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Guía de Festivales

Comer se ha convertido en una de las mejores cosas de los festivales

Del bocata de chistorra a los ceviches con estrella Michelín: ¿la comida de los festivales por fin ha dejado de ser infecta?

por Óscar Broc
25 Junio 2018, 4:00am

Experiencias. Los festivales de música ya no son festivales de música. Ahora son experiencias. Háblale a los veteranos que se curtieron en los protofestivales de los 90 de experiencias y seguramente te dirán que para experiencia las hamburguesas del Pingüins de Benicàssim, la comida basura oficial de los asistentes al festival siglos ha. Discos de carne chiclosos, pan de moco, calor afgano, neblinas de ternera con antibióticos y tufo axilar… Deglutir un colchón abandonado era más placentero.

En los últimos 20 años, la evolución de los festivales en España ha sido meteórica. El romanticismo de antaño se ha diluido en un océano profesionalizado de escenarios patrocinados, influencers y turistas, pero el espectador ha ganado en estímulos, oferta musical y eso que tanto apreciamos las momias: comodidades.

La comida ha sido uno de los campos en los que se ha reflejado con mayor intensidad el paso de la pubertad a la edad adulta de los festivales. En términos gastronómicos, hemos pasado del “me trago cualquier basura y a los cinco minutos la expulso en modo géiser en los arbustos” al “antes de Bad Gyal, me pido un ceviche de pez payaso preparado por Gastón Acurio y Albert Adrià back to back, y me quito los paluegos con la hebilla del iWatch”. El salto ha sido cósmico y no nos hemos dado ni cuenta.

Cualquier tiempo pasado fue peor

Cuando ibas a un festival, en los años mozos del movimiento, sabías que habría escenas durísimas de penuria; aceptabas que durante tres días, comerías peor que los supervivientes de la tragedia de Los Andes. La triada perrito caliente-hamburguesa-bocata de chistorra impuso su dictadura durante muchos años en el feudo de los festis y consiguió que los indies secretaran más toxinas que Jimmy Giménez Arnau en los 80.

Eran tiempos de inconsciencia e ingenuidad por ambas partes —público y festivales—, tiempos en los que los chefs eran simples cocineros, no estrellas del rock, y el público era simplemente melómano, no foodie.

Pero los festivales se han hecho adultos y también una gran parte de su público. Inspirados acaso por la exuberancia gastronómica de grandes citas internacionales, como Glastonbury, cuyo fascinante submundo gastronómico tiene hasta nombre: Glastronomy, los festivales españoles comenzaron a mirar más allá del colon irritado, ampliando la variedad de propuestas, incrementando la sofisticación de la manduca e incluso, ¡albricias!, preocupándose por la salud de sus cachorros por la vía del producto y por la vía vegetariana.

De ‘food trucks’ y otros remedios

Con el paso del tiempo, una gran parte del público, ya no solo adolescente y alocado, sino cada vez más heterogéneo y transversal, se ha vuelto exigente con lo que mastica. Ha adquirido una mayor cultura gastronómica y, además, ha aumentado su poder adquisitivo. A ciertas edades, además, una ingesta de pizza congelada, kebabs y opiáceos puede costarte una semana de diarreas, depresiones, dolores estomacales y fantasías suicidas. También muchos millennials vienen con la lección aprendida. Y a estos pillastres solo se les puede contentar con zumos cold-pressed o el último sándwich de pastrami que hayan visto en Instagram. En este nuevo campo de batalla, ha habido un claro triunfador, el espanto de gastropollaviejas y gastrónomos del antiguo régimen: el food truck.

Estos camiones tan cool parecen diseñados por la mano de Dios para los festivales: son pequeños, facturan comida rápida con producto de calidad que puedes comer de pie, ajustan mucho los precios y en su mayoría no intentan matarte. Atraen a los festivaleros como las farolas a las polillas, nadie es perfecto, pero suyo es el mérito de haber acabado con la dominancia del bocata cerdo de festival. El pan congelado y el embutido industrial suenan a Ajo Rock 1998, y en gran parte es gracias a los food trucks.

No se puede obviar tampoco que la gastronomía es la moda en mayúsculas de los últimos años. El boom foodie, la vertiginosa transformación del cocinero en estrella mediática, la fiebre de lo saludable… La comida es tendencia. Cacho tendencia. Y los festivales son los mayores aglutinadores de tendencias que existen. Era cuestión de tiempo que los eventos más importantes del país absorbieran dicha vibración y sacaran tajada de la burbuja gastronómica. El ego de los cocineros, estrellas de rock frustrados en su mayoría, ha hecho el resto.

¿Qué chef pincha esta noche?

Es asombroso lo mucho que hemos avanzado desde las hamburguesas del Pingüins. No obstante, si hace escasos cinco años me hubieran dicho que chefs y músicos compartirían cartel en un festival de música, habría buscado la cámara oculta. Así de rápido ha evolucionado el estatus del cocinero en los tiempos que corren: ahora los críos no quieren ser DJ, quieren se chefs. Imposible escapar a este fenómeno. Así pues, en su nueva edición, Sónar vuelve a emplear el término food experience y apuesta de nuevo por chefs con estrellas Michelin para el restaurante de su área VIP. Primavera Sound, por su parte, directamente ha creado un cartel paralelo, como si fuera un escenario más, con restaurantes pop-up y cocineros internacionales de primerísimo nivel.

¿Si tenemos los mejores grupos, por qué no también los mejores cocineros? Tiene una lógica aplastante y supone la culminación del endiosamiento del cocinero. La de veces que hemos utilizado la hipérbole de “los cocineros son las nuevas estrellas del rock” y resulta que sí, que lo son, ¡que está pasando! No me extrañaría que en un futuro no muy lejano veamos a Jeff Mills pinchando mientras René Redzepi prepara, a su lado, unas chuletas de reno con reducción de esperma de caballito de mar. Los festivales se están percatando de las posibilidades, no solo de alimentar bien a su público, sino de poner la cocina al mismo nivel que la música. Y nuestros estómagos lo agradecen.

Pero que no se alarmen los nostálgicos. Bocadillos, pizzas, hamburguesas y salchichas radioactivas seguirán teniendo su cuota en los festivales, faltaría más. Todavía hay mucha gente que va a estos eventos a maltratarse de todos los modos imaginables; en su agenda química, comer rápido y mal es una prioridad. Y si no encontráis veneno dentro del festival, siempre podréis recurrir a los vendedores furtivos de las inmediaciones del recinto, y echar una lagrimita por los viejos tiempos, cuando los festivales eran festivales y no experiencias. Bienvenidos al futuro, por cierto.

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