Soy mujer trans y pregunté a los tíos que me gustan por qué no quieren follar conmigo

Cuando un tío hetero me dice que no le gusto yo ni ninguna mujer trans, me da por culo, emocionalmente y, por desgracia, no físicamente.

por Sessi Kuwabara Blanchard
13 Marzo 2019, 4:45am

El pasado día de San Valentín lo pasé sola y fue una mierda. No me sentía deseada ni podía hacer nada para cambiarlo. Pero sobre todo quisiera saber por qué los tíos que me molan —hombres cis, heterosexuales de veintitantos años— no quieren follarme. Por eso hice lo único que podía hacer: preguntárselo por mensaje.

Mis amigos me explicaron por qué no gusto a los tíos que me gustan: según ellos, no quieren follar conmigo porque son heteros. “Es que, bueno, le gustan las mujeres”, me dicen, dejando patente su transfobia. Mis amigos estaban dando por sentado que la heterosexualidad es la atracción del hombre hacia la mujer, por lo que yo quedo excluida.

Las explicaciones sobre el deseo sexual son como una caja de bombones: hay de todo, desde tíos blancos mayores chapados a la antigua a teóricos críticos contemporáneos.

Freud atribuye la atracción sexual al daño causado por los padres, mientras que Darwin considera que está determinada por rasgos relativos al instinto reproductivo. El psiquiatra y pensador poscolonialista Frantz Fanon y la académica feminista negra Hortense Spillers aducen que el deseo es producto de la influencia de fuerzas sociales más genéricas, como el colonialismo y la herencia de la esclavitud.


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Hay quien asegura que el deseo es una variable predeterminada, mientras otros lo consideran un valor inculcado. Pero también sabemos que el deseo es flexible: por ejemplo, la atracción sexual de las chicas trans (y las personas trans, en general) a menudo cambia después de empezar la transición. Aunque los estudios corroboren lo que es obvio —que la mayoría de las personas cis, tanto queer como heterosexuales, no saldrían con transexuales—, no puedo evitar preguntarme qué haría falta para que alguien quisiera follarme.

En cualquier caso, sea cual sea el mecanismo indescifrable que regula el deseo masculino, no es que ningún hombre, como colectivo, vaya a querer follarme. La verdad es que, como tantas otras chicas trans, me precipito a etiquetar a los tíos que nos desean abiertamente de chasers, un término despectivo para referirse a los hombres que ven a las mujeres trans como un fetiche ocasional o un juego a tiempo completo. Por esa razón suelo descartar a estos pretendientes sexuales y tiendo a fijarme en chicos que solo están interesados en chicas cis. Y son precisamente esos chicos los que nunca quieren follarme.

Pongamos el ejemplo de Chris. Un chico alto y gracioso con una sonrisa de esas que te dan ganas de partirle la cara. Pues estuve colgada de ese tío durante cinco años en la universidad. Somos buenos amigos, tanto que solíamos mear juntos en una jarra cuyo contenido luego tirábamos por la ventana, todo porque no nos atrevíamos a ir a los baños comunitarios. Hemos compartido más fluidos corporales como amigos que sexualmente.

Pero sí que hemos intercambiado más flirteos que mucha gente en Bumble. Él se acurrucaba conmigo, él era quien me decía lo guapa que iba antes de las fiestas y quien perreaba conmigo en la pista de baile. Una vez, mientras dábamos un paseo, me dijo: “Me gusta la idea de enrollarme con mis amigas”. (Y su historial lo demostraba). Puede que Chris fuera un completo idiota, puede que fuera un firme defensor del poliamor, tal vez ambas cosas, pero yo fantaseaba, con que yo sería su próximo tributo, al más puro estilo Katniss Everdeen.

Un día mientras cenábamos empezó a suspirar por Kim Petras. Quién no lo haría, es Kim Petras, la sobrina lista de Barbie. Empezó a imaginarse un encuentro sexual con la estrella del pop, admitiendo que estaba abierto a la idea de acostarse con mujeres trans.

Decidí que era el momento de pasar a la acción. Un fin de semana, la primavera pasada, después de una noche de copas, me metí en su cama vacía dispuesta a confesar que me gustaba.

Cuando volvió, más tarde, yo ya estaba farfullando: “¿Por qué no me follas?”.

Me lanzó una sonrisa traviesa e hizo una broma al respecto. Y ahí se acabó todo.

¡Hasta ahora! Bendecida con el punto de vista etnográfico de quien escribe una columna de sexo, le envié un mensaje porque quería decirle un par de cosas. Y hacérselas también.

Fantaseé con que le desconcertara que pusiera en duda su atracción por mí. Quería que confesara su anhelo reprimido. Quería que fuera mutuo, quería que fuera romántico y quería que fuera hetero.

Xq no me follas? Sé sincero, pls.

En la pantalla no hacía más que aparecer y desaparecer la palabra “escribiendo”. Se me pasó la noche esperando.

“No sé cómo funciona el deseo, pero supongo que hay algunas características o rasgos por los que me suelo sentir atraído”, escribió.

Y añadió: “Y tú no los tienes”.

Lloré. Vaya que si lloré. Y luego pasé a mi siguiente víctima. Le pregunté a Alex, mi compañero de piso, un tío tan alto como abofeteable al que he pedido en varias ocasiones, por no decir demasiadas, que hiciera la cucharita conmigo. Cuando he intentado besuquearle, no ha colado. ¿Por qué?

“Puedo hacerte una lista de lo que se me ocurre…”.

“Hazla”. Y nada más decirlo, me arrepentí. “¡Espera, mejor no!”.

Ignora mi interrupción y sigue con su idea original. “… pero eso no quiere decir que sean las razones por las que no quiero enrollarme contigo”.

“¡Es porque eres trans!”. Eso dirían algunos de mis amigos ahora mismo. “¡Te lo dije!”. Mi opinión al respecto: claro que puede ser por eso. O por las estrías, los lunares en sitios desafortunados o cualquier otra cosa que demuestre que soy una mujer de carne y hueso. Estoy dispuesta a enfrentarme a cualquier otra mujer trans que asuma que la rechazan solo por su transexualidad. Pero a mí es la única carta que me queda en la baraja.

Cuando un tío hetero me dice que no le gusto yo ni ninguna mujer trans, me da por culo, emocionalmente y, por desgracia, no físicamente. Una mujer inteligente se alejaría y buscaría a alguien que sí estuviera interesado. Pero mis deseos son tan parciales como los de estos hombres. No quiero buscarme otros. Los quiero a ellos.

Puedo parecer un poco agresiva con la pregunta “¿Por qué no me follas?”. Puede que suena a que tengo derecho a que me deseen. ¿No sería maravilloso que follar fuera parte de los Derechos Humanos? Por desgracia, no lo es. El deseo no se puede imponer ni puede adaptarse a la política. Algunas feministas podrían diagnosticar al deseo de estos tíos con una grave transfobia (y seguramente otros muchos prejuicios). Quiero decir, molaría mucho si un curso básico de transexualidad sustituyera a la Viagra, si #TransIsBeautiful fuera una orden y no solo una afirmación.

Pero la idea de no sentirse atraído por mujeres trans confunde el deseo con la racionalidad. No quieres porque sabes, quieres porque sientes. El cerebro puede entender que las mujeres trans son mujeres, pero las erecciones solo entienden de sentidos. Si fuera una buena feminista, a estas alturas ya me estaría tirando a otras mujeres trans.

Entiendo a Alex y a Chris. A mí me gustan los tíos que miden más de 1,80 con barbita de tres días y que sepan de filosofía. Pero cuando intento llevar ese deseo a la práctica (léase: pasar tiempo con los representantes tan horribles y vanidosos de ese tipo de hombres), desaparece. Aunque se basa en la apreciación de ciertos tipos de cuerpos en detrimento de otros, al final el deseo no se apoya en nada más que en el propio deseo.

Alex, Chris y yo hemos dejado claro lo resbaladizo que es el tema de la excitación. No son capaces de explicar por qué no les atraigo. Incluso cuando intentan dar una respuesta sólida, acaban envueltos en una nube de incertidumbre. Y no quería que Alex y Chris me dijeran que intentarían follarme, que cambiarían sus deseos. No quiero vivir en un mundo con postales de San Valentín que digan: Sé mía… porque soy aliado.

Ese es el problema del deseo sexual: es lo que es, pero también es la sociedad la que lo construye. “Celebra tu sexualidad”, como dirían los partidarios del positivismo sexual, pero “ni se te ocurra olvidar que tus deseos son violencia hasta la médula”, como recomendarían las feministas más críticas. El pensamiento idealizado del romanticismo anima a disfrutar de la primera premisa y a ignorar la segunda.

Quiero ser muy hetero, pero la transexualidad no casa del todo con esto. Ya he cambiado para ser una mujer. No debería, y sinceramente, no puedo, cambiar a los hombres heteros. Creo que no dejo de fallar en el juego de la heterosexualidad, pero en realidad, es la heterosexualidad la que me está fallando a mí.

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