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Cultura

La nostalgia es la mejor aliada del capitalismo

En un sistema socioeconómico que no ofrece ninguna alternativa de futuro posible, la nostalgia sirve para alejarnos también del presente.

por Patri Di Filippo
04 Septiembre 2019, 4:00am

Imágenes vía Disney y usuario de Flickr Jeremy Schultz. Montaje por VICE

En el S.XXI, ya se sabe, todo vuelve: desde los pantalones de campana al fascismo. En música, el avance de las nuevas tecnologías ha servido casi más para recuperar sonidos del pasado —el crepitar de un vinilo, samples de aquí y de allá…— que para producir nuevos; en el audiovisual, es increíble lo revolucionario y novedoso que aún hoy nos parecen películas filmadas parcialmente con un móvil, y una nueva temporada de Las Chicas Glimore es el acontecimiento del año. Por no hablar de los revivals, donde los elementos de otras épocas (Stranger Things, Chromatics, la misma Mindhunter…) se parecen más a la idea que tenemos sobre esa época que a esa época en realidad

En una de las últimas piezas teatrales escritas por Samuel Beckett, Ohio Impromptu, dos ancianos de aspecto casi idéntico están sentados en una mesa. Uno escucha, el otro lee: “little is left to tell”, queda poco por contar. De vez en cuando, el que escucha interrumpe la lectura con un golpe de nudillo en la mesa. El que lee repite entonces la frase apenas leída y prosigue contando “la triste historia por última vez contada” de dos ancianos casi idénticos sentados en una mesa, uno leyendo y otro escuchando. Y así, a golpe de nudillo, una historia leída y releída a saber cuántas veces avanza y retrocede y avanza y retrocede hasta su frase final, “nothing is left to tell”.


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Cuando leí la noticia de que Lizzie McGuire tendría un reboot de la mano de Disney, lo primero en lo que pensé fue en Ohio Impromptu. Que no se me malinterprete: esto no va de “vosotros tan Lizzie y yo tan Samuel”, mucho menos de “alta” contra “baja” cultura (qué significa eso en 2019, para empezar). De pequeña, me gustaba tanto Lizzie McGuire que, en un intento de imitarla, hasta intenté llevar un diario con una versión de mí dibujada en los laterales.

Por culpa de Lizzie McGuire fantaseé con las llamadas a tres y obligué a mis padres a comprarme un teléfono de las Bratz pese a no tener siquiera línea en mi cuarto. Descubrí algunos temazos que sacaría luego Hillary Duff —con "Wake up", que sigo escuchando, a la cabeza— gracias a Lizzie McGuire.

Pero, como los dos ancianos que leen y escuchan siempre la misma historia hasta que no queda ninguna historia que contar, la producción cultural de nuestro siglo también parece haber quedado atrapada en una especie de inercia temporal, salpicada por lo demás de continuos anacronismos. ¿Para qué necesitamos que vuelva Lizzie si no es para que Disney se asegure un éxito con mínima promoción mientras nosotros nos zambullimos a pleno pulmón en la nostalgia?

"El futuro no ha desaparecido de un día para otro. El mundo parece pender de un hilo desde hace décadas. Siempre a punto de acabar, siempre a punto de agotarse. Esperamos al Apocalípsis como quién ve venir una hostia al ralentí, cada vez más cerca, cada vez más lenta"

De esta condena a la repetición y al pastiche que pesa sobre nuestro siglo ya han hablado sobrada y acertadamente autores como Fredric Jameson, Mark Fisher o Simon Reynolds. Además, no creo que Disney sea precisamente a quién haya que pedir cuentas sobre innovación y experimentación cultural. La larga lista de reboots y remakes que planea la colosal productora —del live-action de La dama y el vagabundo al remake de Solo en casa— es sencillamente el enésimo síntoma de lo que Franco Berardi llamó “la lenta cancelación del futuro”: la fragmentación de la idea de progreso, cuya consecuencia más directa a nivel cultural es esta constante regresión al pasado.

Sin embargo, el futuro no ha desaparecido de un día para otro. Al revés, el mundo parece pender de un hilo desde hace décadas. Siempre a punto de acabar, siempre a punto de agotarse. Esperamos al Apocalípsis (climático, económico, social, lo que sea) como quién ve venir una hostia al ralentí, cada vez más cerca, cada vez más lenta. Como frente al monstruo de It Follows, podemos correr, pero no escapar. Pero es el tiempo el que se ha detenido, no la vida. Como escribe Mark Fisher en Los fantasmas de mi vida: “no es que nada haya pasado en el periodo en el que la lenta cancelación del futuro se puso en marcha. Al contrario, estos treinta años han sido un tiempo de cambio masivo y dramático”.

Hemos visto como todas nuestras expectativas, heredadas de la generación anterior, se hacían añicos. Hemos asistido a la desintegración de las fronteras entre ocio y trabajo y, con Internet, al nacimiento de todo un mundo nuevo en el ámbito de las comunicaciones. Hemos visto cómo las fuentes tradicionales de autoridad y saber —medios de comunicación al uso, pero también universidades— quedaban relegadas cada vez más a un segundo plano, y cómo hasta las relaciones interpersonales se moldeaban y precarizaban a la merced del sistema neoliberal.

Han pasado cosas, y vaya cosas. Pero, de alguna manera, parece que hayamos perdido la capacidad de aprehender cierta idea de presente, por lo que se nos hace imposible imaginar un futuro (aún así digo “parecer” porque, aunque esto de para otro artículo entero, creo que disponemos de un modo de producción cultural extremadamente vivo y específico de nuestro tiempo, solo que la nostalgia por esas grandes obras que jamás volverán nos impide reconocerlo como tal: los memes).

"De alguna manera, parece que hayamos perdido la capacidad de aprehender cierta idea de presente, por lo que se nos hace imposible imaginar un futuro"

Volviendo a Lizzie McGuire, me imagino estas reuniones entre el reparto original y me despiertan entre compasión y ternura. Deben de parecerse un poco a las de viejos alumnos, con sus preguntas absurdas y sus conversaciones basadas en anécdotas con las que todos ríen solo porque la perspectiva de un silencio aplastante es aún peor: “Y tú, ¿qué has estado haciendo?”, “Vaya, qué bien te queda el pelo moreno, ¡te estiliza!”, ¿"El título de mi última película? Quizá no te suene. Fue una producción bastante independiente” (un fracaso).

Me imagino al que hacía de Gordon saliendo de firmar su participación en el reboot. Coge un taxi a casa, hoy ha sido un buen día, se lo merece. "The winner takes it all" de ABBA empieza a sonar en la radio; Gordon, a llorar. Sin ninguna esperanza para el futuro, al que hacía de Gordon no le queda más que volver al pasado, en el que está tan enclaustrado que nadie lo recuerda por su nombre real, sino tan solo por su ya fantasmagórica imagen.

Por motivos similares, en los últimos meses me he despertado en más de una ocasión deseando estar todavía en el colegio, cuando la vida era más sencilla. No tengo ingresos estables, no sé cuánto durará el contrato por ETT de turno, siento que mi contrato de alquiler puede ser revocado en casi cualquier momento y que de un momento a otro sucederá alguna desgracia —mi ordenador dejará de funcionar, me entrarán a robar, me dejaré el gas encendido y volará la casa por los aires— a la que no podré hacer frente económicamente. Mi única certeza de cara al futuro es que, pase lo que pase, tendré que afrontarlo yo sola.

En este sentido, Contra el Imperio de la Nostalgia, de Jose Sanz Gallego, contiene una intuición genial. El brevísimo relato se sitúa en un futuro posible donde, a través de una Ley de Nostalgia Histórica, el Estado obtiene el control sobre los recuerdos de la población. Al vivir estos últimos completamente inmersos en un tiempo anterior, el Estado es capaz de anticiparse a sus acciones, ejerciendo un totalitarismo más que preparado para sofocar cualquier atisbo de rebelión. La única esperanza de resistencia son células terroristas compuestas por ancianos enfermos de Alzheimer.

El problema es que, precisamente por su condición, se olvidan de llevar a cabo todo plan. Escribe Sanz Gallego: “contrariamente a lo que cabría pensar, el ámbito de la nostalgia solo se ocupaba del la memoria concerniente a las emociones. Ningún sujeto entraba a valorar [...] el remanente vívido de un presente ahora pasado en el que todavía había una clara distinción entre lo que eran las horas laborales y las de ocio”. Nadie echa de menos las mejores condiciones laborales de antes, nadie las recuerda, nadie las reclama al Estado.

Pero el mayor error de la izquierda ha sido precisamente el opuesto: seguir mirando nostálgicamente a un pasado donde los preceptos y las consignas contra el capitalismo aún eran capaces de actuar. Enclaustrados en esta nostalgia de un tiempo donde aún había posibles, hemos fracaso estrepitosamente en la búsqueda de estrategias políticas para el momento actual (para ejemplo, las fotos de gatitos y el “bae Garzón”). Necesitamos volver a habitar el presente, pues solo así podremos recuperar el futuro.

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