FYI.

This story is over 5 years old.

Cultură

El suplicio de los españoles que buscan piso en Inglaterra

Cuando me fui a vivir a Mánchester lo peor de todo fue encontrar un piso que no fuese un vertedero ni fuese demasiado caro: esta es mi historia.
Todas las fotos por la autora

Antes de aterrizar en Mánchester debes saber dos cosas: es más fácil encontrar trabajo que alojamiento y es la mejor opción si quieres vivir en UK pero no estás preparado para enfrentarte al monstruo segregador en el que se ha convertido Londres. Llego a MCR un sábado por la noche. Durante los próximos diez días dormiré en el sofá de unas amigas, en Salford. El primero me lo tomo con calma: es domingo y doy un paseo por la ciudad. Me llevan a comer a , un pub tradicional inglés. La moqueta huele a pis pero la comida es estupenda. El edificio es famoso porque fue construido hace 400 años y trasladado en 1999, después de que una bomba del IRA destrozase el área en el que se encontraba. El bloque sobrevivió con pequeños daños, como los españoles a los que les reventó el euro en la cara y tuvieron que moverse de sitio. Pero tengo el estómago lleno y no me preocupa el mañana.

Publicidad

The Old Wellington

El lunes empiezo a rastrear los anuncios clasificados, me uno a varios grupos de Facebook y empiezo a contactar con otros españoles. Las residencias no puedo pagarlas y no me gustan las inmobiliarias. Las webs de búsqueda más conocidas son Gumtree, Rightmove, EasyRoommate y SpareRoom. La habitación de mi vida está ahí fuera, como la verdad en Expediente X, y sólo tengo que marcar unos cuantos filtros para encontrarla: habitación en piso compartido, a una milla del centro (1,6 kilómetros), 350 libras gastos incluidos, sin estancia mínima obligatoria, sin contrato de trabajo, etc. No veo nada interesante pero aprendo algunos nombres: Northern Quarter, Deansgate, Hulme, Trafford, Longsight…

Aún no lo sé, pero la gravedad me empuja hacia Oxford Road, una carretera que conecta el centro con el campus universitario y desemboca en la Curry Mile: una zona llena de restaurantes asiáticos, kebabs, shisha bars y bazares con anuncios de Lebara. El barrio está sucio y oscuro, se intuyen los trapicheos en las esquinas y hay ampollas vacías de óxido nitroso en el suelo, pero no me parece especialmente peligroso. Hay unos coches de la hostia, por cierto: Porsche, BMW, Audi… pero modelos que nunca he visto en España. La carretera sigue hasta Fallowfield, un suburbio estudiantil. Tiene buena pinta, pero está a tomar por culo y no quiero depender del autobús.

La hermana de una amiga me habla de "una madurita interesante" que alquila pisos y me pasa su teléfono. Quedamos en Victoria Park al día siguiente. Darryl es alta, rubia y está en el lado bueno de los 40. Podría ser una estrella porno en el ocaso de su carrera, pero no: vive de las rentas. "Tengo 80 habitaciones para alquilar. Esta es la última", dice antes de enseñarme un cuarto de unos 15 metros cuadrados. "Aquí puedes poner la cama y ahí un sofá para hacer un salón". El baño está dentro. La ducha se le dispara en la cara cuando pulsa un botón (¡choorrimanguera!). La cocina está fuera, en mitad de una escalera que da acceso a otros apartamentos. No tiene ventanas ni nevera. 550 libras más gastos. Me parto los cojones.

Publicidad

Mi móvil se ha ido llenando de mensajes a extraños. La mayoría de los hijos de puta no contesta. ¿Para qué ponen el anuncio entonces? Estoy enganchadísima a los buscadores. Después de filtrar mucha basura, descubro el club de los ingleses que usan SpareRoom como una versión avanzada de Tinder.

También encuentro anuncios de porreros y artistas con exigencias peculiares, y timos como el del sofá-cama por 349 libras al mes.

Necesitamos encontrar a alguien con quien podamos llevarnos bien, así que los votantes de los Tories [conservadores] y del UKIP [formación populista y eurófoba] no hace falta que respondan.

Compartirás casa con un estudiante transgénero y un soldador que trabaja por la noche entre semana. Tengo un perro, es amistoso pero no le gustan otros perros, también fumamos hierba, no es un requisito que lo hagas, obviamente, pero no queremos dejar de fumar en el salón así que tendrás que estar de acuerdo con eso […].

El jueves visito dos casas en Rusholme. La estructura es casi siempre la misma: planta baja con cocina y living room y dos pisos más con habitaciones y baños. Suele haber moqueta en las escaleras y en los cuartos. Cuenta la leyenda que también en algunos baños. La primera casa tiene siete habitaciones y seis están ocupadas por estudiantes de Indonesia y Malasia. La cocina es un campo de batalla y aceite. Hay versos del Corán en las paredes del salón. El chico que me enseña el cuarto disponible se llama Rendy, es de Brunéi, lleva lentillas azules, es musulmán y gay. Se le nota de aquí a Pekín, pero lo disimula dentro de la casa.

Publicidad

El actual inquilino no se inmuta cuando abren la puerta de su pocilga. Come cereales sobre la cama y me mira con apatía. Las sábanas están sucias, el armario y una pequeña mesa ocupan el resto del espacio. Hay envases de comida en el suelo. Bajo al salón y Rendy me explica las condiciones: 290 libras todo incluido y contrato hasta junio. No sé si aguantaré tanto tiempo. El propietario de la segunda casa dice que se llama Max pero es de Oriente Medio. "La estamos reformando", me ha explicado por teléfono. "Estará lista en unas semanas. Mientras tanto, puedes pagar menos". El techo está roto y la humedad es insoportable.

Los grupos de Facebook no me sirven de mucho. Dos personas intentan estafarme pidiéndome una señal para "reservar" habitaciones que ni siquiera he visto; otras tres me envían spam de una agencia; siete u ocho me ofrecen cuartos demasiado caros y un japonés me pide que alquile un piso de dos habitaciones para cuando llegue él. Cualquier día le roban un órgano. [FOTO] Mientras tanto, sigo esperando a que me acepten en Españoles en Mánchester. Algunos han montado pequeños negocios de "ayuda a compatriotas": te llevan al aeropuerto por 12 o 15 libras y te echan una mano con el alojamiento. Los listos publican ofertas y te cobran unos "gastos de gestión" de 100 libras si alquilas la habitación. Mi preferido es el provinciano que me dice: "No te han hablado de England, aquí las cosas funcionan de otra manera". Pretende cobrarme 80 libras por sus "servicios". "El idioma del dinero se habla en todo el mundo", respondo.

Publicidad

En un momento impreciso de la semana dejo de traducir el precio del alquiler a euros y asumo que los ingleses tienen un problema con la limpieza doméstica. "La puerta de Ted no podías abrirla de la mierda que tenía", me cuenta C. sobre un ex compañero de piso. Otros se pasaban el día rascándose las pelotas en el sofá: "Tenían la ayuda del alquiler y no trabajaban". Muchos caseros rechazan a los inquilinos que reciben prestaciones sociales o benefits, en los anuncios pone NO DSS. No tengo prejuicios, siempre hay manzanas podridas, pero qué risa cuando Cameron dice que los inmigrantes de la UE somos una carga para la Seguridad Social, ¿eh? Oh, wait! ¿No era eso lo que decía España de los inmigrantes de FUERA de la UE?

Mis amigas me hablan de Coronation Street como quien revela un horrible secreto. "Es el gueto de españoles en Mánchester. La gente se va de allí en cuanto puede". A pesar de todo, me consiguen el contacto de Yoli, la cubana que administra los alquileres. Si alguien inclinase una mesa de billar para que todas las bolas rodasen hacia el mismo agujero, Yoli sería la tronera de los españoles. Nos mandamos unos cuantos mensajes y quedamos para el viernes. Me da plantón dos días seguidos. No tengo más visitas durante el fin de semana, me han cancelado varias citas a última hora ("sorry, room is already taken"). Empiezo a mirar hostales: la clave de una amistad duradera es saber dónde está el límite de la gorronería.

Publicidad

Conocí a Yoli unos días después. Tiene cuarenta y pocos, es bajita, lleva un poncho y bailarinas de Michael Kors. Varios jóvenes la saludan por la calle. "Te conoce todo el mundo, ¿no?". "Sí, tengo a unos 90 (inquilinos)". Me enseña un par de habitaciones que no están mal. La primera tiene algunos muebles rotos: "Antes vivía un inglés", dice, y me mira con cada de "ya sabes". Un armario de dos puertas cubre el ventanal del cuarto. "Le molestaría la luz. Puedo decirle al landlord que ponga una cortina". En realidad, la estancia debería ser el living room de la casa. La segunda habitación está unos portales más arriba. Es correcta, pero la casa rezuma mugre. "Son 300 y 280 libras cada una, más gastos. Estancia mínima un mes y sin depósito". Para evitar que los inquilinos no paguen las facturas, los suministros funcionan con tarjetas prepago: se recargan en algunas tiendas, se conectan a un panel eléctrico y tienes agua caliente o luz hasta que se acabe el dinero. "¿Por qué no pides depósito?". Sé la respuesta, pero Yoli me obsequia con un diagnóstico certero del español que la primera semana ya está trabajando en un Caffè Nero, un PizzaExpress o en cualquier call centre marrullero: "Mi mercado sois vosotros. Quiero decir: los que venís sin nada, o con 1.000 euros como mucho, y necesitáis algo rápido, y barato, y sin depósito". Me escruta con la mirada para descubrir si me he sentido ofendida. En absoluto.

Publicidad

En realidad, he acudido a la cita con Yoli por curiosidad: la tarde anterior había conocido a Alan, el puto amo de los caseros. "Escríbele a este tío. Es el landlord de un compañero de curro, dice que tiene casas nuevas", me aconseja C. por teléfono. Lo llamo y me recoge en coche esa misma tarde. Es negro, metro ochenta, tiene 51 años y lleva un mono de trabajo. Me lleva a Rusholme y me enseña varias casas. Algunas de ellas, recién construidas, tienen una placa con el nombre de amigos que han muerto: "Así todos los días alguien lee su nombre y se acuerda de ellos", me explica. Por la calle le paran varios chavales para pedirle entradas de fútbol: hoy juega el City. Me presenta a sus inquilinos. Todos son encantadores y parecen limpios y tienen cocinas gigantes y yo pienso "hostia ya, tanta felicidad no es posible, es una secta del fin del mundo". "Yo no pongo anuncios, dejo que los chicos difundan la palabra (literalmente, spread the word)".

La habitación disponible es grande, está nueva, limpia, tiene parqué y Alan me promete una mesa y una silla de estudio. En la casa viven cuatro chicas. No hablamos de dinero. De vuelta al piso de mi amiga me suelta una charla motivacional: "Yo, con la ayuda de él (señala hacia el cielo a través del cristal), he construido esas casas con estas manos. Si tienes un pensamiento positivo hacia algo, se cumple. Trust me… ".

"¿Cuánto?", le interrumpo. Me dice la cifra y respondo: " To good to be true".

"… it's all about positive thinking ".