magia

Intenté varios hechizos de magia blanca para mejorar mi vida y salió regular

En el fondo hacer magia es hacer algo, y hacer algo siempre tiene un sentido.
28 Abril 2020, 4:03am
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Todas las fotografías por la autora

Sería deshonesto no empezar esta historia contando que ya había hecho magia anteriormente: cuando era adolescente me fui con una amiga a un parque –en las recomendaciones del hechizo advertían que su potencia aumentaría al aire libre– a meter diversas cosas olorosas en un frasco de cristal. Todo es algo difuso en mi cabeza, no recuerdo lugar exacto, ni la edad que teníamos ni si hacía frío o calor, pero lo que es seguro es que se trataba de un conjuro de amor porque también metimos en ese potingue una foto de un chico. Al haber puesto alcohol en la mezcla, su cara quedó totalmente desfigurada a los pocos días.

Eso lo sé porque aunque he olvidado quién fue el afortunado en recibir el embrujo de amor –de verdad, lo juro– tuve aquel bote mucho tiempo después rondando por mi habitación. Para mi, el significado de ese amasijo de flores, hojas y líquido marrón era que me daba suerte y además me recordaba a mi amiga. Me deshice del bote en cualquier arrebato de tirar cosas, pero nosotras seguimos siendo amigas. "Make it last forever, friendship never ends" que cantaban las Spice.



Lo que venía a decir con todo esto es que la magia funciona. Al menos en algún sentido. Es decir, hacer magia es hacer algo, y hacer algo siempre tiene un sentido. Por ejemplo, pasar el rato durante la cuarentena, abrir un tema de conversación en el grupo de WhatsApp de tus amigas o escribir un texto sobre que has hecho magia en casa. También lo es querer conseguir lo que te propongas, ver el futuro o luchar para que se rompa la relación de tu crush con su novio.

Aunque para esto último no valdría el tipo de magia que yo he tratado de poner en marcha en casa: la magia blanca es siempre benévola, nos ayuda a mejorar o a ayudar a los demás, pero no se puede dañar a nadie, ni afectarle negativamente. No, ni siquiera un poquito. No, ni siquiera a Jon Kortajarena.

No voy a ir de moralista. Claro que a mi también me atrae la idea de sacrificar animales salvajes y montar rituales con la sangre de mi regla a la luz de la luna llena para acabar con el patriarcado. Pero es que eso está prohibido durante una pandemia, nada de aquelarres, aunque no esté especificado en el Estado de Alarma. Descarto esta idea porque no quiero problemas con la ley, pero también para dejar atrás la imagen de la bruja maléfica: cambio la magia oscura por la luminosa, la escoba por flores secas de lavanda y el gato negro por un animal rubio y algo enfermo llamado Teo. Osea, mi perro. Las brujas del S.XXI somos obedientes y algo precarias: qué le vamos a hacer si nuestro modelo fue Hermione Granger.

Elijo como manual de iniciación El libro de la magia blanca, de Tania Berta Judith, que en su subtítulo especifica que se trata de “un manual de hechizos para hacer de tu vida algo mejor”. Mejorar y no odiar será mi nuevo lema, al menos durante esta tarde. Le doy al play a la banda sonora de Harry Potter y ya estoy convencida de que todo es posible.

Todo menos bajar a la calle a por ingredientes para hacer magia blanca, así que voy pasando las páginas hasta dar con pociones o trucos que más o menos pueda ejecutar con lo que ya tengo en los armarios. ¿Un jarrón de arcilla para acabar con aquello que nos molesta en la vida? Podría haber sido la salvación al virus pero no caerá esa breva.

Desafiando lo que ya tiene pinta de conspiración contra la magia blanca, mi primer intento es un hechizo para confiar en mi misma. “Nada mejor para empezar”, pienso. Los materiales que se precisan según el libro son alcohol de 96º, un frasco de cristal, pétalos de geranio, una rama de vainilla y granos de pimienta negra. Bien, no tengo ninguna de estas cosas, cero.

Pero tengo cosas que se le parecen. Confío en mi misma ya de antemano, anticipando los efectos del hechizo, porque como es bien sabido por todos la actitud es lo más importante a la hora de enfrentar un reto. También es bien sabido por todos que quien dijo esto nos engañó con su discurso barato sobre la meritocracia, pero yo no he venido a hablar de eso. Empecemos, pues.

Siguiendo rigurosamente las instrucciones del manual, echo los granos de pimienta y los pétalos de geranio en un mortero y los aplasto. O lo que es lo mismo, cojo el bote de cinco pimientas marca Dani del estante de la cocina y vuelco parte del contenido en un cuenco de cristal junto con las únicas flores que tengo por casa: lavanda seca. Como resultará obvio a estas alturas, en mi despensa tampoco tengo la vainilla en rama que se exige añadir a este guiso.

Con el visto bueno de Teo, que aprueba todas mis decisiones siempre que impliquen manipular comida delante suyo, me la juego y decido cortar a cachos unos espaguetis, que si bien en sabor no tienen absolutamente nada que ver, pienso que si los miras desde lejos pueden dar el pego.

Por si alguien se ha perdido en este intercambio, mi lógica es que tanto los espaguetis como la vainilla en rama tienen forma alargada. Me basta y me sobra.

Mi imaginación iba viento en popa pero el hechizo no tanto. Según el libro, la mezcla de productos debía convertirse rápidamente en una “pasta”, pero con mis ingredientes la cosa estaba difícil. Aplasto y aplasto y aplasto, y solo consigo que salgan disparados algunos cachos de espaguetis pimentados. Teo está contento y yo estoy contenta: por lo menos me ahorraré su merienda.

Me resigno a no conseguir la “pasta” y lo vierto todo en un bote, sin el embudo, claro. A falta de alcohol de 96º, cubro el desastre con agua micelar porque es el único líquido transparente que tengo en casa, y para que todo esto no sea tan decadente –o para que lo sea mucho más– le pongo un chorrito de ginebra rosa al asunto –el asunto es un hechizo, no lo olvidemos– que aunque solo tiene 42º le da un toque de color. Además, la ginebra es como un jersey negro, pega con todo, a vosotras os lo voy a contar.

El siguiente paso consiste en dejar madurar el líquido resultante durante 15 días y es justo aquí donde termina esta triste historia. El libro comienza a referirse a la mezcla con la palabra “perfume” y esto ya son palabras mayores. No pienso echarme espaguetis remojados en ginebra todas las mañana por mucho que esto aumente la confianza en mí misma, pero al tomar esta decisión ya me siento fuerte y segura, confío en mi misma. Sentido encontrado, logro existencial desbloqueado. Mi perro y yo estamos listos para el siguiente hechizo.

Pasando las páginas del libro veo que hay algo que no he hecho del todo mal: la lavanda es una de las elegidas dentro del apartado “plantas y sus usos mágicos”. La intuición no me falla, la magia sigue. Una frase hecha que toma algo más de significado cuando aparece ante mi vista una bolsa de garbanzos crudos, el único ingrediente necesario para otro truco de magia blanca.

En este caso se trata de crear un cojín aromático que ofrece como beneficios un pack de lo más sugerente: ayuda a relajarse, calma dolores y ofrece la energía de la planta que uses. Mi querida lavanda, cuéntame qué vas a darme: “cuando te sientas agobiada, huele durante un rato su fragancia: te relajará y aclarará tus ideas. También buenísima contra los dolores de cabeza. ¡Un manojito ahuyentará a la polilla de tu despensa y tu armario!”.

Probablemente estéis pensando que este hechizo se parece mucho a esos cojines que venden en el Tiger: un minuto de calor y listos para calentar unos ovarios doloridos por la menstruación. Y sí, quizá tirar de ocultismo, rellenando cojines de garbanzos y lavanda, es demasiado trajín para algo que puedes conseguir por menos de tres euros. Pero cuando vosotras os preguntáis: “¿este hechizo consiste únicamente en cubrir de palabras agradables un objeto que ya está entre nosotras?”, yo os contesto: “¿o es que convivimos entre magia constantemente pero somos solo unos muggles irrelevantes?”. En cualquier caso, las tiendas están cerradas durante la cuarentena y yo tenía que hacer algo con estos garbanzos que no pienso comerme. Llámalo taumaturgia, llámalo aburrimiento: mejor esto que discutir con tu pareja porque no ha fregado bien la sartén.

Después de contestar vuestros reproches imaginarios, sigo con mis labores. Descoso un cojín por un lado tal y, tal como indica el libro, meto dentro los garbanzos y un poco de lavanda. Teo inspecciona el contenido, se agencia unos garbanzos que tengo que quitarle de la boca, me da el visto bueno y vuelvo a coser el cojín. Pero esta vez no hace falta dejar pasar unos días, ya tengo mi cojín embrujado.

Mi cojín del bienestar. Mi cojín energético. Mi cojín relajante. Mi cojín con bolitas dentro. Que no puedo usar porque no cabe en el microondas tal y como dice el libro que hay que hacer. Que no me calienta. Que era mi cojín bueno y ahora es un instrumento de tortura. Mi cojín roto. Mi cojín incómodo. Mi cojín de quiero llorar. Mi cojín de “a lo mejor era preferible aburrirse”.

Como he perdido mi confianza en mis capacidades como bruja y, la verdad, no quiero romper nada más, me voy directa al apartado del libro en el que se explican técnicas para conocer el futuro. Cosas fáciles, solo pido eso. Y por suerte encuentro algo aparentemente sencillo: leer el futuro en los posos del té. Tengo té verde –el recomendado para dicha actividad–, una taza y una jarra para hervir el agua. Empezamos bien y, visto lo visto, eso ya es mucho decir.

Vale, no. Me doy cuenta que al lado de té verde pone “a granel”. Hay gente que ha decidido ir marcha atrás en el tiempo, renunciar el progreso y dejar de consumir el té en cómodas bolsitas individuales y yo no soy de esa gente: compro Hornimans de sabores, en este caso té verde con un “toque de limón”. No estoy ahora como para indagar mucho más en el tema y rompo la bolsita. Todo parece suficientemente natural en las hierbas que veo al fondo y me reafirmo en mi consumo de té industrializado. Siguiendo las instrucciones, añado una cucharada pequeña y agua hirviendo encima. Lo dejo reposar dos minutos y solo queda lo mas difícil: bebérselo a pelo, nada de colarlo.

Esta parte resulta poco agradable, pero no me queda otra que ser obediente esta vez. Luego hay que poner la taza boca abajo sobre el plato y a continuación voltearla y girarla sobre si misma tres veces. Así lo hago: hierbas en la taza, hierbas en el plato, hierbas en mi cuerpo. Soy una vaca rumiante a punto de descubrir su futuro.

Pero aún queda lo más difícil, lo de interpretar este revoltijo corre de mi parte. “La lectura se hace de presente a futuro, desde el asa, en el borde, y siguiendo en espiral hasta el centro, que te mostrará las zonas más lejanas en el tiempo. Al principio puede ser difícil. No desesperes”. La verdad es que no siento desesperación, pero tampoco siento nada más.

Aunque la receta advierte que “la respuesta está en tu interior”, al menos ofrece una pequeña guía con dibujos para los que sacabamos un “necesita mejorar” en los test de visión espacial del colegio. Me atengo a ella estrictamente y lo primero que me encuentro arriba de la taza son hileras de posos de té que caen hacia abajo. Jamás diría que esto que veo son espadas, pero aún menos diría que esto que veo se parece a ninguno de los otros dibujos de la página. Magia por descarte. Las espadas indican discusiones y están en la zona de mi presente. Verdad. Todo encaja, al fin.

Sigo mirando la taza durante un rato, un largo rato. No se si siento mareo o asco porque la imagen que tengo ante mi parece un hormiguero. Me parece visualizar algo así como un árbol en la zona media sobre mi futuro inmediato y veo que significa prosperidad ¡Pues venga!

Para analizar el fondo de la taza y por consiguiente mi futuro a largo plazo, cambio de estrategia y busco entre los posos la figura que quiero que aparezca. Siempre he estado a favor de la ley de atracción. Necesito un castillo con sus torrecitas que me indique “Fortuna inesperada”: otra vez ansiando ser una princesa a la espera de un próspero porvenir. Lo que no quiero ver que aquí lo único que se divisa son unas nubes, esponjosas y grandes, que según el libro significan “Problemas”. Así, con mayúsculas. Pro-ble-mas. No especifica el tiempo aproximado que tardan en aparecer pero la advertencia está ahí: los posos se están petrificando y te va a costar limpiar esta taza.

Como todo al que la magia le dice cosas que no quiere oir, no me conformo con “Problemas” como pronóstico final. Cómo voy a aceptarlo si puedo desacreditar toda esta palabrería visitando algunas páginas webs que me digan lo contrario. La primera web advierte que solo vale con té negro, no me sirve; la segunda que nada de té que haya salido de bolsitas, tampoco me sirve; en la tercera no especifica detalles y pone que unas nubes significan: “periodo de grandes dudas”. No es gran cosa, vale, pero suena mejor que “Problemas”. Dudas tengo, dudas tenemos todas. Sobre todo al leer los posos de té. Pero al menos no utilizan mayúsculas para asustarme. La taza se limpia perfectamente, ningún problema.

@Berta_Gomez

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