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Sexo

Cómo es que te eduquen en el género neutro

Hablamos con padres y sus hijos sobre los beneficios y los desafíos de una educación en el género neutro.

por Bo Hanna; traducido por Julia Carbonell Galindo
18 Febrero 2019, 4:45am

Foto: Amelia 

En abril de 2016, entrevisté a dos madres (una de las cuales se considera agénero) que estaban educando a su hija en el género neutro. Según ellas, puede resultar liberador no tener expectativas sociales de los niños basándose en su sexo. Sin embargo, mucha gente consideró que su decisión era una forma de adoctrinamiento antinatural. Argumentaban que entre hombres y mujeres hay una diferencia biológica y que no se debería engañar a los niños haciéndoles creer que pueden elegir. No es de extrañar que mi artículo inspirara comentarios de este estilo: “Esto es maltrato infantil moderno” u “Otra madre egoísta proyectando sus problemas de identidad en una niña”.

Sin embargo, solo en estos último tres años han cambiado muchas cosas: la sociedad es mucho más consciente de cómo los estereotipos de género impuestos por la sociedad pueden afectar negativamente a los niños. Los pronombres y los baños públicos de género neutro van en aumento, ya hay dos colegios de género neutro en Suecia y cada vez hay más colegios en el Reino Unido que apuestan por uniformes de género neutro. Un estudio de 2017 encontró una conexión entre los estereotipos de género impuestos y los riesgos para la salud física y mental.


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Por eso quise contactar con Dani, una de las madres que aparecieron en mi primer artículo, para descubrir si la gente se ha vuelto más tolerante en lo que respecta a su estilo de educación desde la última vez que hablamos. “La gente sigue pensando que estamos maltratando a nuestra hija, pero en realidad lo único que estamos haciendo es permitir que nuestra hija Mathilda, que ahora tiene 8 años, experimente y descubra lo que le gusta hacer, ya sea bailar, jugar al fútbol, ver My Little Pony o Batman. Nos limitamos a no prohibirle algo porque sea ‘para niños’. No exige tener ningún tipo de conocimiento ni de pensamiento abstracto y yo creo que todos los padres deberían hacerlo”. Dani me explicó que Mathilda no está confundida con su propia identidad de género. “Es una niña y es lo que afirma ser, pero le gustan cosas que, según nuestra sociedad, ‘son de niños’. Y ya está”.

Ese es un punto que es importante destacar. Mathilda, por quien los detractores de la educación en el género neutro afirman estar tan preocupados, no está confundida. Con demasiada frecuencia, la discusión gira en torno a las madres y a su decisión en vez de a lo que dicen los niños de sí mismos. Por eso contacté con Amelia, de 24 años, y con su madre, Evelijn, de 52, así como con Cearrah, una madre de 28 años que encontré a través de un grupo de Facebook para “padres que quieren educar a sus hijos en un entorno de género neutro”. Por último hablé con Ben Kenward, profesor de Psicología en la Oxford Brookes Univeristy, que participó en una investigación que comparaba a niños que iban a una escuela de género neutro con niños que iban a una escuela tradicional en Suecia.

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Evelijn con su familia. Foto: Evelijn

Cearrah y su hijo de 8 años viven en una pequeña ciudad al oeste de Nueva York. “No es fácil educar a un niño de esta manera en la ciudad donde vivo”, me escribió por correo electrónico. “El año pasado, cuando mi hijo se cambió de colegio, fue la primera vez que los profesores no intentaron convencerme de que los niños no pueden llevar vestidos a clase. Ha tenido profesores que le intentaban convencer para que se quitara la ropa ‘de chica’ en el colegio cuando llegaba y un orientador me dijo que ignorara el bullying que le hacían porque soportarlo le haría más hombre”.

Se dice que los padres como Cearrah obligan a sus hijos a adoptar un tipo de identidad, pero ella afirma que es todo lo contrario. “La mayoría de la gente no entiende que no soy una radical que impone sus ideas a su hijo. Lo único que quiero es que sea feliz y que se sienta cómodo siendo él mismo”.

Al igual que pasaba con Mathilda, Cearrah me contó que su hijo nunca se ha sentido confundido sobre su identidad. “Mi hijo sigue identificándose como hombre y prefiere el pronombre ‘él’”, escribió. “Pero no se ofende si algún desconocido utiliza el femenino. Algunas veces lo deja pasar y otras les corrige. Hemos hablado mucho sobre el tema y sabe que puede elegir. Hubo una temporada que consideró usar terminología neutra, pero me dijo: “No siento que sea para mí”.

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El hijo de Cearrah. Foto: Cearrah

Evelijn es una dramaterapeuta holandesa especializada en problemas del colectivo LGBTI y madre de un hijo que se identifica como no binario y de dos hijos que se identifican como hombres. También tiene una hija, Amelia. Conocí a Evelijn y a Amelia a través de Radiant Love, un club nocturno de Berlín y un colectivo que lucha por la “inclusividad en la música electrónica, las artes y el espectáculo”. Evelijn trabaja en la puerta, recogiendo las entradas en los eventos. “Siempre he estado rodeada de gente queer”, comentó. “Me crié en una familia progresista; mi abuela era feminista. Por eso siempre me he sentido libre con mi sexualidad y la expresión de género. Nunca he creído en la construcción social y cultural de género y dejo que mis hijos se sientan libres para ser quienes son de verdad”.

A diferencia de Evelijn, Cearrah me explicó que al principio ella sí impuso estereotipos de hombre a su hijo, pero al final se dio cuenta de que esa forma de educar no era la que él necesitaba. “Me limité a comprar ropa y juguetes que encajaban en los estereotipos de chico hasta que cumplió los 18 meses y empezó a preferir los vestidos y la purpurina”, me contó.

“Al principio no sabía nada de niños de género no convencional y pensaba que a mi hijo le pasaba algo. Le obligué a usar lo que la sociedad me había enseñado que era ropa y juguetes adecuados para niños. No sé si alguna vez habéis visto a un niño pequeño deprimido, pero fue descorazonador. Empecé a leer un blog, Raising My Rainbow (Educar a mi Arcoíris) y me ayudó a entender a mi hijo y a dejar de hacerle daño. Desde ese día, mi hijo lleva las riendas y es uno de los niños más felices que conozco”.

Evelijn no cree que la gente entienda de verdad lo que es la educación en el género neutro. “Nunca usé terminología neutra ni negué el género que se les había asignado a mis hijos” “La forma más sencilla con la que luché contra el patriarcado fue no diciéndole nunca a mi hija que fuera una buena chicha ni a mis hijos que se comportaran como hombres. Dejé que mis hijos expresaran todo el espectro de emociones y que jugaran con lo que más les gustara. El azul y el rosa eran dos colores más para nosotros, no iban asociados a un género en concreto. Cada vez que hablaba con mis hijos del futuro, usaba el término “pareja” para dejar claro que no tenía ningún tipo de expectativas respecto al sexo de la persona con la que decidieran estar en el futuro.

Cuando le pregunté a Dani qué tal estaba Mathilda, me contó que cada vez estaba más influenciada por lo que ve en la tele y por otra gente. “A mi hija le han dicho que siga ‘el camino rosa’”, me contó Dani. “Solo tiene 8 años y aunque conoce el concepto de generismo, a veces acaba cayendo en el pensamiento cerrado. Cuando eso ocurre, hablamos del tema”.

Según va creciendo su hijo, Cearrah va descubriendo que cada vez es más capaz de expresar sus sentimientos con palabras. “Ha mejorado mucho a la hora de hablar de sus diferencias con sus compañeros y les corrige basándose en hechos, sin asumir que todo el mundo le está cuestionando de mala manera”.

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Foto: Amelia

Amelia es una artista de performance de Berlín. Le pregunté cómo era que te eduquen en el género neutro. “Cada día, los niños del colegio me decían cosas como: ‘No puedes hacer eso porque eres una chica’, pero eso sacaba mi vena rebelde y respondía que podía hacerlo, sin lugar a duda”. Cuando le pregunté si se había sentido confundida o si los mensajes contradictorios que le daban en casa y en el colegio la afectaban, me explicó que claro que notaba que la forma en la que la habían educado y lo que la sociedad esperaba de ella chocaban.

“Jugaba tanto con chicos como con chicas, pero recuerdo que un grupo de chicos me dijo que no podía jugar con ellos y que me tenía que ir porque querían intimidad, algo que para mí no tenía ningún sentido”, me contó. “Tampoco entendía por qué mi profesor hacía los equipos en clase de Educación Física basándose en nuestro sexo”. Según Amelia, incluso los adultos la atacaban. “Los padres iban a decirle a mi madre que yo era una promiscua porque quería jugar con sus hijos”, me dijo. “Una vez, otra madre y mi profesor de Educación Física me dijeron que mi madre debería comprarme un sujetador porque resultaba inapropiado en una clase mixta. Siempre tenía la sensación de que los adultos estaban creando cierta separación entre chicos y chicas y, al final, algunos niños llegaban incluso a tener miedo de interactuar con el sexo opuesto”.

Mathilda también era muy consciente de que se separaba a niños y niñas muy a menudo. “Cuando se percata de que la ropa en las tiendas está clasificada por género, les explica a sus compañeros que todo el mundo puede llevar todos los colores y que los chicos también pueden llevar rosa”, apuntó Dani. “Se enfada mucho si los chicos no la dejan jugar al fútbol con ellos; les dice que ser una chica no le impide hacer lo que hace”.

Mientras tanto, aunque el hijo de Cearrah cada vez es más consciente de las elecciones de género que toma, su madre sabe que sus amigos influyen en él. “Normalmente, cuando juega, prefiere las muñecas, pero si está en casa de un amigo, se lo piensa y escoge los “juguetes de chico”, me contó Cearrah. “Sin embargo, si está con la familia más allegada, no se lo piensa dos veces a la hora de mirar vestidos, por ejemplo. Pero me he dado cuenta de que si está con sus compañeros o con otros miembros de la familia, se lo piensa demasiado y le preocupa no tomar la decisión que los demás consideran correcta”.

El hijo mayor de Evelijn sufrió bullying, algo que no solo le afectó a él, sino también a sus hermanos. “Solo tenía amigas chicas y le consideraban ‘metrosexual’, que es lo que se decía por aquel entonces. Eso hizo que sus hermanos aprendieran a no comportarse como él, porque tenían miedo a las consecuencias”.

Aunque a Amelia también le hicieron bullying, tuvo una infancia feliz. “Si tuviera que elegir entre la realidad (las normas sociales de género) o mi propia educación, me quedo con la segunda opción”, me dijo. “Me siento muy privilegiada por haber nacido en esta casa, porque me siento muy libre y para mí el género no es nada”.

La experiencia de Amelia está respaldada por investigaciones. Según un estudio de 2017, los niños que acudían a una guardería de género neutro en Suecia obtuvieron una menor puntuación en la escala de medida de los estereotipos de género y estaban más dispuestos a jugar con niños del otro género a los que no conocían.

Ben Kenward era uno de los investigadores de ese estudio. Este psicólogo británico me contó que los resultados no le sorprendían. “La influencia de la sociedad es muy fuerte, pero crecer en entornos de género neutro tiene sus ventajas”, afirmó. Cuando le pregunté si resulta confuso crecer entre dos realidades diferentes, me explicó basándose en su estudio que los niños que se educan en un entorno de género neutro no están más confusos que los que crecen en un entorno tradicional. “No es menos probable que perciban el género de una persona, simplemente obtienen menos puntuación en la escala de medida de los estereotipos de género”, aclaró.

Queda claro que una educación en el género neutro puede tener consecuencias, pero según Dani, su estilo educativo no ha hecho que su hija se pierda nada, más bien lo contrario. “Ha ido con chicas a escalar o a montar en scooter y con chicos a correr por ahí o a jugar al fútbol”, me contó Dani. “A mi hija le importa más a qué se está jugando que quién está jugando”.

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