Ese momento en el que te pones a llorar en medio de un festival de música
Ilustración por Jip Piet
Guía de Festivales

Ese momento en el que te pones a llorar en medio de un festival de música

Durante el último día de un festival, no es extraño sentir una gota cristalina y salada rodando por mi cansada y pegajosa mejilla. ¿Estoy exagerando?
13.8.18

Es domingo por la noche, siento que mi cuerpo es un reactor nuclear fundido y el olor de las miles de personas que han sido parte de esta locura durante tres días envuelve el sitio como una espesa nube tóxica. Al parecer una banda de moda está tocando, algo que la primera vez que vi el line-up me emocionó un montón, y, si bien ahora mismo estoy tan cansado que me importa una mierda, acabo arrastrándome hasta el escenario en cuestión, acompañado de un grupo de colegas y conocidos.

Me deslizo dentro del concierto tras pisar el excremento que ha dejado ahí en medio alguien. Me retuerzo entre cuerpos empapados de sudor hasta que llegamos al pilar en el que vi a un tío mear la noche anterior. Logramos una buena vista del escenario. La banda arranca con una canción, suena bien, fuerte, agradable, hay luces radiantes —la felicidad está cada vez más cerca. Sin embargo, no mucho después: lagrimones.

He soltado llantos festivaleros muchísimas veces. Tildadme de melancólico, pero la verdad es que no lo puedo evitar y, para mí, compartir esta información es como salir del armario de mala manera. Sucede siempre el último día de un festival de varios días.

Sucedió cuando perdí a mis colegas en un festi y en ese momento, justo después de haber visto a un hombre cagar en un retrete portátil, una performance teatral callejera comenzó justo delante de mis ojos y sorprendentemente tenía buena música (lo cual hizo que tuviese aún más vergüenza, porque seamos sinceros, todos odiamos el teatro callejero).

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Sucedió en una tienda después de cuatro días de destrucción a ritmo de techno cuando, de repente, cuatro guiris con guitarra y todo empezaron a cantar. Sucedió en Glastonbury cuando estaba viendo a Patti Smith y de pronto el Dalai Lama subió al escenario para cortar su pastel de cumpleaños y luego Patti comenzó a tocar “People have the Power” .

Siempre que algo está a punto de acabar, te sientes nostálgico incluso antes de que acabe

El último día de un festival es el momento más lógico para ponerse sentimental. Siempre que algo está por concluir (pasártelo bien con tus colegas, comportarte como un cerdo fiestero, convivir todos juntos en un campo, reírte hasta llorar), te sientes nostálgico incluso antes de que acabe.

No es tan distinto de las viejas y tristes noches de domingo cuando llegaba la hora de meterte en tu pijama porque tenías que ir a tu horrible escuela al día siguiente y sobrevivir a las jodidas matemáticas, a la leche tibia y a los niñatos con la nariz sucia que se quedaban a comer en el cole.

Fotografía por el autor

Sumado a esto, está el hecho de que ese último día estás hecho un despojo físico y emocional. Las noches de no pegar ojo y los días de fiesta sin parar, sin duda dejan a tu alma expuesta y todo te afecta más de lo normal.

Aun así, creo que la esencia de la lagrimilla festivalera es algo más trascendental. Cuando juntas a miles de personas y les das luz verde para hacer cuanto les venga en gana, aparentemente todos ellos comparten la misma definición de diversión máxima: dejar a un lado la civilización. Beber por la mañana, caminar hacia los baños del sitio de acampada en calzoncillos, charlar sobre quién vomitó encima de sus zapatos anoche, lamer partes del cuerpo sin lavar, andar semidesnudo, gritar chorradas.

Cosas que no se pueden hacer en la vida normal son toleradas en los festivales y eso es divertido. Nadie tiene ganas de usar un baño asqueroso en un festival. Pero un elemento crucial a todos los festivales es llegar a los extremos, violar las normas de la inmundicia y la vulgaridad. De la diversión. De lo que más nos mola hacer.

Durante días, hemos aceptado a la inmoralidad, nos hemos sumido en ella cuanto hemos querido, pero ahora una multitud maloliente de miles de personas se ha reunido para ver a alguien hacer algo bello y, finalmente, la belleza vence a la fealdad

Y entonces, justo cuando todo ello nos pasa factura y todo el mundo ha mancillado sus cuerpos por dentro y por fuera, me meto en un concierto y resulta ser que todos los otros cerdos sucios a los que quiero han acabado reunidos aquí también, para mantenerse unidos y escuchar algo que aprecian. No porque tengan que escribir un trabajo para la universidad o porque su madre los haya arrastrado hasta aquí a la fuerza a base de patadas y gritos porque ese es su concepto de educar a un hijo.

Todos ellos desafían a sus límites con las intenciones más puras, para empaparse de belleza artística. Durante días, hemos aceptado a la inmoralidad, nos hemos sumido en ella cuanto hemos querido, pero ahora una multitud maloliente de miles de personas se ha reunido para ver a alguien hacer algo bello y, finalmente, la belleza vence a la fealdad. Esto me da esperanza y aparentemente es la causa de que aquella gota reluciente recorra su camino por los restos secos de comida que han estado en mi mejilla desde la tarde del viernes.