Género

Clínicas clandestinas y el deseo de cambio: cómo es transicionar en Argentina

El 90 por ciento de la población travesti trans subsiste de la prostitución, su segunda causa de muerte son las operaciones clandestinas y su expectativa de vida, 35 años.
20 Marzo 2019, 3:00pm
Agus (3)

Artículo publicado por VICE Argentina

“¡Te las pusieron, te las pusieron!”, gritó Santino, de 4 años, señalando asombrado las tetas de Agustina apenas la vio. Como es enero y no tiene jardín, a veces lo llevan a lo de sus tíos. En esta ocasión al entrar a la casa de los Juárez en Villa Adelina, se encontró con su prima que hace menos de una semana dio un paso más allá en su transición: se hizo la mamoplastía.

A principios de año, poco después de cumplir 18 y terminar el colegio, Agus se operó. La Ley 26.743, sancionada en 2012, contempla el derecho a acceder a intervenciones quirúrgicas y/o tratamientos hormonales para adecuar el cuerpo a la identidad de género autopercibida, sin necesidad de autorización judicial o administrativa. El artículo 11 determina que tanto la salud pública como las obras sociales deben garantizar este derecho.

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Agus

El papá de Agus tiene obra social por su trabajo en ventas, y la cobertura se extiende a su familia. Gracias a esto, Agus pudo comenzar de manera gratuita la terapia de reemplazo hormonal (TRH). Un par de meses antes le había dicho a sus papás que era trans, y luego a su hermano de 12. Finalmente hizo una publicación en Facebook para compartirlo con todos.

“Por suerte nunca tuve problemas. A algunos amigos todavía les resulta raro y se les puede escapar decirme ‘bro’, pero después se disculpan y nos reímos”. Agus estudió en el Esnaola, un colegio público con orientación musical, y lo sintió como un ambiente “100 por ciento seguro”. La decisión de usar el femenino de su nombre otorgado al nacer (Agustín) facilitó las cosas: siempre fue Agus. “En un momento pensé usar el nombre que me hubieran puesto si nacía con concha: Camila”, dice.

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Agus

Durante el reposo postoperatorio, Agus me recibe en su living una tarde calurosa. Con las luces apagadas, nos sentamos a tomar jugo pegadas a un ventilador de pie. “Siempre supe que había algo que no funcaba, pero no podía ponerle nombre. No sabía que existía ser trans, pensé que la gente tenía el género que se le asigna al nacer y ya. Ni me imaginaba que había una distinción entre sexo y género, menos que el género es una construcción social”.

“Por medio de noticias policiales y burlas conocí la figura de la trava que es una vergüenza para la sociedad, todo lo que una mujer no quiere ser y lo que un hombre no se quiere coger”, explica. Después conoció a Flor de la V y Gigi Gorgeous, celebridades con vidas que no podía relacionar con la suya. No podía visualizar una persona trans viviendo con sus padres, jugando a los jueguitos, bajando a comer cuando la llaman, saliendo con amigas o anotándose en la facultad al terminar el colegio...todas cosas que hoy son su cotidianeidad. De hecho, pasa su recuperación jugando al League of Legends y hojeando los primeros textos del ingreso a Ciencias Políticas, carrera que en febrero empezaría en la Universidad Nacional de San Martín.

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Agus

En Internet vio que ser trans no era algo tan lejano ni inalcanzable. También conoció el drag y por un tiempo sólo se imaginaba un futuro sobre escenarios, vestida de mujer. “Pero no podía imaginar la parte donde bajaba del escenario, me sacaba la peluca y el maquillaje y vivía el día a día como hombre”, confiesa. “En un momento dije: ‘No hay más vuelta que darle: yo soy mujer’”.

Agus tenía 16 cuando empezó la TRH con un endocrinólogo del Durand, uno de los hospitales con especialistas en personas trans. Pero antes tuvo que pedir la autorización de la obra social y ver un psiquiatra del mismo equipo: el Dr. Helien. “Creo que era obligatorio verlo. Yo tenía tantas ganas de empezar que no analicé la situación”. Helien atendía de forma particular y cobraba mil pesos. Antes de operarse, la cirujana también la mandó al psiquiatra, y también recomendó a Helien. “Pero dijo que podía ver cualquier otro psiquiatra”, aclara Agus, contando que optó por buscar a otra persona ya que no se había sentido cómoda con Helien. De nuevo, la consulta fue particular. "Fue como que tuve que pagar para que me dieran un papel para llevar a cirujana", dice Agus.

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Agus

“El artículo 11 no está reglamentado, ahí surgen un montón de problemas”, sostiene Florencia Guimaraes (38), activista, “sobreviviente del sistema prostituyente” y coordinadora de La Casa de Lohana y Diana, un centro para travestis y trans ubicado en La Matanza, nombrado en homenaje a las emblemáticas activistas Lohana Berkins y Diana Sacayán. “Una amiga peleó durante año y medio con su obra social”, cuenta. “Para acceder a la mamoplastía, el médico tuvo que diagnosticarle disforia de género. Eso es patologizante, estigmatizante, y va en contra de la ley, que dice bien claro: la identidad tiene que ver con la autopercepción de cada persona”. Según Flor, la mayoría de casos de cirugías financiadas por obras sociales son bajo recursos de amparo u otras formas de judicialización, lo cual es súper lento y engorroso, y no son cubiertas por el sistema público.


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Acceder a la TRH es más sencillo. “Ahora podés ir al médico y te dan tus hormonas. Eso ha cambiado muchísimo con respecto a hace 10 años y es maravilloso”, rescata Flor. “Yo hice como casi todas en ese momento: me automediqué. Era: ‘Nena, tomate esta pastilla’, ‘Vení a casa que te inyecto’. Quedé reventada de la tiroides y del hígado. Pero no quería tener pelo en la cara porque la gente se daría cuenta que era travesti. Yo quería parecer mujer”.

“La piel y los rasgos se suavizan y se va la grasa de la cintura a las caderas”, explica Agus, a quien le gustó mucho más su cuerpo hormonizado. “Además te crecen unas tetitas entonces se estira la piel. Esto ayuda muchísimo si después te pones implantes”.

“La sensibilidad en los pechos fue lo más fuerte”, recuerda Ari Laxague, mujer trans de 24, trabajadora gastronómica. “Un cómic de la artista Effy Beth muestra el día 15 de hormonas cuando salís de la ducha, te pasás la toalla y es una sensación impresionante. Fue tal cual. Fue hermoso porque yo quería que se desarrollara esa parte de mi cuerpo”. Su idea es ver hasta dónde se desarrolla antes de pensar en la mamoplastía.

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Flor

Flor dejó la hormonización y hoy es crítica al respecto. “Las hormonas anulan tu erección y eyaculación, eso tiene que ver con el goce y placer”, dice. “Si yo disfruto con los varones con los que estoy, ¿por qué tengo que anular mi sexualidad en pos de lo que la sociedad quiere que parezca?”

Agus también vio cambios en la libido. “Antes era: tengo una erección, necesito descargar como sea. Siento que por eso muchas veces los hombres —especialmente gays— terminan en Grindr teniendo encuentros súper fugaces y frenéticos: hola, foto de pija, ubicación, vas y cogés”. Ahora tiene que excitarle la persona para querer coger, la erección tarda en llegar y es menos firme. Emocionalmente, también nota diferencias: “Nunca fui una persona cariñosa ni sensible, de repente el llanto me sale mucho más fácil”.


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“Con la testosterona no podés llorar porque dejás de producir tanta prolactina”, cuenta Alexis Perseo (22) de Boulogne, que se considera de género fluido, pero suele fluir como varón trans no binario. Inicialmente quería sacarse las mamas y por eso fue al Hospital de Morón. “Es una burocracia tremenda, fui tres veces y ni siquiera pude hacerme una mamografía. Además te hacen ir al psiquiatra”. Por grupos de Facebook, Alexis supo del Centro de Salud Malvinas Argentinas, un “consultorio diverso” que atendía gente trans sin obra social como él y no los mandaba al psiquiatra. Como sabía que las hormonas achicarían sus tetas, decidió empezar la TRH y pudo hacerlo en el Centro de Salud, apodado la Salita de Morón. Además dejó de menstruar, su espalda se agrandó, le cambió la voz, aumentó su apetito, energía y libido. “Cada tratamiento varía según la persona. El mío es gradual porque me quiero androginizar y no ver cambios de golpe”, explica. “Si bien es lo que deseás, no es fácil sentirte cómodo en un cuerpo que hace tres meses era diferente. Hace un año que empecé y no tengo barba ni me interesa”.

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Alexis

“Transicionar no es ponerse hormonas y ya. Es un proceso que empieza cuando cuestionas tu género y tu persona”, advierte Alexis. “Yo siempre me nombré mujer porque era la información que había recibido. Tenía concha, me maquillaba, tenía determinada expresión de género. Después vi que había cosas de la construcción de ‘mujer’ que no me identificaban, y entendí lo que me pasaba”. Seguir viviendo con el mismo nombre y de la misma forma le resultó difícil, entonces paró. “Para la sociedad, vos hacés la perfo de: soy mujer, uso el pelo largo, me visto así, soy delicada, sé limpiar y cocinar, quiero hijos...¿Qué pasa cuando te cagás en eso y hacés lo que realmente querés?”.

A Alexis le pasó que tuvo que irse de la casa a los 16. “Era violencia todos los días y no soporté más”. No pudo terminar el colegio. El verano lo encontró alquilando una habitación en la casa de unos amigos en Capital, fue ahí donde nos reunimos. Sentado junto a la ventana, con pelo violeta, remera rayada y short escocés me cuenta que es DJ, organiza fiestas, tiene una marca de moda y 2 showrooms. “Estoy haciendo todo lo que tenía ganas”, dice. Y como actualmente puede pagar, compra “la testo” en farmacias, para no privar a alguien sin recursos de conseguir su dosis en La Salita. Está muy conforme con los resultados de la TRH y hoy acepta más su cuerpo. “Si después me puedo operar genial, pero no me inquieta. Sería un proyecto a largo plazo porque sin obra social la espera es como de dos años. Y si no sale como 50 mil pesos.

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“Estoy segura que no quiero morir con los genitales que tengo”, dice Ari, convencida. Su transición también la obligó a abandonar la casa familiar en Merlo, y cortar vínculos con su padre. Para abordar la TRH fue al hospital de Ramos Mejía, pero nunca tenían stock de hormonas. Supo que en la Salita había, y fue ahí que pudo arrancar. En cuanto a cirugías, su doctora le informó que la espera es de dos años mínimo. “Mucha gente no quiere esperar entonces terminan juntando la plata”, cuenta.

Flor confirma que es así, especialmente para la mamoplastía. Ella se operó antes de la ley, en una clínica clandestina. “Pagué en efectivo, no me dieron factura y me sacaron por la puerta de atrás”, recuerda. Anteriormente se había hecho la cola con alguien que fue su casa con una botella de aceite industrial, lo iba cargando en una taza e inyectándola mientras ella estaba tirada en la cama. “Muchas de nosotras, yo incluida, transformamos nuestras corporalidades para el sistema prostituyente, el cual impone que debemos tener tetas, cola y cintura”, explica. Señala que el 90 por ciento de la población travesti trans subsiste de la prostitución, su segunda causa de muerte son las operaciones clandestinas y su expectativa de vida, 35 años.

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Flor

“Como dijo Lohana, esto es un genocidio y sigue invisibilizado. Hace falta una transformación social. Quizás tengas suerte y tu familia te acepte. Pero a la mayoría no le pasa eso, su transicionar es violento y hostil”, dice.

Agus sabe que es una de las afortunadas. Una vez que entregó la autorización del psiquiatra, las cosas fluyeron. En menos de un mes tenía turno para operarse. “Cuando salí del quirófano me re puse a llorar porque sé que mi situación es privilegiada. Hay personas que esperan durante años”.

Ella se las puso porque quería y podía, no porque lo sintiera necesario. Sin embargo percibe la presión existente. “La sociedad te dice: ‘¿Querés ser mujer? Bueno, pero tenés que tener tetas y concha’”. A la vez observa que hay mujeres que tienen el pecho totalmente plano, y no por eso son menos mujeres.


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Ahora que se operó, cuenta que todos suponen que empezó “el camino quirúrgico hacia una meta: tener una conchita”. Hasta la cirujana le recomendó ver un especialista en vaginoplastias para despejar dudas. “No tengo dudas”, declara Agus, “ni me interesa tener una consulta para hablar de una vagina que no me quiero hacer”.

“Yo me pregunto por qué estoy incómoda con mi cuerpo, si soy yo o es la sociedad que te descalifica porque no tenés lo que se supone es un cuerpo de mujer”, plantea Ari, que es altísima, de contextura grande, y reconoce que no pasa como mujer. Prefiere no aparecer en fotos.

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Flor

“Soy trava y comencé a prostituirme a los 16”, dice Flor. “Era gordita y tenía barba, pero quería tener la cola levantada y tetas divinas. Después de años, pude preguntarme: ¿por qué tengo que ser así? Si también hay mujeres gordas, negras, altas. La sociedad quiere que no molestemos visualmente y mantener el binarismo: hombres y mujeres. Si renunciás a los privilegios que te asignaron al nacer por la genitalidad que portás, tenés que parecer lo que te exigen: una mujer”.

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Flor

“‘¿Y qué si calzo 43 y si mi voz no es de mujer, si tengo nuez?’ Eso no tiene nada que ver con mi identidad”, dice Flor, citando nuevamente a su amiga Lohana. “Hoy se acercó al centro una travita de 16 que quiere empezar la TRH. Yo le pregunté por qué. Dijo que no quería que le creciera la espalda para que no se notara que es trans. ¿Cuál es el problema si se nota, por qué tenés que avergonzarte de lo que sos? Tenemos que empezar a hablar de esto”.