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café

Tomé café durante una semana por primera vez en mi vida

Decidí intentar reconciliarme con el café o al menos empatizar con los consumidores de café, que suponen un enorme tanto por ciento de la población mundial.

por Pol Rodellar
05 Marzo 2019, 5:00am

Todas las fotografías por VICE

El café es de mediocres, esto es indiscutible. Por un lado, de adolescentes, las personas lo consumen para intentar forzar una entrada desesperada, penosa y puramente estética hacia un mundo adulto que aún no les corresponde experimentar. Se creen que con leer el Ulises de Joyce en una cafetería y tomarse un americano ya tienen derecho a ser considerados “adultos” y formar parte de ese colectivo de gente triturada cuya existencia se reduce a producir servicios inútiles, consumir servicios inútiles e intentar tener orgasmos que no les dejen la cuenta bancaria completamente moribunda.

No, tomar café no os va a dar el placer de poder ser adultos y tener pleno derecho de pensar que el mundo es un auténtico basurero. Y está muy bien que os encante David Lynch y Jim Jarmusch y compartáis su amor por el café, pero estaría bien que hicierais las cosas porque os apetecen, no porque queráis pareceros a alguien o queráis poseer sus ideas.

Por otro lado, están todos esos perdedores que no confían en sus propias capacidades físicas e intelectuales y que, para empezar la jornada, necesitan un café porque si no esto no lo levanta nadie. Esta dependencia de un producto es lo que más lamentable me parece. Un individuo debería tener cierta autonomía y no depender de nada. Vale, para vivir hay que vestirse con ropa y ducharse de vez en cuando, pero aparte de esto, en esta sociedad, no tendría que hacer falta nada más para encauzar el día.


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Estos son, básicamente, los dos pilares sobre los cuales se sustenta mi odio hacia este producto, brebaje que únicamente he probado una vez en la vida por culpa de un intento vano para quedar bien en una cita extraña que se dio en el punto álgido de uno de mis tres periodos vitales de extrema escasez y necesidad sexual. En fin.

Pero como uno quiere mejorar en la vida y desprenderse de prejuicios y pensamientos tóxicos, decidí intentar reconciliarme con este producto o, al menos, intentar experimentarlo para alimentar y engrandecer mi empatía hacia todos los consumidores de café, que suponen un enorme tanto por ciento de la población mundial. En el fondo quería tenderle la mano al mundo.

mi primer café

PRIMER DÍA DE CAFÉ: ESTO ES UNA GRAN MIERDA

Lunes, oficina, café. El proceso habitual de un enorme sector de la población activa se me presenta como una pantomima innecesaria. No necesito café, no lo quiero, pero voy a tomármelo porque todo el mundo lo hace. Esta es la idea, seguir la corriente, ser uno más, otra persona en la Tierra.

No conozco ni los procesos ni las variedades que existen en el mundo del café mañanero pero sí que me suenan palabras como “cortado”, “café con leche” o “carajillo”, aun así soy un completo inexperto. Cada vez que estoy en una mesa de un bar y la gente empieza a pedir sus cafés personalizados me invade una enorme sensación de anarquía, pues hay demasiadas variantes: “cortado corto de leche”, “café con leche de soja”, “café solo con hielo” y un sinfín de modificaciones absurdas sobre el modelo inicial. Para no tener problemas, ese primer día me decanto por el formato más puro del café, algo que me permita conocer cara a cara a mi enemigo: el café solo.

El sabor en lengua me resulta repugnante, tremendamente amargo. De hecho, descubro que el café huele y sabe a cigarro, por lo que deja un aliento demoníaco que, más tarde descubriré, te persigue toda la mañana. La gente que toma café huele a café de la misma forma que la gente que fuma apesta a tabaco o la gente que se ha comida una polla huele a polla. ¿Me seguís? Básicamente tomar café es lo mismo que beberse un cenicero lleno de agua. Como es horrible, me cuesta unos 20 minutos terminármelo y ahí es cuando descubro que, una vez enfriado, el café es aún peor que caliente. No noto ningún tipo de lucidez mental especial pero sí que tengo la sensación de que mis huesos están temblando bajo mi piel. Tardo menos de 5 minutos en ir a cagar.

SEGUNDO DÍA DE CAFÉ: EL APRENDIZ

Al levantarme, pienso en el café y no me apetece demasiado la idea de beberme un cenicero, pero bueno, tampoco me gusta llevar calzoncillos ni ir a visitar a unos amigos que acaban de tener un bebé, pero se tiene que hacer, ¿no?

El segundo día un compañero de trabajo me hace un curso intensivo de cafetismo en el que me enseñan a hacer café, todo eso de calentar agua, echar los polvos en una especie de jarra y luego echar el agua calienta y bajar una mierda que es como un filtro. Yo pensaba que la peña se metía cápsulas de esas de Nespresso pero se ve que estas cosas son difíciles de reciclar y que es mejor hacerlo de la forma tradicional. A mí el planeta no me importa mucho pero tampoco quiero que piensen que soy un aficionado a la contaminación, así que, qué diablos, vamos a hacer café como un hippy.

Pensaba que generar café era algo mucho más complejo —al final todos tenemos en la cabeza es imagen de todas esas enormes máquinas italianas con esos silbidos que emiten y todo ese estrés de los camareros— pero realmente es una tarea absolutamente básica, lo podría hacer incluso un niño o cualquier animal con algo parecido a un brazo.

La experiencia del primer día se repite: es como beber tabaco y me genera unos ligeros temblores en el cuerpo, supongo que eso es lo que todos esos individuos llaman “ser persona” cuando dicen eso de “es que yo sin un café por la mañana no soy persona”.

mi primer café

TERCER DÍA DE CAFÉ: LA EXPERIMENTACIÓN

La vida, sin probar cosas nuevas, no tiene sentido. Están la LSD o esas enormes pollas de plástico. El límite solo es un concepto mental establecido por una casta económica que quiere convertirnos en zombis sistémicos. Es por eso que, en vez de un café solo, el tercer día me decanto por un cortado. Para los que no sepáis lo que es, se trata de un café con un poco de leche, servido en una pequeña taza. Es que ahora soy todo un connoisseur.

La verdad es que odio la leche y nunca podré superar la idea de que sea un líquido que sale del coño de los animales pero, en fin, qué le vamos a hacer. Para ocultar el sabor del láctico opto por vaciar un sobre entero de azúcar sobre mi ansiado despertador cafeínico. El resultado es aún más atroz que el estado inicial del producto. A veces, solo a veces, es mejor no hacer nada y olvidarse de todo eso de probar cosas nuevas. El cortado es una de estas cosas. Pese a todo, gracias a este experimento logro generar un sabor aún peor que el del café solo (sabor a cenicero) y creo que a partir de ahora el sabor del café me resultará mucho más agradable.

CUARTO DÍA DE CAFÉ: ESTOY EN LA ZONA

Empiezo a estar en la zona, en la zona de los cafeteros. Soy un cafetero. Me levanto por la mañana y el mundo me molesta. El puto despertador, la gente en el metro apestando y aplastándome, la calle llena de mierdas de animales y luego el ascensor de las oficina está lleno de gente y se para en cada puto piso y yo voy al último. Es todo un infierno hasta que llego a la oficina y me preparo mi cafesito.

Me gusta el ligero nervio que me genera, como que me deja en un estado similar al de haberme tomado dos cervezas, así como un poco excitado y empanado a la vez, como viendo la vida a través de un filtro de tranquilidad. Pero a diferencia de lo que dice la leyenda, no puedo concentrarme, desarrollo mucha actividad cerebral que no logro focalizar en ningún sitio. Pum, tengo ideas. Pum, miro el mail. Pim, pam, me voy al baño. Yepa, me voy a hablar con ese, me levanto a mirar por la ventana. Hago de todo pero no me concentro, soy como uno de esos adolescentes de ahora que no pueden ni estar atentos a una explicación más de dos minutos. No sé cómo la gente puede vivir así, es como tener electricidad dentro del cuerpo. Una electricidad que te nubla y te hace hacer cosas que no sirven de nada. Si viviera siempre así me volvería loco.

mi primer café

QUINTO DÍA DE CAFÉ: ARRODILLAOS ANTE EL PROFESIONAL DEL CAFÉ

A estas alturas ya me siento un profesional, ya puedo ir por la vida dando consejos sobre café a la peña. “Lo mejor es tomarlo solo y notar su amargura”. “No dejes que se enfríe, te lo digo, un café frío no vale la pena”. “Ni se te ocurra echarle azúcar, chaval”. También he descubierto que el café me ha permitido socializar. Existe una sociedad dentro de esta sociedad que engloba a los cafeteros. Tienen su jerga y sus bromas. Se levantan, comparten café, charlan y tienen su momento de tranquilidad, un momento que las empresas pagan y que los empleados que no toman café no disfrutan. Luego bajan a tomarse un café al bar mientras los que no toman café se quedan en la oficina. Señálame a un cafetero y te enseñaré a un ciudadano con privilegios.

De todos modos, sé que, inevitablemente, hoy será el último día en el que remojaré mis mañanas de oficina con este néctar. En el fondo el experimento no me ha convencido y tengo muy claro que no volveré a tomar café nunca más. Mis dos pilares de odio —adolescentes cafeteros y adultos que necesitan doparse— siguen erguidos, intactos, sin un solo rasguño; para mí, el café sigue apestando pero ahora la gente que lo toma se merece mi respeto, pues han aprendido a vivir con el cerebro lleno de explosiones y confusión, y viviendo en un mundo que ya de por sí está lleno de explosiones y confusión, esto es todo un mérito.

Sigue a Pol Rodellar en @rodellaroficial.

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