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Mundial de Fútbol

Dónde están todos esos ultras que iban a liarla en el Mundial

Los ultras rusos prometieron hacer del Mundial un festival de violencia, la prensa amplificó el mensaje, pero pasadas dos semanas no ha habido incidentes. Hasta ahora.

por Obed Ruiz
27 Junio 2018, 4:00am

Ultras rusos en la Eurocopa 2016. Fotografía: EPA/DANIEL DAL ZENNARO

La Eurocopa del 2016 marcó un antes y un después de cara a Rusia 2018. Los protagonistas no fueron los jugadores rusos sino sus ultras, quienes en una cantidad no superior a 300 fueron capaces de repeler a más de 2.000 ingleses en una batalla campal que tuvo lugar en las calles de Marsella.

Fue ese verano cuando los focos volvieron a encenderse ante la aparición de una nueva hegemonía en los grupos más violentos que rodean al fútbol, y también fue ahí donde comenzó a alimentarse la idea de que el mundo iba a ser testigo de un festival de violencia en la que fuera tierra de zares y zarinas.

Pasada una semana del inicio del Mundial, apenas se tiene registro de un par de banderas inglesas que fueron robadas en el partido contra Túnez, los marroquíes hicieron lo mismo con un par de Israel en su apoyo a Palestina dentro del estadio Luzhniki y los portugueses se apoderaron de una insignia española. El recuento de incidentes no coincide con la atmósfera de violencia que la prensa y los mismos ultras habían pronosticado desde hace dos años.


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Hace algunos meses comenzó a decirse que diez ultras (cinco de Serbia y cinco de Rusia) habían visitado Argentina para hablar con el grupo de ultras que viajarían en verano. Buscaban hacer un pacto contra los hooligans ingleses. ¿Por qué contra los ingleses? En primer lugar, por cuestiones de sucesión y jerarquía. Desde los años sesenta, cuando la prensa comenzó a dar nombre a los aficionados más violentos de Inglaterra, su fama incrementó a la par que lo hacían sus actos violentos. Pocos, salvo los hinchas violentos de Argentina en México 1986, podían hacer frente a los hooligans, por lo que la intervención gubernamental en aquel mundial fue necesaria.

A esto se suman dos factores determinantes: la disolución de la URSS y la disolución de Yugoslavia. Con la fragmentación de ambos Estados se generaron distintos conflictos que aumentaron la necesidad de identidad nacional de las nuevas generaciones, justamente esas que ahora más se emocionan con Rusia y con Serbia en el Mundial.

Los rusos se consideran hermanos de los serbios por cuestiones étnicas, históricas y políticas, y estos dos buscaron a los argentinos porque, según ellos, ha llegado la hora de olvidar a los hinchas ingleses y ceder la corona hooligan a los ultras y a las barras bravas (denominación de los grupos de hinchas violentos que nació en Argentina, aunque existen en toda Latinoamérica). Serbios y rusos han aprovechado que los hinchas sudamericanos tienen un agravio geopolítico con Inglaterra desde el año 1982 por el conflicto de las Islas Malvinas.

El modelo de seguridad planteado por Rusia para el Mundial es casi infranqueable

Pero por su parte los hooligans ingleses no viajaron solos a Rusia. Según uno de sus portavoces, también hay escoceses e italianos que se unieron a ellos y en el camino también encontrarán a los croatas. En resumen, de un lado tenemos a ultras de Rusia, ultras de Serbia y barra bravas argentinos, mientras que del otro la alianza es de hooligans ingleses, escoceses, tifosi italianos y ultras croatas.

Sin embargo, el modelo de seguridad planteado por Rusia para el Mundial es casi infranqueable. Hay rumores de que algunas personas que tenían prohibido entrar a tierras rusas lo lograron mediante otros caminos, pero no han causado ningún estrago. Incluso los bosques parecen inseguros para pactar una pelea; el miércoles 20 de junio se canceló una, según me ha contado Alekc, un ultra del Dinamo de Moscú que conocí en una parada de autobús cuando me pidió un cigarro.

violencia hooligan mundial de rusia 2018
La policía rusa entrena para un eventual enfrentamiento con ultras. Fotografía: EPA-EFE/ANATOLY MALTSEV

“Si logramos pegar a los ingleses aquí, en la Madre Rusia, será nuestra victoria”, me dice Artiom, un ultra del Zenit de San Petersburgo de no más de veinte años que, después de un par de cervezas, se hizo mi amigo. “Imagínate, ellos no solo inventaron las reglas del fútbol, también inventaron las peleas, y si les ganamos, todo el mundo sabrá que somos mejores”, agrega después de beberse dos vasos de cerveza seguidos, mientras vemos el partido Rusia-Egipto. No parece tener cuerpo de ultra. Según la prensa de distintas partes del mundo, los ultras rusos no fuman, no toman alcohol y se someten a entrenamientos intensos para estar en forma.

Piotr, que lo acompaña, tiene más pinta de ultra. Tampoco debe rebasar los veinte años, pero un par de cicatrices en las manos y su gesto indiferente van más con el perfil. Además, su amigo lo delata; no con mala intención sino para presumir.

Le dice que me enseñe el tatuaje que le hicieron. Se niega a hacerlo y también a hablar conmigo en inglés a pesar de que su compañero me asegura que él puede hablarlo con más fluidez y que, por lo molesto parecía, había entendido todo lo anterior.

“Solo ruso”, es lo que me da a entender y trato de aprovechar la euforia de la celebración del gol ruso para ver si puede contarme algo, pero mientras trato de formular la pregunta cae otro gol y un grupo de cinco o seis rusos empieza a gritar con mas fuerza que los demás: “¡Vamos, Rusia!”. Artiom y Piotr se unen a los vítores y después el segundo comienzan a organizar una especie de pogo. Algo similar a lo que pasó en Moscú durante el partido inaugural contra Arabia Saudí.

No es un secreto que la la Asociación de Aficionados de Rusia, bajo la que se agrupan los ultras, estaba fuertemente vinculada con la Duma y el Kremlin

Tras la goleada del partido inaugural, la calles de Moscú se convirtieron en una fiesta gigantesca al aire libre a la que todos estábamos invitados. La policía en Moscú está siendo más permisiva y casi todo mundo bebe en las calles, la única condición es no quedarse sentado en la vía pública.

Después de cierta hora también se improvisan baños en callejones o entre los locales y, de vez en cuando, una bengala se divisa apenas tres o cuatro segundos antes de que la policía la extinga y deje ir al portador.

Ese día, el jueves 14, los aficionados presentes en la Babel futbolera se reunieron nuevamente en la “calle de las luces” (Nikolskaya) para celebrar la sorpresiva goleada del país anfitrión. Los bombos, los silbatos, las trompetas y las palmas de distintos países se unieron para cantar “Rusia, Rusia". Hasta ahí, todo bien.

Después llegó un grupo de no más de 20 hombres de entre 17 y 25 años al corazón de la celebración. Pocos les prestaron atención y casi todo el mundo siguió con los vitores, pero sus cantos no se quedaban en lo estrictamente futbolero, tenían un mensaje político. “Rusia y Serbia, hermanos para siempre” y “Ucrania es Rusia” fueron los que alcancé a distinguir. Rompieron un par de botellas golpeándolas contra el suelo, dos bancos, una farola e hicieron un pogo en el que se tiraron varios golpes entre ellos para apaciguar la violencia, pero todo pareció parte de la fiesta.

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Contrario a lo anunciado por los ultras y la prensa, la convivencia ha sido más o menos civilizada. Fotografía por el autor.

Al día siguiente, el viernes 15, la escena se repitió pero con una cantidad menor de personas. Esta vez, con las banderas juntas, cantaban nuevamente “Rusia y Serbia, hermanos para siempre” y “Kosovo es Serbia”. Los cánticos nuevamente pasaron desapercibidos ente la multitud y la preocupación fue mínima tanto por parte de la seguridad como de los turistas. Algunos parecían ultras, otros no, pero tenían el mismo discurso extremista.

“Oí que robaron algunas banderas y bufandas a los ingleses”, me dice Alex, el ultra con el que hablé en la parada de autobús. Me preguntó por México al ver el pin de mi mochila. Saqué la camiseta de mi equipo, le mostré un par de fotos en mi móvil y con no más de tres cigarros compartidos terminó presumiendo de su brazo izquierdo. Justo debajo del hombro tenía el tatuaje de los ultras y debajo, el de su equipo.

“Hay a quienes no les dejan salir de su casa o que fueron visitados por gente de la policía para advertirles de que deben mantener el orden”

En caso de desatarse un festival de violencia como el que se había vaticinado, quien quedaría mal sería el Gobierno ruso, encabezado por Vladimir Putin. Supondría una tremenda falta de control sobre su propia gente ante los ojos del mundo; un lujo que no pueden permitirse. La burbuja de tolerancia que rodea a la Copa del Mundo no parece incluir a los ultras, quienes todavía no hacen la aparición prometida, pues parece que toda relación gubernamental con ellos ha sido detenida.

No es un secreto, o al menos no debería serlo ni ignorarse, que la Asociación de Aficionados de Rusia (ARSA, por sus siglas en inglés), es decir, la asociación de los ultras, estaba fuertemente vinculada con la Duma y el Kremlin hasta que Vitaly Mutko, presidente de la Unión de Fútbol de Rusia, decidió romper todo tipo de lazos y así pudo hacer la promesa de tener un Mundial sin peleas encarnizadas ni réplicas de la Eurocopa de 2016.

“Hay a quienes no les dejan salir de su casa o que fueron visitados por gente de la policía para advertirles de que deben mantener el orden”, me dijo al final Piotr, casi un poco desairado por no tener tantos antecedentes como para recibir una visita que le recuerde un pacto tácito que parece que existe de fondo.

Sin embargo, con Argentina, Inglaterra, Serbia, Rusia y Croacia en juego todo puede pasar. Bastará con que alguien dé el primer golpe para recibir que se de el contraataque. O tal vez Rusia, Putin y sus ultras ganarán defendiendo su extremismo ideológico y nacionalista demostrando la unidad y la capacidad de control que en el mundo ningún medio advirtió.

Este artículo apareció originalmente en VICE MX.

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