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relaciones

Historias de personas que encontraron el amor en el transporte público

Si dejas de mirarte los pies, quizás conozcas a la persona de tus sueños.

por Nana Baah
14 Febrero 2020, 9:51am

Foto: Emily Bowler

Justin Bieber acababa de lanzar su álbum Purpose. Yo me dirigía a la universidad en tren, escuchándolo por segunda vez, cuando un hombre me quitó un auricular. “¿Me das tu número?”, me preguntó. Yo entré en pánico y le dije, mintiendo, que tenía novio. Por razones que desconozco, me preguntó el nombre de mi novio. Los dos nos quedamos un rato en silencio. Solo se oía el chirrido del tren de la línea de Bakerloo y “What do you mean?” saliendo por el auricular. Miré mi móvil. “Justin”, contesté. Sus ojos se clavaron en mi móvil y en mi sonrisa nerviosa. Volvió a concentrarse en su libro.

Después de aquello, me compré unos auriculares de diadema y pensé que ligar en el transporte público debería ser ilegal.



A mucha otra gente, no obstante, parece gustarle la idea de conocer al amor de su vida en el autobús 12. Según una encuesta sobre citas llevada a cabo en 2019 por Fullscreen, más del 76 por ciento de los entrevistados de entre 18 y 34 años prefiere conocer a alguien en persona, en vez de a través de aplicaciones. El año pasado, el Telegraph puso el transporte público a la cabeza de la lista de los mejores lugares para conocer mujeres. (En la lista también se incluyen las “fiestas de las feromonas”, así que lo mejor es no fiarnos demasiado).

A Henry, un londinense de 26 años, no le gustan las aplicaciones de citas, pero a menudo tira fichas en el transporte público. “No uso aplicaciones ni nada de eso y, a decir verdad, preferiría conocer a alguien en el transporte público que en internet”, me dice. “Pero muchas veces he cruzado la mirada con alguien, no he dicho nada, y luego me he arrepentido”.

Le pregunto a Henry si tiene algún consejo para entrarle a alguien en el tren. “Me gusta que sea sutil, para que no piense que estoy metiendo ficha”, dice. “El mejor rompehielos es cuando preguntas por algo que está pasando: un retraso, direcciones o alguien que está en el mismo vagón. Pero cuando se baja, o te tienes que bajar tú, tienes que ir al grano. No hay tiempo para la timidez ni nada de eso porque el tiempo que tienes con esa persona es limitado. Es ahora o nunca. Yo diría: ‘Te sigo en Instagram’ o ‘podríamos quedar para tomar algo’”.

Martyna, otra londinense de 21 años, también cree que ligar en el transporte público es cuestión de aprovechar la oportunidad. El año pasado, cuando empezó a echarse miraditas con otro hombre en el metro, acabaron yendo al cine esa misma tarde. “Nos miramos en el metro, entre el pelotón de gente que hay a hora punta. Intenté leer para distraerme y no parecer rara”, dice. “Seguimos mirándonos. Yo estaba nerviosa. Hay un gran paso entre sonreírle a alguien y hablar con él. Me alegro de que él dijera algo porque no sé si yo lo hubiera hecho”.

"Le pregunté si quería quedar para un café. Me miró como si le estuviera pidiendo que me vendiera un órgano"

Francisca, sin embargo, decidió dar el primer paso con un hombre que había visto en el tren. “Iba en el tren y se subió un hombre”, cuenta la joven de 21 años. “En seguida escribí a una amiga diciendo: “Qué hombre más guapo acaba de sentarse a mi lado” y me respondió: “Dile algo”.

A pesar de que intercambiamos datos de contacto, la cosa no salió del todo bien. “Tras tres citas, me estuvo ignorando una semana y luego dijo que no había olvidado a su ex. Sé de hecho que no le gustó que yo pagara en la primera cita”, dice Francisca. “Me minó la confianza. Pero quizás no quiero conocer a un completo extraño sino a alguien que tenga más en común conmigo”. Dice que nunca volvería a intentar conocer a alguien en público.

El riesgo de que te rechacen en un lugar público es probablemente lo más estresante de acercarte a alguien mientras viajas. Es lo que vivió Amber*, de 27 años. Todos los días, veía al mismo hombre en el metro de camino a la universidad. Un día, le hizo un cumplido sobre sus tatuajes y, a la semana siguiente, sobre sus zapatillas. Fue entonces cuando él le hizo un cumplido sobre su mochila. Animada por sus amigas, lo intentó. “Al martes siguiente, le pregunté si quería quedar para un café. Me miró como si le estuviera pidiendo que me vendiera un órgano. El pánico y el terror en su cara todavía me hace avergonzarme”.

Al igual que Francisca, Amber dice que nunca volvería a hacerlo. “No es una historia que haya superado”, dice. “Los siguientes cuatro meses, me quedaba 30 minutos más en la universidad para coger el siguiente tren y no encontrarme con él. ¡A mí siempre me lo han pedido los chicos! Como nos conocimos en el andén de la estación, pensé que él no sabría que me gustaba. Es un lugar poco convencional, así que dije: ‘¿por qué no se lo pido yo?’”.

“Los siguientes cuatro meses, me quedaba 30 minutos más en la universidad para coger el siguiente tren y no encontrarme con él"

Hasta ahora, ninguna de las personas con las que he hablado y que han intercambiado números en el transporte público con alguien ha acabado teniendo una relación que durara más de un par de citas. Algo que quizás no es tan sorprendente, puesto que no es un lugar normal para ligar. Según un estudio estadounidense de 2017, en la última década, frente a el 19 por ciento de parejas que se habían conocido a través de aplicaciones, solo un 2 por ciento se había conocido en lugares públicos. Pero entonces conocí a B, que dice que conoció a su novia en el metro de Nueva York.

Hace tres años, B de 31 años, estaba teniendo un viaje con LSD y en el metro que va desde Coney Island a Union Square, cuando conoció a la que sería su novia.

La describe como distante al principio, pero dice: “Yo habría hablado con ella igualmente [aunque no hubiera estado colocado] y habría sido más fácil probablemente. Me gusta currármelo. Comencé hablando con su amiga, que era habladora por naturaleza. Para conseguir hablar con mi novia, me puse a su lado, pero durante 45 minutos no me dijo nada”.

Al final, empezaron a hablar. El viaje de metro acabó conviertiéndose en una cita de una noche y seis horas en la que no faltaron bailes y besos. B dice que su relación todavía es fuerte. “Aún nos queremos con un respeto enorme”, dice, y me envía una foto de los dos juntos las Navidades pasadas. Se les ve felices enfrente de un árbol con un cachorro de bichón habanero de nueve meses que han adoptado juntos. Se me cae una lágrima.

Quizás, después de todo, es posible encontrar a tu media naranja en el tren. Pero por favor, no le quites los cascos a nadie.

*Se han cambiado los nombres.

@nanasbaah

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