Semana del Orgullo

La historia de la primera milonga gay de Buenos Aires

Un sitio en contra de las estructuras donde se baila y se disfruta de la compañía
Foto por Jason Sheil

Artículo publicado por VICE Argentina

Se agolpan en mi cabeza muchos recuerdos ahí vividos…

Creo haber estado desde los primeros momentos, en la calle Bolívar,

en ese taller de plástica donde nos reunía el tango

nos daba la libertad de danzar con quien quisiéramos y en

el rol que más nos gustara…pudiendo sentir que en la vida

los roles nunca son fijos…

Además es reunión de amigos, alegrías compartidas, de avances

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en el camino de caminar el tango…

Es el lugar de la magia al encontrarte con alguien de otra cultura

sin conocer su idioma, ni sus costumbres, abrazarte y bailar

comunicándote como si te conocieras de toda la vida…

Espero seguir abrazando y caminando en el tango y en La Marshall…

Carlos Sánchez

Habitué de La Marshall

La noche del 2 de mayo parecía una noche cualquiera para Augusto Balizano, una de las tantas noches de viernes que había organizado en La Marshall, la milonga que por años ha sido su motivo de orgullo, su proyecto de vida. Primero la clase, que comenzaba siempre a las 10, y luego tango y baile hasta la madrugada, una estructura ya establecida, casi rutinaria. En la superficie nada parecía distinto, pero por debajo, casi imperceptible, se escuchaba un rumor en el ambiente, uno que dejaba en evidencia que esta noche tenía algo de especial.

Augusto reflejaba en su rostro una tranquilidad casi zen, dificultando cualquier lectura de sus sentimientos: o ya había hecho su paz con la decisión o, como suele pasar con este tipo de coyunturas en la vida, las consecuencias de la misma se asomarían tiempo después. “A veces creo que soy un poco inconsciente con lo que sucedió con este lugar, pero obviamente estoy feliz por ello”. Y es que después de 15 años casi ininterrumpidos en la noche porteña, en sólo siete días Augusto Balizano cerraría indefinidamente La Marshall, la primera milonga gay de la ciudad de Buenos Aires.

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Augusto llegó al mundo del tango a los 22 años mientras estudiaba diseño gráfico en la universidad. “Cursaba una materia los sábados a la mañana y era medio aburrida”, recuerda. “Y junto a una compañera siempre pensábamos: ¿qué podemos hacer? Quedamos en tomar clases de tango. Yo fui pero ella nunca fue. Y ahí empecé”. Sus primeros pasos de baile los dio en La Escuela del Tango, bajo la tutela de Claudia Bozzo, quien, ante su rápida evolución, le daría la posibilidad de dar clases un par de años después. “Tenía mucha energía en ese entonces”, recuerda afectivamente Augusto al referirse a sus primeros años en el baile. Poco tiempo después, a través de un conocido de La Escuela, comenzó a dar clases en Lugar Gay de Buenos Aires, un lugar que se convertiría en la semilla para La Marshall. “Era una clase de tango nada más. Venían, dábamos la clase y después cada uno para su casa. Y en ese momento se había armado un grupito bastante estable y lindo, los mismos asistentes. Y ellos dijeron que querían un espacio donde pudieran bailar y disfrutar. ‘Queremos una milonga’, dijeron. Y me dijeron que tenía que organizarla yo. Y así fue”.

Foto por Jason Sheil

La Marshall se lanzó originalmente en un domicilio particular, en el loft de un amigo pintor en la calle Bolívar, el mismo lugar referenciado en el texto que abre esta nota (que fue escrito por un ex habitué de la milonga que falleció el año pasado). “En esa época cuando teníamos 20 personas lo considerábamos un éxito. No había DJ, sólo un equipito de música que poníamos y bailábamos y bailábamos. El dueño de casa preparaba unas empanadas y se armaban unas reuniones muy agradables y muy lindas”. De ahí se movieron a un local en San Telmo y del boca en boca pasaron a publicitar en revistas especializadas en tango, amasando un grupo de clientela fiel en el camino.

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Uno de los primeros en llegar a La Marshall a través de los anuncios fue Jorge, un cliente que continuó asistiendo regularmente durante estos 15 años. “Siempre fui a milongas tradicionales y tenía una amiga con la que bailaba”, recuerda Jorge. “Yo soy gay, pero nunca había bailado con hombres. La primera vez que bailé con hombres fue en La Marshall. La sensación del abrazo con un hombre o con una mujer es distinta. Si además sos gay y te abrazás con un gay también sabés que es distinta. Es como tener el permiso. Acá hacemos lo que queremos, todo bien. Muy formal, muy educado”.


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Para Jorge, así como para muchos de los asistentes a La Marshall, uno de los principales retos siempre fue modificar la forma de bailar que habían aprendido. “Hay un proceso de adaptación a tu forma de baile y hay que aprenderlo”, explica. “Es el mismo baile y los mismos pasos pero en otro sentido. Tradicionalmente el hombre en el tango es el que conduce en la milonga y la mujer es conducida. Pero acá cualquiera puede conducir o ser conducido”. Afortunadamente, Augusto estaba equipado para lidiar con esta situación, habiendo aprendido en las clases de La Escuela de Tango a bailar los dos roles, independientemente de la orientación sexual.

La Marshall tenía varias particularidades adicionales que rompían con la tradición tanguera tan instaurada en la idiosincrasia porteña. Las milongas, por ejemplo, cuentan con una disposición habitual de las sillas, formando una especie de cuadrangular alrededor de la pista: de un lado se sientan las parejas, frente a ellos y del otro lado de la pista se sientan los grupos, en otro lado las mujeres solas y del otro los hombres solos. “Eso es así en milongas tradicionales aquí y en Rusia”, explica Jorge. “Pero en La Marshall te sentás donda querés, nadie dice nada, nadie piensa nada, está todo bien”. Augusto refuerza esta idea: “venía la gente y preguntaban de qué lado iban los hombres, por ejemplo. Y les decíamos que no tenían ningún lado, que te sentabas donde querías y ya. No estaba el código por encima de pasarla bien”. De esta manera, más allá del tema de la sexualidad, La Marshall se convirtió, de forma muy espontánea, en una suerte de manifiesto en contra de las estructuras y los patrones de las milongas de Buenos Aires.

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Foto por Jason Sheil

Para 2004 La Marshall funcionaba en una discoteca gay en Palermo. Su creciente popularidad alcanzó un punto de ebullición gracias a un artículo a finales de enero en el diario Clarín que titulaba Ya funciona en pleno corazón porteño la primera milonga gay. “Ese mismo día a la noche ya teníamos cola para entrar”, recuerda Augusto con una sonrisa. Al poco tiempo tuvieron que mudarse a un espacio más grande porque no se daban abasto y de ahí a otro más, luego de que la tragedia de Cromañón en diciembre de ese mismo año forzara la clausura de cientos de lugares de baile. Su nueva casa para 2005 pasó a ser un salón de tango en el centro de la ciudad, donde estarían casi seis años, “el momento de mayor boom de la milonga”, como lo recuerda Augusto. “En ese entonces, cuando teníamos una noche de 100 personas la considerábamos mala”.

Con el pasar del tiempo, La Marshall se fue convirtiendo en un pequeño espacio de inclusión en Buenos Aires. Locales, turistas, gays y heterosexuales, todos encontraban en la milonga un espacio de pertenencia. “La cuestión nunca pasó por ser gay o hetero, sino por ser abierto de mente o cerrado”, explica Jorge. “Si te gusta bailar tango, la sensación, probar algún paso, compartir con el otro algún momento, no importa tanto que sea mujer o varón. No venís de levante acá para ir a la cama. Pero sí tenés que tener la cabeza muy abierta”. Con los años, La Marshall fue también testigo de cambios poderosos en la sociedad argentina. Las milongas gays y “abiertas” comenzaron a pulular y el clamor por el respeto a la diversidad fue consiguiendo espacios ante la ley, culminando finalmente en la adopción de una ley de matrimonio igualitario en Argentina en 2010.

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A pesar de los avances, tanto Augusto como Jorge están conscientes de que la sociedad, hasta el día de hoy, aún contiene sectores que no ven con buenos ojos al tango gay. “Hace dos o tres años me pasó algo en una milonga muy conocida”, explica Jorge. “Yo iba a bailar con un amigo y me golpearon en el hombro para decirme que tenía que bailar con una compañera. Le expliqué que éramos amigos y que no había problema pero nos dijeron que en esa milonga ‘no se baila asi’. Así que nos paramos y nos fuimos”. Para los detractores, Augusto se ha creado una coraza difícil de roer y un mensaje bien claro: “Hubo mucha gente que se resistió y aún hay gente que se sigue resistiendo, pero eso es problema de ellos, no mío”.

Para Augusto, la milonga ha sido un ingrediente esencial en su evolución como bailarín y como persona. Fue en esa pista de baile que conoció a Miguel Moyano, su novio y pareja de baile de cinco años, con quien viajó por el mundo participando en festivales de tango en ciudades como Copenhague, Estocolmo y Berlín. Fue también donde conoció a Gustavo Aguirre, su actual marido, quien cobra la entrada a la milonga desde hace un tiempo. En lo profesional, fue ahí donde creó Propuesta 5, su grupo de danza, y donde surgió la base para el festival Tango Queer de Buenos Aires, que organiza desde 2007. Decir que La Marshall tiene un significado especial para Augusto, es no hacerle justicia a su importancia. Los 15 años desde sus modestos inicios en un loft particular hasta su actual domicilio en el salón de tango El Beso, cuentan también los quince últimos años de su vida.

Foto por Jason Sheil

¿Y entonces cómo fue que llegamos acá, a la noche del 2 de mayo, a sólo una semana de una pausa indefinida que muchos entienden como el fin de La Marshall? Por momentos, Augusto alega que no es viable ya económicamente, alternando entre explicaciones acerca de la cantidad de oferta de milongas gays en la actualidad y la situación inflacionaria de Argentina en la actualidad. Y si bien probablemente haya un grado de certeza en esas razones, la realidad es que Augusto Balizano siente, simple y llanamente, que La Marshall ha cumplido su ciclo. “Ya pasé por la etapa de tristeza, ya pasé por la etapa de bronca, ya pasé por la etapa de indecisión. Actualmente dejar la Marshall no me duele. No sé si decirte alivio, pero sí tengo una gran relajación. Creo que hay veces que para generar cosas nuevas, tenés que cerrar o traspasar”. Si bien le cuesta admitirlo por temor a sonar “muy pedante”, Augusto comprende a cabalidad el impacto que esta milonga tuvo en la lucha de la comunidad LGBT de Buenos Aires a lo largo de los años y suele dibujar una pequeña sonrisa de nostalgia en su rostro cuando se le pregunta por el legado de este espacio que fundó. “Yo creo que La Marshall representa la apertura de la puerta de ese mundo que no existía abiertamente. No se había puesto en el medio de la sociedad. Eso es un mérito propio de alguna forma”.

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