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Cultură

Es un secreto

Charles Sobhraj drogaba a sus víctimas, las llevaba a zonas lejanas, las golpeaba con tablas, las roceaba con gasolina y las quemaba vivas, las apuñalaba varias veces antes de degollarlas o las semiestrangulaba para luego arrojarlas al mar, aún...
29.10.14

Collage por Matthew Leifheit.

Una noche del verano de 1983, poco después de que viajara a Bangkok para trabajar en una película, un amigo me contó sobre un asesino serial conocido como el Asesino del Bikini. Me dijo que era guapo, carismático, ladrón de joyas ocasional y que se llamaba Charles Sobhraj, que había operado en las afueras de Tailandia a principios de la década de 1970. Mi amigo había conocido a una pareja de Formentera, quienes se relevaban para contrabandear heroína del sur de Asia, quienes habían sido atraídos, de manera separada, a sus respectivas muertes. Eran dos de los muchos turistas occidentales cuyas vidas habían sido truncadas por Sobhraj en el llamado Sendero Hippie. Este camino se extendía de Europa al sur de Asia, y era recorrido por occidentales marginados, mientras fumaban mariguana y establecían conexiones con los locales. Sobhraj desplumaba a estos sedientos viajeros de todo el dinero que tenían, pues desdeñaba esa laxa moral que veía en ellos.

Algunos retrasos en la producción en Bangkok me dejaron con mis propios recursos durante varias semanas. Era una ciudad que te desorientaba, olía mal y el tráfico estaba enloquecido; daba miedo con sus monjes mendigos, las bandas de adolescentes, motocicletas, templos, padrotes asesinos, prostitutas espeluznantes, bares sórdidos, antros de strippers, vendedores callejeros, colonias de gente que vivía en la calle y una pobreza que te dejaba helado. Después de descubrir que en el mostrador vendían Captagon, una anfetamina bastante fuerte, me sentaba frente a mi máquina de escribir rentada y me ponía a escribir poemas, entradas para mi diario, cuentos y cartas para mis amigos en rachas de 12 a 14 horas seguidas. La droga me ayudaba a escribir. Después de ese ritmo tan acelerado, para noquearme me tomaba unos cuantos tragos de Mekhong, un whisky virulento que supuestamente contenía diez por ciento de formaldehído y se decía que causaba daño cerebral.

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En fiestas y reuniones con expatriados franceses y británicos que habían vivido en Tailandia desde la ofensiva Tet, escuché más rumores sobre Sobhraj. Hablaba siete idiomas. Había escapado de la cárcel en cinco países. Se había hecho pasar por un académico israelí, un comerciante de telas libanés y mil personajes más mientras recorría el sur de Asia tirándole el anzuelo a sus víctimas como el hombre de las drogas y el ladrón que era. La gente con la que hacía amistad mientras se tomaban unos tragos amanecía horas después en cuartos de hotel, trenes en movimiento, sin sus pasaportes, dinero, cámaras y otras pertenencias.

En Bangkok las cosas habían tomado un giro sombrío. Sobhraj se había convertido en el objeto de pasión de una secretaria médica canadiense que había conocido en Rodas, Grecia; una mujer llamada Marie-Andrée Leclerc, quien estaba de vacaciones con su prometido. Leclerc renunció a su trabajo, botó a su prometido y tomó un avión hasta Bangkok para estar con Sobhraj. En cuanto ella llegó, el le pidió que se presentara como su esposa o como su secretaria, según la ocasión lo requiriera. Tristemente para Leclerc, Sobhraj rara vez se la cogía, sólo cuando el sentido común de la chica amenazaba con sobreponerse a sus fantasías románticas y floridas.

Viajaban de un lado a otro por todo el país, drogando turistas y llevándoselos en un estado semicomatoso a un departamento que Sobhraj rentaba. Los convencía de que los médicos locales eran charlatanes peligrosos y de que su esposa, una enfermera con licencia, muy pronto les devolvería la salud. Algunas veces los mantenía enfermos por semanas, mientras Leclerc les administraba una “medicina” hecha a base de laxantes, ipecacuana y metacualona, que los dejaba incontinentes, con náusea, en letargo y confundidos, mientras Sobhraj se ocupaba de sus pasaportes y los usaba para cruzar fronteras, gastarse su dinero y reducir sus pertenencias.

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En 1975 conoció a un muchacho indio llamado Ajay Chowdhury en un parque, quien se mudó con Sobhraj y Leclerc, y los dos hombres se dedicaron a asesinar a ciertos “invitados”. Los “asesinatos del bikini” eran particularmente terribles, distintos a los crímenes previos que Sobhraj había cometido. Drogaban a las víctimas, las llevaban a zonas lejanas, las golpeaban con tablas, las rociaban con gasolina y las quemaban vivas, las apuñalaban varias veces antes de degollarlas o las semiestrangulaban para luego arrojarlas al mar, aún respirando.

Sobhraj había matado a personas anteriormente, con sobredosis accidentales. Pero los asesinatos del bikini eran diferentes; eran cuidadosamente planeados y extrañamente burdos. Se llevaron a cabo durante un periodo muy estrecho, entre 1975 y 1976, como un ataque de ira que hubiera durado varios meses y después se hubiera detenido misteriosamente. Sobhraj y Chowdhury asesinaron a personas en Tailandia, India, Nepal y Malasia. No se sabe a cuántas: al menos ocho asesinatos, incluyendo dos homicidios por incineración en Katmandú y un ahogamiento en una tina en Calcuta.

Sobhraj fue arrestado en 1976 en Nueva Delhi, después de haber drogado a un grupo de estudiantes de ingeniería franceses en un banquete en el hotel Vikram. Los engañó para que tomaran cápsulas “antidisentería”, que varios se tomaron en el momento, enfermándose de gravedad veinte minutos después. El encargado del hotel, alarmado por tener a más de veinte personas vomitando en el comedor, llamó a la policía. Por suerte, el oficial que se presentó al hotel Vikram era el único en India que podía identificar confiablemente a Sobhraj, por una cicatriz que había resultado de una apendicectomía realizada años antes en el hospital de una prisión.

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En un juicio llevado en Nueva Delhi por una larga lista de crímenes, entre los que se incluía asesinato, Sobhraj fue condenado sólo por crímenes menores, lo suficiente para removerlo de la sociedad por varios años.

En Bangkok, sin poder dormir a causa de las drogas, comencé a pensar que Sobhraj no estaba realmente encarcelado en la India, como afirmaban los periódicos. Estaba muy paranoico y creía que como yo estaba pensando en él, él estaría pensando en mí. Soñaba con él en las pocas horas en que dormía. Me imaginaba su figura ágil y letal vestida de negro, arrastrándose por los ductos del aire y la ventilación de mi edificio, como Irma Vep.

Charles Sobhraj y Marie-Andrée Leclerc en 1986. Foto por REX USA.

En 1986, después de pasar diez años en la cárcel, Sobhraj se escapó de la Prisión Tihar de Nueva Delhi con la ayuda de otros internos y una banda que había armado con personas afuera. Escapó después de drogar a todo un cuartel con un festín de regalo: fruta, galletas y un pastel de cumpleaños adulterados. India, que entonces no tenía un tratado de extradición con Tailandia cuando Sobhraj fue arrestado en 1976, había aceptado crear una orden especial de extradición después de que hubiera cumplido su condena correspondiente en la India, una orden no renovable, válida por veinte años.

Tailandia tenía evidencia de seis asesinatos en primer grado. Los asesinatos del bikini habían arruinado el turismo por varias temporadas y Sobhraj había hecho parecer unos tontos a los miembros de la policía de Bangkok. Se pensaba que si era extraditado, lo matarían tan pronto bajara del avión. Huyó de Delhi a Goa. Estuvo merodeando en Goa a bordo de una motocicleta rosa utilizando disfraces absurdos. Al cabo de un tiempo lo aprehendieron en un restaurante llamado O’Coqueiro, mientras hablaba por teléfono. El propósito del escape era que lo volvieran a arrestar y pasara más tiempo en prisión por haber escapado; justo lo suficiente para que expirara la orden de extradición a Tailandia.

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Después de años de interesarme por temporadas en Sobhraj quise conocerlo. Así que en 1996 le propuse a Spin escribir un artículo sobre él. No es que quisiera escribir un artículo, y menos para una versión glorificada de Tiger Beat, pero estaban dispuestos a pagar, así que hice el viaje.

Primero contacté a Richard Neville, quien había pasado mucho tiempo con Sobhraj cuando estaba en pleno juicio en Nueva Delhi. Neville había escrito un libro, The Life and Crimes of Charles Sobhraj (La vida y los crímenes de Charles Sobhraj) y ahora vivía en Australia. Aún tenía pesadillas acerca de Sobhraj. “Deberías ir y satisfacer tu obscena curiosidad”, me dijo, “y luego alejarte de esa persona lo más que puedas, y nunca, nunca más volver a tener trato con él”.

Cuando llegué a Nueva Delhi, la condena de diez años de Sobhraj por haber escapado estaba a punto de expirar, junto con la orden de extradición. Me alojé en un hotel barato cuyo dueño era amigo de un amigo. Iba a menudo al Club de Prensa de la India en Connaught Place, un lugar frecuentado por periodistas de todo el país. El club se parecía mucho al vestíbulo de un albergue para vagabundos Bowery en 1960.

La nueva encargada era Kiran Bedi, una leyenda del cumplimiento de la ley en India. Después de haber sido campeona de tenis se convirtió en la primera mujer policía en India. Era una conocida feminista y, paradójicamente, una seguidora ferviente del partido de derecha Bharatiya Janata. Increíblemente incorruptible en una fuerza policíaca corrupta había recibido varios “mensajes de castigo”, pero ella se concentraba en cumplir con su trabajo con tanta determinación —por ejemplo, giraba órdenes para que la grúa se llevara los carros mal estacionados de los ministros de Estado— que se convirtió en una heroína nacional de la que sus jefes no podían deshacerse. Antes de la llegada de Bedi, Tihar era conocida como la peor cárcel de la India. Bedi la convirtió en un ashram de rehabilitación, introduciendo un régimen inflexible de meditación, preparación vocacional y clases de yoga.

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Pasé una mañana sentado durante horas en el salón de la administración de la cárcel, cerca de una ventana de armas confiscadas. Varios soldados apáticos pasaban bostezando y rascándose las pelotas. Un grupo de mujeres muy animadas llegó de pronto. Todas rodeaban a una pequeña figura con pantalones bombachos color blanco, con un corte de cabello muy masculino y una cara que parecía un puño cerrado. Era Bedi. Siguiendo el consejo de algunos amigos del club de periodistas, le dije que quería escribir un perfil suyo para una revista de Nueva York. Me bastaron sólo unos momentos para darme cuenta de lo grande que eran su ego y su astucia.

Me autorizaría pasar un tiempo en la prisión, me dijo. Pero si tenía planeado hablar con Sobhraj, ya me podía olvidar del asunto. Ella pondría en riesgo su trabajo si le permitiera a la prensa hablar con él. Fuera o no verdad, me quedó claro que ella pretendía ser la única celebridad en el recinto. Le pregunté cómo estaba Sobhraj.

“¡Charles ha cambiado!”, me dijo en ese acento golpeado del inglés de la India. “¡Gracias a la meditación! ¡Irá a trabajar con la Madre Teresa cuando salga! ¡Nadie puede verlo ahora, está rehabilitado!” Cuando volvió a tomar aire me sugirió que me quedara en la India por varios meses. Podría vivir muy cómodamente ahí, me dijo, si aceptaba escribir su autobiografía anónimamente. Me pareció muy extraño.

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Después, Bedi anunció que al día siguiente partiría a Europa a dar una conferencia y que estaría fuera varias semanas. Lo bueno para mí, su nuevo biógrafo, fue que obtuve el efecto total del ashram de Tihar, pues ella escribió en un pedazo de papel un pase que me permitía entrar a las cuatro cárceles de Tihar. Estaba dentro. O algo así.

Cada mañana durante tres semanas me dirigí muy lentamente hacia la cárcel de Tihar a bordo de un taxi que intentaba abrirse paso a través de multitudes inamovibles y un tráfico confuso, esquivando elefantes y vacas hambrientas y lívidas. Mi pase era inspeccionado cada mañana —con el mismo escrutinio dudoso— en una barrera de seguridad cavernosa entre dos puertas inmensas de hierro. Cada día, el oficial de rango me asignaba un guardaespaldas para el día y yo trataba de favorecer a los guardias más jóvenes, quienes eran los más relajados y permisivos.

Me mostraban todo lo que yo quería ver en Tihar. Ahí conocí a nigerianos acusados de tráfico de drogas, cachemires acusados de lanzar bombas en ataques terroristas, australianos acusados de homicidio sin premeditación, gente acusada que había pasado largas temporadas en prisión, aún esperando una fecha para su juicio.

Vi todo menos a Sobhraj. Nadie podía decirme dónde estaba. Pero una tarde, después de tres semanas de visitas diarias tuve suerte. Me dio un dolor de muelas. Mi guardaespaldas me llevó con el dentista de la prisión, en una pequeña casa de madera, afuera de la cual esperaban cerca de treinta hombres haciendo cola para que les pusieran las vacunas de la tifoidea. Mi guardaespaldas se distrajo hablando con una enfermera en la veranda mientras ella inyectaba a varios hombres con la misma aguja. Les pregunté a los hombres que estaban formados si alguno podía entregarle un mensaje a Sobhraj, y un nigeriano que llevaba un collar de cuentas brillantes tomó mi cuaderno y salió corriendo, volviendo después de mi cita con el dentista. Tenía la cara dormida por la novocaína cuando el hombre metió en uno de los bolsillos de mi kurti anaranjado una hoja de papel doblada.

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Lo abrí horas después, cuando el joven guardia de la Prisión 3 me llevó de vuelta a mi hotel en su motocicleta. Sobhraj había escrito el nombre y número de teléfono de su abogado con instrucciones de que lo llamara esa misma noche. Una vez hecha la llamada me dijeron que me encontrara con el abogado al día siguiente a las nueve de la mañana en su oficina dentro del juzgado Tis Hazari.

El juzgado Tis Hazari era un lugar rarísimo, salido de la imaginación de William S. Burroughs. Una suerte de Leviatán en estuco color café con un océano de litigantes, mendigos, vendedores de agua y varias formas extrañas de la humanidad surgiendo afuera. Al fondo del edificio, un autobús volteado, completamente chamuscado, era el hogar de una familia de monos salvajes; estaban felices arrancando el relleno de los asientos, gritando, embistiendo y arrojándoles heces a los transeúntes. Una especie de barranco no muy profundo dividía las instalaciones del juzgado de una laberíntica explanada de bunkers de cemento achaparrados que fungían de oficinas de los abogados.

El abogado era un hombre que parecía no tener huesos, de edad indeterminada, piel oscura y rasgos arios. Me dijo que dejara la cámara. Caminamos hacia la corte.

Reconocí a Sobhraj en una fila de demandantes, uno a uno acercándose al lugar de un juez sij repugnante que llevaba un refulgente turbante amarillo y que daba tragos, pensativo, a una Coca-Cola. El abogado nos presentó.

Sobhraj siendo llevado a la prisión de Tihar en Nueva Delhi, en abril de 1977. Foto por REX USA.

Sobhraj era más bajo de lo que esperaba. Llevaba una boina deportiva sobre un cabello entrecano. Una camisa blanca con rayas azules, pantalones azul marino, tenis Nike. Se veía ligero, aunque era obvio que si engordaba, lo hacía de las nalgas. Usaba unos lentes sin armazón que hacía ver sus ojos enormes y apagados, los ojos de algún mamífero marino fofo. Su rostro era como el de un actor de boulevard desmoronándose, que antes fuera famoso por su atractivo. Pasaba por toda una morfología de expresiones “amigables”.

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Trataba de no mirarlo a los ojos y me concentré en su boca. Detrás de sus labios carnosos tenía los dientes de abajo muy chuecos, con un vago parecido a las fauces de algún anfibio depredador. Me pareció que estaba leyendo demasiado su boca y me focalicé en su nariz, que estaba mucho mejor formada.

Estaba esperando a declararse sobre algún litigio trivial de ésos que siempre estaba iniciando; sobre todo para salir de la cárcel por un día y tener cierta presencia en los periódicos locales. “Tienes que esperar afuera”, fueron sus primeras palabras. “El abogado te mostrará dónde”. Me acompañó a un lugar debajo de una ventana alta y rectangular de la fachada del juzgado.

Media hora después, el rostro de Sobhraj apareció en la ventana; estaba en una celda de detención con la luz apagada. Antes de que pudiera decirle algo comenzó a hacerme preguntas sobre mí.

“¿Dónde te hospedas en Nueva Delhi?”, me preguntó, y yo respondí algo acerca del Hotel Oberoi. “¡Ajá!”, exclamó Sobhraj. “El abogado que me dijo que lo llamaste desde un hotel en Channa Market”. “Es cierto, pero me estoy cambiando al Oberoi. Esta misma noche”, dije enfáticamente. De pronto pensé en uno de los subalternos de Sobhraj, de los que siempre había varios afuera de prisión, el cual me visitaría de sorpresa y me propondría participar en cierto plan de apariencia inocente que me permitiría entrar a la prisión sin necesidad de ningún pase.

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Así de la nada me dijo: “Tal vez podrías trabajar conmigo escribiendo la historia de mi vida para hacer una película”. De pronto se me hizo un nudo en la garganta del tamaño de un durazno y le dije que sólo estaría en India por unas semanas. “Quiero decir después. Cuando salga. Podrías regresar”.

Me sentí aliviado cuando un molesto periodista desgarbado comenzó a tocar en la ventana y nos interrumpió, a pesar de que sobornaba cada quince minutos al guardia de Sobhraj para poder tener el privilegio de hablar con él.

Poco después, Sobhraj salió de la celda, encadenado de las muñecas y tobillos a otro soldado que caminaba un poco detrás suyo. Tenía otros asuntos que atender en el juzgado. Se me permitió caminar a su lado o, mejor dicho, él me dijo que lo hiciera, sin que encontrara ninguna objeción por parte de sus guardias. Otros prisioneros que tenían asuntos en el juzgado simplemente caminaban al lado de un escolta desarmado, pero Sobhraj era especial entre los locales; era un asesino serial y una gran celebridad. La gente se abalanzaba para obtener un autógrafo suyo.

Mientras caminábamos le pregunté: “Antes de que Kiran Bedi fuera la encargada de la prisión, la gente dice que tú estabas realmente a cargo”. “¿Te dijo que estoy escribiendo un libro?”, me preguntó de súbito, “un libro sobre ella”.

“Algo me dijo, pero no recuerdo exactamente”. “Soy escritor. Igual que tú. En la cárcel no hay mucho qué hacer. Leer, escribir. Me gusta mucho Friedrich Nietzsche”, me dijo.

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“Sí. El súper hombre. Zaratustra”.

“Sí, exacto. Tengo la filosofía del súper hombre; es como yo: no le sirve la moral burguesa”. Sobhraj se agachó, haciendo sonar sus cadenas, para doblarse el pantalón. “Te contaré cómo dirigía la prisión. ¿Conoces las pequeñas micrograbadoras? Me las ponía aquí y debajo de las mangas. Hacía que los guardias hablaran de cómo aceptaban sobornos, de cómo traían prostitutas a la cárcel”.

Me mostró unos papeles arrugados que traía en una cartera de plástico que llevaba en el bolsillo de la camisa.

“Estos son los papeles de un Mercedes que voy a traer ahí”, me dijo señalando la puerta abierta de una oficina. “Lo tomarán en cuenta para mi fianza. Cuando salga de Tihar les tengo que dar dinero”.

“¿Quieres decir cuando te permitan salir?”

“Sí, cuando me vaya a trabajar con la Madre Teresa”, me dijo haciendo un gesto de asco.

“Quiero preguntarte algo, Charles”, le dije con tanta firmeza como pude. Durante nuestra conversación noté que Sobhraj había hecho una especie de collage mental de todo. Le había contado cosas de mí mismo horas antes y estaba trayendo a cuento algunas partes de esa información con varias modificaciones posibles, como revelaciones de mí mismo. Es una técnica común de los sociópatas.

“¿Tú también quieres un autógrafo?”

“No. Me gustaría saber por qué asesinaste a esas personas en Tailandia?”

Lejos del terrible efecto que yo había esperado, Sobhraj sonrió y se puso a limpiar sus lentes.

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“Nunca maté a nadie”.

“¿Y qué hay de Stephanie Parry, Vitali Hakim y los muchachos de Nepal?” Un día de vacaciones, Sobhraj y Chowdhury, con Leclerc a la zaga, se habían tomado el tiempo para incinerar a dos viajeros de mochila en Katmandú.

“Estás hablando de drogadictos”.

“¿Y no los mataste?”

“Probablemente habrían sido…”, aquí buscó la palabra adecuada, “liquidados por alguna agrupación a causa de traficar con heroína”.

“¿Y tú eres esa agrupación?”

“Yo soy una sola persona. Una agrupación tiene varias”. “Pero le dijiste a Richard Neville que mataste a esas personas. Quiero saber por qué lo hiciste”.

“Te lo acabo de decir”. Sentí que el tiempo se me iba de las manos. No me parecía prudente volver a ver a esta persona, y en cuanto concluyera su asunto del juzgado, alguien me llevaría de regreso a Tihar.

“Bueno, puedo decirte sobre uno”, dijo después de un silencio reflexivo. Se inclinó hacia mí para confiarme algo. Uno de los guardias tosió, recordándonos su presencia. “La chica de California. Estaba borracha y Ajay la trajo a Kanit House. Nosotros ya teníamos información sobre ella; sabíamos que consumía heroína”. Entonces me contó cómo mató a Teresa Knowlton, una joven que definitivamente no tenía ninguna relación con la heroína y que quería convertirse en una monja budista, más o menos de la misma manera en que se lo había contado a Richard Neville quince años antes. Su cuerpo fue el que descubrieron primero, con un bikini puesto, flotando en la playa de Pattaya. De ahí que lo nombraran el Asesino del Bikini.

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Cuando terminó de contarme esa larga y horrible historia y todos esos detalles que yo no le había pedido, le dije: “No me interesa saber cómo la mataste. Lo que quiero saber es por qué lo hiciste. Aun si estabas trabajando para alguna agrupación de Hong Kong debe haber alguna razón de por qué tú hiciste algo así y no otra persona”. Un guardia nos dijo que Sobhraj ya podía entrar en la oficina. Se puso de pie haciendo un fuerte ruido con las cadenas. Dio algunos pasos al azar y luego miró por encima del hombro.

“Es un secreto”, me dijo con el rostro muy serio de pronto. Luego desapareció agitando los papeles del Mercedes, como un Yago hasta el final.

Sobhraj leyendo una nota de sí mismo en un periódico francés, a su llegada a París, en abril de 1997. Foto po REX USA.

Yo pensaba que Sobhraj y Chowdhury debían tomar muchas drogas. A menudo pensaba que los asesinatos del bikini eran un ritual torcido y homoerótico disparado por la psicosis que producen las anfetaminas. Quería decirle esto a la policía de Bombay, pero dado que yo mismo tomaba anfetaminas, tenía la paranoia de que si me acercaba a hablar, me harían una prueba de antidoping ahí mismo, en la oficina.

Me entrevisté con Madhukar Zende, un comisionado de policía impresionantemente fuerte, con algo de felino, quien me mostró un bonche de deposiciones escritas a mano por los seguidores de Sobhraj, garabateadas a lápiz o con pluma, confesando múltiples robos en Peshwar, Karachi y Cachemira, cometidos en un frenesí durante un tránsito sorprendentemente rápido. Zende había arrestado a Sobhraj dos veces: una en 1971, cuando Zende había cumplido 42 años de edad, después del robo de una joya en el hotel Ashoka de Nueva Delhi; y otra vez en 1986, después de que se escapara de la cárcel de Tahir. Hablaba de Sobhraj con un irónico afecto, mientras recordaba la década de 1970, cuando Sobhraj vivía en un departamento en Malabar Hill y se había hecho popular en películas de Bollywood ofreciendo Pontiacs y Alfa Romeos robados a precios muy económicos. Para operaciones más peligrosas reclutaba asistentes en bares de quinta y hostales pulgosos en la avenida Ormiston, donde cometía su conocida práctica de drogar y robar a los turistas en el Taj o en el Oberoi cerca de India Gate para no perder la práctica.

“Le interesaban las mujeres y el dinero”, dijo Zende suspirando. “Dejaba una estela de corazones rotos por dondequiera que pasaba”. En 1971, Sobhraj estaba esperando una llamada de larga distancia en el restaurante O’Coqueiro en Goa cuando Zende, disfrazado de turista, lo atrapó.

Madhukar Zende ya está muerto. Charles Sobhraj está vivo. Los nuevos dueños del O’Coqueiro han puesto una estatua de Sobhraj en la mesa donde cenó la noche que lo aprehendieron. En cuanto a Kiran Bedi, perdió su trabajo: una víctima de un orgullo desmedido y, sin que sea sorpresa, del propio Sobhraj. Creyó tanto en su rehabilitación que le permitió a un grupo de documentalistas franceses que entraran a filmarlo, dándoles a sus superiores una excusa para despedirla.

Sobhraj siendo escoltado por la policía nepalesa después de asistir a la corte, en Bhaktapur, 12 de junio de 2014. Foto by AFP/ Prakash Mathema/ Getty Images.

No sé por qué ocurrieron los asesinatos del bikini, pero en esa parte del mundo, este tipo de crímenes solían ser llamados “enajenamientos”, una “locura provocada”, observados por antropólogos por primera vez en Malaya al final del siglo 19. Cada vez ocurren con más frecuencia en Estados Unidos. Eric Harris y Dylan Klebold arrasaron con todo en Columbine. Adam Lanza arrasó con todo en Newtown, Connecticut. El evento que provocó lo ocurrido en Bangkok (y estoy seguro de esto) fue Ajay Chowdhury. Los asesinatos conformaron un breve capítulo en la estupenda y variada vida criminal de Sobhraj: una explosión prolongada de “matar en exceso” por un artista prisionero, sofisticado e incontrolable, que se preciaba del autocontrol. Los asesinatos comenzaron cuando Chowdhury entró en el cuadro y se detuvieron cuando él salió.

Para tristeza de la gente que intentó impedirlo, Sobhraj salió de la prisión un año después de que lo entrevisté. Como ciudadano francés con un registro criminal fue expulsado de inmediato de India. Se asentó en París, donde supuestamente le pagaron cinco millones de dólares por los derechos de la historia de su vida y comenzó a dar entrevistas por seis mil dólares, en su café favorito de Champs-Élysées.

En 2003 apareció en Nepal, el único país en el mundo en donde todavía era un hombre buscado. (Tailandia tiene un estatuto de limitaciones en todos los crímenes, incluyendo el asesinato). Él creía (o eso se dice) que la evidencia en su contra ya se había derrumbado desde hace mucho. Yo no estoy tan seguro de que él lo creyera. Anduvo paseando en una moto por Katmandú como antes lo hiciera en Goa, levantando sospechas. En Nepal habían guardado cuidadosamente antiguos recibos para la renta de un carro, así como evidencia de sangre encontrada en la cajuela y procedieron a arrestarlo, muy ad hoc, en un casino.

Mientras escribía este artículo vi un video en YouTube en el que Sobhraj aparecía perdiendo su apelación final por una condena por asesinato en Katmandú. Ha pasado tanto tiempo desde los asesinatos del bikini que la manera en que él va a terminar ya no representa la tendencia de ciertos individuos a repetir sus patologías hasta llegar al punto de la autoinmolación. Lo que ilustra es la futilidad de todo a la luz del proceso de envejecimiento. Sobhraj ha envejecido; si no está cansado de sí mismo, seguramente se habrá vuelto estúpido. Si miraras su historia por tanto tiempo como yo lo he hecho, un infinito camino de engaños y caos que sólo conduce al mismo punto de partida, una celda en una prisión, el dinero robado y perdido casi al instante en un casino, el perpetuo andar sin sentido por distintos países y continentes, verías que Sobhraj siempre ha sido ridículo. La primera impresión que tuve con él cara a cara fue la de una ridiculez agresiva e implacable.

Sus víctimas fueron personas que entonces tenían mi edad; sin duda también recorrían el mundo en la misma neblina mental que yo cargaba cuando andaba en mis veintes. Sin duda la historia me atrajo desde hace mucho porque me pregunté si, en el lugar de ellos, yo también habría podido ser sentenciado a muerte por Sobhraj: en las fotografías de entonces él se veía como alguien con quien yo me hubiera acostado en los 70s. De hecho, igual que a muchas personas distintas con las que me acosté en los 70s. No había manera de resolver esta cuestión conociéndolo. Ya no se veía como a nadie con quien me acostaría y yo ya sabía lo que había hecho. Un criminal como Sobhraj sería imposible ahora. La Interpol está computarizada; una persona no se puede subir y bajar de los aviones y cruzar fronteras con un buen verbo, sonrisas sexys y un bonche de pasaportes mal falsificados; cada joyería del mundo tiene cámaras de vigilancia y pronto cada calle del mundo también las tendrán.

Pero tal vez lo entendí mal desde el principio. Durante años me imaginé a Sobhraj atrayendo a drogadictos incrédulos y no muy listos hacia su red mortal a través de un encanto sexy y de una mayor astucia que la de ellos. Pero, ¿qué tal si la gente que mató no le creía nada al igual que yo, sin importar qué tan atractivo fuera en ese entonces y sin saber nada acerca de él? ¿Qué tal si en lugar de una imagen de perfección veían a alguien asiático, a un perdedor ridículo y de mala pinta, como un padrote vestido de traje, pretendiendo ser un cliente más frente a un téibol, haciéndose pasar por francés, holandés o algo que parezca europeo, “como ellos”? ¿Qué tal si lo consideraban patético y divertido, pero también posiblemente útil? La mayoría no habían sido atraídos por su sensualidad ni por su pico de oro, sino por la idea de conseguir joyas caras a precios muy baratos. Es muy posible que sus víctimas creyeran que lo estaban estafando y lo veían tan ridículos como yo lo veía. Y tal vez creían con condescendencia, con una complacencia iluminadora y liberal que una persona ridícula también es inofensiva.