luto

Mis padres sabían que morirían antes de que yo cumpliera nueve años

Así es como me ayudaron a prepararme para una vida sin ellos.
MA
traducido por Mario Abad
28.5.18
Sydni Dunn

El cine estaba vacío a excepción de nosotras dos. Mientras se proyectaban los créditos finales en la gran pantalla, convertimos la sala en nuestro patio de juegos: bailamos sobre los asientos, hicimos la rueda en los pasillos y reímos hasta que se encendieron las luces y llegó el personal de limpieza.

Esa mañana debía haber ido al colegio, pero mi madre insistió en que aprovecháramos la oferta de sesión matutina en el cine que había cerca de casa. Proyectaban La princesita, una de mis favoritas. Al igual que yo, la protagonista de la película no tenía padre, aunque en su caso, al final el padre regresa. El mío nunca regresó.

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Quizá por eso mi madre improvisó aquel baile después de la película, para distraer mi mente del argumento. O tal vez simplemente quería divertirse un rato con su pequeña. En cualquier caso, me alegra que lo hiciera, porque atesoro el recuerdo de aquella tarde con mucho cariño; sigue tan vivo en mi memoria que todavía noto el olor de las palomitas y el dolor de barriga de tanto reír.


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No dejamos de sonreír hasta que llegamos a nuestro Nissan Altima plateado. Nos pusimos el cinturón y mi madre encendió el motor, pero no nos movimos. Yo iba en mi sillita elevada, en la parte trasera. Mi madre se dio la vuelta, me miró y dijo con voz pausada: “Sydni, quiero que sepas que, si algo le pasa a mami, si mami se va al cielo a vivir con papi, tú estarás bien”.

Luego me explicó que me llevaría a Luisiana, a vivir con su hermana y mis dos primos mayores. Que tendría un hermano y una hermana con los que jugar, que podría ver a mis abuelos, que vivían en la misma ciudad, todas las veces que quisiera. Mi perro, Charlie, también iría conmigo. ¿Qué me parecía el plan? ¿Tenía alguna pregunta?

La verdad es que no; estaba segura de que todo eso no iba a ocurrir. Sí, mi madre estaba muy enferma, pero no se estaba muriendo. A fin de cuentas, es la misma mujer que momentos antes había levantado los brazos por encima de la cabeza y había recorrido el pasillo del cine de puntillas, como una bailarina.

Absolutamente nada puede preparar a un niño para la muerte de sus padres, para quedar huérfano a los ocho años, pero mi madre hizo todo lo que pudo para darme las herramientas para superarlo con el tiempo

Durante los años posteriores, tuvimos la misma conversación muchas más veces, en el coche de camino a casa después de mis prácticas de softball, durante las pausas publicitarias de nuestro programa de televisión favorito o mientras montábamos las vías del tren eléctrico en torno al árbol de Navidad.

Tuvimos la misma conversación mientras esperábamos en la consulta de su médico; en casa, cuando estaba demasiado débil para levantarse del suelo del baño; y tumbadas juntas en la cama del hospital, con el pitido de los monitores de fondo y rodeadas por una maraña de cables. Y tendría la misma conversación una última vez con mi familia, una mañana de abril, tras despertar con la noticia de que mi madre había fallecido sin sufrir, en presencia de sus padres y hermanos, la noche anterior.

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Absolutamente nada puede preparar a un niño para la muerte de sus padres, para quedar huérfano a los ocho años. Pero mi madre, que vio cómo su amor del instituto y el padre de su única hija perdía la batalla contra el sida mientras ella libraba la suya, hizo todo lo que pudo para proporcionarme herramientas con las que desenvolverme durante los días, meses, años y décadas posteriores a su partida.

En lugar de protegerme de la tragedia, mi madre me animó a explorarla. Cuando mi padre murió tres meses antes de mi cuarto cumpleaños, mi madre me llevó a su funeral y me permitió subirme al reclinatorio de madera que había junto a su ataúd para echar un vistazo. A continuación me explicó, en palabras comprensibles para una niña de preescolar, por qué mi padre no volvería a despertar.

Aquello no acabó en el cementerio. Pese a que mi padre no estaba con nosotros de cuerpo presente, mi madre se esforzó por incorporarlo a nuestras actividades diarias. A papi le habría encantado mi sudadera nueva de Piolín. Papi estaría orgulloso de lo lista que era su pequeñina. Mi padre era el artista responsable de aquellas puestas de sol de un rosa algodón de azúcar que contemplábamos con admiración en nuestros paseos.

Ella me enseñó que esas conversaciones constituían una parte saludable del proceso de duelo y me aseguró que mi sentimiento de tristeza y aislamiento no solo estaba justificado, sino que era normal.

Mi madre fue un ejemplo de fortaleza y me ayudó a forjar mi autoestima. Me hizo creer que yo era fuerte y valiente, que podía hacer lo que me propusiera. Éramos nosotras contra el mundo

Al mismo tiempo, mi madre estimuló mi espíritu independiente: yo misma escogía la ropa que quería llevar y decidía qué actividades extraescolares quería practicar. Tenía la responsabilidad de llamar a Urgencias en caso de que mi madre empeorara. Mi madre fue un ejemplo de fortaleza y me ayudó a forjar mi autoestima. Me hizo creer que yo era fuerte y valiente, que podía hacer lo que me propusiera. Éramos nosotras contra el mundo.

Y lo más importante es que mi madre logró generar recuerdos que perdurarían en su ausencia. Giramos hasta marearnos en tazas de té gigantescas en Disney World. Intentamos hacer callar al vecino de arriba, que ensayaba “My Heart Will Go On” en el órgano, dando golpes al techo con la escoba. Y nuestra tradición especial de los viernes: hartarnos de comer pastelitos de todos los sabores en Luby’s.

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Con el tiempo, iban floreciendo nuevos recuerdos: encontré un fajo de sobres cerrados durante la mudanza a Luisiana, gracias a los cuales supe que mi madre era quien estaba detrás de las cartas de un misterioso admirador secreto que aparecían en nuestro buzón.

Encontré fotografías en las que aparecía mi madre riendo, agachada sobre la plantilla de una huella de conejo mientras intentaba crear las huellas del Conejo de Pascua con polvos de talco en el suelo de casa. Nuestra vida juntas había quedado plasmada en innumerables álbumes, cada foto etiquetada con la fecha y el lugar en que se tomó.

Mi familia prosiguió con estas enseñanzas cuando mi madre ya no pudo. Me dejaron elegir su ataúd, de color blanco perla, y las rosas rojas que lo cubrían. Incluso me permitieron elaborar una lista de reproducción con baladas de Celine Dion y N*SYNC para la ceremonia. Contaron anécdotas sobre la infancia de mis padres, y cuando había reuniones familiares, siempre dejaban sus asientos vacíos por su memoria.

Fueron sinceros conmigo respecto a la causa de la muerte de mis padres cuando, por casualidades de la vida, me involucré en la lucha contra el sida en el instituto. Entendieron que me enfureciera al saber que había sido la última en enterarme y asistieron a todas las reuniones informativas y de concienciación que organicé posteriormente.

El dolor en mi interior me ha acechado incluso en los momentos más felices de mi vida, como el día de graduación, cuando conseguía un nuevo puesto de trabajo o incluso el día de mi boda

La muerte de mis padres forma parte inherente de mi identidad. Los capítulos de mi vida se dividen entre el antes y el después. Las cosas que escapan a mi control me provocan ansiedad.

El dolor en mi interior me ha acechado incluso en los momentos más felices de mi vida, como el día de graduación, cuando conseguía un nuevo puesto de trabajo o incluso el día de mi boda. Sin embargo, gracias al esfuerzo colectivo de mi madre y mi familia, he aprendido a superar los retos que plantea la vida desde muy joven y me he formado en la mujer, la esposa y la amiga que soy hoy.

Tengo la misma edad que tenía mi madre cuando supo que estaba embarazada de mí; la misma edad que tenía mi madre cuando descubrió de primera mano qué significaba ser seropositivo. Hoy tengo la misma edad que tenía mi madre cuando empezó a planificar el principio y el final de la siguiente etapa de su vida.

No puedo ni imaginar cómo debió de ser sufrir una enfermedad de la que no solo no se conocía nada, sino que tampoco se hablaba

Al reflexionar sobre ello y plantearme crear una familia propia, soy incapaz de llegar a asimilar la capacidad emocional necesaria que hay que tener para hacer lo que hizo mi madre. No puedo ni imaginar cómo debió de ser sufrir una enfermedad de la que no solo no se conocía nada, sino que tampoco se hablaba. Todavía no puedo entender por qué todo ocurrió de la forma en qué lo hizo o siquiera por qué ocurrió.

Lo que sí puedo hacer es aceptar las lecciones que me dio mi madre acerca de la vida y el amor incondicional y reproducirlas algún día. Cuando sea madre, también haré lo que esté en mi mano para que mi hija tenga una vida feliz y saludable. Me aseguraré de que se sienta escuchada y valorada y nunca dejaré pasar la oportunidad de bailar con ella en los pasillos de un cine vacío.