Más de un siglo de fiesta: la historia de elrow

La relación entre el ocio y la familia Arnau, los organizadores de elrow, se remonta a 1870.

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jul. 19 2016, 3:00am

Este artículo se publicó originalmente en thump, nuestra plataforma de música electrónica.

¿Cuál es tu filosofía de vida? ¿Cuál es el axioma que has oído tantas veces que has acabado por interiorizar pasivamente? "Carpe diem", "No tires piedras sobre tu propio tejado", "Nunca folles con tus compañeros de piso"... Frases por el estilo. Esa clase de filosofía un poco a lo Alain de Botton.

Pero, ¿y si has decidido dar un enfoque más hedonista a la vida? ¿Y si tus principios rectores tienen más que ver con pasártelo bien que con evitar quedarte dormido con los calcetines puestos? ¿Y si tu máxima es simplemente "Bailar y ser feliz"? En ese caso, probablemente estés emparentado con los Arnau, la familia detrás de las famosas fiestas elrow.

La pregunta, por tanto, es: ¿cómo se transforma esa filosofía en una fiesta con una legión de seguidores cuya devoción es más propia de un culto religioso? Si alguien tiene la respuesta, esos son los Arnau, que llevan mucho, mucho tiempo estudiando la forma de hacerlo. Y digo mucho, mucho tiempo porque son ya seis las generaciones que toman el relevo en el negocio de montar eventos increíbles desde 1870, antes de que se inventaran el vinilo y los gramófonos. La historia de esta familia parece una novela de Gabriel García Márquez, pero cambiando las convulsas revoluciones políticas por increíbles noches de marcha, sin prescindir de esa importante pincelada de realismo mágico.

La historia comienza en Fraga, ciudad natal de José Satorres. Cansado de trabajar en la granja familiar, José decidió abrir una cafetería en los Monegros. Con el tiempo, su local, el Café Josepet, se convirtió en un popular club social al que acudían los granjeros de la zona para hablar de la cosecha y otros asuntos. El siglo siguiente fue testigo de las innumerables vicisitudes del club: dos guerras mundiales, una civil, numerosos matrimonios y varios cambios de propietario al haberse apostado su titularidad en juegos de cartas. Hoy, el Café Josepet se llama Club Florida 135, un sitio en el que no han cambiado muchas cosas respecto a cómo estaban hace 146 años, a excepción de que ahora su interior es como un escenario de Blade Runner.

Esa es la historia muy resumida. Como quería saber más detalles sobre esta familia y qué les anima a seguir al pie del cañón después de tanto tiempo, decidí visitar las oficinas centrales de elrow en Barcelona.



Pese a que nunca he ido a una fiesta organizada por los Arnau, he oído hablar mucho de ellas: decoración hinchable, gafas de neón y una producción que hace palidecer a la de cualquier otra fiesta en la que hayas estado. Las fiestas de elrow son la clase de evento que exigen dedicación total y absoluta, sensación que quedó confirmada cuando conocí a los miembros de la familia Arnau al frente del negocio actualmente.

"No tenemos aficiones, sino esta vida", afirma Juan Arnau con toda naturalidad.

"No sé nada de fútbol, ni de coches ni de otra cosa que no sea este negocio", añade Juan Sr.

Y parece que de lo suyo, saben mucho. Tras relatarme la historia de la saga familiar, Juan Sr. me contó varias anécdotas de las primeras raves que organizaron en Alemania, Reino Unido, España e Italia, cuando Laurent Garnier solo tenía 18 años y todos los eventos se celebraban en la clandestinidad de gigantescas naves industriales. Este hombre tiene que haber vivido mucho, recuerdo haber pensado. Entonces, ¿cuál es el secreto para organizar la fiesta perfecta?

"La gente tiene que bailar. Si bailan, son felices; si paran, es que se están aburriendo. Así de sencillo. La gente no quiere estar parada, quiere bailar", explica, dando ligeras palmadas sobre la mesa de vez en cuando, como queriendo enfatizar sus palabras.

Era un razonamiento sencillo, pero ¿cómo conseguir que la gente esté siempre bailando y siempre contenta? Puede parecer tarea fácil, pero son muchos los promotores de clubs que te van a decir lo contrario.

"La clave de todo está en saber que el público es el alma de la fiesta. Por supuesto, la música es importante, pero la fiesta no la hace el DJ, sino la gente. Nosotros no queremos ser los más underground, los más populares ni nada de eso. Trabajamos con DJ que sabemos que pincharán buenos repertorios", afirma Juan Jr., y añade: "Lo más importante es que la gente se divierta. Mi abuelo siempre me decía, 'Juan, están pagando, así que asegúrate de que se lo pasen bien'".

"En mi opinión, un DJ que no aparta la vista de la mesa no es un buen DJ. Un buen DJ estará mirando al público, atento a sus reacciones", señala Juan Sr.



Este dúo de apasionados de su trabajo hablan de él sazonando su discurso con expresiones como "pasarlo bien", "bailar" y "contentos". Para ellos, la fiesta es un negocio muy serio, actitud que probablemente haya tenido mucho que ver para lograr mantener la empresa familiar en activo durante más de un siglo. Me asaltaba la duda, no obstante, de si alguna vez se inspiraban en otros eventos para organizar los suyos.

"Es difícil copiar a alguien en este negocio", asegura Juan Jr. "No nos gusta imitar porque hay que ir siempre un paso por delante de la competencia".

Últimamente parece que la estética más en boga es la del patio de juegos para adultos: confeti, elementos hinchables y piscinas de bolas. ¿Creen los Arnau que quizá —solo quizá— la competencia esté diluyendo su propuesta de venta?

"Lo que hacemos es tan complicado que nadie puede imitarnos. Tenemos una nave industrial a las afueras con un equipo que se dedica exclusivamente a fabricar disfraces, decoración, hinchables, de todo", replica Jr.

"Lo hacemos todo nosotros. Todo", apostilla Sr.



Una vez oí una anécdota que encajaba perfectamente con ese nivel de atención al detalle y la dedicación de los que me hablaban los Arnau. Antes de su primer evento en el Reino Unido, compraron confeti a un proveedor británico. Cuando llegó, decidieron que el producto no estaba a la altura de las exigencias de elrow, por lo que volvieron a hacer un pedido a su proveedor de confianza en España. Pero, concediendo tanta importancia hasta al menor de los detalles, como el confeti, ¿cómo consigue el negocio mantenerse a flote económicamente? Juan Jr. nos lo explica:

"Ahora mismo estamos rechazando a muchos promotores de todas partes del mundo porque todavía no estamos preparados. Hemos dicho que no a Bali, Australia, China... En España nos han llegado a ofrecer 200.000 euros por un evento y también lo hemos rechazado. Y no es fácil. Incluso hoy todavía perdemos dinero en determinados eventos en Inglaterra".

"El dinero no nos importa. Lo único que queremos es que todo el mundo esté contento, y eso incluye a mi hijo, mi hija, mi mujer y todo el equipo, además de los clientes", asegura Juan Sr. con orgullo.

"Lo que sí nos gusta es invertir, porque en cuanto ven lo que hacemos, quieren más y más. Intentamos pensar a lo grande. Para estar cien años en el negocio, primero tienes que tener claro el concepto; el dinero ya vendrá después", concluye Jr.

Nobles principios. Si bien cuesta creer que la familia no piense en el aspecto económico del negocio, resulta gratificante oír a sus dueños hablar con tanta devoción de un acto tan sencillo como el de montar una fiesta de la hostia.



Durante el tiempo que pasé con ellos, la palabra "mañana" no dejaba de repetirse. Me dijeron que lo vería todo mañana y que tenía que estar fresco para la fiesta. Soy joven y estoy ávido de cerveza y fiesta, así que desoí un poco su consejo y me escapé, como un adolescente de serie americana que se escabulle por la ventana, a ver una sesión de Villalobos.

Al margen de un ligero dolor de cabeza, me desperté fresco e ilusionado como un niño el día de Navidad, listo para abrir su regalo, que en mi caso era una rave. Lo cierto es que estaba tremendamente emocionado. Cuando finalmente llegué a la puerta del Row 14, donde me esperaba Juan Sr. —sigue apostándose en la puerta en todas y cada una de las fiestas que celebran—, estaba preparado para cualquier cosa.

Y en una fiesta de elrow pasan muchas cosas. Mientras avanzaba por el camino de tierra, divisé un club enorme pero con complementos superespeciales, como cuando te pides un pastel con todos los extras. Me abrí paso a través de un juego de Twister, gané un chupito gratis en el juego de girar la ruleta, me di una ducha de confeti, bailé con un actor que vendía donuts de broma gigantes y me compré un sobrero rosa fluorescente cubierto de smileys y con el símbolo de la divisa de elrow, que es como el dinero de verdad pero con el que solo puedes comprar artículos de broma. Aquello era el caos, pero un caos hermoso.

Estaba al borde de la sobrecarga sensorial. La gama de colores chillones que tenía ante mis ojos era casi ofensiva. Abundaban los disfraces de superhéroe y las máscaras tribales; el confeti llenaba el aire con sus colores; allí donde miraba veía brazos abiertos y, tal como me habían dicho los Arnau, absolutamente todo el mundo estaba bailando. Nunca he visto a tanta gente junta —había cerca de 4.000 asistentes— liberando tanta energía desde el primer momento hasta el último. Fue una experiencia agotadora e increíble.



Aparte de Art Department, De La Swing y Subb-an, no tenía la menor idea de quién actuaba y cuándo, pero no importaba: mis manos solo dejaban de moverse al ritmo de la música cuando iba por una cerveza o al servicio. Tal como me habían prometido, aunque no conociera a la mitad de los DJ ni tampoco prestara mucha atención a quién pinchaba en cada momento, no paraba de moverme y disfrutar lo que estuviera sonando.

En "Weak Become Heroes", Mike Skinner dice que las raves son los lugares en los que "suceden pequeñas locuras", y eso es exactamente lo que pasa en elrow. Desde el momento en que crucé el umbral hasta que salí, no se me borró la sonrisa de la cara, que brillaba con luz propia. ¡Joder, no podía ser de otra manera! Incluso me casé. Sí, mi mujer en elrow tenía una relación estable con un chico y yo tenía mis dudas sobre la credibilidad del párroco, pero tengo todos los papeles que lo demuestran, firmados por elrow. Soy un hombre casado.

Los Arnau han sabido crear su propio sello de realismo mágico gestando pequeños mundos de delirio eufórico, lugares y espacios en los que el tiempo es elástico. Cuando me fui —tras haberme despedido de los Arnau con un fuerte abrazo—, me sentí un poco vacío. He ido a infinidad de raves en mi vida, pero esta está en lo más alto. Tanto es así que creo que he abrazado una nueva filosofía.

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Traducción por Mario Abad.

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