Politică

A las puertas del fascismo tropical

OPINIÓN | En Colombia, lamentablemente, la miopía del centro y las decisiones de ciertas élites le dieron el triunfo a Duque. Habrá que esperar unas semanas para saber si en Brasil se repetirá este libreto.
17.10.18
Jair Bolsonaro
Foto vía flickr usuario Agência Brasil Fotografias

Artículo publicado por VICE Colombia.


Hace unos días, en un encuentro de Filosofía Latinoamericana en la Universidad Santo Tomás de Bogotá, me invitaron a participar en una mesa redonda titulada “De lo popular al populismo”. Allí, intelectuales provenientes de Cuba, Colombia y Argentina debatimos sobre el actual escenario político en América Latina y el mundo. Entre las diferentes cosas que allí se dijeron, todavía le sigo “dando vueltas” a la reflexión sugerida por la teóloga argentina Emilce Cuda. Durante su intervención, partió de la premisa de que era un error afirmar que nos encontrábamos en la época de la postverdad. Más aún, sugirió la idea de que corremos el riesgo de transitar hacia un momento postsecular, donde la época de luchas por los derechos podría ser reemplazada por una época centrada en las batallas por la verdad. Es decir, las históricas luchas políticas por mejorar nuestras condiciones materiales de vida, a través de la ampliación de nuestros derechos, pareciera estar cediendo terreno a nuevos discursos centrados en crear —a través de una serie de valores reaccionarios— diferentes mecanismos sectarios de reconocimiento comunitario. Aunque el aspecto curioso de este sentido de pertenencia estaría en que se construye por fuera de los valores de la democracia, la igualdad de derechos y la pluralidad de las formas de vida.

Mientras escuchaba esta reflexión comencé a preguntarme si acaso el éxito de los discursos de las iglesias evangélicas contra la dizque ideología de género, y a favor de la xenofobia y el racismo, no era el modo en que la derecha en nuestra región intenta construir un nuevo vínculo popular con la verdad. Me preguntaba si acaso estos discursos no generan ciertos efectos de verdad entre quienes lo reciben, puesto que pareciera brindarles un entramado de sentido que los protege de la precariedad vital a la que los ha arrojado el neoliberalismo. Pero, sobre todo, me preguntaba si más que una lucha por la verdad no se trataría, más bien, de una mutación en las formas de producir la verdad durante las experiencias políticas latinoamericanas.

Sin ir más lejos, la producción de verdad durante la campaña electoral en Brasil es casi calcada a lo acontecido en Colombia. Al igual que hizo Duque en su momento con Petro, el equipo de comunicación de Bolsonaro —ayudado por las iglesias evangélicas— invadió las redes sociales con fake news sobre los peligros que supondría un posible triunfo de Haddad. A su vez, la posición de centro, encabezada por Gomes —y con aspectos muy similares a los de Fajardo—, usó la estrategia de la polarización entre Bolsonaro y Haddad para tratar de sacarle ventaja a este último. Lo curioso es que todo este reparto de roles, muy similar en ambos países, pareciera tener un mismo objetivo, a saber: deslegitimar las fuerzas populares de corte progresista y abrir las puertas a un sentido de lo popular completamente reaccionario y antidemocrático. Es claro que Bolsonaro, Haddad, Duque y Petro representan a las fuerzas populares de Brasil y Colombia. Pero no asumir en toda su radicalidad el abismo que separa a Petro y Haddad de Duque y Bolsonaro es lo que nos tiene a las puertas de una experiencia inédita para la región: el fascismo tropical. En Colombia, lamentablemente, la miopía del centro y las decisiones de ciertas élites le dieron el triunfo a Duque. Habrá que esperar unas semanas para saber si en Brasil se repetirá este libreto de raigambre pseudopopular y antidemocrático.

Pero hay algo que sí nos queda claro: el triunfo de Bolsonaro, a diferencia de los otros triunfos de la derecha en la región, marcaría un giro hegemónico de 180 grados. Moreno, Macri y Duque, por citar algunos ejemplos, llegaron al poder camuflados y siguiendo cierto discurso del progresismo. Bolsonaro, por el contrario, abriría las puertas al odio consumado en la forma del racismo, la xenofobia y el absoluto desprecio por la vida democrática de nuestros pueblos.