Covadonga
Fotografías de Paulina Munive.
Munchies

22 años del Salón Covadonga: una cantina de corazón viejo en la CDMX

Sobreviviente a dos terremotos y a borracheras de mitad de semana, este sitio aún es coordenada de conjuras políticas y periodísticas.
16.10.18

Artículo publicado por VICE México.

El Salón Covadonga es uno de los corazones que hacen latir fuerte a la colonia Roma, de la Ciudad de México, y justamente este octubre cumplió 22 años. Sin él, a la zona le faltaría su vieja cantina española de cabecera, su fuente infinita de parrandas memorables, su expendio de la mejor paella valenciana, tortas de milanesa y conjuras políticas sobre diminutas mesas con reposabotellas. Sin él, a la zona le faltaría un considerable tajo de alma.

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Daniel Fuentes es el mesero más antiguo del Covadonga. A sus 55 años, lleva 38 trabajando en el mismo edificio, y dice que ese lugar de gruesos muros y una barra de capacidad suficiente como para emborrachar hasta al hígado más bucanero, es su vida entera.

Lo mismo ha atendido a exmandatarios de la república, que a políticos a punto de asumir puestos importantes en la administración que está por entrar en funciones. También le ha tocado servir tequilas de más para serenar corazones rotos anónimos, así como extender unos minutos la hora de cierre a causa del ánimo desmañanado de uno que otro periodista o escritor bohemio.

Sus dos hileras de gruesas columnas centrales son inconfundibles; sus baños disimulados detrás de delgados recubrimientos de madera, insalvables; su ausencia de música, necesaria. El Cova, como lo llaman sus incondicionales clientes, es un compendio de fórmulas antiguas que funcionan bien en cualquier época. El sitio tiene un millón de secretos y recovecos. Y Daniel se los conoce todos.

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Amantes de la antigüedad

De entrada, el Covadonga no se llama Covadonga. Ése es solamente su nombre de batalla. El real, el de bautismo, el de escrituras, es Salón Hispanomexicano. Y tampoco empezó como la cantina de culto y sin trabas a la admisión que es ahora. De inicio fue menos restaurante y más bar; menos mezcal y más whisky; menos de intelectuales y más de jugadores empedernidos de dominó.

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Daniel Fuentes, el eterno mesero, recuerda cuando pisó por primera vez el número 121 de la calle Puebla, donde desde hace más de treinta años se aloja esa pequeña delegación ibérica. Ahí donde desde hace décadas son igual de referentes el viejo lustrador de zapatos, que el capitán de meseros y las manos anónimas responsables de su icónica fabada.

“Yo empecé en el área de intendencia, y poco a poco fui escalando. En ese entonces, por ahí de 1980, aquí residía el Centro Asturiano de México. Era muy diferente. El aire español no se le ha ido nunca a este inmueble, pero sin duda antes era más punto de reunión casual, que de ‘carrera larga consagrada’”, asegura.

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Sin embargo, como a muchos negocios de toda la vida en la capital del país, a éste también lo marcó por siempre el año de 1985. En este caso, no tanto por el terremoto, sino porque en esa fecha la comunidad española que lo ocupaba aprovechó la contingencia para hacer la mudanza que ya tenía en mente desde hacía tiempo.

Con gran parte de la ciudad aún quebrada, el Centro Asturiano se movió a Polanco. Y la vieja casona que fuera construida en la década de los 50 quedó libre y disponible para lo que viniera. Y eso que vino fue el Covadonga.


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Así fue como, entre las cuatro paredes de los tres pisos del edificio que también alberga un restaurante familiar y salones de fiesta, se cultivó la bella arte de medir el tiempo en función de las partidas de ajedrez o dominó en curso.

"Para entonces, la comida aún no era lo importante. Más bien, la gente venía porque éste era su punto de encuentro para contarse las dolencias del día, las devaluaciones del peso, o la esperanza de los nuevos amores, mientras esparcían sus mulas por toda la mesa”, recuerda Daniel.

Oficialmente, los asistentes tenían por entendido que el horario de servicio iba de las 13 horas a cerca de las dos de la madrugada del día siguiente. Pero todos sabían que en el Cova la jornada se daba por concluida hasta que hubiera claros supervivientes y damnificados por la última ronda de cubas libres, o del último juego apostado sobre la mesa.

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En esos tiempos ni el actor Chabelo; ni los políticos Cuauhtémoc Cárdenas, o Porfirio Muñoz Ledo; ni siquiera el entonces presidente en funciones, Vicente Fox, se resistieron al encanto de la cantina. Cualquier conocedor medianamente avezado de la ciudad sabía que en esa coordenada de la Roma eventualmente ocurría —y sigue ocurriendo— todo.

Guillermo Fadanelli, escritor mexicano, representante de la literatura y el arte considerados como subterráneos en la Ciudad de México, también ha estado miles de veces en ese epicentro de las noches en la capital.

“El Covadonga ha sido mi centro de reunión favorito desde hace casi tres lustros. Allí me he encontrado con un número absurdo de artistas, buenas personas, amigos que vienen de otros países. No hay nadie que yo conozca que no haya estado antes en este lugar”, cuenta.

Además, el también fundador de la revista Moho cuenta que es el único lugar de sus preferidos en donde no ha tenido una pelea. Dice que sólo una vez la cantante Amandititita le dio un puñetazo en el rostro, pero que en vez de hacer algo, le dio un ataque de risa.


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El autor, que durante décadas ha escrito sobre los recovecos más impensables de la CDMX, asegura que en este bar se ha bebido al mar entero, pero con toda la tranquilidad del mundo.

“Hay que resaltar la tolerancia que hay aquí para los artistas; yo que tengo treinta años de salir a toda clase de lugares puedo decir que este es el paraíso de la tolerancia; comprenden al diferente, al loco, al estrafalario, y siempre saben como lidiar con las excepciones. Los gerentes y meseros son buenos amigos. Y sin mi fabada del Covadonga, voy a enflacar y ahora si voy a parecer un verdadero yonqui”, afirma.

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Con el paso del tiempo y las costumbres, la comida y la bebida se hicieron protagonistas. El menú se nutrió de cerca de 112 opciones distintas de platos españoles y hasta se dieron el lujo de espolvorearlos con ciertos aires mexicanos. Por su parte, el catálogo de martinis, whiskys en las rocas y shots de tequila se diversificó en la misma escala.

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Con su eterno moño negro bien ceñido al cuello, Daniel Fuentes, asegura que no hace más de diez años que la población asidua al Covadonga también cambió drásticamente. De pronto, asegura, los torneos de dominó dieron paso a las celebraciones de premios en el mundo literario, a los nuevos jueves de tertulia de los (también nuevos) periódicos, a las reuniones de los jóvenes que empezaron a sentir arraigo por sus mesas vintage de formaica.

“Yo no estoy muy bien enterado de cómo hablan ahora, pero por ahí he escuchado decir que la cantina se volvió medio hipster. Yo creo que con eso se refieren a que ya no sólo vienen intelectuales o jugadores de mesa, sino que cada vez tenemos más clientes ‘chavos’”, dice Daniel.

“Cerrado hasta próximo aviso”

El martes 19 de septiembre del 2017, a escasos 14 minutos de haber iniciado el servicio del día, la estructura de roble del Covadonga resistió la embestida de un segundo terremoto.

Según cuenta Daniel, al edificio no le pasó nada grave. Los daños se redujeron a la caída de los legendarios cuadros de sombrerudos que estaban en el salón principal, así como la aparición de algunas grietas en sus muros blancos.

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“De la barra no se cayó ni una sola botella. Nos espantamos mucho, como todos, pero no pasó a mayores. Eso sí, el servicio se cortó de inmediato y los encargados del lugar decidieron que estaría cerrado hasta próximo aviso”, asegura él.


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Una vez pasado el susto, muchos empezaron a preguntarse qué sería del Cova. Nadie sabía nada a ciencia cierta. La versión que más circulaba era la de que seguirían un buen tiempo en reparaciones. Así pasaron tres meses y medio.

Luego, sin más, un día también corrió como pólvora la noticia de la reapertura. Y otro martes, a la misma una de la tarde del terremoto, sus puertas de vitral semitraslúcido abrieron de par en par otra vez.

“Recuerdo que la casa estaba llena. No esperábamos que llegara tanta gente. En realidad, temíamos haber perdido a muchos clientes. Pero no fue así. Ese día la fiesta acabó tan de madrugada como antes del terremoto”, recuerda Daniel.

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Para entonces, algunas cosas habían cambiado: los cuadros habían sido cambiados por enormes fotografías de La Habana, incrustadas en la pared; las mesas habían cambiado de look y, en vez de tener los manteles color rojo óxido de siempre, ahora eran grises; algunos muros incluso evidenciaban la curación de sus cicatrices.

Pero la esencia era, y sigue siendo, la misma. En la colonia, el Covadonga aún tiene la fama de los meseros con mejor memoria, de los pulpos a la gallega mejor servidos sobre tablas circulares de madera, de las milenarias partidas de dominó, de ese ‘no sé qué’ que siempre lo hace tan viejo y tan entrañable a la vez.

“Para poder entender lo que pasa acá adentro, tienes que verlo tú mismo. Basta con que pidas un cerveza, te sientes con un plato de fabada al frente y empieces a verlo todo. Este lugar tiene su propia magia, y nunca tardarás mucho en sentirla despertándote la sed, guiñándote desde la mesa de al lado. Nada más hay que dejarse llevar”, dice Daniel, sonriente.

Guillermo Fadanelli lo dice de otra forma. Pero lo dice también. “Si lo cierran será como si cerraran mi ataúd”, dice con seguridad.

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Sigue a Ollin en Twitter e Instagram: @ollinvelasco.