Salud Mental

El miedo extremo al embarazo ha cambiado mi vida

Mi fobia extrema al embarazo me obsesiona tanto que actualmente soy célibe, pero me sigue dando miedo la posibilidad de llevar un hijo dentro. Aun así, no hay muchos estudios sobre este asunto.

por Gemima Rigby; traducido por Mario Clavero Ramos
21 Mayo 2018, 3:45am

Photo by GIC via Stocksy. 

Recuerdo muy claramente la primera vez que me enfrenté al fenómeno del parto. Tenía trece años y acababa de bajarme la regla por primera vez. Estaba muy interesada en conocer mi cuerpo, por lo que cogí uno de los libros que tenía mi madre sobre embarazos y partos, pero me encontré con una foto de una mujer tumbada con las piernas abiertas por cuya vagina asomaba la cabeza sangrienta de un bebé. Puede que para muchos esta imagen sea bonita o, al menos, simplemente asquerosa, pero a mí me traumatizó.

Por aquel entonces, mi imaginación de adolescente acababa de emprender un viaje al reino de la fantasía sexual. En el colegio, me dedicaba a hacer dibujos eróticos mientras estaba en clase. Lentamente, las constantes visiones que tenía, que parecían muy reales, hacían que pensara en la posibilidad de haber practicado sexo con uno de mis compañeros y haberlo olvidado.

Una parte de mí sabía que no tenía ninguna lógica, pero el miedo seguía estando ahí. Sin embargo, ese miedo no se fundamentaba en la idea de que podría haber practicado sexo o de que podría haber dejado de ser virgen, sino en la idea de que podría estar embarazada.


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Cuando tenía catorce años, me diagnosticaron un trastorno obsesivo-compulsivo, y a los veintiocho supe que tenía el síndrome de Asperger. Desde entonces, estos diagnósticos me han ayudado a comprender mis obsesiones mentales, pero hay una que todavía no he podido interpretar: la tocofobia, un miedo patológico al embarazo y al parto.

Cuando era una adolescente, no me podía informar de mi problema en ningún sitio ni tampoco de la pseudociesis (embarazo psicológico) que implicaba. Aunque en el fondo sabía que era virgen, me hice análisis de sangre y orina de todos modos para asegurarme de que no estaba embarazada, pero, incluso cuando los resultados fueron negativos, seguía tan preocupada que a veces me levantaba con náuseas, lo que me hacía creer que se debían al embarazo.

Estas obsesiones y experiencias me han acompañado hasta la vida adulta y se han potenciado al volverme activa sexualmente. Se han convertido en síntomas físicos de embarazo, como notar un sabor metálico en la boca, mear con frecuencia y hasta tener la sensación de que hay algo que se mueve en mi interior. Durante años, me he hecho docenas de pruebas de embarazo y, a pesar de que siempre lo hago con condón, me he tomado la píldora del día después tantas veces que he perdido la cuenta.

En un mundo en el que casi nadie reconoce su existencia, además de convivir con el miedo, hay que tener en cuenta la carga financiera, el aislamiento, la dificultad para tener intimidad y la vergüenza que conlleva

Son escasos los estudios sobre la tocofobia, pero los pocos que existen indican que los síntomas coinciden plenamente con mi experiencia, pero varían en la gravedad. Según un artículo reciente del periódico The Independent escrito en colaboración por tres investigadores en medicina, esta fobia afecta a un rango que va del 2,5 al 14 por ciento de las mujeres, una cifra que puede variar en función de la gravedad de los síntomas de la tocofobia, que evalúan los propios investigadores.

Según un estudio de 2017 sobre este tema de la aspirante a doctora Maeve O’Connell, entre otros, del Centro Irlandés de Investigación Traslacional de Fetos y Neonatos (INFANT) de la Universidad de Cork, esta fobia es más común entre las mujeres que han estado previamente embarazadas (la denominan tocofobia secundaria) y está impulsada por una cesárea o un parto traumático.

Por lo tanto, la tocofobia primaria es aquella que experimentan las mujeres que no están y nunca han estado embarazadas, como es mi caso, y puede estar impulsada por algún trauma del pasado, como puede ser presenciar un parto a una edad temprana sin conocer nada sobre el tema.

Hay también otro estudio que muestra que es más probable que desarrollen esta fobia aquellas personas que padecen ansiedad, depresión y que arrastran un trauma por haber sufrido abusos sexuales en la infancia (en mi caso lo tengo todo, por desgracia). A pesar de que la edad en la que se manifiesta varía según cada persona, las mujeres con tocofobia primaria suelen desarrollar este miedo durante la adolescencia.

Después de haber visto de pequeña aquel libro sobre partos, he crecido con la idea de que el proceso de inseminación y de empujar para que salga una cabeza sangrienta por mi vagina es tremendamente asquerosa. Incluso dejando de lado los aspectos físicos del embarazo, mi miedo se transforma en ansiedad cuando pienso en las repercusiones que tiene. Por ejemplo, si me quedara embarazada, tendría que elegir entre abortar o tenerlo y darlo en adopción o quedármelo, pero no me convence ninguna opción.

Hay muy pocos servicios dedicados a las mujeres con tocofobia y no hay consenso en la manera de tratarlo

Además, también tengo la paranoia de pensar en que podría sufrir un aborto, el bebé tendría algún tipo de malformación o le haría daño de algún modo. Hasta cuando los análisis son negativos, me obsesiona la posibilidad de tener un embarazo críptico, otro problema poco conocido en el que la gonadotropina coriónica humana (HCG) no aparece en las pruebas, la menstruación sigue su curso, el feto se desarrolla en más tiempo y la mujer no se da cuenta de que está embarazada hasta el momento de dar a luz.

Esto puede parecer imposible, pero existe un programa de la TLC que se llama No sabía que estaba embarazada en el que se trata este asunto. Tristemente, no existe ningún método anticonceptivo que consiga calmarme completamente.

Hay muy pocos servicios dedicados a las mujeres con tocofobia (especialmente primaria) y no parece que haya consenso en la manera de tratarlo. Según O’Connell, está demostrado que presenciar un parto en buenas condiciones puede reducir la sensación de miedo.

Además, Amy Wentzel, psicóloga especializada en terapias cognitivo-conductuales y profesora en la Universidad de Pensilvania, me comentó por correo que piensa que la terapia de exposición (en la que la persona ve un vídeo concreto de un parto o se crea un escenario en el que la persona está embarazada), la reestructuración cognitiva (se modifica el pensamiento irracional) y el mindfulness (la atención plena en el momento presente) son las formas más prácticas de acabar con la tocofobia en las mujeres, a pesar de que nunca la haya tratado personalmente.

Según un artículo de 2015 de la web de noticias Mic, existen muchos casos de mujeres que se apuntan a grupos de apoyo por internet cuando no saben muy bien a quién o dónde acudir.
Yo comprendo la razón por la que estas mujeres necesitan apoyo de otras que también padecen tocofobia, ya que, en un mundo en el que casi nadie reconoce su existencia, además de convivir con el miedo, hay que tener en cuenta la carga financiera, el aislamiento, la dificultad para tener intimidad y la vergüenza que conlleva.

No puedo disfrutar plenamente del sexo porque estoy pendiente todo el rato de que el condón no se resbale o se rompa

Cuando voy al ginecólogo, me da mucha vergüenza sacar el tema y tampoco he conseguido abrirme del todo en este tema con mis psicólogos, ya que, además de que me da vergüenza, tengo miedo de que la consideren otra más de mis obsesiones irracionales, puesto que no hay mucha información sobre ello.

Cuando me hice los análisis de sangre y orina más recientes (normalmente me hago de uno a cuatro al año), pude oír cómo los médicos y enfermeros cuchicheaban sobre mí en el pasillo mientras esperaba humillada en la sala del ginecólogo. El doctor se acercó a mí con los resultados negativos y llevaba una mirada que denotaba que estaba ligeramente molesto y me estaba juzgando, y me dijo que debería “escoger” mejor con quién me acuesto. Incluso después de aquello, decidí hacerme una ecografía transvaginal por primera vez porque seguía sintiendo pataditas en el abdomen.

De hecho, la tocofobia ha afectado negativamente a mi vida sexual. Siempre tomaba todo tipo de precauciones y les pedía a mis parejas que no eyacularan dentro de mí. Más tarde, analizaba el condón hasta el más mínimo detalle y lo llenaba de agua para asegurarme de que no hubiera agujeros.

No puedo disfrutar plenamente del sexo porque estoy pendiente todo el rato de que el condón no se resbale o se rompa, por lo que muchas de mis parejas se han enfadado debido a mis rituales paranoicos.

Puede que mi tocofobia sea una maldición, pero también la considero un regalo

A día de hoy soy célibe y tengo pensado seguir siéndolo durante un tiempo. No pretendo estar así toda la vida, pero de momento no se me ocurre otra forma de superar este miedo.

Puede que mi tocofobia sea una maldición, pero también la considero un regalo. Me ha hecho ser dueña de mi cuerpo y mi vida sexual y a tomar decisiones de manera prudente sobre ambas cosas. Aun así, es necesario que se investigue más, que haya una mayor conciencia social y se incrementen las ayudas a las mujeres sin hijos que padecen tocofobia, como es mi caso.

Este artículo está dedicado a todas las personas que están pasando por lo mismo. Quiero que sepan que no están solas.

Este artículo apareció originalmente en Broadly US.

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