Fachada del Hotel El Diplomático en la capital de Guerrero, llamada "el epicentro del dolor nacional", por sus propios legisladores. (Imagen por Daniel Ojeda/VICE News
El paraíso que se convirtió en tinieblas
El comisario Eduardo Macedo revisa su teléfono y recuerda con nostalgia el pueblo de que fue expulsado. (Imagen por Daniel Ojeda/VICE News)
"Cada ocho días había reuniones y yo soy el comisario, así que a mi me traían en la vista. Si no ibas, te decían que te iban a dar de manguerazos, que te iban a alinear. Hablaban pesado, fuerte, uno se acobardaba, la verdad", dice Macedo.Un día, la invitación se convirtió en obligación. El comisario prefiere no recordar la fecha, aunque sí trae detalles a la memoria de ese día en junio de 2014: los pistoleros de uno de los tres grupos que peleaban el pueblo — "si digo cuál, mañana me matan", se excusa — convocaron una junta en la tarde. Nadie faltó en Tres Picachos. Y a punto de anochecer, les llegó una orden."Nos avisaron que teníamos que usar las armas a su favor y que ya nos iban a entregar el armamento a la mañana siguiente. A esa gente no se le dice que no. Dijimos que sí, pero cuando íbamos de bajada al pueblo todos sabíamos lo que estábamos pensando: había que irse".Apenas se ocultó el sol, dos habitantes de Santa María Sur llamaron a la policía estatal y al ejército para que los rescataran antes de que al amanecer se convirtieran en sicarios forzados.En sigilo, el pueblo preparó su escape. Hicieron maletas. Juntaron los ahorros que tenían. Se despidieron de sus casas, ganado y mascotas. Cuando llegaron las camionetas que las autoridades enviaron, sintieron miedo porque el ejército pensó que huirían unos pocos, así que no había suficientes vehículos. Pero los habitantes no querían estar un minuto más en la comunidad, así que para que todos cupieran, dejaron el equipaje en el piso.Nos avisaron que teníamos que usar las armas a su favor y que ya nos iban a entregar el armamento a la mañana siguiente. A esa gente no se le dice que no. Dijimos que sí, pero cuando íbamos de bajada al pueblo todos sabíamos lo que estábamos pensando: había que irse'.
'Como perros nos dejaron en la calle'
"Había como doscientas personas metidas en una explanada, porque hasta nos hicieron compartir espacio con los afectados por (el huracán) Manuel. Casi sin ventanas, sin recámaras, puras camas a lo largo del salón. Un baño para todos los hombres y uno para todas las mujeres. A cada rato se tapaba de excremento. Había que bañarse con cubetas, sosteniéndose de la taza del baño. Olía mal, uno se acostaba escuchando como lloraba el de lado".Entonces, el pueblo Santa María Sur se hartó de vivir así. Querían volver a la vida que conocían: una familia en cada espacio, gente durmiendo en cuartos, puertas que guardan privacidad, asearse en baño propio y dormir sin escuchar los sollozos apretados del vecino.Y al cabo de unos meses de gestión, en junio del 2015, el gobierno les anunció que tenía una buena noticia: ya podrán tener todo eso… pero no en Santa María Sur.Bienvenidos a su nuevo hogar: Hotel El Diplomático, dos estrellas. Como lo pidieron: cada una de las 22 familias en un cuarto.Un baño para todos los hombres y uno para todas las mujeres. A cada rato se tapaba de excremento. Había que bañarse con cubetas, sosteniéndose de la taza del baño. Olía mal, uno se acostaba escuchando como lloraba el de lado'.
'Vivir así no es vida'
La entrada del hotel está resguardada por guardias armados. A nadie se le permite la entrada. (Imagen por Daniel Ojeda/VICE News)
La cocineta del hotel está repleta de trastes de plástico, sartenes viejos y un olor a aceite rezagado. (Imagen por Daniel Ojeda/VICE News)
En el Hotel El Diplomático, un tercio de los habitantes son menores de edad. (Imagen por Daniel Ojeda/VICE News)
Acostumbrados a vivir en campos fértiles, los habitantes de Santa María Sur no encuentran consuelo en el paisaje (Imagen por Daniel Ojeda/VICE News)
Plantas secas, pasillos oscuros, pisos silenciosos. Eso es lo cotidiano en este hotel. (Imagen por Daniel Ojeda/VICE News)