creía que a través de mostrar sus problemas, los pacientes podrían relativizar los suyos. Estaba ahí para guiarnos, era uno más en ese proceso.

Mark había pasado por un divorcio que, según las anécdotas que contaba, parecía haber sido una experiencia horrible. Cuando Eddie se fue tres meses a una residencia de Arizona, me sentí abandonada. Mark hablaba de cómo echaba de menos vivir con su exmujer y su hija.

Ahí estaba un hombre que estaba saliendo adelante, o eso pensábamos, intentando hacerse camino a través de la mayor crisis por la cual había pasado. Eddie y yo nos apoyábamos en él, y estoy segura de que sus otros pacientes también lo hacían. Y entonces, de repente, decidió irse de la vida.

Quizá Eddie y yo no deberíamos estar tan impactados por el suicidio de Mark. Según parece, los doctores ocupan el puesto de la tasa de suicidio más elevada de todas las profesiones. La cifra de los que deciden quitarse la vida (de 28 a 40 por cada 100 000 personas) es más del doble de la población global (12,3 por cada 100 000). Y, de entre todas las especialidades médicas, la psiquiatría parece posicionarse muy cerca del primer lugar de la lista. Un estudio de la Asociación Estadounidense de Psicología (APA), demostró que cerca de uno de cada cinco psicólogos (el 18 por ciento) informaron de que tenían pensamientos suicidas mientras se enfrentaban a un problema personal o profesional.

La pérdida de un terapeuta bajo cualquier circunstancia, pero particularmente si la causa es el suicido, puede suponer algo especialmente grave. “Perder a un terapeuta porque se ha suicidado no es tan poco común, tristemente”, dijo Charles Nemeroff, profesor y presidente interino del departamento de psiquiatría de la Dell Medical School de la Universidad de Texas en Austin (University of Texas Dell Medical School). “Los datos dejan bastante claro que se trata de un grupo de personas en riesgo”, indica. “Y mientras deberían estar tratando los problemas de salud mental de los demás, son los que más tardan a la hora de buscar ayuda cuando la necesitan. Muchos de ellos no lo hacen. Los médicos son horribles como pacientes”.

Además, están sometidos a mucho estrés en el trabajo. “Visitas a los pacientes desde las ocho de la mañana hasta las cinco de la tarde, y estás solo en la consulta. Los pacientes entran, se pasan ahí unos 45 o 50 minutos, cinco días a la semana”, dice Nemeroff. “Se vuelcan por ti”.

Muchos pacientes responden bien a la terapia, y eso puede resultar gratificante para los terapeutas que les están tratando, pero muchos de ellos no lo hacen. “Del mismo modo que los médicos especializados en el cáncer tienen que lidiar con perder a los pacientes, los psicoterapeutas, psiquiatras, psicólogos y trabajadores sociales — todos los expertos en salud mental — tienen pacientes que no consiguen responder bien. Perdemos a los pacientes a causa del suicidio. Es duro pasar por ello”.

Cuando el que muere por suicidio es el terapeuta, explicó Nemeroff, es normal que sus pacientes sientan rabia y traición. “La relación entre el paciente y el psicoterapeuta es muy íntima y especial. Termina convirtiéndose en un microcosmos de todas las relaciones. Perder a un terapeuta porque se ha suicidado es equiparable a perder a un miembro de la familia o a un amigo cercano. Se trata de alguien que conoce tus pensamientos más íntimos”, explicó.

Este tipo de pérdida puede ser muy complicada para algunos clientes. “En parte, algunas personas van a terapia por el miedo al abandono. Así que, ¿qué podría ser peor que el abandono de tu terapeuta porque se ha suicidado? Los pilares de la relación entre un paciente y un médico especializado en salud mental son la confianza y la intimidad. El mayor incumplimiento del contrato sería el suicidio”, añadió.

Ha pasado un mes desde el suicidio de Mark. En ese momento, mi perspectiva cambió totalmente. La rabia y los sentimientos de traición han desaparecido. Ahora echo de menos y admiro a Mark.

Gracias a él, soy una persona más compasiva. Ahora soy capaz de ver que a la vez que lidiaba con sus propios problemas — unos problemas muy serios — Mark se esforzó por darlo todo por sus pacientes.

Algo de lo que también me he dado cuenta es de que no conocíamos del todo a Mark, simplemente pensábamos que le conocíamos a raíz de las profundas conversaciones que teníamos con él y la vulnerabilidad de la que surgían. ¿Acabamos de conocer por completo a alguien cuyo trabajo consiste en ayudarnos más allá de lo que quiera que conozcamos? En cualquier caso, mi fe en el proceso de descubrimiento personal es más fuerte que nunca.

He empezado a ir a una nueva terapeuta llamada Amy, que también cree que compartir información de su vida personal puede ayudar a que la sesión sea más segura y a ayudar a construir una confianza con el cliente. Al principio, abrirme a ella fue todo un reto para mí después de lo que le pasó a mi antiguo terapeuta. Pero hablar de lo que pasa dentro de mi cabeza es necesario, y eso me lo enseñó Mark. Sé que él querría que siguiéramos adelante, incluso después de una pérdida como esta.

Este artículo aparece originalmente en VICE US.