Gentrificación

Hace un año congelé un bocata del Palentino y ahora me lo he comido

Nunca llegué a probar esos bocadillos así que le dije a una amiga que me pillara uno y me lo congelara para comérmelo en el aniversario del cierre.

por Pol Rodellar
14 Marzo 2019, 4:00am

Todas las fotos por Pol Rodellar y Ana Iris

Esta es la historia. El jueves 15 de marzo de 2018 cerró el famosos bar Palentino de Madrid, uno de los últimos bastiones de la era de los negocios pregentrificación del barrio de Malasaña de Madrid. Ahí crecía como la vegetación salvaje de una selva toda esa estética que ahora vinculamos con el concepto de “bares de toda la vida”, y lo hacía humildemente y con sinceridad.

Ahí estaba esa tan adorada barra de metal, sus bocadillos de pepito de ternera de regusto peculiar (a dos euros y medio), sus bebidas baratas, sus mantelitos de papel, sus servilletas que no sirven de nada porque son como de plástico, su suelo repleto de palillos y papeles y, por supuesto, esa colmena de parroquianos que iba de los obreros de toda la vida a los chavales con riñoneras cruzadas sobre el pecho.


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O eso dicen, porque yo nunca estuve ahí y nunca pude verlo. Y eso es algo que hace que mis pelotas estallen de impotencia, porque sí, ME HABRÍA GUSTADO HABER PODIDO DISFRUTAR DEL PALENTINO. Pero soy de Barcelona y las veces que visito Madrid termino siempre en otros locales, el destino nos ha separado siempre, al El Palentino y a mí. Por eso el mismo día del cierre se me ocurrió una idea brillante, era mi última oportunidad. Contacté con mi compañera Ana Iris, de VICE Madrid, y le dije, "amiga, ¿podrías ir al Palentino, comprarme un pepito de ternera y congelarlo?". De esta forma, algún día, podría probar ese bocadillo mítico y revivir la “experiencia Palentino”; congelar ese momento y mantenerlo en suspensión hasta que un día fuera a Madrid y estuviera preparado para afrontar al Palentino.

Y al final sucedió. De hecho, sucedió justo un año después de la muerte de Casto Herrezuelo (22 de febrero), copropietario del local, el terrible acontecimiento que aceleró el cierre del Palentino y la venta del local por parte de sus herederos no continuistas. Digo acelerar porque, tristemente, Malasaña ya ha visto como se cerraban varios de sus locales míticos, como el bar Prado y el Lozano, y supongo que solo era cuestión de tiempo que viéramos cerrar el Palentino.

Palentino

En fin, el caso es que el pasado 22 de febrero me encontré en Madrid y qué mejor fecha para reivindicar y homenajear a Casto y su Palentino. El bocadillo seguía conservándose pese haber sufrido una mudanza, miradlo, así se conservó durante un año en un congelador.

Palentino

Al destaparlo descubrí aliviado que su aspecto no parecía del todo desagradable. Ahí estaba ese tercio de barra de pan cortada en dos, supongo que tan característica del Palentino. Por dos euros y medio la cantidad no estaba nada mal. Y la ternera, ¿tendría buen aspecto?

Palentino

No tenía mala pinta, el frío había hecho bien su trabajo. Me sorprendió no encontrarme un pimiento verde o algo de condimento, pero, joder, nunca me quejaré ni le pediré nada excesivo a un producto barato, esta es la primera ley del navegante de la oferta gastronómica infrabarata.

Palentino

Decidí calentar un poco al asunto en la sartén para darle ese falso toque de “recién hecho”. Al final, lo que pretendía era engañar a mi cuerpo y a mi mente para que creyera que realmente estaba en el Palentino comiéndome uno de sus bocadillos históricos.

Palentino

Pero seguía faltando algo. No podía limitarme a comerme el bocadillo del Palentino, necesitaba una "experiencia Palentino completa". Quería tomarme el pepito en una mesa de bar, joder, con su mantelito de papel, sus palillos y remojar mi gaznate con una Mahou, esa cerveza de la que los madrileños están tan orgullosos.

Palentino

Pero seguía faltando algo, cierta autenticidad. Así que decidí acercarme al local del Palentino, en la calle del Pez 8, y poner ahí mi mesa y codearme en diferido con los parroquianos del bar. Así podría ser uno de ellos, un palentinino más.

Sorprendentemente el bocadillo había mantenido su decencia e incluso estaba rico. Su sabor en lengua, tosco e intenso, me cuadraba con esa vaga idea que tenía del Palentino, todo eso del “bar de toda la vida”, a las antípodas de los bocadillos de aguacate hechos con pan de espelta y cereales.

Sentado en frente del local y bebiendo mi cerveza noté una ligera sensación de pertenencia a esa comunidad fantasma que ya nunca, por mucho que quisiéramos, volvería. ¿Era ese el auténtico sabor de los pepitos palentinescos? Eso nunca lo sabría. Había estado cerca, la experiencia rozaba la representación perfecta pero era evidente que eso no era el Palentino.

Palentino

Las cosas hay que experimentarlas vivas y no muertas. Si queremos algo —personas, objetos o espacios— tenemos que demostrarles nuestro amor mientras se mantengan en pie. Luego llegarán las lamentaciones por la pérdida, tanto por parte de los adeptos como por esas personas que se apuntan a un luto falso y oportunista esgrimido a través de las redes sociales, y esas tristezas —las sinceras y las hipócritas— se confundirá en una especie de maraña sentimental injusta.

Maldita sea, no lamentéis cierres de bares, tiendas de discos o librerías, celebrad que sigan existiendo frecuentando sus entrañas. Porque sentarse delante de sus ruinas no tiene nada que ver con experimentar su vitalidad esplendorosa.

El Palentino ha muerto pero hoy, el gastrónomo Narciso bermejo y el hostelero Martín Presumido reabren un nuevo local en el mismo emplazamiento llamado también Palentino, en una suerte de homenaje a lo que antaño fue este bar pero actualizándose en su oferta y monetización. Supongo que esto es mucho mejor que no encontrarse con un Cien Montaditos o una Sureña, aunque quizás sería más descriptivo de los oscuros tiempos que nos acechan evidenciar esta pérdida y colonizar las viejas tradiciones con las nuevas inercias del mercado, pues maquillar la gentrificación con una estética de consideración de la memoria histórica hacia un lugar que, precisamente, ha sido gentrificado, resulta tremendamente absurdo. Así que, si realmente os importan, apoyad los comercios que queráis ver abiertos en vuestras ciudades.

Sigue a Pol Rodellar en @rodellaroficial.

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