Recorriendo las calles con los guerreros venezolanos

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Recorriendo las calles con los guerreros venezolanos

Desde el 12 de febrero de 2014, Venezuela estuvo signada por protestas que comenzaron como pacíficas y que luego se convirtieron en todo lo contrario. Durante los cuatro meses siguientes murieron 43 personas.
13.2.15

Desde el 12 de febrero de 2014, Venezuela estuvo signada por protestas que comenzaron como pacíficas y que luego se convirtieron en todo lo contrario. Durante los cuatro meses siguientes murieron 43 personas. No todos estudiantes, algunos sólo pasaban por ahí o estaban asomados en las ventanas. Hoy, de eso, ya no queda nada más que el recuerdo.

Hace un año Venezuela estaba ardiendo literalmente. Todo comenzó en los andes venezolanos. En la ciudad de San Cristóbal, los "gochos" —algo parecido a decirle a los de la Ciudad de México "chilangos"— empezaron una resistencia que luego se ampliaría a todo el país, siendo Caracas el lugar donde las protestas fueron mucho más violentas. Dicen en Venezuela que los gochos son las personas más aguerridas del país. Y sí lo son.

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Todo se germinó allá. Por eso hace un año me acerqué a la ciudad de los "arrechos" (valientes) para ver con mis propios ojos si las protestas eran pura rebeldía o si por el contrario había un discurso objetivo y una finalidad concreta.

Mi primera parada fue en la casa de la señora Carmen, madre de Jimmy Vargas, quien murió unos días antes en un enfrentamiento con la Guardia Nacional Bolivariana. Carmen asegura que Jimmy fue masacrado por balas de goma y asfixiado con gases lacrimógenos. Todo esto lo hizo caer desde el techo de una garita de un edificio cercana a su casa. Se golpeó la cabeza fuertemente. Mientras estaba en el suelo, aún vivo, la guardia siguió disparándole balas y bombas a poca distancia.

Carmen me llevó al lugar donde cayó moribundo su hijo. Todas las personas con las que nos cruzamos la saludaron con cariño. Una de esas personas era el famoso Maracucho —gentilicio coloquial que se le da a los nacidos en Maracaibo—, un encapuchado que le dio un cálido abrazo. Miró mis cámaras y desconfiado preguntó si era una especia de infiltrado que quería joderlo. La señora Carmen intervino: "él es uno de los nuestros, tranquilo". Me dejó con él y caminamos hacia el otro extremo de la calle: "aquí han venido personas que se hacen pasar por fotógrafos y lo que hacen es registrarnos para luego meternos presos". Cuando pregunté quiénes eran los que hacían eso, me dijo que era la guardia, la policía o cualquiera. "Hace poco capturamos a un guardia que desprevenido se acercó mucho a nosotros y se quedó atascado en un alambre que habíamos puesto, el jefe del comando tuvo que negociar con nosotros su devolución a cambio de unos compañeros que detuvieron el día anterior, lo desnudamos y en uno de los enfrentamientos lo soltamos", me platicó.

"¿Por qué haces esto, qué es lo que te motiva en esta lucha?", pregunté. Me miró como si fuera una pregunta estúpida y dijo: "bueno, chico, ¿tú estás feliz con la situación de mierda que se vive en este país? Estamos hartos y esto es lo que nos queda: luchar". Llegamos a la barricada que llaman Ukrania nº1, en honor a las protestas que también en ese momento se libraron en ese país. Después de revisar todo, continuó: "de vez en cuando vengo a dar una vuelta a algunas barricadas en la ciudad, ésta es una de las más fuertes, fíjate ahí", señaló al pavimento, donde pude ver estacas clavadas para que no pasen las tanquetas o ningún otro vehículo. Esta barricada está al lado de una iglesia. "El párroco nos apoya, no le quedó de otra, los vecinos también, por eso la guardia lanza bombas lacrimógenas a los edificios y les dispara balas de goma".

En la barricada tenían todo lo que se necesita para ser un manifestante en contra del sistema: botellas de distintos tamaños llenas de gasolina con su respectiva mecha de tela en el pico, y cerca, un montón de piedras listas para ser lanzadas. "Aquí está tranquilo estos días, (asueto de carnaval) y ya estamos ansiosos por volver a la pelea". Antes de tomarle una foto le pedí que me mostrara el rostro y me dijera su nombre, pero él soltó una carcajada: "tú estás loco chico, ni de vaina, dale toma la foto así". Más tarde se acercaron otros encapuchados y saludaron con respeto al Maracucho, quien al parecer es una leyenda dentro de la resistencia de la ciudad. Me miraron con furia en los ojos debido a mi cámara y después de pedirme explicaciones, dijeron que era un infiltrado. El Maracucho sólo dijo: "tranquilos, anda conmigo" y decidí no despegarme de su lado mientras estuve ahí.

Pasando la barricada había un auto quemado parecido al DeLorean de Volver al futuro y que obstaculizaba el paso en una gran avenida. Un grupo de motorizados quiso pasar pero no los dejaron, sin embargo uno se coló y una turba de furibundos encapuchados fue tras él sólo por haber pasado sin su permiso. La líder, una muchacha que apenas tendría 18 años, lo acusó de traidor: "te dije que no pasaras, te voy a joder". El motorizado no dijo nada y estaba muy asustado. Lo rodearon varios muchachos con enormes piedras en la mano y de nuevo el Maracucho hizo acto de presencia. La chica se calmó, le pidieron al hombre que se regresara y que no volviera a pasar por ahí.

La ciudad de San Cristóbal era un caos. Por varias semanas las calles estuvieron cerradas por decenas de barricadas que pocos transeúntes y conductores se atrevían a mover para pasar. No había nadie alrededor, pero una vez que alguien removía un escombro, salían los vecinos que amenazaban con armas y palos a los atrevidos. Había que comer lo que se vendía en las panaderías: algo de pan, queso y jamón. No había nada más. Los cigarrillos no existían; la leche y el café se terminaban desde temprano. Paradójicamente, el alcohol lo podías conseguir, pero una cerveza que costaba tres dólares, en la tarde era un lujo de veinte dólares.

La ciudad estaba sitiada. La actividad sólo existía desde pocas horas de la mañana hasta las cuatro de la tarde, donde sin un anuncio oficial, comenzaba un toque de queda impuesto por sus habitantes. El peligro de la delincuencia, de la polícía y de la guardia, además de los radicales que protestaban, estaba en boca de todos. "No se te ocurra salir después de las siete de la noche, cualquier cosa te puede pasar", me dijo el recepcionista del hotel. Esa noche, casualmente alrededor de las nueve, una muchedumbre de encapuchados que iban en motos y camionetas armados con escopetas y pistolas, arremetieron contra toda la fachada del hotel. Descargaron sus balas contra los cristales y contra todo lo posiblemente rompible. Encerrado en mi habitación, asustado, (era sólo uno de los dos huéspedes de un hotel de cinco pisos) me resistí a salir para ver. No quise ni asomarme por la ventana. Sólo oía las ráfagas de tiros, los golpes y los gritos: "abajo la oligarquía" o "Chávez vive, la lucha sigue". Entonces supe que los radicales, más que simpatizantes, eran unos fanáticos peligrosos. Puse la cama entera tapando la puerta y con la única arma que tenía, mi cámara, esperé. Uno se pregunta en esos momentos dónde está la policía, sí existen, pero nunca llegaron. Estuvimos a merced de la locura. Después de unos minutos interminables, todo se calmó. Bajé a ver los destrozos. El lobby parecía un campo de batalla. El dueño del hotel lloraba y su hijo blasfemaba insultos al viento. Años de trabajo y esfuerzo rotos por nada.

En mi último día en la ciudad hice un recorrido por otras barricadas. La más llamativa, donde había un tanque en medio de la calle. Algunos estudiantes tenían ahí al lado una carpa donde dormían y hacían guardia. "Hace unos días esto estaba muy prendido, ha bajado pero no abandonamos la lucha", me dijo el líder. Le pregunté de dónde había salido el gigantesco tanque. "Es una escultura que estaba a unas cuadras de aquí, lo bajamos entre todos y es el símbolo de lo que no queremos para nuestro país", respondió orgulloso. Ahí le tomé una foto a uno de ellos, que posó con una de la máscaras antigases artesanales que construyeron con botellas de plástico y pedazos de tela mojados en vinagre.

Por toda la ciudad había decenas de barricadas. En otra de ellas, los estudiantes sólo dormían o jugaban con sus celulares. Había cauchos y muñecos de Chávez y Maduro listos para ser quemados, bidones de gasolina, clavos, alambres de púas y piedras. Hacían pancartas con mensajes antigobierno y se paraban en los semáforos para que los conductores los leyeran. Vi un muñeco del fallecido presidente Chávez colgado de una soga, tenía pintados unos bigotes que hacían alusión al actual presidente Nicolás Maduro. Le pregunté a una chica con máscara de V for Vendetta por el significado de ese performance y atinó a comentar: "no queremos a tiranos en nuestro país".

Un amigo me llevó a ver una de las resistencias más famosas por sus enfrentamientos con la guardia. Todo estaba muy tranquilo. Los vecinos jugaban futbol en la calle junto a la barricada mientras cuatro muchachos encapuchados construían unas pelotas con pólvora. En un taller mecánico cercano, el dueño soldaba una empuñadura que asemejaba a una escopeta y que servían de catapulta a esas pequeñas bombas explosivas. "Es poco lo que tenemos. Ellos tienen armas de verdad, bombas lacrimógenas y balas de goma y de las que matan, pero nosotros tenemos las ganas. Es la lucha entre David y Goliat", me dijo uno de ellos. "Se las lanzamos a los policías sólo con el fin de ahuyentarlos o asustarlos, pero sólo es ruido". Había niños a unos 300 metros de la barricada que a gritos avisaban y señalaban hacia donde se podía ver un escuadrón de motorizados de la policía muy cerca. Rápidamente los encapuchados metieron varias bombas en las empuñaduras. Dispararon algunas. Cierto que hacen ruido. Los vecinos que estaban por ahí corrieron hacia sus casas. Pasó una centena de policías en sus motos. Pensé que ese montón de seguridad estatal masacraría a estos cuatro jóvenes con sus pobres bombas y piedras, aunque sus ganas parecían poder contra todo. El grupo de policías nos ignoró y pasó de largo, ni las bombas ni los insultos lograron amedentrarlos. Los chicos se quedaron con las ganas.