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Los recintos marginales de música en México

Aunque todos hemos ido a conciertos con grandes escenarios, ningún artista llegaría lejos si no fuera por los espacios pequeños que les permiten empezar a tocar.
12.3.14

Amable, por Lemon Apple.

Una parte fundamental para apreciar la música es escucharla en vivo. Aunque todos hemos ido a conciertos con grandes escenarios, boletos en preventas de tarjetas de crédito y mercancía oficial, ningún artista (bueno, tal vez los de American Idol, Televisa o k-pop son la excepción a esto) llegaría lejos si no fuera por los espacios pequeños que les permiten empezar a tocar. En estos lugares se crean comunidades y experiencias inolvidables, sin divisiones entre el artista y su público, donde sientes que algo increíble está pasando. Es por eso que se dan los espacios DIY (Hazlo tú mismo, por sus siglas en inglés), en los que las expresiones musicales tienen un escaparate que además de todo les da credibilidad. Es tener a tu banda favorita al alcance de tus manos.

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Una de las mejores tocadas a las que he ido últimamente fue la fiesta anterior al Festival Lxs Grises 2, que se realizó en el foro conocido simplemente como Colima 332, ubicado en esa dirección en la colonia Roma, en la Ciudad de México. Como se puede sospechar, esta es una casa común y corriente donde se hacen shows en su patio. Al entrar, me topé con una mesa con discos y camisetas que las bandas vendían. Gabo, el guitarrista de Tormentas me selló la muñeca derecha para poder pasar. En una ventana en el corredor, la gente de la casa vendía cervezas, mientras que los baños estaban pasando una puerta dentro de la casa; el sanitario de caballeros (un cuarto con una regadera) no contaba con luz así que tenías que usar la luz de tu celular para poder “responder el llamado de la naturaleza”. No había un escenario, sino unos focos al fondo del patio donde se encontraban la batería, los amplificadores e incluso una escalera plegable de aluminio que seguro la ha utilizado para pintar la fachada. Al momento en que una 20 personas se pusieron adelante para ver a Monogatari, cualquiera que estuviera detrás de ellos no vio nada, y para cuando Tormentas comenzó a tocar, el slam empezó con todo. Había gente por todas partes pasándosela chido, escuchando y viendo a estas dos bandas además de Cardiel y Nazareno el Violento. Fue una noche de bandas chingonas donde el lugar era lo que importaba y a la vez no. Sin recintos como el 332, no habría este tipo de eventos, y al mismo tiempo, dejas pasar todo lo que no es muy cómodo del venue para apreciar la música.

Blueshit.

Estamos acostumbrados a ver una expresión artística en lugares que se brincan la línea entre lo legal y lo ilegal, en inmuebles que no están acondicionados para funcionar como foros. ¿Se imaginan que un arquitecto saliera a tomar un terreno para hacer un edificio porque no tiene otra opción? Son pocos los foros para proyectar cine o video que no tienen una pantalla instalada, un buen sistema de sonido y condiciones para proyectar por lo menos los formatos más comunes. ¿Por qué la música se desarrolla en lugares poco óptimos mientras otras disciplinas no tienen que atravesar por lo mismo?

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El concepto del DIY puesto en práctica surgió desde hace cerca de 40 años y, desde entonces, nadie cuestiona por qué la música debe salir a ocupar espacios para poder expresarse.

Muchas veces, los establecimientos que están destinados a un público consumidor de música prefieren no tomar riesgos y contratar a bandas de covers, DJs o grupos que ya tienen renombre, lo que deja fuera a quienes inician una escena con un sonido que pocos aprecian, o que por naturaleza no son un negocio altamente rentable. “La verdad nunca será popular” dice el ícono del spoken word y la música “confrontacional” Lydia Lunch en el documental DIY or Die. Es entonces que se abren espacios como sótanos, garages, patios traseros y salas de hogares de fans; como se podrán imaginar, estos recintos rara vez ofrecen más de dos eventos seguidos, por lo que nace la necesidad de organizar conciertos en salones de fiesta, iglesias abandonadas o bodegas, como ha sido documentado en varios textos como American Hardcore, de Steven Blush, y Our Band Could Be Your Life, de Michael Azerrad.

Debido al carácter enciclopédico de este tema en México, y la extensión que tengo para ésta y las próximas entregas, tendré que dejar algunos lugares fuera. Una disculpa de antemano.

En la Ciudad de México, los espacios marginales han jugado un papel clave en la historia del rock nacional; empezaron a finales de los 50s con los cafés cantantes como el Gato Rojo y A Plein Soleil, luego en los bailes y fiestas organizados por estudiantes de secundaria y preparatoria, en los 70s fueron los “hoyos funkys”, que eran bodegones ilegales de muy mal sonido. En los 80s se abrieron espacios universitarios gracias al movimiento rupestre y lugares como el Tutti Frutti donde podías ver desde los pininos de Café Tacuba hasta clásicos del punk nacional como Atoxxxico.

Atoxxxico en la Prepa 7, DF. Foto cortesía de Miguel “Thrasher” Cortés.

“En los ochenta, el Museo del Chopo invita a bandas de punk”, cuenta Miguel Cortés, mejor conocido como Thrasher, quien ha sido parte de bandas como Masacre 68, Atoxxxico, The Sweet Leaf y muchos otros más: “Siempre entrábamos a las inauguraciones a comer y chupar, y nos dijeron que si queríamos tocar algún día allí, pues chido”. Es a finales de esta década que abre Rockotitlán (gracias en parte a miembros de Botellita de Jerez), el cuál comenzó como un lugar DIY pero terminó volviéndose un establecimiento con políticas de “pagar por tocar”. También aparecieron espacios de performance como el LUCC (donde tocó Jane’s Addiction) y La Quiñonera.

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A mediados de los 90s se hacían fiestas en okupas de la colonia Roma, donde en cada piso había algo diferente: drum n’ bass, un performance y punk (el Real Under es sobreviviente de este fenómeno). Los espacios se diversificaron para incluir museos y noches coloniales de preparatorias y universidades, así como los masivos en CU organizados en su mayor parte por el colectivo Serpientes Sobre Ruedas. En el año 2000 nació una gran escena a través de shows caseros, así como algunos recintos como La Capilla, el Fuzz On y el Sauce Boxeador y, años después, Álvaro 179, Bahía Bar y Colima 332.

En el interior de la república, donde las opciones son más limitadas, las escenas describen una historia muy similar. “Aquí donde me tocó estar más veces fue en el ya extinto Garage”, dice Adrián Ruiz Díaz Sagan, miembro de la banda regiomontana Los Llamarada, quienes fueron clave para el sello Nene Records. “Antes había lugares para tocar y luego escapar, y otros para toparse a los amigos y estar un rato. Pero fue en el Garage donde las dos cosas podían coincidir. Fue como un punto donde se podían reunir tanto las líneas del Happy-Fi como de los grupos punk”, agrega. Conforme se van haciendo más marginales las ciudades, se encuentra un deseo más grande por este tipo de espacios. “A las afueras de la ciudad, la gente compra terrenos, construye una casa y a lo mejor pone una alberca, les dicen granjas”, dice Miguel Franco Villegas quien ha documentado parte de la escena de Chihuahua en su blog Nochepasta y otros medios. “Entrabas con tu pisto. Había muchas tocadas en talleres de camiones, todo lleno de grasa y se iba la luz seguido. Algunas veces le caían cholos a la fiesta y siempre había putazos. Siempre estaba el peligro de que cayera la chota pero la pasabas muy bien”.

“Todo se traduce a eventos… a situaciones, mejor dicho”, dice Ejival quien está al frente de la emblemática Static Discos y ha ayudado a realizar eventos en Tijuana como Nortec City y otros con gente como Radioglobal. “En ese sentido transformador, creo que Tijuana es muy situacionista. Como dijiste, eventos que se convierten en leyendas, a partir de la colectividad, de las ideas sobre algún tipo de música”. Es un sentimiento que se repite de entidad a entidad y a través de los años.

(Los Llamarada en el Garage. Foto, cortesía de Adrián Ruíz Díaz)

Son pocos los lugares que trascienden su tiempo, algunos logran perdurar como espacios culturales sin muchos eventos de música en vivo, otros hacen la transición a bar; la mayoría cierra después de un par de meses de existir. Siempre hay lugares donde los artistas toquen aunque a veces son difíciles de encontrar. Sin embargo, poca parte del público los valora y mucho menos se da cuenta que cualquier persona puede tener un epicentro cultural si sólo le dedicara tiempo y algo de pasión.

@Kiddieriot