Ediciones VICE

‘Los Sims’ durante la cuarentena es mucho mejor que Tinder

La realidad es una mierda, así que voy a empezar a hablar simlish y a gastar simoleones.
7.4.20
coronavirus SIMS
Imagen de la autora

Estaba yo aburrida, mirando el móvil durante el primer fin de semana de cuarentena en París, cuando un anuncio de Facebook me llamó la atención. “Crea tu propio mundo con Los Sims 4: ¡75 por ciento de descuento solo durante un periodo limitado!”. La verdad es que me había olvidado de aquel juego de simulación tan adictivo que tanto me gustaba durante el instituto. Recuerdo que podía pasarme horas construyendo casas horribles e intentando aprender a hablar simlish, el idioma sin sentido que hablan los Sims. Movida por la nostalgia, decidí descargarme el juego. Fue como comprar un paquete de tabaco veinte años después de haber dejado de fumar.

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De pequeña, los Sims me permitían imaginarme cómo sería de mayor. En este juego, puedes controlar un avatar a lo largo de una simulación de su vida. Podía tenerlo todo: la carrera profesional perfecta, una casa con su jardín y su vallita, un marido fiel, hijos, un perro y un gato. Como estaba obligada a quedarme en casa, me pareció buena idea recrear mi vida y vivirla.

Estuve una hora creando una Sim que se pareciera a mí y vistiera como yo. Luego hice un test a partir del cual se generarían los rasgos de personalidad y las aspiraciones de mi alter ego. Cuando vi el resultado, no sabía si reír o llorar: la Chloé Sim no era periodista, sino “humorista venida a menos”. Y era muy snob o, como el juego decía, una Sim que “no tiene tiempo para las cosas de poca calidad”. “Le aburren los programas de televisión para incultos y se crece cuando está entre otros Sims snobs”. Podía identificarme con ella.

A continuación, me compré una modesta casa en Willow Creek por 15 000 simoleones, una compra de lo más interesante para una inquilina parisina. Luego compré un ordenador y un micrófono para trabajar como humorista. Pasaron una o dos horas y Chloé Sim estaba sola, hablándole a un micro en su sala de estar virtual, con la vejiga llena y el estómago vacío. La escena resultaba tristísima. Entonces, empezó a dar sacudidas y a pedir a su creadora (yo) que pusiera fin al monólogo y la dejara ir al lavabo.

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En ese momento, yo, la Chloé de verdad, me di cuenta de que llevaba ya cinco horas jugando. Cinco horas sin ir al baño, ni comer ni beber, aunque también sin pensar en el coronavirus ni en la ansiedad que provoca saber que estás encerrada en casa. Muerta de ganas por compartir mis aventuras virtuales, hice una publicación en Instagram. La sensación de validación que tuve en las respuestas de los amigos que recordaban con cariño el juego evitaron que me sintiera fatal por haberme pasado tanto rato con él.

Al día siguiente, empecé a perder la paciencia: Chloé Sim no ganaba lo suficiente con su trabajo de mierda para mantener su tren de vida tan snob. Entonces, recordé que antes, si pulsabas Ctrl+Mayúsculas+C, se activaban los trucos, y descubrí, para mi grata sorpresa, que seguían funcionando. Cada vez que usaba esa combinación de teclas, mi cuenta bancaria se llenaba de simoleones por arte de magia, sin necesidad de trabajar para ganarlos. Era rica… Bueno, mi Sim lo era. Me prometí a mí misma que no jugaría durante más de una hora, pero sin darme cuenta llevaba ya tres horas reformando por completo mi humilde morada. Escogí suelos de parqué de madera clara y paredes de ladrillo rojo visto, y decoré las habitaciones con cactus y velas. También le di a Chloé el mejor frigorífico y la mejor cama que los simoleones pudieran comprar. Tal vez ahora se espabilaría y empezaría a triunfar en la vida.

Al cabo de unas horas, mis esfuerzos empezaron a dar su fruto. Chloé Sim acudió a fiestas e hizo nuevos amigos. Mientras, en el mundo real, yo había pasado las horas muertas conectada a Tinder, aguantando los inicios de conversación basados en el coronavirus más cutres imaginables (“¡Espero que tengas la despensa bien llena de pasta!” o “Puede que tú seas mi último match antes del fin del mundo”). Como parecía que Chloé Sim tenía más éxito, volví a su mundo y me presenté al primer Sim que pasaba por ahí.

Florent no era para nada mi tipo: llevaba un bigote que me ponía nerviosa y un chaleco horrible con los colores del arcoíris. Pero cuanto más tiempo pasaba hablando con ese idiota, más aumentarían mi seguridad y carisma en el juego. Probé varios de mis chistes con él y luego fui directa al grano y le pregunté si estaba soltero. También le informé de que quería bailar y hacer un pastel de chocolate con él, todo esto mientras lleva puesta únicamente la ropa interior. Bien, pues pese a todo esto y para sorpresa de nadie, Florent se largó.

Decepcionada, esa noche llamé a mi mejor amigo en la vida real, Alban, y me puse a despotricar sobre Florent. Madre mía, estaba hablando de la vida de mi Sim como si fuera la mía. “Oye”, me dijo Alban, “pues creo que el juego te está yendo bien. Te mantiene ocupada”. Y tenía razón. Dejé de sentirme culpable y me entregué al juego.

A pesar de cómo fue nuestro primer encuentro, acabé teniendo una cita con Florent y nos besamos. Lo invité a casa y nos liamos en mi lujosa cama. Me quedé embarazada. Después de la boda, pude controlar literalmente a Florent y por fin tuve la posibilidad de quitarle ese horrible chaleco y ponerle una camisa a cuadros preciosa y una poblada barba. Ampliamos la casa y di a luz a gemelos. No va a ser fácil cuidar de cuatro Sims, pero por ahora toda la familia sonríe. Y yo también.

Este artículo se publicó originalmente en VICE Francia.