Juanma el Terrible y amigos
Juanma el Terrible y amigos. Todas las imágenes cortesía de Iñaki Domínguez
Cultura

Pijos, drogas y violencia: la historia olvidada de los macarras de Madrid

“Antes, los propios macarras eran estrellas, ahora las estrellas se hacen pasar por macarras”.
15 Junio 2020, 7:20am

“Antes, los propios macarras eran estrellas, ahora las estrellas se hacen pasar por macarras” sostiene Iñaki Domínguez, autor de Macarras interseculares, un ensayo que examina y recoge los testimonios de docenas de macarras madrileños, protagonistas de un mundo que se extingue. La vida de parque, los hurtos impulsivos, las peleas entre pandillas, los negocios al borde o fuera de lo legal (trapicheos, seguridad para discotecas o rockeros…), fueron actividades a las que se dedicaron muchos jóvenes madrileños entre, más o menos, los sesenta y el año dos mil.

Algunos lo hacían por falta de recursos, para ganarse la vida (y estos solían ser los macarras de extrarradio), otros, sencillamente, porque sabían que sus tropelías quedarían impunes (y estos eran los “pijos malos”, hijos de gente bien relacionada con el franquismo); pero todos tenían en común su falta de conciencia ética y sus métodos violentos: un macarra, a diferencia de un pícaro, es alguien que no teme al dolor (ni a sufrirlo ni a infligirlo) y se impone de manera directa, sin trucos ni argucias.



“En España, hasta mediados de los años noventa, si hacías algo mal, podía venir un señor o señora desconocidos y darte buenas bofetadas. Y cuando se enteraba tu padre, encima te castigaba. Ese clima de violencia en la casa y en la calle ejercida por las figuras de autoridad (padres, curas, profesores, familiares, vecinos) es muy importante para dar a luz al macarra, porque la violencia es normalizada y uno así pierde el miedo a recibir golpes y aprende a usar la violencia para resolver problemas. En ese sentido, naturalmente, nos dirigimos hacia sociedades menos macarras”.

Si quedan pocos macarras, además, es porque muchos terminan por llevar vidas convencionales, aunque otros, con los años, se introducen en estructuras criminales más organizadas. Sigue Iñaki: “El desarrollo vital del macarra varía. Como dice uno de mis informantes: hay algunos que se vuelven más tranquilos y legales, ‘y otros a los que se les dispara la movida’. Generalmente, la gente va integrándose en la sociedad, siendo menos violentos, etc., pero hay otros que no pueden dejar cierto tren de vida, y la adicción a la vida criminal. Algunos de estos últimos de hecho representan perfiles psicopáticos: gente impulsiva que realiza actos tremendamente inmorales sin sentir culpa alguna. Estas personas son de película y viven peligrosamente”,

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Charlie Miralles y amigos

El libro recorre Madrid barrio por barrio (de Entrevías a Chamartín) y recoge la historia oculta de rincones muy alejados de Lavapiés y Malasaña (actualmente, las dos únicas zonas que reciben atención mediática). Por ejemplo, conocemos el Punkito, un machaca de gimnasio de Cuatro Caminos que “era más nazi que punki” y se dedicaba a los “vuelcos” (robos de droga entre bandas rivales).

Los personajes de extrema derecha serán una constante en el Madrid macarra y es que, según el autor: “en la Transición los fascistas (de verdad) jugaron un importante papel disruptivo. Digamos que muchos de ellos se negaban a aceptar los cambios sociales que estaban teniendo lugar. Para mí fue toda una sorpresa enterarme de que en los setenta y primeros ochenta los gimnasios, terreno paradigmático del macarra y el delincuente, eran llevados por fascistas y que muchos de ellos eran especialistas en artes marciales, algo que hasta realizar mi investigación jamás habría imaginado".

"Antes, los propios macarras eran estrellas, ahora las estrellas se hacen pasar por macarras”"

Algunos macarras se convirtieron en adictos “que consumen [drogas] compulsivamente y están atrapados por sus impulsos autodestructivos. Son bastante conscientes de su situación, pero no se ven capaces de dejar su estilo de vida. En el mundo del consumo se establecen vínculos emocionales de intimidad entre usuarios, algo que de algún modo encierra cierta satisfacción: la de estar con otras personas que comparten un mismo interés monotemático, con las que además pasar mucho tiempo.”

Entre ellos, quienes peor lo pasaron (en algunos casos, lo pasan) fueron los heroinómanos, que empezaron a consumir a principios de los ochenta, cuando iraníes exiliados de la Revolución Islámica introdujeron la sustancia en España. Los que se convertían en “secretarios” ya no salían de los poblados de la droga. Se dedicaban, a cambio de pequeñas cantidades de sustancia, a tareas subalternas para los traficantes, como limpiarles la casa o avisar de la llegada de la policía. El libro recoge algunas venganzas entre secretarios especialmente crueles e inhumanas.

Pero hubo macarras más afortunados que supieron aprovechar los grandes acontecimientos históricos a su favor. Pocos años después de 1953, cuando Franco e Eisenhower acordaron la instalación de bases americanas en territorio español, algunos macarras detectan las ganas de divertirse y las costumbres abiertas de los soldados americanos y levantan en la Calle Doctor Fleming (cerca del Bernabéu) todo tipo de antros nocturnos para ellos (prostíbulos, discotecas…). Más tarde, la base americana de Torrejón será la fuente desde la que se difunde la cultura hip-hop que en los noventa empapó toda la música urbana española.

Otros ya disponían de recursos desde su nacimiento y estos macarras adinerados recurrían a la violencia y a las actividades ilícitas no por necesidad, sino como una manera de escapar de la disciplina de los estudios o de una vida laboral corriente; también para labrarse una leyenda, como la famosa Panda del Moco. La Panda de Moco fue una banda formada por macarras acomodados, que se distinguían mediante Levi’s y New Balance y que tuvieron un reservado cada noche en Pachá durante buena parte de los ochenta.

"Creo que al final el pijo genuino y el macarra auténtico se parecen mucho en algo, y es que tienen todo el tiempo del mundo y no saben qué hacer con él"

Su fundador, El Francés, era hijo de un importante directivo y llegó a vivir exiliado tras escapar de la cárcel, a la que entró condenado por el robo de un chalet. Fue indultado gracias a la influencia de su familia y a que, en su historial de peleas y extorsiones, aparecía también una heroicidad: un verano en Málaga salvó de ahogarse a una madre y a sus hijos pequeños.

Ahora sigue siendo un hombre de acción, aunque dentro de la ley “como los otros miembros originales de la Panda del Moco, que se dedican a negocios como la construcción y dejaron paso en discotecas como Attica a los Miamis”, conocidos por intentar introducir en España más de siete toneladas de cocaína.

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Charlie Miralles y amigos en la calle Bialén

La escritora Esther García Llovet me habla de este fenómeno aparentemente paradójico (el de los pijos macarras) que tan bien recogen sus novelas (Sánchez o Cómo dejar de escribir, en Anagrama): “El pijo macarra que mejor conozco es el de Aravaca y Pozuelo. Hijos de empresarios que no estudiaron ninguna carrera porque no les ha hecho falta y no tienen ni idea de qué hacer con su vida y se ponen hasta arriba en un finde sin fin. Otra cosa no les interesa. Ser pijo, lo pijo, el dinero, aunque parezca mentira, es lo más aburrido que hay y eso del macarrismo les tira mucho. Algunos hay que deben a Hacienda un par de kilos y el último recurso que les queda es un trapicheo fino para salir del paso, para el día a día, servicio a domicilio, todo bien. A veces se estancan en eso y ya no saben salir, siempre esa desidia de fondo, tan pija, y tan macarra también. El nuevo pijo macarra está hoy por Usera, Urgel, Carabanchel, ahora que los chinos se han ido. Creo que al final el pijo genuino y el macarra auténtico se parecen mucho en algo, y es que tienen todo el tiempo del mundo y no saben qué hacer con él.”

Hoy apenas se ven macarras por nuestras calles. Su estética, eso sí, es reproducida por muchos músicos de clase media (Rosalía, C. Tangana, Bad Gyal) a través de una maniobra que Iñaki define como “hacer pasar la representación por sustancia”. Es algo legítimo y que ya hicieron los poetas bohemios del París del siglo XIX, o los primeros hípsters americanos de los cincuenta del siglo XX, y es que, para quienes son sus espectadores y no la padecen, la marginalidad siempre ha resultado atrayente. Quedan los testimonios dolorosos y reales de quienes, en un Madrid que se disolvió hace años, jugaron con fuego y se quemaron.