Psicología

Dime qué compras compulsivamente y te diré cómo eres

Somos lo que compramos, así que analicemos qué es exactamente lo que adquirimos de forma más compulsiva y sabremos qué tenemos dentro del cerebro y el corazón.
14.5.19
2019-05-13
Ilustración por Teresa Cano

No nos engañemos, solo servimos para consumir. Todo pensamiento y todo sentimiento está generado con la única intención final de vaciarnos al cartera. ¿Amor? Restaurantes, preservativos, hipotecas y pañales. ¿Foucault? Libros, estudios universitarios y conexión a internet para evidenciar en redes sociales que somos unos eruditos del francés.

En vez de intentar cambiar y escapar de esta noción de seres consumistas lo mejor que podemos hacer es abrazar la realidad e intentar extraer un sentido a nuestra existencia. Somos lo que compramos, así que analicemos qué es exactamente lo que adquirimos de forma más compulsiva y sabremos qué tenemos dentro del cerebro y el corazón. El árbitro disparó la pistola al cielo y los atletas empezaron a correr. Que empiece la fiesta.

Hummus

Hace tiempo que terminó la universidad y con ella el único momento de interacción social más o menos sana y normal que has tenido en la vida. Ahora trabajas atendiendo llamadas telefónicas de atención al cliente y solo dos personas saben cómo te llamas. Siempre te ha costado relacionarte con gente pero sobre todo con gente normal, gente que no ha estudiado “Bellas Artes”, o sea, gente como tus compañeros de trabajo. Crees que uno se llama Carlos y esa rubia del fondo Maite pero nada más. No te hablan y no les hablas. A veces las personas son difíciles. El caso es que sustituyes esta falta de relaciones humanas comiendo hummus del Mercadona. Te compras 10 cajitas a la semana y te las vas fuliendo mientras curras. No puede dejar de sorprenderte como los garbanzos triturados pueden llegar a ser más satisfactorios y simpáticos que los seres humanos.

Atún

¿Recuerdas esas cenas que tenías que prepararte solo con ocho años porque tu padre estaba triste, tumbado en la cama, y tu madre se había ido a vivir con ese chico joven que conoció en un viaje a Canarias? Sí, esas cenas que consistían en abrir una lata de atún y comértela con un tenedor, directamente de la lata. El caso es que tienes cierto trauma latente que no has logrado superar y cada vez que vacías el carro de la compra te encuentras con 20 latas de atún que no recuerdas haber cogido.

Ropa interior

Tienes el Google Calendar petado de cosas. Te quedaste sin garrafas de Bezoya y te pusiste una alarma a las seis de la tarde, cuando sales del curro, para que te avisara y te acordaras de comprar un par. Tienes incluso alarmas para ponerte alarmas en Google Calendar. Pero también tienes otras manías, como tener una cajonera MALM del Ikea petada de bragas, los tres cajones. Te aterra la idea de quedarte sin ropa interior. También tienes una carpeta con recortes de revistas, más concretamente son recortes de la palabra “violencia”, sacados de artículos y titulares de revistas y periódicos cuya fecha de publicación abarca desde 1952 a 2019. También hace años que te niegas a coger llamadas telefónicas. La gente que no conoces se refiere a ti como “la rara de las Crocs”.


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Esas galletas blancas de arroz inflado

Hace años que estás intentando encontrar un sitio donde te borren ese duende fumando un porro que tienes tatuado en la espalda. Esa época fue un tanto complicada. Ahora eres una persona normal, fichas de nueve a seis, cada día llenas tu tupper con verduritas y pechuga de pollo y te compras esas galletitas de arroz inflado que dicen que no engordan. Ahora todo va bien, incluso te estás planteando tatuarte en la espalda un duende mirando un móvil.

Droga

A tus tres hijos les has dicho que esa caja que hay encima de las enciclopedias que tienes acumuladas en tu despacho contiene cartas que le escribía la abuela al abuelo. Realmente tienes varios pollos de coca y speed (la verdad es que prefieres el speed) que consumes los sábados por la noche cuando los churumbeles duermen. Mirar la tele y calzarte varias rayas hasta las seis de la mañana, esto sí es un buen plan para el fin de semana, ¿verdad?

Chicles

Cuando descubriste que tu madre había congelado el cuerpo recién nacido del que vendría a ser tu hermano mayor desarrollaste un extraño tic en la mandíbula que podrías erradicar comiendo chicles de fresa, según te dijo cierto médico amigo de tu familia. “No teníamos dinero y no nos lo podíamos permitir, pero me pareció mal darlo en adopción y que lo educaran unos extraños” es la frase que retumba en tu cabeza cada vez que abres un paquete.

Datos para el móvil

Eres incapaz de llamar a la compañía y contratar una tarifa de datos decente, dices que prefieres pagar poco “de base” e ir adquiriendo datos según la necesidad pero al final terminas pagando más de lo que te costaría un contrato con más datos. En fin, te da miedo domiciliarte cargos elevados en la cuenta porque piensas que entonces “el sistema te tendría atrapado” y tú crees que vives fuera del sistema. Te compraste una máscara de esas de Guy Fawkes pero te da miedo salir a la calle con ella por si un poli te pega.

Gildas

Hace tiempo alguien te dijo que a Ray Loriga le flipan las gildas y por eso empezaste a comprarte esas que venden en el Mercadona. Quieres escribir y crees que copiar costumbres de otros escritores aumentará las posibilidades de convertirte en la nueva estrella de la literatura española. Tienes un documento en el escritorio llamado “biografia_buena_OK_Final_2_2.rtf” que contiene una biografía para cuando un editor te la pida para ponerla en tu libro (aunque aún no has escrito ni una sola palabra). El texto empieza con esta frase: “Desde pequeño ha tenido dos grandes pasiones: escribir y las gildas, como todos los grandes escritores”. La verdad es que el colega que te dijo eso de Ray Loriga y las gildas se lo inventó, solo se estaba cachondeando de ti porque eres capaz de creerte cualquier mierda que alimente tus fantasías literarias.

Frutos secos

Para evitar comerte un bocadillo de chorizo a media mañana y engordar y sentirte triste has decidido comprarte una bolsa enorme de frutos secos para ir engullendo sin parar durante todo el día. Aunque parezca una paradoja tú lo encuentras totalmente lógico. Te pasas la jornada laboral tragando cositas pequeñas y secas y luego llegas a casa y después de cenar sigues comiendo cosas pequeñas y secas y por las noches te pones la alarma para irte despertando y seguir comiendo estas cosas pequeñas y secas. En dos meses estarás muerto.

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