Sexo con Baranda Pons

Baranda Pons y su primera vez en un bar swinger

"Primero llegaron dos personas. Luego fueron cinco, luego seis, luego siete".
11.1.18

Es jueves. Son las doce de la noche, tardísimo para salir, dice mi cuerpo un poco nervioso ante lo que está a punto de suceder. José Miel y yo vamos a entrar por primera vez a un bar swinger, como se les llama a esos sitios de intercambio de parejas, donde la gente va a cumplir sus fantasías. Un trío, un cuarteto lleno de tetas quizá, o por lo menos un polvo con una cara diferente a quien les acompaña desde antes que Santos subiera al poder.

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José Miel no quiere venir. Finalmente aceptó a acompañarme con la condición de que NADIE (así, en mayúsculas) se metiera entre los dos. Con dos besos acepté y nos montamos en el carro para buscar la dirección en un barrio discreto, lleno de casas.

Llegamos. En la puerta hay un portero que parece un orangután y que mira a todas partes antes de abrirnos la entrada a un local que no tiene letrero y que según Internet tiene un nombre terminado en VIP. Lo siguiente que vemos es una ventana enana, con un hombre cobrándonos a través de ella, mientras recibe nuestros abrigos. El miedo empieza a notarse en nuestras primerizas caras.

¡Pronto llegará la encargada de darles el tour! Dicen desde detrás de la ventanita.

De la absoluta oscuridad brota una mujer de 1,50 que huele a cigarrillo y que nos dice que la sigamos para conocer todas las dependencias de este club de aroma caliente y a la vez extraño. Pedimos unas cervezas en la barra, luego de pagar 30 euros por ellas, unos 105 mil pesos. La mujer camina con más ímpetu que Mary Poppins y me coge el brazo de una forma que me hace pensar que ella también ha probado de esos tríos y cuartetos. Emocionada, nos lleva a un cuarto en penumbras en el que dice que se organizan unos actos íntimos únicos.

Un trío, un cuarteto lleno de tetas quizá, o por lo menos un polvo con una cara diferente a quien les acompaña desde antes que Santos subiera al poder.

¡Cuidado con el escalón! Dice subiendo la voz. ¿Te han dicho que te pareces a Jeniffer López? Me suspira sonriente entre la música electrónica que, cuando retumba, me hace sentir latigazos de mariposas forzosas. "Y por aquí está nuestra cortina que lleva a la barra de bar más pequeña" y en donde una pareja de 60 años está pidiendo güisquis a precios escandalosos.

Nos corren la cortina y vemos una piscina azul eléctrica rodeada de camas para tirar y ser tirado. ¡Este era el epicentro del olor que mi nariz tenía rastreado y que no sabía de dónde venía! En la zona de las camas de la piscina hay dos parejas que están vestidas y hablando como si estuvieran en la sala de la finca. Aburrido el plan, pienso yo. Bajamos ahora por las escaleras y encontramos una sala oscura iluminada por luces rojas. Un señor mayor y barrigón está empezando a tocar a una mujer a la que solo le veo el trasero y que empieza a gemir mientras este le mete un dedo.

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La pareja que nos acompaña en el tour se ha contagiado por el efluvio del sexo, se encueraron y aparecieron en toalla y unas chanclas de felpa que no tengo ni idea de dónde han sacado. El tipo lleva gafas y ella, que se veía súper clásica, ya no parece clásica pero sí súper tetona. Al momento empiezan a follar en una de las camas piscineras, mientras yo le digo a mi José Miel que vayamos a pedir algo de tomar. ¿La gente que tiene gafas tira con gafas? Le pregunto mientras él se queda con cara de Laika en el Sputnik. Después de la cerveza más cara que nos hemos tomado en nuestra biografía, vemos que hay gente nueva en algunos sitios y que el único denominador común es la toalla blanca que llevan para desfilar por el antro. Arriba de esa toalla hay cuerpos esbeltos y arrugados, blancos y morenos, tatuados y con gordos. Hay más variedad que idiomas para decir te-quiero-follar.

¡Yo no quiero toalla ni esas chanclas! Le digo a José Miel mientras me desnudo a toda velocidad y me tiro en la piscina. Por supuesto mi novio, que me cuida desde antes de conocerme, me dice que necesito chanclas porque puede haber vidrios en el suelo y se va por unos minutos. Me pongo a nadar, el agua está caliente. Hay dos parejas acostadas en las camas, pero nadie ha intercambiado nada. Y nadie en el agua, como tendría que ser. De inmediato entran muchos voyeurs, como cocodrilos: quieren contemplar mi escena de casting para La laguna azul cuando en realidad estoy en un bar para tirar con desconocidos.

José Miel, cargado de toallas y chanclas blancas, sabe que le espera una noche intensa. Con algo de recelo se empelota y se mete a la piscina con la misma cara que pondría al entrar a un pozo radiactivo. Le quito la carita esa lanzándome sobre él en bolas y abriéndome de piernas frente a él. Empieza a sonar J Balvin. En dos segundos su pene se pone como un ladrillo y me trepo en toda su dureza empinada. Lo más rico de tirar en el agua es que entra facilísimo y que cualquier postura que en la vida real nos cansaría por un tema de peso, aquí la hacemos como si fuéramos patinadores de hielo encuerados, no con esas trusas a juego horripilantes. Aunque sin esas trusas, todo ese deporte sería bien porno: el chocho de ella está en las manos y en la cara de él más tiempo del que imaginamos.

Arriba de esa toalla hay cuerpos esbeltos y arrugados, blancos y morenos, tatuados y con gordos. Hay más variedad que idiomas para decir te-quiero-follar.

Yo en la piscina puedo hacer también muchas vainas extremas, ¡aunque todo me sale mucho mejor si tengo gafas de agua!

Sigo en mi perfecta unión de cuerpos con José Miel. Primero despacio y sintiendo el agua tibia entre los dos. Lo cabalgo delante de la gente y sé que mientras sigamos teniendo sexo en el agua seremos el blanco de cada mirada. Decido bajarme y ponerme de pie en el fondo de la piscina para que me folle mucho más rápido. El agua se mece con fuerza y mis tetas también. ¡Siento el agua un poco más caliente y creo que me estoy empezando a venir!

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Empieza a sonar “A mí me gustan mayores, de esos que llaman señores” y nos da un ataque de risa follar con esa banda sonora. Me giro y José Miel está súper excitado. Me lame las tetas y en ese instante mi clítoris se endurece: tengo un súper orgasmo. El pene de José Miel está listo para darme placer en otra postura. Yo ya me he corrido dos veces, aumentando el nivel de la piscina y serán algunas más.

Estoy contra la pared mientras que José Miel me va relatando lo que las parejas hacen. Unos nos miran, Baranda. Hay un tipo a tu izquierda. La mujer de allá no te quita el ojo. Porque claro, tú no puedes hacer el amor como todo el mundo, tú tienes que follar en medio de la piscina y por eso me encantas, me dice en éxtasis. Nos besamos y lo hacemos más despacito, sólo moviéndome yo a un ritmo mucho más lento que me permite abrazarlo y besarlo como si sólo lo tuviera por una noche.

De pronto lo oigo decirme algo al oído. Ojo, ojo, ojo, se ha metido el curioso en la piscina. Yo, concentrada en mi momento orgásmico, no volteo la mirada y sigo dentro de él como un monotrema.
No veo ni siento nada, cuando de pronto me dice José Miel lleno de miedo: ¡este tipo me está tocando la pierna!

¿A ti no te ha tocado?

Pues la verdad sí me había tocado el trasero, pero ni mal me pareció. Al ver que mi novio puede tener un corte sexual le retiro la mano al bañista, quien huye de inmediato. En este bar si alguien te toca o te acaricia quiere decir que quiere hacer el monotrema contigo. Si tú no haces nada, ya sabes lo que pasará; y si no te gusta o estás entregada a la pasión con otro, como lo estoy yo, pues le quitas la mano de encima sin pena.

Porque claro, tú no puedes hacer el amor como todo el mundo, tú tienes que follar en medio de la piscina y por eso me encantas, me dice en éxtasis.

Ante ese intento fallido de trío salimos del agua y nos secamos con la toalla. Yo no me quiero vestir todavía porque estoy en una arrechera de carnaval. Nos vamos a una de las camas piscineras y extendemos las toallas. Me abro de patas para que José Miel me dé el broche final con un cunnilingus extremus. Como he estado en el agua, apuesto que tendré un orgasmo aún más acuático.

Primero llegaron dos personas. Luego fueron cinco, luego seis, luego siete. Mientras mi novio me lamía y me chupaba con amor y locura, todos ellos nos rodearon en un círculo, mientras empezaban a tocarse con lentitud.

No tuvimos sexo con nadie más que nosotros, eso ya lo sabíamos antes de entrar al lugar. Pero tener sexo delante de más de 10 personas que nos deseaban y que se tocaban excitadísimos delante de nosotros fue muy interesante. Lejos de parecerme un problema o de romperme la libido a pedazos, me hizo tener un orgasmo tipo Big Bang que ni nosotros ni todos los que me vieron con la boca abierta podrán olvidar.

¡Bendito el que lo vio!