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Estuve dos años creyendo que tenía herpes genital

PorJordan Foisytraducido por Mario Abad

Tendría que haber pedido una segunda opinión.

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Este artículo se publicó originalmente en VICE Canadá.

Antes vivía encima de un bar, en Dundas Street.

Una noche me dirigía a casa, un poco borracho y muy triste. Estaba en medio de una minirruptura, sufría de soledad aguda y lanzaba plegarias a los dioses de la dicha y la locura en busca de la absolución.

Mientras ponía el candado a la bicicleta, una mujer vestida de cuero se acercó a mí con su cigarrillo humeante y empezó a flirtear conmigo. Bueno, la palabra flirtear quizá no sea la adecuada, a no ser que su definición incluya frotarse toscamente contra la rueda delantera de mi bicicleta e intentar liarme para que la invitara a una última copa antes de retirarme. Aunque para un paleto del norte de Ontario que perdió la virginidad después de una soberbia interpretación de karaoke de “Rebel Yell”, ese rudimentario ritual de apareamiento es sumamente efectivo.


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Esa noche nos acostamos y tuvimos una experiencia puramente transaccional, carente de todo afecto. En un momento dado, ella me preguntó, misteriosamente, “Cariño, tú no sabes lo que es esto, ¿verdad?”, a lo que no pude responder de otro modo que negando tímidamente con la cabeza. Tenía razón. Sentía como si me hubiera dado de bruces con una realidad sexual paralela, con normas y protocolos que alguien como yo, mojigato y anodino, jamás podría llegar a entender y que estaban reservados para tipos experimentados como Billy Idol. La mujer se fue poco antes de que amaneciera y no volvimos a vernos nunca más.

Unos días después, iba yo en bicicleta cuando de repente me sentí un poco incómodo. Tras un examen posterior, vi que tenía zonas de la piel irritadas en las partes bajas. Como no tenía mutua, pedí cita en la clínica de mi zona y me visitaron dos enfermeras, una veterana y otra en prácticas. La novata, que fue quien llevó las riendas durante toda la visita, irradiaba esa mezcla perfecta de dulzura juvenil y determinación férrea, como queriendo demostrar que estaba dispuesta a afrontar todo lo que se le viniera encima en su profesión.

"Recalcaron, sobre todo, que era algo muy común, que a mucha gente le habían diagnosticado lo mismo y seguían haciendo su vida con normalidad"

“Bien, señor Foisy, ¿qué es lo que le ocurre?”.

“Eeeh… Pues que tengo unos bultos ahí abajo que me gustaría que me vieran”, respondí con timidez.

“¿En el pene? En el tallo del pene?”, preguntó con un tono de voz tranquilo y firme.

“No, en… eh…”, respondí con voz quebrada, al tiempo que señalaba vagamente la zona.

“Los testículos. ¿Es ahí donde dice?”.

El problema era que no tenía la menor idea de cómo llamar esa zona de la que había ido a hablar. Para mí siempre ha sido una zona sin nombre oficial, una tierra de nadie cuya existencia los amos de la nomenclatura preferían obviar, y mucho menos nombrar. Sin embargo, y visto que la especificidad era de suma importancia, no me quedó otra que definirlo a mi manera.

“Lo que está entre el culo y los testículos”.

“Ah, vale, el perineo”.

Con que así se llama…

Me desnudé en medio del silencio de aquella habitación azul, me puse una de esas ridículas batas y me coloqué a cuatro patas sobre la camilla. Las enfermeras apuntaron la lámpara hacia mis partes y empezaron a tocar la zona en cuestión. A los pocos minutos, ya tenían un diagnóstico.

“Señor Foisy”, dijo, cada sílaba cargada con el peso de una noticia funesta, “tiene usted herpes”.

Aquellas palabras resonaron en mi cabeza con la fuerza de un martillo —herpes, herpes, herpes—, inundando cada rendija de mi cerebro. Todos mis recuerdos, sueños, reacciones, planes e ideas desaparecieron para dar paso a un horrible bloque de letras mayúsculas, escritas con tinta oscura.

“HERPES”.

"Creía que ahora tenía un horrible y humillante secreto que, de salir a la luz, supondría el rechazo absoluto a mi persona por parte de extraños y queridos"

Tomaron una muestra para estar seguras. Aturdido, me vestí y me senté mientras ellas me consolaban y me explicaban la situación. Recalcaron, sobre todo, que era algo muy común, que a mucha gente le habían diagnosticado lo mismo y seguían haciendo su vida con normalidad. Me explicaron cómo iban los brotes y qué medicamentos podía tomar.

Me dieron papeles con más información y la dirección de un sitio web por si tenía más preguntas, aunque en ese momento la única pregunta en la que estaba interesado era cómo matarme sin sufrir demasiado.

Lo más horrible que coges con el herpes es la vergüenza. Entiendo que la enfermera enfatizara el tema de que es un virus muy común, y es que al salir de la clínica me sentí inmediatamente marginado del resto de la humanidad. Tenía un horrible y humillante secreto que, de salir a la luz, supondría el rechazo absoluto a mi persona por parte de extraños y queridos.

Quedaría exiliado de todas las comunidades, viviendo sin volver a ser amado, rebuscando en los contenedores y huyendo constantemente de unos hombres siniestros subidos a vehículos anónimos, con cortes de pelo anónimos, cuyo único objetivo sería perseguirme y capturarme. Para muchos, el herpes es un horror abstracto, un insulto, un deseo oscuro reservado solo para tus peores enemigos. Es el chinche de las relaciones sexuales.

Después de recibir el diagnóstico, hablé con un conocido al que le habían anunciado que tenía un cáncer testicular. Le pregunté que qué preferiría, un herpes o un cáncer. Le costó decidirse. Así de poderoso es el estigma. Sí, vale, el cáncer puede matarte y, aunque no lo haga, a veces la recuperación es un infierno, casi peor que la muerte. Pero al menos cuando cuentas a la gente que tienes cáncer, te llaman héroe.

Cuando explicas que tienes herpes, te puedes dar con un canto en los dientes si lo peor que te dicen es que eres un pervertido asqueroso mientras te cogen por el cuello de la camisa y te echan a patadas por la puerta del bar.

"El herpes es un eterno recordatorio de la otra cara del sexo, la realidad en oposición a la fantasía"

Es muy frustrante, porque el sexo mola. El herpes se contagia por el sexo, con lo que también debería molar. Joder, que no lo pillas haciendo una maratón de películas de anime. Supuestamente, vivimos en la era de la liberación sexual sin límites, de los polvos esporádicos, las aventurillas medio formales, el Tinder, el Gridr, los follamigos, las relaciones abiertas y el comer culo. Y sin embargo, sigue habiendo prejuicios hacia el herpes. Quizá la razón sea su omnipresencia.

El herpes es un eterno recordatorio de la otra cara del sexo, la realidad en oposición a la fantasía, de que el sexo nunca es tan sencillo o despreocupado como quisiéramos, que acarrea consecuencias y compromisos. El herpes es el arrepentimiento que se apodera de ti después de haberte acostado con tu compañera de trabajo; el herpes son las condiciones laborales en un plató de cine porno.

El estigma es aun más indignante teniendo en cuenta lo común que es el virus. Uno de cada siete canadienses tienen herpes genital. Pensemos en ello un momento: el número de canadienses con herpes genital es mayor que el de los que ven la CFL [Canadian Football League]. ¿Y cuál de los dos grupos es más humillante? ¿Eh?

Aquella fatídica visita a la clínica fue hace más de dos años, periodo que viví temiendo siempre lo peor. No me exiliaron ni dejaron de quererme. Volví con mi ex, una mujer comprensiva y valiente. Después de que termináramos la relación de forma amistosa, mantuve una vida sentimental saludable que no pareció verse afectada por mi diagnóstico. La principal diferencia en mi vida entre antes y después del diagnóstico era que, cuando veía signos de que la cosa podía ir bien, en algún momento tenía que hablar con ella y decirle algo así como: “Oye, lo nuestro está yendo genial y muy rápido, pero, eh… a lo mejor tengo herpes”.

Un momento, te preguntarás. ¿Cómo que “a lo mejor”?

Durante los dos años posteriores al diagnóstico, percibí un patrón. Cada vez que estaba preocupado por algo, sufría una erupción y tenía que ir al médico a que me vieran este horrible perineo que tengo (debo decir que me enorgullece la confianza con la que, hacia el final, acabé enseñándole el perineo a los pobres profesionales sanitarios que me atendían, que se quedaban atónitos ante la rapidez con que me bajaba los pantalones y me ponía en posición). Ninguno de los médicos que me visitó durante ese periodo volvió a sugerir que se trataba de herpes. Al contrario, me dijeron que los bultos posiblemente se debían a pelos enconados.

"Cada vez que estaba preocupado por algo, sufría una erupción y tenía que ir al médico a que me vieran este horrible perineo que tengo"

Hay un análisis de sangre con el que se puede saber si tienes herpes, pero los médicos dudan en recomendarlo. Si el resultado sale negativo: gloria, gloria aleluya, todo bien. Pero si sale positivo, significa que en tu organismo hay restos de anticuerpos de haber estado expuesto al virus. Esto, a su vez, significa o que tienes herpes genital o que tuviste aftas bucales cuando tenías 16 años.

Ya había pedido que me hicieran esa prueba antes, pero me respondieron con todo tipo de evasivas. En su defensa debo decir que tampoco insistí demasiado. La semana pasada, después de enseñar LA ZONA por enésima vez, decidí no andarme con más rodeos y pedí que me hicieran la analítica. Era de lo más sencillo y me sentí como un imbécil por haberlo retrasado tanto.

Más imbécil aún me sentí cuando el resultado dio negativo.

Negativo.

SIN HERPES.

Había pasado dos malditos años preocupándome por nada, enseñando mi perineo a la gente sin necesidad. Estuve días preocupado pensando que ese picorcillo de garganta que tenía era señal de que estaba a punto de sufrir un brote de herpes. Y la humillación, los momentos violentos en que se lo contaba a mis parejas, mis sonrisas forzadas cuando alguien contaba chistes de herpes… Todo estaba en mi mente.

Pero lo más raro de todo es que no me sentí aliviado al conocer el resultado. No me sobrevino ningún arrebato de follar sin condón con alguien no portador del herpes. Simplemente sentí desconcierto. ¿Por qué había esperado tanto? ¿Por qué me había conformado con pensar que quizá podía tener herpes?

Tal vez era porque aquel pensamiento encajaba con la fantasía que tenía sobre mi vida. Soy el clásico sufridor que no hace nada por solucionar sus problemas. Me acostumbro a ellos y los incluyo en mis historias narcisistas de aflicción y fracaso. Esa es la razón por la que llevo dos años sin cortinas.

"El herpes no es tan grave y nadie debería avergonzarse de tenerlo. Si lo pillaste, es porque estabas disfrutando a tope"

Soy humorista de monólogos, así que siempre he podido sacar provecho de esa humillación, que se suma a la larga lista de inseguridades y deficiencias que me definen. Que soy malo en la cama, que no soy capaz de satisfacer a mi pareja sexual, que soy mala pareja… ¿Por qué no añadir el herpes a la ecuación?

Otra fantasía oscura y retorcida en la que puedo revolcarme en lugar de afrontar la realidad de que puedo ser mejor persona, que puedo ser merecedor del amor que me profesan y que puedo dejar ese tipo de persona autodestructiva que se va a la cama con la primera mujer que se frota con la rueda delantera de mi bicicleta.

Pero para que quede claro: el herpes no es tan grave y nadie debería avergonzarse de tenerlo. Si lo pillaste, es porque estabas disfrutando a tope.

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This article originally appeared on VICE CA.