Así es como los jóvenes europeos hacen frente a la crisis de vivienda
Miembros del Comité de Crisis de Vivienda de la Bahía del Norte de Dublín, un grupo que se reúne para dar asesoría y apoyo a personas sin hogar, afuera de un centro familiar en un suburbio de Dublín. 
El número de la Juventud infatigable

Así es como los jóvenes europeos hacen frente a la crisis de vivienda

Mientras la crisis de vivienda se extiende por toda Europa, jóvenes activistas están manejando el asunto con sus propias manos.
27.8.17

Este artículo apareció en el número "Juventud infatigable" de la revista VICE. Puedes leerla completa AQUÍ.

Sarah* había estado pagando la renta de su departamento en Dublín durante tres años cuando su casero le envió un mensaje de texto para decirle que tendría que encontrar otro lugar donde vivir. Dijo que su hermana quería mudarse a la casa. Desesperada por encontrar un nuevo hogar, Sarah vio muchos departamentos, pero rara vez recibía una llamada de vuelta. La demás gente ofrecía miles de euros en efectivo por adelantado. Sarah, una madre soltera de 29 años que trabaja en un negocio pequeño a tiempo parcial y que vive con el subsidio de alojamiento del gobierno, no podía competir. Se mudó a la casa de una amiga que estaba embarazada en ese momento y tenía un hijo mayor que el de Sarah. Los cuatro vivían hacinados en un estrecho apartamento de dos dormitorios.

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"Cuando me mudé de ahí, en la misma semana mi casa estaba disponible para rentarse", me dijo en marzo pasado, un año después de su desalojo, cuando nos sentamos en un Starbucks de un suburbio industrial de Dublín. Tenía miedo de reunirse conmigo en su habitación temporal suministrada por el gobierno: un cuarto de hotel al que había llamado hogar durante los últimos días.

Su casero la contactó cerca de una semana después de que ella se fuera para decirle que podía mudarse de vuelta a su viejo apartamento por unos 480 dólares adicionales al mes. Eso además de los 1,088 dólares que ya estaba pagando por un piso de dos dormitorios en un área conflictiva. "Ya era difícil costearlo tal y como estaba", dijo. "Tuve que empacar todas mis cosas y guardarlas en cobertizos y en casas de amigos", dijo. "He perdido la cuenta de cuántos [departamentos] he visto". Un abogado le dijo que iba a tomar su caso contra su antiguo casero por desalojo injustificado. "Pero cuando vas de sillón en sillón y tienes un hijo y vas a trabajar… Simplemente no tenía la energía para ello". Sarah vio un departamento de un dormitorio en un edificio de interés social, pero lo alquilaban de manera privada por casi 1,200 dólares al mes. Había agujeros en la pared, y una mujer gritaba todo el tiempo en la parte superior de la escalera. Los precios, mientras tanto, seguían subiendo.

Recordó haber crecido en la vivienda social que su madre todavía posee. Cuando era niña, la gente casi no buscaba las viviendas subsidiadas por el Estado. Actualmente, Sarah ha estado en la lista de viviendas de interés social de la ciudad durante seis años, y la semana pasada recibió una carta que le avisaba que era el número "1,000 y pico" en la lista de espera para la zona de Swords, una ciudad satélite en las afueras del norte de Dublín.

Sarah, una madre soltera que, después de ser desalojada de su departamento no podía alquilar una vivienda en Dublín. Da la espalda a la cámara por miedo a que su jefe la identifique.

Sarah es parte de una generación de jóvenes irlandeses que crecieron durante la crisis provocada por la explosión de la burbuja inmobiliaria del país y que ahora están luchando por encontrar un lugar donde vivir. Desde el colapso del Tigre Celta —la época del auge económico de Irlanda— de 2008, la falta de vivienda en el país, y particularmente en Dublín, ha ido en aumento. Las causas son diversas y, dependiendo de a quién le preguntes, incluyen salarios estancados, aumentos en las rentas, duros recortes a los programas sociales del gobierno y una concentración de empleos disponibles en áreas urbanas que no cuentan con suficientes viviendas asequibles.

Cada vez más familias han solicitado alojamiento de emergencia, y un número cada vez mayor de jóvenes se ha enfrentado a la falta de vivienda. Sólo en el último año, el número de personas sin hogar en el país se ha elevado un cuarto, la mayoría en Dublín. Ahora que las corporaciones multinacionales como Google y Facebook han establecido o cinas en la capital, la demanda de viviendas ha subido, en consonancia con el rápido incremento de las rentas y una aparente escasez de viviendas disponibles.

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La crisis actual en Dublín es parte de un problema creciente en ciudades de toda Europa. Un nuevo informe de la FEANTSA, la Federación Europea de Organizaciones Nacionales que Trabajan con las Personas sin Hogar, ha demostrado que la falta de vivienda va en aumento en casi todos los países europeos. El número de familias londinenses que viven en hogares temporales se ha incrementado en un 50 por ciento desde 2010. Una de cada 70 personas en Atenas carece de una vivienda. Aunque las causas son diversas y varían en cada caso, los costos de alojamiento son un problema constante.

Los jóvenes son los más afectados. Como señaló un artículo sobre el informe de la FEANTSA en The Guardian: "En todos los países de la UE, los jóvenes son más vulnerables a los costos prohibitivos, el hacinamiento y la grave privación de vivienda que el resto de la población". Por ejemplo, la falta de hogares en Copenhague ha subido un 75 por ciento desde 2009. "Para los jóvenes pobres de toda Europa", continuó el artículo, "la situación es cada vez más frecuente: 65 por ciento en Alemania, 78 por ciento en Dinamarca y 58 por ciento en el Reino Unido tienen que gastar más del 40 por ciento de sus ingresos en vivienda. El promedio en la UE es del 48 por ciento".

La noticia es preocupante. Sin embargo, en respuesta a estos retos, jóvenes activistas de toda Europa se han movilizado realizando acciones directas para brindar apoyo en las comunidades, compartir consejos sobre asentamientos ilegales, y protestas. Estas acciones ponen de manifiesto la completa falta de fe de los jóvenes en que el gobierno resuelva una crisis de vivienda que los está golpeando fuertemente. Para hablar con esta nueva generación de activistas visité dos ciudades: Dublín, donde el problema ha proliferado desde hace algún tiempo y ahora se encuentra en un punto de crisis; y Berlín, que gracias a su legislación progresiva en materia de vivienda se enfrenta ahora a las revelaciones de su propia crisis incipiente.

Megan Woods, miembro del grupo de activistas Home Sweet Home que había ocupado el Apollo House en Dublín.

La noche del 15 de diciembre de 2016, un grupo de personas sin hogar, artistas y activistas de derechos de vivienda ocuparon el Apollo House, un edificio de oficinas estatales en el centro de Dublín que anteriormente había albergado al Departamento de Protección Social. Su objetivo era convertirlo en una residencia para los desamparados de la ciudad. Durante las semanas siguientes, el grupo, llamado Home Sweet Home, transformó el edificio en un sitio habitable: reinstauró la calefacción, el agua y la electricidad, e hizo funcionar las cocinas. Cuando hice mi primera visita como voluntaria, había alrededor de 40 personas viviendo allí, la cifra estaba limitada por una orden judicial que exigía que no se admitieran más personas. Hubo gente sin hogar en busca de refugio que tuvo que ser rechazada en las puertas del recinto.

Menos de una semana después de que comenzara la ocupación, la Suprema Corte ordenó la evacuación de los residentes antes del 11 de enero. Ese día, cientos de manifestantes rodearon el edificio para proteger a los habitantes antes de su partida al día siguiente. Si bien la ocupación de edificios vacíos como este había sido invisible al público en gran medida, la toma del Apollo House capturó la atención de la nación, y sirvió para articular una inquietud cada vez más generalizada: la vivienda, especialmente para los jóvenes, se está volviendo inalcanzable.

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Megan Woods, una cineasta de 26 años que documentó la ocupación, me dijo que mientras observaba el apoyo masivo alrededor del Apollo House, pensó que estaba "presenciando un movimiento social". Durante las semanas que estuvo en marcha, 750 personas trabajaron turnos día y noche, y más de 4,000 se inscribieron como voluntarios. Además de las donaciones materiales, se recaudaron alrededor de 190,000 dólares, y músicos irlandeses como Hozier y Glen Hansard prestaron su apoyo. "Estábamos logrando algo enorme", dijo.

Dentro del complejo había pisos dedicados a aquellos que necesitaban ayuda contra la adicción, un piso entero para las donaciones que llegaban todos los días, y un equipo de voluntarios, muchos de los cuales habían estado sin hogar o habían trabajado durante años en servicios de apoyo, ayudando a los nuevos residentes a crear un hogar.

Woods dijo que la rabia es cada vez mayor en su generación. Siempre había tenido miedo de hablar sobre asuntos de vivienda, ya que para ella era un tema que le llegaba al alma. Cuando era niña se había sentido como una extraña porque su madre se había mudado de un apartamento alquilado a otro. Antes de la crisis, esto era inusual. "Ahora", dijo, "veo que mis amigos están pasando por la misma mierda".

Ella renta una habitación en un apartamento compartido, pero dijo que se siente como si "destrozara el dinero y lo pusiera en un hoyo negro". Está preocupada de que haya otra crisis. De hecho, la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), con sede en París, ya ha advertido que Irlanda corre riesgos signi cativos, incluida otra burbuja inmobiliaria que se está in ando con rapidez. "Estoy viendo grúas. Estoy viendo edi cios por todas partes. Está sucediendo de nuevo".

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Si tuviera el dinero, Woods dijo que trataría de conseguir una hipoteca. En este momento, es casi más realista que continuar pagando el alquiler. Desde 2014, la tasa de in ación ha sido cerca del 10 por ciento, en los últimos meses ha llegado al 13.5 por ciento.

El interior de un asentamiento ilegal donde viven cuatro hombres en el lado norte de Dublín.

"Nunca voy a volver a rentar en esta ciudad", me dijo Emer* —una artista de 28 años y recién graduada que ha vivido como ocupa en Dublín durante los últimos tres años— cuando la conocí en febrero. "Tendría que crear un historial de documentos falsificados. Con tantos solicitantes para cada apartamento disponible, el proceso de renta ahora requiere de extensas referencias de arrendadores anteriores, comprobante de ingresos, y otros requisitos. Debido a que ha sido okupa durante los últimos años y a que estuvo recientemente en el programa de asistencia social, siente que no tiene oportunidad. Estábamos tomando té en un café, en una calle estrecha en el lado norte de la ciudad, frente a un gran lote baldío. Ella acababa de regresar de un viaje a Oakland, donde un incendio mortal había destruido la bodega okupa conocida como Ghost Ship.

"Se tomaron medidas enérgicas contra este tipo de espacios. Amigos de amigos perdieron gente. Había mucho miedo", dijo. "Vi tantas semejanzas entre Dublín y Oakland. La gentri cación provocada por el auge tecnológico. Un ambiente similar".

La primera casa okupa donde vivió fue la recién evacuada Squat City en Grangegorman, que ahora es un desarrollo de vivienda para miles de estudiantes en un vecindario urbano de clase trabajadora. Estuvo pagando renta por siete años luego de mudarse de la casa de su familia en el campo cuando tenía 18 años. Atrasada con la renta, su casero la desalojó a pesar de recibir sus pagos diferidos. "Me echaron sin más", dijo. Cuando sus padres se separaron justo antes de la crisis de 2006, tuvieron que rehipotecar la casa a una tasa ridícula para pagar el divorcio y nalmente tuvieron que venderla en el peor momento posible. "Me habría ido a casa hace años", dijo, "si hubiera tenido un lugar a dónde ir". Su padre ahora está alquilando con su nueva esposa, y no está en contacto con su madre.

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Me dijo que, en 2014, los residentes de Squat City albergaron lo que ellos llamaron una Convergencia de Okupas: una reunión de más de 100 activistas de toda Europa para compartir saberes, comparar las situaciones en sus ciudades y movilizar nuevos esfuerzos. Recordó que había hablado de "acciones grandiosas" con un grupo de ocupantes informales franceses que se habían apoderado de un castillo —similar a la ocupación reciente de la antigua mansión de un general catarí en Londres a manos de la Nación Autónoma de Libertarios Anarquistas (ANAL, por sus siglas en inglés). En Dublín, Emer está alarmada por la cantidad de espacios caseros y creativos que han sido cerrados, incluyendo un popular espacio creativo y de trabajo conocido como Block T, que instaló más de 70 estudios y se vio obligado a cerrar el año pasado. También le preocupaba la cantidad de amigos que se habían quedado prácticamente sin hogar porque no podían encontrar un lugar para rentar.

Cuando volví a hablar con Emer en abril, me dijo que después de haber sido desalojada dos veces de asentamientos ilegales en las zonas gentri cadas de Dublín, y de enfrentar varias audiencias judiciales derivadas de su actividad como ocupante informal, por problemas de salud había decidido buscar un lugar para rentar, a pesar de su rechazo a repetir aquel proceso. Me contó que estaba luchando contra el TEPT después de algunas experiencias y estaba tratando de mantener un trabajo de tiempo completo sin tener asegurado un lugar para pasar la noche.

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"Toda la vida nos dijeron: 'tenemos este increíble auge inmobiliario'", me contó, re riéndose a la gente de su edad que creció durante el Tigre Celta, sólo para tener que enfrentarse a la crisis económica. "Justo cuando estábamos llegando a la madurez, nos quitaron la alfombra de debajo de los pies". Emer vio que eso generó una verdadera sensación de rabia.

"Ahora es evidente que la crisis de vivienda es un problema real, pero nosotros, como okupas, ya estábamos conscientes de ello", dijo Emer, y agregó que en Irlanda cada vez más se reconoce qué tan sistémicos son los problemas económicos y sociales que han conducido a la crisis actual. Actualmente, la especulación inmobiliaria y la acumulación de terrenos son temas que están en la discusión cotidiana de los jóvenes de Dublín. "Quienes provienen de familias de clase media se están dando cuenta: 'Mierda, esto está diseñado en mi contra. Cualquier cosa puede salir mal'".

Samuel Awe, que aparece a la derecha con otros activistas, organiza eventos para crear conciencia sobre la falta de vivienda y movilizar una patrulla vecinal para brindar apoyo a quienes no tienen un lugar donde dormir.

Muchos activistas con los que hablé estaban motivados por sus propias experiencias de falta de hogar. Poco después de mudarse a Dublín con su madre a la edad de siete años, Samuel Awe y su familia fueron desalojados de su vivienda alquilada y tuvieron que quedarse con amigos durante dos meses, convirtiéndose en lo que Awe ahora llama los "vagabundos ocultos". El año pasado, Awe, originario de Nigeria, creó una iniciativa llamada Love Your Neighbor, que organiza eventos para crear conciencia sobre la falta de vivienda, y moviliza a una "patrulla vecinal" que brinda apoyo a la gente sin lugar donde dormir. "Si podemos hacerlo a este nivel, siendo sólo un grupo de muchachos, ¿qué pasará cuando las organizaciones respalden este tipo de cosas, cuando los que están en el poder realmente vean lo que está pasando?", dijo Awe.

Parte de una generación que emitió su primer voto en el referéndum de igualdad matrimonial —un despertar político para muchos jóvenes irlandeses—, él y muchos otros con quienes hablé están desilusionado con los intentos del gobierno de resolver la crisis y no tienen expectativas de salir de casa en un futuro cercano.

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Awe mencionó que su antiguo gerente en Topman no podía permitirse el lujo de comprar una casa, a pesar de que él y su pareja ganaban 64,000 dólares al año. "Supe de inmediato que no podría salir", dijo. "Si hay gente con familias ya formadas —es decir, familias con dos ingresos— que no pueden pagar una casa, ¿cómo podría ganar yo?"

Meireka Radford, miembro de Home Sweet Home, frente al Apollo House en Dublín.

Meireka Radford, una joven de 24 años que actualmente vive en casa de su madre con sus tres hermanos al norte de Dublín pasó semanas trabajando como voluntaria en el Apollo House. Se incorporó la semana después de que el grupo celebrara su primera reunión de voluntarios, después de hartarse de ver puertas llenas de gente sin hogar durante su trayecto de dos horas al trabajo. Para ella, un techo y cuatro paredes tampoco fueron una garantía cuando era joven. Su madre, que también ayudó en el Apollo, ha estado en la lista de espera para una vivienda social durante los últimos 17 años, y la familia ha vivido en nueve casas diferentes, bajo la amenaza constante de desalojo. Han estado sin hogar tres veces.

"Desde que tengo memoria, mi mamá ha tenido problemas de vivienda", contó. "Así que es algo demasiado familiar para nosotros".

En un esfuerzo por asegurar un futuro más estable, Radford regresó recientemente a la universidad para estudiar mercadotecnia tiempo completo, pero sigue trabajando turnos de cinco horas en Croke Park, un estadio de Dublín. Ella recibe un subsidio del gobierno de alrededor de 170 dólares a la semana, disponible para cualquiera que lleve más de nueve meses desempleado y decida regresar a la escuela después de al menos dos años. Pero por cada día de trabajo, ya sea que dedique dos horas u ocho, le quitan cerca de 20 dólares de la ayuda gubernamental. Eso significa que sus turnos de cinco horas de trabajo en Croke Park sólo le generan 30 dólares adicionales después de la deducción, lo cual, efectivamente, está por debajo del salario mínimo de alrededor de 10 dólares la hora. No tenía más opción que regresar a casa, a un departamento muy pequeño en el que vive su madre después de que la desalojaran de la casa que la familia había alquilado durante años. Su mamá, es cuidadora de tiempo completo de su hermano de siete años que tienen necesidades especiales, comparte una cama con su hijo para que Radford y su hermana tengan camas propias.

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Quiero trabajar", dijo. "Siempre fui independiente y trabajé por todo lo que tenía, pero mi situación actual me ha quitado eso".

Ella cree que su generación no tiene esperanza cuando se trata de hacerse de una vivienda. No imagina la posibilidad de comprar una casa. En toda la UE, casi la mitad (47.9 por ciento) de las personas de 18 a 34 años vivían con sus padres en 2014, según Eurostat. Es un desafío cada vez mayor que se extiende incluso a Estados Unidos, donde el Centro de Investigación Pew publicó recientemente que más adultos jóvenes están viviendo con sus padres ahora que en cualquier otro momento desde 1940.

"Lo que me motivó a continuar fueron las personas que conocí en el Apollo. Su fuerza y determinación me animaron a seguir participando. Realmente me abrió los ojos al extremo que ha llegado la crisis. Ahora estoy involucrada con grupos locales, no sólo por lo que mi mamá ha pasado o lo que estoy pasando actualmente, sino también porque estoy pensando en mi futura familia. Tengo miedo de que mis propios hijos crezcan de la misma manera que yo: mudándome a diferentes casas y escuelas con tan poca estabilidad".

Grafiti en Berlín, donde la afluencia de nuevos residentes, viviendas inadecuadas y gentrificación desenfrenada han elevado las rentas más allá de los medios de muchos habitantes antiguos. Foto por Tobias Kruse.

Después de hablar con varios activistas irlandeses, viajé a Berlín para ver la forma que podía tomar una crisis de vivienda —y la resistencia en contra de ésta— en la economía más fuerte de la UE. En un departamento muy iluminado, en un antiguo bloque soviético de vivienda en Berlín Oriental, puesto en alquiler de manera privada por una de las grandes empresas inmobiliarias de la ciudad, Filip*, de 25 años, se estaba recuperando de una noche de esta por las casi tres décadas de la fundación de un famoso asentamiento ilegal cercano. De una cama colgada de una cuerda en la sala de estar, Filip, un activista que estudia geografía humana y trabaja en la planificación de la ciudad, tomó un par de binoculares y echó un vistazo de la urbe desde Berghain, el infame club, hasta la estación de trenes Ostbahnhof.

Comenzó en Mitte, me explicó, un vecindario relativamente lujoso que El Financial Times calificó recientemente como un nuevo sitio de interés para los banqueros que buscan escapar del Brexit. A medida que aumentaban los alquileres, la gentrificación se trasladaba a otros barrios, a Friedrichshain y luego a Kreuzberg, un área dominada por una comunidad de obreros inmigrantes. Aunque el bajo impuesto a la renta de Irlanda ha alentado a las grandes multinacionales tecnológicas como Facebook y Google a establecer allí sus oficinas, Berlín sigue siendo conocida como una verdadera escena de formación de compañías locales, pero la gentrificación, el aumento de las tasas de alquiler y el estancamiento de la construcción de vivienda social asequible están haciendo que los berlineses teman una crisis similar a la de Dublín.

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"La gentri cación está permeando toda la ciudad", dijo Filip, mientras señalaba las grúas que se ciernen sobre los llamativos y novedosos pisos y o cinas en Media Spree, una zona de desarrollo junto al río que ahora alberga las o cinas de Mercedes y del imperio de moda y tecnología Zalando, en terrenos donde antiguamente se encontraban almacenes y fábricas. "Están construyendo casas y pisos para personas con mayores ingresos", dijo.

Filip es organizador y activista de Zwangsräumung Verhindern Berlin, un grupo que se formó en 2012 durante el punto más álgido de la creciente oposición al aumento de las rentas en la ciudad. El último sábado de febrero, Filip y otros activistas encabezaron una manifestación de unos mil manifestantes por las calles de Kreuzberg para protestar contra la gentri cación del vecindario. Tres semanas antes de la manifestación, habían detenido un desalojo con 150 manifestantes. Kreuzberg se ha convertido en un ícono de la gentri cación en Berlín, un barrio que había sido dominado por los inmigrantes de la ciudad, donde surgieron movimientos y colectivos artísticos, atraídos por las rentas asequibles. Las calles ahora están llenas de cafés y bares so sticados, y hay rumores de que Google abrirá un campus justo en la frontera del barrio, donde un canal lo separa de Neukölln, una zona de rápido desarrollo que se considera el nuevo Kreuzberg, donde los cafés anuncian en sus letreros platillos y bebidas importadas en inglés.

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Los manifestantes marcharon detrás de un pesado camión azul y amarillo provisto por Stop Evictions Berlin, con carteles que decían ZORN (enojo) y STOP ZWANGSRÄUMUNGEN (detengan los desalojos). Una señora con un sombrero de lana blanca llevaba una pancarta que decía LOS SIENTO HÍPSTER… ¡ASÍ ES COMO SE VE LA DEMOCRACIA! ¡QUE SE JODA LA GENTRIFICACIÓN! Innana, una joven de 21 años que huyó de su casa en Damasco en 2015 y llegó como refugiada a Berlín, se había unido a la manifestación con su amiga alemana. Estaba rentando una habitación por 213 dólares al mes en Kreuzberg, y podía pagarlo porque el alquiler estaba sujeto a un "viejo contrato", similar a un departamento con renta controlada. Si tuviera que irse y encontrar un nuevo lugar para vivir, no sabe qué haría para costearlo. Isabel*, una estudiante de 24 años que vivió toda su vida en Kreuzberg, alquiló un departamento en la zona con dos amigos. Cada uno pagaba 453 dólares al mes por su habitación, que era más de lo que podían permitirse. Sus padres pagaban el doble de alquiler, y una de sus abuelas tuvo que alejarse más de la ciudad debido al aumento de los costos. "Queremos permanecer en esta área", dijo Isabel.

El año pasado, el tribunal administrativo de Berlín emitió una prohibición a las agencias de alquiler a corto plazo, dirigida especialmente las rentas de Airbnb, con una multa de más de 106,600 dólares para cualquier persona que alquilara más del 50 por ciento de su propiedad sin un permiso de la ciudad.

Fue un esfuerzo para evitar que los desarrolladores compraran propiedades enteras para alquilar en el corto plazo. Aunque algunos la consideran una medida extrema, la regulación se introdujo para evitar una crisis de la vivienda similar a la de Londres, donde la gente ha sido empujada cada vez más lejos de la ciudad debido a la gentrificación y a las propiedades adquiridas como inversión y no como vivienda. A pesar de las denuncias legales presentadas por los principales agentes inmobiliarios, la prohibición se ha mantenido hasta ahora. Uno de los jueces dijo incluso que "la disponibilidad de viviendas asequibles está gravemente amenazada en toda la ciudad de Berlín y por lo tanto la regulación está justificada".

Durante los últimos años, jóvenes de Dublín y Londres han llegado a Berlín por sus rentas asequibles. Unas 40,000 personas se están mudando a la ciudad cada año. Stop Evictions Berlin es uno de los más de 27 grupos en más de 15 países que forman parte de una organización aún más grande, la Coalición de Acción Europea por el Derecho a la Vivienda y a la Ciudad. Como producto de una reunión de la coalición, Filip llegó a Dublín el pasado noviembre y se reunió con activistas de la Red de Vivienda Irlandesa, justo cuando estaban planeando la ocupación del Apollo House. Dijo que él y otros activistas se planearon realizar acciones similares en Berlín. La coalición tiene el compromiso de no sólo "documentar la crisis inmobiliaria europea, sino intervenir en ella", mediante protestas contra los políticos que en los últimos años han vendido los bienes públicos a desarrolladores en congresos internacionales de bienes raíces, y la realización de acciones directas bajo el lema "Ninguna persona sin hogar, ningún hogar sin gente".

Filip, un activista de los derechos de vivienda y estudiante graduado ayudó a organizar una protesta contra la gentrificación en Kreuzberg conformada por más de 1,000 manifestantes. Foto por Tobias Kruse.

Aunque muchos activistas con los que hablé culparon al mercado informal de rentas, iniciado por Airbnb, como una de las fuerzas que conducen a la escasez de vivienda, no todos están de acuerdo. Yvonne Pearse, que tiene una maestría en finanzas inmobiliarias y que había estado viviendo y trabajando en el extranjero durante años, regresó a Dublín el verano pasado para trabajar como gerente de Air Sorted, una empresa de gestión de Airbnb, en la capital. La compañía se fundó en Londres, con el objetivo de ayudar a los clientes a poner en renta sus propiedades en la plataforma con el menor estrés. El año pasado, Air Sorted estableció sus oficinas en Dublín y también cuenta con espacios en Sídney y Edimburgo. La mayoría de los clientes son personas que están ausentes por unos meses en el verano o por negocios: algunos poseen segundas residencias. Pearse lo describió como una forma ideal de aprovechar las propiedades que no están en uso.

La compañía sirve como un agente inmobiliario para alquileres a corto plazo: toman fotos de la propiedad, examinan a los solicitantes y organizan visitas. En toda Europa, ciudades como Londres y Berlín se han apresurado a intentar aplicar una regulación para hacer frente a estas nuevas rentas a corto plazo. Pearse estaba preocupada por la aplicación de una regulación severa, alimentada por acusaciones de que Airbnb es el culpable de la actual crisis de vivienda, algo que ella considera un asunto complejo y una consecuencia de la gobernanza en torno a la vivienda durante la última década. Ella ve a Airbnb —que tiene sus o cinas centrales europeas en Dublín en almacenes previamente abandonados que se rumora fueron asentamientos ilegales— como una opción para que los inmuebles que la gente compró durante el auge pero que no están en posición de vender todavía estén disponibles en el mercado, para generar ganancias adicionales.

Pearse nombró las áreas más atractivas para los clientes, áreas que la gente de Dublín podría "despreciar", e incluyó los vecindarios del centro de la ciudad que se han gentrificado rápidamente en los últimos años. Siendo una mujer de 31 años de Sligo que regresó a la capital, estuvo de acuerdo en que el mercado de rentas es altamente competitivo en este momento y pensó que debería haber nuevas maneras de crear flexibilidad en el mercado, más allá del típico modelo de arrendamiento. Pero una activista que ayudó a organizar la ocupación del Apollo House enfatizó que en la misma calle donde ella vive, una habitación que se renta por 430 dólares al mes cuesta lo mismo por una semana en Airbnb.

Una escena de la protesta contra la gentrificación en Berlín en febrero pasado. El letrero dice DETENGAN LOS DESALOJOS. Foto por Dario J Laganà.

De todo el activismo que vi —marchas y ocupaciones—, los grupos de la comunidad local fueron los más impresionantes, ya que representaban el mayor apoyo, que a su vez ayudaba a realizar acciones a gran escala como la ocupación del Apollo House. En un grupo de este tipo —un chat de Facebook Messenger del grupo de vivienda de la Bahía del Norte de Dublín—, unas 200 personas comparten sus experiencias y consejos para los miembros que ya están en situación de emergencia o que se enfrentan a la falta de vivienda. Una de las personas que comparte sus consejos es Sarah, la madre soltera que, después de que su casero la hubiera desalojado hace más de un año, no pudo encontrar un lugar en el mercado privado, así que terminó en un alojamiento de emergencia provisto por el gobierno. Cada noche, Sarah habla con las chicas que tienen que recurrir al teléfono gratuito para emergencias —una línea telefónica que la gente sin hogar puede usar para tener acceso a alojamiento de emergencia— en busca de un lugar donde dormir. Basándose en su propia experiencia, intenta guiarlas cuando llegaba a casa.

"Cuando llegaba a casa", dijo, pero luego reparó y sacudió la cabeza, "Cuando tenía una casa, me iba a dormir pensando en esta gente". Los otros voluntarios le contaban cada semana quién había muerto recientemente en las calles. "Nadie piensa que les puede tocar a ellos", dijo. "Honestamente pensé que iba a encontrar un lugar donde vivir".